Hay noticias que no solo se celebran: se protegen, se difunden y se convierten en ejemplo nacional.
Que el Centro Educativo Cometas de Esperanza haya ganado por segunda vez —y con la más alta calificación— el Premio Iberoamericano a la Calidad, representado por la educadora dominicana Andrea Suero, no es un hecho aislado. Es una señal inequívoca de que en la República Dominicana la excelencia educativa es posible, incluso —y sobre todo— cuando se trabaja con niños y niñas que provienen de los contextos sociales más vulnerables del país.
Hace apenas tres días, en España, Andrea Suero levantó el trofeo con la bandera dominicana entre sus brazos. Al alzar ese galardón, nuestra enseña nacional pareció ondear no solo en un escenario internacional, sino en la conciencia de toda la región iberoamericana.
El mensaje fue tan claro como poderoso:

si una escuela nacida en la periferia social logra competir con los mejores centros educativos de Iberoamérica y vencerlos dos veces, ¿por qué no puede hacerlo todo el sistema educativo dominicano?
No es magia.
Es vocación.
No es suerte.
Es formación.
No es privilegio de origen.
Es gestión, es ética, es liderazgo y es amor por la educación.
Una escuela que nació donde la esperanza parecía imposible
Cometas de Esperanza nació para rescatar vidas.
Más de quinientos niños y niñas que iniciaron esta experiencia educativa fueron literalmente sacados del entorno del vertedero de Rafey, en el sector de Cienfuegos, en la ciudad de Santiago de los Caballeros, la segunda ciudad más grande e industrializada de la República Dominicana.
Dormían sobre cartones.
Se alimentaban de lo que encontraban entre los desechos.
Jugaban entre la basura.
Y su entretenimiento más recurrente era elevar “chichiguas”, cometas improvisadas que subían al cielo como una metáfora silenciosa de libertad.
De ahí surgió el nombre que hoy estremece a Iberoamérica:
Cometas de Esperanza.
Una escuela fundada por un ciudadano español y sostenida por un patronato con profundo compromiso social, que firmó un acuerdo de cogestión con el Estado dominicano para garantizar educación gratuita, con libros, uniformes y alimentación escolar, y, sobre todo, con un proyecto pedagógico serio, evaluable y medible.
Hoy, Cometas de Esperanza espera la construcción de un nuevo centro prometido por el Gobierno dominicano, con capacidad para más de mil estudiantes, que permitirá responder a la demanda desesperada de cientos de familias que solicitan cupo para sus hijos.

Porque cuando una escuela demuestra resultados, la comunidad no pide caridad:
pide oportunidad.
Amor como lema… y como práctica cotidiana
El lema de Cometas de Esperanza es el Amor.
Pero no es una consigna publicitaria.
Es visible cada mañana cuando los niños cantan el Himno Nacional.
Es visible cuando se abrazan antes de entrar a las aulas.
Es visible en el respeto con que se tratan entre compañeros.
Es visible en la relación cercana entre docentes, directivos, familias y comunidad.
La educación de calidad no es únicamente resultados en pruebas.
Es también formación humana, convivencia, ciudadanía, identidad y afecto.
Y esto explica, en buena parte, el liderazgo de Andrea Suero.
Porque no se trata solo de saber administrar una escuela.
Se trata de sostener un proyecto educativo con coherencia ética en un entorno donde cada niño que no entra a la escuela es un niño que queda expuesto al abandono, al trabajo infantil, a la violencia o a la marginalidad.
¿Qué es realmente el Premio Iberoamericano a la Calidad?
El Premio Iberoamericano a la Calidad es uno de los reconocimientos más exigentes y prestigiosos de toda la región.
Es gestionado por la Fundación Iberoamericana para la Gestión de la Calidad (FUNDIBEQ) y se desarrolla bajo el marco institucional de la Secretaría General Iberoamericana, que articula a los países de Iberoamérica en políticas de cooperación y desarrollo.
Este galardón es considerado el “premio de premios” en materia de calidad, porque no se accede a él directamente.
Solo pueden competir aquellas organizaciones que previamente han sido reconocidas a nivel nacional por su excelencia.
El premio evalúa, entre otros aspectos:

•⁠ ⁠liderazgo institucional,
•⁠ ⁠planificación estratégica,
•⁠ ⁠gestión de procesos,
•⁠ ⁠orientación a resultados,
•⁠ ⁠impacto social,
•⁠ ⁠sostenibilidad,
•⁠ ⁠innovación,
•⁠ ⁠y mejora continua.

No se premian discursos.
Se premian sistemas de gestión comprobables.
Se premian resultados verificables.
Se premian organizaciones capaces de sostener la excelencia en el tiempo.
Por eso, cuando un centro educativo dominicano obtiene este reconocimiento —y lo hace por segunda vez—, el país entero debe comprender que no se trata de una distinción simbólica, sino de una validación internacional de su modelo de gestión educativa.
Cometas de Esperanza no ganó porque es una escuela pobre que conmueve.
Ganó porque es una escuela bien dirigida, bien evaluada y bien gestionada.
Calidad, políticas públicas y una historia que también me pertenece y exhibo con orgullo y humildad, como dominicana, como servidora pública y como profesional de la gestión de calidad, esta noticia me interpela de manera muy personal.
Tuve el honor de ser la primera presidente del Premio Nacional a la Calidad de la República Dominicana (2004–2005), en un momento histórico en el que el país comenzaba a comprender que la modernización del Estado no podía construirse sin sistemas de evaluación, sin estándares, sin cultura organizacional y sin liderazgo institucional.
Hoy, desde mi labor en el Ministerio de Administración Pública (MAP), observo con satisfacción una realidad que no siempre se logra en América Latina:
la continuidad de las políticas públicas de calidad, aun cuando cambian los equipos de gestión.
En el MAP cambia el gestor.
Pero no cambia la gestión.
Eso es calidad institucional.
Eso es madurez administrativa.
Eso es un personal con servidores comprometidos y la mayoría de carrera.

Eso es Estado.
Y esa cultura es la que permite que proyectos como Cometas de Esperanza no sean esfuerzos aislados, sino experiencias alineadas con una visión de país.
Andrea Suero y el valor de competir
Hay muchas buenas escuelas en la República Dominicana. Y hay muchas que realizan un trabajo silencioso y admirable.
Pero Andrea Suero ha demostrado algo que marca una diferencia esencial:
el valor de competir, el valor de prepararse para ser evaluada por los mejores estándares internacionales, y el valor de exponerse al escrutinio técnico más riguroso.
Competir no es arrogancia.
Es responsabilidad institucional.
Competir implica aceptar que siempre se puede mejorar.
Que siempre se puede aprender de otros sistemas educativos.
Que siempre se puede comparar sin complejos. Y ganar, dos veces, implica que la mejora no fue coyuntural.
Fue estructural.
De la exclusión a la excelencia
La historia de Cometas de Esperanza demuestra algo que nuestras políticas educativas deben asumir sin ambigüedades:
👉 la pobreza no es una condena pedagógica,
👉 la exclusión social no es una barrera insalvable para la calidad,
👉 la vulnerabilidad no es incompatible con la excelencia.
Lo que sí es incompatible con la calidad es:

•⁠ ⁠la improvisación,
•⁠ ⁠la desarticulación institucional,
•⁠ ⁠la falta de liderazgo pedagógico,
•⁠ ⁠y la ausencia de sistemas de evaluación.

Esta escuela ha probado que cuando se alinean propósito, gestión, comunidad y vocación docente, la educación se convierte en un verdadero instrumento de transformación social.
Una escuela que merece ser declarada centro de excelencia nacional
Desde mi perspectiva profesional y ética, Cometas de Esperanza cumple sobradamente las condiciones para ser incorporada al selecto grupo de centros de excelencia educativa de la República Dominicana.
No solo por su premio internacional. ¡No! Por algo más… Debe ser declarada Centro de Excelencia por la coherencia entre su proyecto pedagógico y su impacto social.
Una escuela que rescata niños del vertedero.
Una escuela que construye ciudadanía desde la primera infancia.
Una escuela que enseña a amar la patria antes de hablar de competencias.
Una escuela que demuestra resultados medibles.
Una escuela que compite… y gana.
Eso es excelencia.
Que la bandera siga subiendo
Cuando Andrea Suero levantó el trofeo en España con la bandera dominicana en sus brazos, no solo celebró una victoria institucional.
Le recordó al país que la educación sigue siendo —y debe seguir siendo—
la principal política de desarrollo,
la principal política de inclusión,

la principal política de soberanía.
Porque una nación que educa con calidad
no depende del azar,
no depende del asistencialismo,
no depende del discurso.
Depende de su gente.
Depende de sus maestros.
Depende de su liderazgo.
Depende de su capacidad de evaluarse y mejorar.
Cometas de Esperanza no es una excepción milagrosa.
Es una posibilidad real.
Y si fue posible allí, donde antes solo había basura y abandono,
es posible en todo el territorio nacional.
Que la bandera siga subiendo. Pero que detrás de ella suban también nuestras políticas educativas, nuestros estándares de calidad y nuestro compromiso con los niños que hoy, gracias a una escuela, dejaron de dormir sobre cartones para aprender a volar, con dignidad, como verdaderos cometas de esperanza.

NOTA DE LA AUTORA: Pueden buscar en YouTube en los “Coloquios con la Dra. Jacqueline Malagón” dos programas completos en mi programa de TV en CDN, Canal 37, el Canal de Todos los Dominicanos, auspiciado por el Banco Central de la República Dominicana y el Banco Popular Dominicana a quienes les debo la oportunidad de ejercer el magisterio con alcance nacional e internacional. Fueron dos programas con Andrea Suerto hablando entre amigas cómo Cometas de Esperanza había llegado a sr una esperanza nacional.

Jacqueline Malagón

Educadora

Consultora en Educación, Evaluación y Desarrollo Institucional. ExMinistra de Educación Asesora del MINERD, MESCYT, MAP, del INFOTEP y del Senado de la RD Miembro de la Academia de Ciencias RD Miembro de Diálogo Interamericano Miembro de la Coalición Latinoamericana para la Excelencia Docente Consultora en Educación, Evaluación y Desarrollo Institucional

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