Vivimos una época convulsa y transida, atravesada por guerras y ciberguerras que nos exigen tomar conciencia del riesgo de una escalada nuclear de alcance planetario, sin caer en el pánico ni en el catastrofismo. En este contexto, buena parte de nuestras relaciones, aprendizajes y decisiones transcurre entre espacios físicos y entornos virtuales, entre la experiencia y la posexperiencia. Esta vida híbrida configura un ámbito de interacción en el que las redes, los datos y los sistemas tecnológicos intervienen en nuestra manera de conocer y habitar tanto el espacio como el ciberespacio

Pensar la ética y el futuro en el cibermundo exige examinar cómo las tecnologías actuales están transformando nuestra manera de vivir y qué responsabilidades implicará su desarrollo. La conexión entre los entornos digitales y físicos permitirá que enjambres de robots con inteligencia artificial coordinen miles de acciones en segundos para asistir a las personas, cuidar ecosistemas y contribuir al funcionamiento de las ciudades. Estas posibilidades plantean un desafío ético: garantizar que su creciente autonomía esté acompañada de seguridad, supervisión humana y criterios claros de responsabilidad.

La cibernética ha contribuido al desarrollo de la robótica y de los algoritmos que permiten controlar y coordinar sus sistemas. Cingolani y Metta (2023), en el texto Humanos y humanoides. La vida con robots, abordan la robótica como un campo cuyo desarrollo ofrece nuevas posibilidades para la vida humana, al tiempo que plantea desafíos tecnológicos, sociales y morales relacionados con nuestra convivencia con los robots.

Para estos investigadores, la robótica del futuro integrará de manera inseparable la fabricación de robots, la inteligencia artificial, la interacción entre humanos y máquinas, las comunicaciones de alta velocidad y los servicios en la nube, lo que tendrá importantes repercusiones en la producción industrial y la economía mundial. Aunque para la época en que vivimos, explican lo siguiente:

«Antes que nada, el robot de hoy es una concentración mecatrónica de engranajes, motores, electrónicas y sensores que complejo. De hecho, para moverse como nosotros, un robot necesitaría una potencia eléctrica elevadísima y complejidades mecánicas enormes. Para darle capacidades cognitivas, en nada comparable a la nuestra, se requerirían supercomputadoras tan grandes como una habitación y cantidades de energía eléctrica similares a una ciudad pequeña, así como redes de sensores sofisticadísimas y complejísimas» (Cingolani y Metta, 2023, p. 19).

A partir de lo anterior, se deduce que estas tecnologías requieren mecanismos de control y medidas de ciberseguridad desde su diseño, con el fin de proteger la vida, la privacidad y la libertad de las personas. Estas medidas deben complementarse con la supervisión humana, pues la capacidad de los sistemas para ejecutar decisiones no implica que tengan conciencia ni que comprendan sus consecuencias. Por ello, la responsabilidad moral seguirá recayendo en las personas y las instituciones que los diseñen, implementen y utilicen.

Es por ello, que la responsabilidad ética y la obligación de responder por sus efectos deberán recaer en los sujetos cibernéticos (personas)- empresas e instituciones— que los diseñen, programen, entrenen, implementen y controlen, según sus decisiones y su participación. Ningún algoritmo deberá servir de excusa para diluir esa responsabilidad: será necesario prevenir daños, supervisar su funcionamiento, explicar sus decisiones y reparar sus impactos. El horizonte será una sociedad conectada, donde el progreso tecnológico permanezca al servicio de la dignidad humana y quienes construyan ese futuro respondan también por sus consecuencias.

Si los poderes imperiales llegaran a provocar un apocalipsis tecnológico o un Armagedón nuclear, habría que examinar las decisiones, los intereses y las omisiones humanas que lo hicieron posible. La responsabilidad seguiría recayendo en quienes diseñaron, autorizaron y desplegaron esas tecnologías; no podría diluirse atribuyéndola a los algoritmos, a la inteligencia artificial o a los enjambres de robots.

Quienes crean, financian, autorizan y utilizan estas tecnologías deben responder según su participación y capacidad de control, incluida la decisión de delegar funciones sin garantías suficientes. La autonomía de una máquina no elimina esa obligación ni demuestra que posea conciencia moral. La gran contradicción del ser humano sería presumir de su inteligencia para inventar dispositivos capaces de transformar el cibermundo y, después, intentar responsabilizarlos de las consecuencias que no quiso o no pudo prevenir.

Sobre gran parte de estas preocupaciones humanas y tecnológicas que están aconteciendo en esta tercera década del siglo XXI, giraron las reflexiones y discusiones del Seminario Internacional «Filosofía de la Ciencia, Ética y Futuro Humano», celebrado del 22 al 25 de septiembre de 2026, cuyas ideas invitan a reflexionar sobre el futuro que queremos construir en una sociedad atravesada por la virtualidad y la inteligencia artificial.

La ciencia ha transformado nuestra manera de comprender el mundo y el cibermundo y, ante todo, de vivir en ambos. Gracias a los avances científicos y tecnológicos, podemos prevenir enfermedades, comunicarnos a grandes distancias y estudiar fenómenos que antes parecían inexplicables. La inteligencia artificial forma parte de este proceso y participa en la configuración del ciberpoder: el control de los datos, los algoritmos y las infraestructuras digitales otorga capacidad para influir en la circulación de información, orientar decisiones y condicionar las relaciones sociales, económicas y políticas.

Este poder cibernético moldeado por la IA nos obliga a examinar cómo se producen sus resultados, qué intereses orientan sus aplicaciones, quiénes reciben sus beneficios y cómo se distribuye la capacidad de ejercerlo y regularlo. El futuro humano dependerá tanto de nuestra capacidad para generar conocimiento como de los criterios éticos y democráticos con los que decidamos utilizarlo.

En el mundo cibernético, donde la información circula con rapidez y los sistemas de inteligencia artificial producen respuestas que pueden parecer convincentes; asumir la crítica resulta indispensable. La facilidad para acceder a una respuesta no garantiza su veracidad: comprender exige contrastar fuentes, evaluar argumentos y reconocer la incertidumbre; ahí reside la mirada de la filosofía, que va más allá de ver, como diría Nietzsche (2016), ya que entra en estado de sosiego, en cuanto lo que es el oficio de pensar y escribir, que en el fondo es el buen vivir y no el simple hecho de darse buena vida.

En tal sentido, se ha de situar al sujeto cibernético como el individuo con capacidad de actuar, gracias al lenguaje, mediante su interacción con dispositivos, plataformas y redes digitales en el mundo cibernético. Este sujeto participa en la producción y circulación de información, pero también está expuesto a mecanismos que registran sus actividades e influyen en aquello que ve y elige.

Su relación con estos entornos virtuales tiene un carácter recursivo, propio de la retroalimentación cibernética: sus acciones generan información que modifica las respuestas de las plataformas y estas, a su vez, influyen en sus percepciones, decisiones y acciones posteriores. La virtualidad forma parte de su experiencia cotidiana y tiene consecuencias concretas en sus vínculos, su aprendizaje y su participación social.

Estos planteamientos salieron a relucir en el Seminario referido en párrafos anteriores, en el panel «Retos de la Inteligencia Artificial ante la Educación y el Futuro Humano», dirigido por el director de la Escuela de Filosofía, Dr. William Mejía, y en el que se contó con la participación del Dr. Edwin Santana y los licenciados Jairol Sarmiento y Frailyn Pérez como panelistas.

Las exposiciones de los panelistas se enmarcaron en la incorporación educativa de la inteligencia artificial y el riesgo de debilitar la capacidad de pensar por uno mismo cuando se vive por y para la IA, delegando en ella la formulación de preguntas, la búsqueda de respuestas y la toma de decisiones.  Por tal motivo, su uso debe ser acompañado de prácticas que fortalezcan la capacidad de preguntar, interpretar, argumentar y evaluar pruebas. El desafío educativo consiste en aprovechar sus posibilidades sin renunciar a la autonomía intelectual ni al ejercicio del juicio crítico.

Un sistema de inteligencia artificial puede identificar patrones o formular recomendaciones; corresponde a las personas y a las instituciones, justificar los criterios con los que esas recomendaciones se convierten en decisiones. La filosofía y la ética contribuyen a examinar los valores y las responsabilidades presentes en ese proceso, así como a cuestionar una dependencia tecnológica que sustituya la reflexión propia por la aceptación irreflexiva de respuestas automatizadas.

En el cibermundo, esta cuestión comprende también quiénes tienen acceso a la conectividad, a la formación digital y a los medios necesarios para producir conocimiento. Una tecnociencia comprometida con el bienestar humano debe atender las necesidades de aquellos que tienen menos capacidad económica o influencia política, para evitar que los avances tecnológicos profundicen las desigualdades existentes. Esta responsabilidad exige examinar, además, cómo se utilizan esos avances para tomar decisiones que afectan a personas en situaciones de vulnerabilidad, como ocurre en el control fronterizo y la migración.

Esta preocupación estuvo presente en la conferencia magistral de cierre del Simposio, impartida el viernes 25 de septiembre por el Dr. Nicanor Ursua, con el título «Sistemas de IA para el control fronterizo y la migración: un análisis descriptivo-crítico». Esta importante manifestación filosófica tuvo como escenario la Universidad Nacional para la Defensa “General Juan Pablo Duarte y Díez” (UNADE), entidad coanfitriona del evento. En un fragmento de su exposición, Ursua se refiere al uso y la experimentación con tecnologías de inteligencia artificial en la Unión Europea para la identificación y verificación biométrica, la evaluación de riesgos y la clasificación de personas a partir de indicadores emocionales.

Nicanor Ursua

Estos usos plantean interrogantes sobre los criterios con los que se evalúa a las personas y el riesgo de reproducir o profundizar las desigualdades que una tecnociencia orientada al bienestar humano debería contribuir a reducir. Cuando una persona migrante es evaluada mediante datos y perfiles digitales, resulta necesario preguntar qué aspectos de su situación quedan fuera del sistema, qué errores pueden producirse y cómo podría cuestionar una decisión injusta. La capacidad técnica de clasificar exige una reflexión ética sobre la dignidad y la singularidad de quien es clasificado.

Pensar el futuro humano requiere, además, ampliar nuestra mirada más allá del beneficio inmediato. La virtualidad depende de infraestructuras materiales, recursos y energía; por ello, también debe considerarse desde la responsabilidad ambiental. Las decisiones sobre el desarrollo de la tecnociencia y la inteligencia artificial pueden modificar las condiciones de vida de las próximas generaciones. Aunque no sea posible anticipar todas sus consecuencias, la incertidumbre no elimina el deber de actuar con prudencia, examinar alternativas y establecer medidas de protección.

También es necesario cuestionar qué entendemos por progreso. Una sociedad puede desarrollar tecnologías cada vez más sofisticadas y mantener profundas desigualdades. La expansión del cibermundo debería valorarse por su contribución a una vida digna, al acceso al conocimiento y a la participación social. Tanto en la educación como en la gestión de las fronteras, el valor de una innovación debe examinarse atendiendo a sus efectos sobre las personas, especialmente sobre quienes se encuentran en condiciones de mayor vulnerabilidad.

Esta tarea demanda diálogo entre la comunidad científica y la ciudadanía, por lo que se ha de estimular la ciencia abierta y ciudadana. Los especialistas aportan conocimientos necesarios para comprender problemas complejos, mientras que las personas afectadas pueden señalar necesidades y consecuencias que una evaluación técnica no siempre alcanza a identificar. El sujeto cibernético debe contar con oportunidades para participar en las decisiones sobre los entornos virtuales que habita. De ahí la importancia de una educación que articule formación científica, comprensión de la virtualidad y reflexión ética sobre la inteligencia artificial.

Andrés Merejo

Filósofo

Profesor e investigador de la escuela de filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD): PhD en Filosofía. Coordinador del Master Filosofía en un mundo global UASD-UPV/EHU (País Vasco). Especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Premio Nacional de ensayo científico (2014). Profesor del Año (UASD). Fundador del Instituto Dominicano de Investigación de la Ciberesfera (INDOIC). Fundador del Observatorio de las Humanidades Digitales de la UASD (2015). Miembro de la Sociedad Dominicana de Inteligencia Artificial (SODIA). Miembro fundador e integrante de la Junta Directiva de la Asociación Iberoamericana de Filosofía de las ciencias y las técnicas (AIFCYT). Director de fomento y difusión de la Ciencia y la Tecnología, del Ministerio de Educación Superior Ciencia y Tecnología (MESCyT). Autor de varias obras: La vida americana en el siglo XXI (1998), Cuentos en NY (2002), Conversaciones en el Lago (2005), El ciberespacio en la Internet en la República Dominicana (2007), Hackers y Filosofía de la ciberpolítica (2012), La era del cibermundo (2015), La dominicanidad transida: entre lo real y virtual (2017), Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos (2023), Cibermundo transido: Enredo gris de pospandemia, guerra y ciberguerra (2023), El oficio de pensar. Diálogos filosóficos (2025), vol. I y II, y Filosofía política de la inteligencia artificial. Poder, técnica y futuro humano (2026). Email: merejoandres@gmail.com

Ver más