Hace un cuarto de milenio, EE. UU. fue el lugar donde las ideas de la Ilustración europea se hicieron realidad. En la Declaración de Independencia de las 13 colonias, los sueños de los racionalistas, librepensadores y antimonárquicos de la nueva era se materializaron. El poder emana del pueblo, afirmaron. Los gobernantes deben gobernar con el consentimiento de los gobernados. "Sostenemos como evidentes estas verdades", proclamaron. Tenían razón, y por eso Gran Bretaña ya había perdido la batalla por el alma de EE. UU. incluso antes de que se intercambiaran los primeros cañonazos. Hoy en día, poco resulta evidente para los estadounidenses, salvo que no logran ponerse de acuerdo sobre qué es lo que están celebrando.
Que el 250 aniversario de EE. UU. sea un fracaso puede ser una coincidencia de circunstancias. El bicentenario fue muy diferente. Esas celebraciones de 1976 estuvieron encabezadas por Gerald Ford, un presidente inesperado que era la modestia personificada. "Lo emocionante de esta ocasión es que los principios de la Declaración siguen vigentes", comentó él. Ford se estaba refiriendo a la renuncia, dos años antes, de su jefe, Richard Nixon, para evitar un juicio político debido al escándalo de Watergate. El sistema había logrado controlar exitosamente el Poder Ejecutivo. ¿Qué mejor momento para encender los fuegos artificiales?
Medio siglo después, J. D. Vance, el actual vicepresidente, describe a Nixon como víctima del "Estado profundo". "Si el Watergate ocurriera mañana, sería una noticia que duraría unas 12 horas", afirmó Vance la semana pasada. La caída de Nixon no tuvo nada que ver con el "Estado profundo". Él renunció cuando se dio cuenta de que sus colegas republicanos se estaban sumando al movimiento a favor de su destitución. La Corte Suprema de EE. UU. precipitó ese momento cuando le ordenó a Nixon que publicara sus conversaciones incriminatorias grabadas en el Despacho Oval.
Sin embargo, en otro sentido, Vance tiene razón. Actualmente, el caso Watergate quedaría eclipsado por otros escándalos. Gran parte de lo que Donald Trump hace es comparable o incluso peor. Tomemos como ejemplo lo que para la mayoría parece ser su intercambio de favores regulatorios a cambio de regalos. En un intercambio implícito por la aprobación de una adquisición, Paramount — la cual es dueña del canal de noticias CBS y está a punto de adquirir CNN — le pagó a Trump US$16 millones para resolver una demanda relacionada con una edición rutinaria de una entrevista electoral con Kamala Harris. Amazon, propiedad de Jeff Bezos — quien está en busca de contratos federales para su proyecto espacial —, pagó US$40 millones por un adulador documental sobre la primera dama, Melania Trump, que casi nadie vio.
Trump opera lo que parece ser un mercado de indultos presidenciales. A quienes le donan fondos se les han perdonado delitos de malversación, lavado de dinero y desvío de fondos hacia regímenes sancionados, incluido Irán. A cientos de personas se les perdonó haber irrumpido en el Capitolio para anular un resultado electoral. Los agentes de Nixon entraron ilegalmente a la sede del Partido Demócrata para descubrir sus planes de campaña, pero Nixon no intentó nada ni remotamente parecido a lo ocurrido el 6 de enero; su verdadero delito fue hasta dónde llegó para encubrirlo. Trump ni siquiera se molesta en ocultar sus acciones. Él no finge acatar la cláusula de emolumentos de la Constitución estadounidense.
Dos cosas han cambiado. Primero, los republicanos de hoy son muy diferentes a sus antecesores de la década de 1970. Aunque Nixon había sido reelegido por un amplio margen, él no tenía nada parecido al control que Trump ejerce sobre el partido. Segundo, la actual Corte Suprema es la que le da rienda suelta a Trump. Su abuso del Poder Ejecutivo es lo más cercano que ha estado EE. UU. en 250 años a los caprichos de un monarca hannoveriano. Por eso la oposición a Trump protesta bajo la consigna de "No a los reyes".
Se anticipa que este sábado Trump pronuncie un discurso en el mitin llamado "Freedom 250″, en la Elipse de Washington. Además de los vuelos de exhibición de los F-35, la jornada se conmemorará con lo que la Casa Blanca ha anunciado como el mayor espectáculo de fuegos artificiales de la historia: se lanzarán 850.000 fuegos artificiales. Trump será la atracción principal. Una larga lista de artistas ha boicoteado un evento que, en su opinión, ha sido secuestrado por la imagen personal del presidente. Además de las donaciones de entidades como la Ultimate Fighting Championship (UFC) — la organización de artes marciales mixtas —, la empresa de logística de defensa Palantir y la multinacional petrolera ExxonMobil, Trump ha tomado el control del dinero de los contribuyentes que el Congreso había asignado a la comisión oficial, pero en gran medida invisible, llamada "America 250″. Un evento que tenía como objetivo celebrar a una nación excepcional ha sido así acaparado por un solo hombre.
A sus 250 años, el sistema estadounidense ha sobrevivido a la mayoría de los imperios. A los fundadores les habría asombrado saber que ha perdurado tanto tiempo. Con apenas 1.320 palabras, la Declaración se cuenta entre los grandes documentos de la historia. Muchos en la izquierda estadounidense creen que fue una carta estatutaria hipócrita redactada por propietarios de esclavos. Muchos en la derecha la ven como una revelación de la providencia divina. Pero las encuestas muestran que el estadounidense promedio tiene una mejor comprensión de los ideales fundacionales y las hipocresías de la nación. La mayoría de ellos merece una celebración mejor de la que recibirá.
Edward Luce. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
Compartir esta nota