El pasado 17 del mes pasado, el estimado amigo Radhamés Mejía tituló su entrega por este mismo medio: El riesgo de ser usado y el deber de servir: ética pública ante el Decreto 309-26, en el cual plantea el dilema ético entre hablar o callar, diciendo:

“Esta es la ética del compromiso público que hoy necesita con urgencia la educación dominicana: una ética que no se escude en el silencio prudente ni en la adhesión complaciente. La ética que se requiere es la de una ciudadanía capaz de dialogar críticamente, disputar el sentido de las decisiones y defender el bien común mediante la fuerza del mejor argumento”.

Pongo en negritas la esencia de su planteamiento: “una ciudadanía capaz de dialogar críticamente”. Ciertamente que, en muchas ocasiones, como la de ahora, hay quienes nos colocamos ante ese dilema ético: participo o me abstengo, con todas las características que ambas posturas implícita o explícitamente pueden tener.

Por ser, precisamente, un dilema ético ante las posturas que se evidencian frente a la educación dominicana, me animo a reflexionar en voz alta. Empiezo por el núcleo del tema en cuestión.

En la página Ethical dilemma | Religion and Philosophy | Research Starters | EBSCO Research, se plantea:

“Un dilema ético se refiere a una situación compleja en la que una persona se enfrenta a una decisión difícil debido a valores morales o valores contradictorios que complican el discernimiento entre el bien y el mal. Estos dilemas pueden surgir en diversos contextos, incluyendo los negocios, la medicina y la política, haciendo que la toma de decisiones éticas sea una habilidad vital. Las personas que se enfrentan a dilemas éticos deben navegar decisiones que a menudo conllevan consecuencias negativas, sin que ninguna opción parezca completamente correcta o aceptable.

Para abordar dilemas éticos, se pueden utilizar diferentes marcos, incluyendo perspectivas orientadas a resultados y orientadas a la acción. El enfoque orientado a resultados evalúa las acciones en función de sus resultados, mientras que el enfoque orientado a la acción considera la moralidad inherente de las acciones en sí. Otros marcos incluyen el utilitarismo, que busca el mayor bien para el mayor número; el enfoque de derechos, que se centra en respetar los derechos individuales; el enfoque de justicia, orientado a garantizar un trato justo; el enfoque del bien común, que enfatiza los beneficios para la comunidad; y el enfoque de la virtud, que aspira a la excelencia moral personal.

Cuando se enfrentan a un dilema ético, las personas pueden seguir un proceso estructurado que incluye identificar el problema, considerar diversas perspectivas, analizar las consecuencias, evaluar opciones, tomar decisiones y reflexionar sobre los resultados para mejorar el razonamiento ético futuro”.

Desde finales de los ochenta a la fecha hemos sido participe de muchos debates, diagnósticos, planes y miles de horas de reuniones analizando y haciendo propuestas acerca del tema educativo. Todo ese esfuerzo parió cosas: planes decenales, ley de educación, reestructuración de la secretaría de educación, hoy ministerio. Se crearon institutos especializados y, sobre todo, miles de millones de pesos invertidos o gastados en formación docente, mejora de salarios, construcciones de planteles, compra de “cacharros” y un larguísimo etcétera. Más de treinta años después los aprendizajes de los estudiantes es un tema pendiente.

El sistema educativo dominicano preuniversitario en su ámbito estructural, pasó de ser un edificio envejecido y lleno de roedores, al igual que muchas regionales y distritos educativos a, exhibir mejorías indiscutibles; nuestros maestros tienen salarios varias veces más que los de entonces ¿y qué?, ¿aprenden más y mejor nuestros estudiantes?

Las políticas se escriben y se inician en su aplicación, pero en general, han sido abandonadas y, como Sísifo, hay que volver a echarse la piedra sobre los hombros y empezar de nuevo a subir la montaña. No hay aprecio, y mucho menos, decisión y respeto por la continuidad de las políticas.

En el 2008, el informe de la OCDE, Informe sobre las Políticas Nacionales de Educación: República Dominicana, en su Capítulo 8. Conclusiones: El Paso del Diagnóstico y la Estrategia a la Acción, lo expresó de la siguiente manera:

“República Dominicana ha establecido objetivos ambiciosos pero pragmáticos para satisfacer las expectativas de los Objetivos de Desarrollo del Milenio”. “Sin embargo, el equipo (se refiere a los técnicos de la OCDE) se preocupa seriamente de que República Dominicana no sea capaz de implementar siquiera estos pasos intencionalmente pragmáticos. El contraste entre intenciones ambiciosas y progresistas y la realidad de la implementación durante la década pasada es desolador. A través del Plan Decenal de 1992, la Ley de Educación 66-97 y numerosas políticas, República Dominicana ha establecido planes que reflejan las prácticas más exitosas de reforma educativa en el mundo”. “El problema no es la falta de diagnóstico, sino la falta de acción continua”.

Eso no ha cambiado aún. Hoy se convoca a personas escogidas a una Comisión Ejecutiva para la Transformación Educativa bajo el decreto presidencial 309-26, a fin de “diseñar las bases para un nuevo Sistema Educativo Nacional Integral”, echando a un lado, todos los esfuerzos e iniciativas que desde diferentes ámbitos, ADRU, CONEP y muchos otros, se han venido formulando al respecto.

En junio del 2022, mi entrega a este medio la titulé: Ceguera voluntaria y compartida, y haciendo referencia a la novela de ciencia ficción de José Saramago Ensayo sobre la ceguera, hice alusión a un breve párrafo de ésta entre varios de sus personajes:

“Por qué nos hemos quedado ciegos. No lo sé, quizá un día lleguemos a saber la razón. Quieres que te diga lo que estoy pensando. Dime. Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

“Es decir, (argumenté) podemos ver y hacernos que no viéramos, como incluso no ver, y afirmar haber visto. Querer ver o no querer haber visto son circunstancias que se mueven en el mundo de la intimidad, en el mundo subjetivo personal y/o colectivo”.

En ese sentido, por lo menos por ahora, no me veo en la necesidad de hablar, pues “callar” también es una forma de “decir” que seguimos en las mismas en la que impera “la sordera selectiva”. Por momento, resuelvo mi dilema ético, callando y haciendo mutis.

Julio Leonardo Valeirón Ureña

Psicólogo y educador

Psicólogo-educador y maestro de generaciones en psicología. Comprometido con el desarrollo de una educación de Calidad en el país y la Región.

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