El magnicidio de Cáceres hundió el país en un desorden mayúsculo. Se desató una furiosa lucha entre todas las facciones pequeños burguesas abanderadas por los apellidos de los caudillos y con calificativos de si eran gallos con cola o no. Política y pelea de gallos era lo mismo, igual de violentos y de salvajes. Los bolos (sin cola) eran los seguidores de Jimenes y los coludos (con cola) eran los de Vásquez.

Bosch lo sintetizó: El plan del secuestro (de Ramón Cáceres) desembocó en un atentado, y Ramón Cáceres murió como había muerto Ulises Heureaux, su víctima legendaria. El hecho se produjo en las afueras de la Capital, el 19 de noviembre de 1911, e inmediatamente después del atentado, lo mismo que había ocurrido tras la muerte de Heureaux, la pequeña burguesía dominicana, en sus tres sectores, se lanzó a una lucha descomunal, que sólo cesó cuando el país fue ocupado militarmente por los Estados Unidos. (V. X, p. 322).

El gobierno de Cáceres, lejos de ser un periodo de paz en medio del caos, entre la muerte de Lilís y la invasión de los Estados Unidos, fue un lustro donde la violencia la monopolizó el Estado y la ejerció contra todos los grupos caudillistas y sus facciones. Era tanta la rabia contenida por los pequeños burgueses ansiosos de alcanzar el poder político para enriquecerse con el erario que eso explica la razón porque el intento de secuestro desembocó en el asesinato del presidente y horas después ocurrió, de manera brutal, la ejecución del jefe de los magnicidas.

Ni Mon Cáceres, ni el jefe de sus asesinos, Luis Tejera, que era hijo del Ministro de Relaciones Exteriores de Cáceres, al despertar ambos ese 19 de noviembre no podían imaginar que no llegarían vivos al día siguiente.

Del caos caudillista producido por el asesinato de Cáceres y la perversa herencia institucionalizada de una deuda onerosa con capitales norteamericanos, sumado al inicio de la Primera Guerra Mundial, se crearon las condiciones para que nuestro país perdiera la soberanía política con la invasión de tropas norteamericanas que establecieron una dictadura militar foránea. En mayo de 1916 los males del caudillaje daban su amargo fruto: una escuadra norteamericana anclaba frente a Santo Domingo de Guzmán; un capitán de navío declaraba el país militarmente ocupado por la infantería de marina de Estados Unidos y designaba tenientes de esa arma para los cargos ministeriales (V. IX, p. 103). Lo señala Bosch.

La debilidad del Estado, el atraso económico, la insensata política del caudillismo y una intelectualidad débil y romántica, sin análisis realistas de las causas que mantenían nuestro país en la miseria, era el escenario idóneo para que las tropas norteamericanas entraran a controlar el país sin resistencia notable.

Al momento de la llegada de las tropas invasoras Juan Isidro Jimenes Pereyra era el presidente y mantenía una guerra contra Desiderio Arias, un caudillo de la parte norte del país que él había nombrado Ministro de Guerra y Marina. Era una guerra entre el presidente y su ministro. En el Ministerio de Fomento tenía a Federico Velásquez, quien había sido el Ministro clave del gobierno de Cáceres y menos de una década después sería el vicepresidente de Horacio Vásquez. Era el comportamiento típico de los políticos dominicanos.

Bosch señala que a la llegada de las tropas norteamericanas el Gobierno, presidido por Jimenes, quedaba desconocido; el presidente se iría al destierro, y el ministro de la guerra, que se hallaba en armas contra su gobierno, se sometería a los dictados del ocupante extranjero. Era una agresión imperialista, un abuso imperdonable de fuerza ejercido en un país débil; pero el Pueblo dominicano, con el alma envenenada por la pócima caudillista, no tenía ya capacidad para reaccionar (V. IX, p. 103-104).

Ante el hecho consumado las respuestas fueron diversas. Algunos pocos lucharían, unos con las armas en la mano, otros con la letra impresa, otros con la palabra, otros denunciando en América la agresión. Pero ni aquellos ni estos tuvieron poder para evitar el crimen. La República había muerto (V. IX, p. 104).

No sería la única vez que el país sería humillado por las tropas de los Estados Unidos en el siglo XX, volvería a ocurrir en 1965, pero en esa ocasión sería para impedir que el mismo Bosch regresara a la presidencia para cumplir con su mandato constitucional abortado por el golpe de Estado del 1963.

Los jóvenes y adultos con cierto nivel de instrucción, en las pocas ciudades y pueblos que existían, vivieron dramáticamente la ocupación de los yanquis. Los hostosianos, que tenían gran influencia en los sectores pequeños burgueses urbanos, por ser maestros en muchas de las escuelas existentes, se destacaron en los textos soberanistas, los discursos patrióticos y las proclamas contra los invasores. Otros, que se identificaban con la propuesta de José Enrique Rodó publicitada en su obra Ariel, oponían la naturaleza hispana de la sociedad dominicana a la influencia anglosajona que traían los violadores de la soberanía dominicana.

Arístides Inchaustegui resume el libro de Rodó de la siguiente manera: El Ariel planteaba un llamado a la unión de todas las naciones latinoamericanas hermanadas por los factores culturales heredados de España -lengua y religión-, para hacer frente a la expansión imperialista norteamericana, cuyo proceso de exportación de capitales hacia el Sur amenazaba con destruir los valores espirituales fundamentales del hombre hispanoamericano.

Los arielistas criollos enfrentaron con palabras lo que consideraban la nefasta influencia de los Estados Unidos en América Latina por su utilitarismo y el énfasis en lo material en oposición a lo ideal que ellos consideraban el sello de la cultura latina. Sometidos por las botas militares estadounidenses los arielistas dominicanos vivían en carne propia lo que para la mayoría de América Latina era una situación teórica.

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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