Las vacaciones escolares de mi infancia transcurrieron entre Bonao y el verdor de Jayaco, situado en la carretera La Recta, un campo a siete kilómetros de la Villa de las Hortensias.
Ahora, en primavera —esa estación que en nuestro trópico no se anuncia con calendarios sino con la ternura de las lluvias y la renovación silenciosa de la tierra— es la mejor época del año para sembrar hortensias.
Me atraen esas plantas hermosas como me atrae la memoria: con una dulzura insistente, casi inevitable, que me devuelve a las calles de Bonao de hace sesenta y cinco años.
Hubo un tiempo —no tan lejano y, sin embargo, ya envuelto en esa niebla donde la memoria se vuelve casi leyenda— en que Bonao no era solo una ciudad del Cibao Central, sino un jardín extendido sobre la tierra húmeda de la montaña.
Un jardín vivo, respirando en patios, en verjas, en caminos, en las casas de madera y zinc donde la brisa bajaba desde las lomas con olor a agua y a hojas recién nacidas.
A ese Bonao se le llamó —y no por capricho— el Pueblo de las Hortensias.
Las hortensias no eran allí una decoración.
Eran una presencia.
Crecían como si la tierra las recordara. Como si el clima —ese equilibrio delicado entre humedad, sombra y frescura— hubiese sido diseñado para ellas.
Azules intensos, morados profundos, blancos como encajes de misa… cada casa parecía custodiar su propio pequeño milagro.
Y en medio de esa imagen, aparece un nombre que también pertenece a la historia dominicana: José Arismendi Trujillo Molina.
Fue durante su época de influencia —cuando Bonao vivía una transformación económica y social dentro del orden trujillista— que la ciudad alcanzó una de sus etapas más recordadas.
No solo por obras o por poder, sino por una cierta estética del orden, del cuidado, de la presencia visible del Estado… y también, curiosamente, de la belleza doméstica.
Porque la belleza también puede ser política.
En aquel Bonao, las hortensias eran casi un símbolo silencioso: de estabilidad, de permanencia, de una vida que, aunque vigilada por el poder, encontraba en lo cotidiano una forma de armonía.
Era una época en la que las ciudades no se medían solo por su crecimiento, sino por su apariencia. Y Bonao —rodeado de verde, tocado por la neblina, adornado por esas flores redondas que parecían nubes detenidas— ofrecía una imagen que muchos recuerdan como una era gloriosa.
Pero como ocurre siempre en la historia dominicana —y en la historia universal—, las eras no desaparecen de golpe: se transforman, se diluyen, se esconden.
Las hortensias no se fueron.
Simplemente dejaron de ser protagonistas.
Hoy aún aparecen, aquí y allá, en patios antiguos, en rincones donde alguien decidió no olvidar. Como testigos silenciosos de un tiempo en que Bonao no solo producía riqueza o respondía al poder central, sino que también cultivaba belleza.
Y tal vez ahí reside la verdadera lección de aquella época:
Que las ciudades no se construyen solo con cemento ni con decretos.
Se construyen también con flores.
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