En un mundo lleno de retos, peligros y obstáculos, necesitamos un lugar donde podamos estar seguros, donde además de simplemente sobrevivir seamos capaces de desarrollarnos o avanzar en nuestros propósitos existenciales. Tu hogar debe ser ese lugar, sin embargo, como sueles pasar el día laborando, tu lugar de trabajo idealmente debería también reunir esas características.
Entre los animales notamos la necesidad de tener una guarida, nido o lugar donde poder desarrollar una existencia lo más favorable posible. En el fondo del mar, los peces procuran mantenerse cerca de potenciales refugios (rocas, cuevas, naufragios, algas).
El niño cuando se siente enfermo anhela estar en su hogar, bajo los cuidados de su madre y el solo toque de su mano sobre su frente, tiene un efecto sanador. El adolescente puede sentir serias dudas de su capacidad de encajar en una sociedad que le atemoriza, pero en su hogar, puede sentirse aceptado y valorado.
Obviamente, hay muchos hogares deficientes, que como sabemos no permiten al joven desarrollarse de forma plena y satisfactoria. Conocemos el alto costo social que suponen los hogares disfuncionales, pero no estamos haciendo lo suficiente por reforzar ese ambiente familiar capaz de generar naciones sanas.
Sales a la calle y tienes un programa establecido que otros esperan que cumplas en horarios específicos. Cuando vas en tu vehículo, debes cuidarte, porque sabes que un error al conducir puede lesionarte. Para obtener tu sustento, das algún servicio a la sociedad y se te reclamará si no lo haces correctamente. Tienes siempre el riesgo de que algún desaprensivo intente despojarte de algo.
Cuando concluyes las actividades del día, si no tienes compañía, tu relación de pareja es conflictiva, con quienes vives no les interesan tus asuntos, careces de buenas amistades o no tienes un ambiente adecuado para descansar, podría dificultarse el reponerte y recargar energías para el próximo día. Es preciso reconocer que la soledad puede ser mejor compañía que algunas personas.
Un ambiente seguro supone un lugar confortable donde te relacionas con personas con quienes mantienes una grata relación. No hablamos de algo extraordinario, sino nuestro hábitat normal. La vida está llena de retos que nos obligan a dar lo mejor de nosotros, pero necesitamos ese ambiente que nos acoja y que permita relajarnos.
Si recuerdas alguna vez que hayas tenido una experiencia muy difícil y te sentías terrible, si alguien se acercó a ti y te dio un abrazo con cariño y comprensión, no necesitas estudios científicos para reconocer el impacto que eso te produjo. Tus seres queridos muchas veces también lo necesitan.
Nuestro sistema nervioso simpático nos funciona de maravilla para nuestras batallas diarias, pero si no tenemos el espacio para una tregua o recreo que permita a nuestro sistema parasimpático, tomar el control y favorecer digestión, reparación celular y consolidación emocional, perder este equilibrio compromete nuestra salud.
Más que vivir en un medio lleno de lujos materiales, que pueda proporcionarnos una experiencia extraordinaria, hablamos de un ambiente en que podamos sentirnos amados, valorados, comprendidos y protegidos, favoreciendo menos estrés, más estabilidad emocional, comunicación asertiva y un intercambio placentero.
En un entorno seguro se favorece la salud física y mental, existen el respeto y los límites claros. No quiere decir que sea una vida perfecta o ideal, sin conflictos ni diferencias, pero al menos existe la intención de buscar soluciones cuando surjan los problemas.
En hogares, entornos laborales o escuelas con ambientes inseguros, se desarrollan niños con deficiencias, se dificulta la creatividad y la productividad, y tiende a producirse: violencia, depresión, estrés crónico y ansiedad.
Ciertamente hay personas que donde están contribuyen al desarrollo de relaciones seguras, los demás se sienten a gusto, cómodos o seguros compartiendo con ellos. Sin el temor de que serán juzgados, criticados o de que deben cuidarse.
Cuando se procura obtener ventajas o engañar a los que conviven con nosotros, tal vez podamos mantenernos en ese ambiente, pero nunca serán las condiciones adecuadas para nosotros ni los nuestros.
Nuestras circunstancias o condiciones de vida dependen en gran parte de nosotros mismos; pueden desarrollarse en la medida en que: hay empatía, comunicación asertiva, se cuidan mutuamente, se conocen y se respetan los límites personales, existe una comunicación consciente (no reactiva). Incluye reevaluar periódicamente las relaciones interpersonales y mantener una actitud positiva para resolver conflictos.
Debemos comenzar tratándonos bien a nosotros mismos. La meditación no solo es introspección, sino entrenamiento del sistema nervioso para regresar al equilibrio. Nos permite un mayor autoconocimiento y el comprendernos mejor, facilita poder comprender a los demás. Es muy difícil cambiar al mundo, pero es indispensable controlar la forma en que reaccionamos ante él.
La creación de ambientes seguros es una forma simple, discreta, pero poderosa, de proteger y mejorar nuestras propias vidas.
Referencias:
Bruce S. McEwen (2007). Physiology and neurobiology of stress and adaptation: Central role of the brain. Physiological Reviews, 87(3), 873–904.
John Bowlby (1988). A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human Development. New York: Basic Books.
Stephen Porges (2011). The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-Regulation. New York: W.W. Norton.
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