A Amadeo Julián siempre lo he visto como un apasionado investigador historiográfico y como gran bibliófilo. Y a esta segunda cualidad, me une a él una pasión compartida, y de ahí mi admiración hacia su trayectoria intelectual, a su personalidad libresca y a su obra historiográfica. Asimismo, por el rigor de sus investigaciones históricas, su competencia jurídica, sus conocimientos del periodo colonial y su documentación sobre historia económica dominicana. Se trata pues de un erudito en la materia, en la que se vinculan su formación académica con su experiencia profesional, en el campo del derecho y la jurisprudencia. Julián Cedano es, por demás, un estudioso de la historia dominicana y un profundo conocedor de la relación histórica entre España y la República Dominicana, América y Europa. Leer sus libros es asistir, en efecto, a la comprobación –o constatación– de un investigador enciclopédico por el cúmulo de datos e informaciones que maneja, y de lo que hace gala en sus artículos y ensayos académicos. También por el corpus de documentación, notas y bibliografía que emplea y exhibe, a partir del acopio o arsenal de fichas, que le permiten armar sus obras históricas, desde una erudición meticulosa y una hermenéutica histórica. Estamos, en cierto modo, ante un hombre del Renacimiento y la clasicidad en lo atinente a su demostración profesional en el manejo de datos e informaciones. En efecto, su formación lo retrata como un historiador especializado, en un periodo histórico específico y en áreas disciplinarias raras y escasas en el país. Lo ayudan su formación y experticia en archivística y documentación, y también su competencia jurídica. Es decir, su experiencia y bagaje en análisis de datos históricos y documentos jurídicos. Sorprende el rigor y la pertinencia al insertar, analizar y comentar cartas, correspondencias y citas, y sobre todo, su propiedad en la ilación. Y en cómo hilvana las informaciones y los datos, en el proceso de redacción de los párrafos y las frases.

Siempre que nos vemos en librerías la conversación gira en torno a los libros que posee, compra, adquiere o persigue. Es así un bibliófilo contumaz, un investigador empedernido y un tenaz estudioso de los siglos xvi, xvii, xvii y xix, en materia de población, esclavitud, colonización, contrabando, economía,  moneda y banca. Es un ensayista o, más bien, un tratadista de la historiografía dominicana y, a la vez, un experto en documentación y archivística. De ahí que sus obras reflejan su espíritu científico y su personalidad investigativa por su rigor analítico, capacidad argumentativa y veracidad histórica.

En 1998, se alzó con el premio Eduardo León Jimenes de la Feria del Libro, en su primera versión, con Bancos, ingenios y esclavos, después de haber obtenido, además, en 1996, el Premio Nacional de Historia; en 2022, publicó, por el AGN, su libro El contrabando de esclavos en Santo Domingo y la fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo Domingo. Y, en 2024, vuelve a obtener el Premio Feria del Libro Eduardo León Jimenes con Economía, circulación monetaria, población y Real Hacienda en Santo Domingo en los siglos xvi, xvii, xviii, edición del AGN. De modo que estamos ante un acucioso investigador de temas de su especialidad cuya mirada enfoca a hechos y periodos históricos específicos de la historia del país y de América, siempre en sintonía y vinculación con Europa. Es decir, en el centro de gravedad de sus preocupaciones como historiador está la comparación y la relación recíproca y dialéctica entre el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo, en una especie de historia comparada.

Julián siempre trata de explicar el fenómeno histórico a la luz de los contextos sociales, económicos, jurídicos y políticos de nuestro pasado con ojo escrutador y mirada de diestro investigador. Sorprenden su trabajo de relojería y la meticulosidad con que ordena, clasifica, redacta las notas, inserta las citas y coloca los datos a pie de página o por la enorme bibliografía que sigue a cada capítulo. Es decir, semeja un relojero o un entomólogo, un biólogo o un químico, por su labor microscópica de un naturalista, como Linneo, al diseccionar su materia verbal y libresca, como lo hizo el sabio botánico sueco, al clasificar plantas e insectos del reino animal o vegetal. Hasta cierto punto, Julián ralentiza el proceso de lectura, tras obligar al lector a detenerse en el repertorio de informaciones, notas, notillas y datos nimios, por lo que este denso libro está más dirigido a investigadores que a lectores comunes, que leen solo por placer.

El libro de Amadeo Julián –que ponemos en circulación esta noche, gracias a la formidable labor de difusión y a la política editorial del Archivo General de la Nación—se titula: Ensayos sobre Pedro Henríquez Ureña y otros temas de historia política e historia de la literatura. Se trata de un voluminoso texto en el que su autor reúne diez ensayos, de los cuales tres abordan la vida y la primera obra de Pedro Henríquez Ureña y  Horas de estudios. Asimismo, contiene otros ensayos donde estudia, se detiene y profundiza en temas, vidas, obras  y aspectos de escritores e intelectuales, que contribuyeron a darle impulso al desarrollo y progreso de los procesos culturales, educativos  y sociales del país. De ahí que haya que destacar a Pedro Henríquez Ureña en la búsqueda de su identidad familiar, su relación con Lucas Thomas Gibbes y la primera edición de Horas de estudios (y sus avatares en la búsqueda de editor) y su amistad con Jorge Luis Borges. También cabe resaltar el capítulo dedicado a Rafael María Baralt, su vida y su obra y sus servicios al país como diplomático y fundador de la primera biblioteca dominicana. O el de Vicente Llorens Castillo, su exilio en Santo Domingo y su labor académica e intelectual. De igual modo, el capítulo titulado El reino de este mundo y lo real maravilloso de Alejo Carpentier; o el dedicado a William Walton, la reconquista de Santo Domingo y la independencia de América o sobre Juan Pablo Duarte en Venezuela y su oposición a la anexión a España. Por último, se destacan los capítulos que versan sobre la documentación histórica de la época colonial en el país y las causas de su desaparición y los esfuerzos por su recuperación, así como en el que se ocupa de la evidencia arqueológica y otras fuentes en la investigación histórica.

En su ensayo sobre Pedro Henríquez Ureña, Amadeo Julián traza un mapa genealógico de su familia (de sus abuelos, su padre, su madre, sus hermanos y su esposa y también de su árbol genealógico) y su periplo intelectual, desde Harvard, al ser el primer latinoamericano en dictar la cátedra Charles Eliot Norton, hasta su muerte, acaecida en 1946, en Argentina. Aborda su errancia y su itinerario desde Santo Domingo, pasando por Cuba, México, Estados Unidos, España y Argentina. Se adentra en la historia de Pedro, desde su petición a su hermano Max a  acompañarlo en México, desde La Habana en 1907, las gestiones para publicar la obra poética de su madre Salomé Ureña, suya, de Hostos y de su hermano, en la Librería Paul Ollendorff, en Francia. Esta gestión editorial entrañó muchas dificultades, incluyendo el limbo en que cayó la edición de poesía de Salomé, y la publicación de su libro Horas de estudio, en 1910, en una tirada de 1,650 ejemplares, de 360 páginas, a un precio de 3 francos y por cuyo derecho de autor recibió 100 libros. Esta edición contiene su célebre artículo “Los días alcioneos”, y está dedicada a Leonor M. Feltz, ex alumna de su madre Salomé y mentora de Max y de Pedro. Esta obra fue alabada y elogiada por don Marcelino Menéndez y Pelayo, con elocuentes comentarios y también observaciones puntuales. Esta Librería además publicó obras de otros autores dominicanos como Américo Lugo y Tulio Manuel Cestero, así como del cubano Fernando Ortiz y del mexicano Alfonso Reyes, gracias a una propuesta del propio Pedro. Consta en carta de Pedro a Reyes los intentos del dominicano porque la Librería de Gibbes publicara una antología de la poesía dominicana y otra de poesía mexicana, pero las tentativas fueron infructuosas. Después de doce años sin publicar, desde 1910, Pedro vuelve a hacerlo cuando reúne varios artículos escritos para su libro En la orilla. Mi España, editado en México, en 1922.

Tras su estadía en Argentina, Pedro establece amistad con Borges (a quien elogia valora y descubre como gran poeta y escritor), instalándose en dicho país gracias al apoyo de Arnaldo Orfila Reynal y Rafael Alberto Arrieta. Cuando se fundó la revista Sur, en 1931, Pedro formó parte de su consejo editorial, y antes, estuvo en la creación de las revistas Martín Fierro y Proa. Amadeo refiere la amistad, además, de Pedro con el ensayista argentino, Ezequiel Martínez Estrada, la llegada de Alfonso Reyes a Argentina como embajador de México, la participación de Pedro en la revista Sur, su obra en colaboración con Borges, la Antología clásica de la literatura argentina o los consejos de Pedro a Camila de que no escribiera versos sino prosa. También, la invitación de la Universidad de Harvard a Pedro, en 1945, de dictar, en inglés, una serie de conferencias tituladas Charles Eliot Norton, que en el pasado habían dictado Eliot, Stravinski y Einstein, en 1945, y que, en 1967, dictara Borges. De igual manera, alude a las relaciones de Pedro con el cubano José Rodríguez Feo, y que se reflejan en su correspondencia.

Otro personaje intelectual tratado por Amadeo Julián es Rafael María Baralt, de madre dominicana y padre venezolano, nacido en 1810 y muerto en 1860, y quien vivió en Santo Domingo, con su familia, desde 1812 hasta la España Boba, o sea, hasta 1821, a causa de la guerra de independencia de Venezuela, justamente cuando José Núñez de Cáceres proclama la Independencia efímera de 1821. Representó al país, durante el régimen de Pedro Santana, ante el Gobierno de España, logró que se reconociera, mediante un tratado, la independencia nacional, en 1855, y fue célebre porque donó su biblioteca para fundar la primera biblioteca pública dominicana. Julián destaca la labor periodística de López Baralt en Madrid, su ingreso como miembro de número de la Real Academia Española de la Lengua (siendo así el primer hispanoamericano en ocupar un sillón en dicha Academia), la autoría del Diccionario matriz de la lengua castellana y otro Diccionario de galicismos. Durante el gobierno de Buenaventura Báez, fue destituido por ante el gobierno de España. Tras su muerte, el 4 de enero de 1860, sus libros fueron enviados al país, vía el Ministerio de Relaciones Exteriores, pese a que la donación había sido verbal y no testamentaria. Los libros llegaron vía marítima y a Cuba, hasta su destino final al país el 1 de agosto de 1860, en tres cajas. Los libros de Baralt estuvieron en el palacio de Gobierno desde 1860 hasta 1867, venciendo los ataques de las polillas y la humedad, hasta que se fundó la biblioteca. Mientras don Pedro fue secretario de Instrucción pública en RD también hizo esfuerzos por catalogar y preservar esta colección bibliográfica.

Una primicia que nos ofrece Amadeo Julián es que el historiador Vetilio Alfau Durán propuso que la biblioteca Nacional, antes de llamarse Pedro Henríquez Ureña, llevara el nombre de Rafael María Baralt como un acto de justicia y reparación moral, según Alfau.

Otra figura a quien Amadeo Julián le dedica un capítulo en este libro es a Vicente Llorens Castillo, que nació en Valencia, España, en 1906, y fue alumno, en Alemania, del afamado filólogo alemán Leo Spitzer. Llorens fue amigo, además, del afamado poeta español y ensayista, Pedro Salinas, del filólogo español, Amado Alonso, del lingüísta Tomás Navarro Tomás y del humanista español Américo Castro. Llorens Castillo se involucró en el Ejército Republicado durante la Guerra Civil, y estuvo exiliado en Francia antes de venir a Santo Domingo, con escala en Saint Thomas: arribó el 25 de octubre de 1939, junto a 273 emigrantes más del bando republicano. Vino a trabajar a una granja como colono agrícola, pero terminó siendo profesor de la Universidad de Santo Domingo, bajo el rectorado de Julio Ortega Frier. La idea de este fue la de modernizar y reorganizar  la Alta Casa de Estudios, en sus planes y programas, con estos profesores e intelectuales españoles exiliados. Llorens Castillo fue designado como profesor de filología e historia de la literatura española. De Santo Domingo pudo viajar a Puerto Rico y Cuba, país donde se encontraba Pedro Henríquez Ureña, quien asistió a dos de sus conferencias y le prestó asistencia. A su regreso de Cuba, en 1940, donde fue colmado de elogios por su competencia, en cambio, a Llorens Castillo lo recibieron en el país con varias intrigas y delaciones. Fue acusado de antitrujilista, en una campaña malsana, a fin de lograr su destitución como profesor. Pero Trujillo desistió porque le ofrecieron como sustituta a Abigail Mejía, y el mandatario le tenía animadversión a esta educadora. En cambio, Llorens fue designado como director del Teatro Universitario y más tarde, editor de la antología poética del centenario de la independencia, con la ayuda de los intelectuales Américo Lugo, Pedro René Confín Aybar y Héctor Inchaustegui Cabral, además de trabajar en la creación del doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras. Gracias a sus gestiones, vino al país, finalmente, el gran poeta de la Generación del 27, Pedro Salinas, procedente de la Universidad John Hopkins de Baltimore a dictar varias conferencias a la Universidad de Santo Domingo, del 13 al 21 de junio de 1944, lo cual fue un enorme acontecimiento cultural. Sus disertaciones, además de un curso, fueron sobre la poesía de Rubén Darío, que tuvieron un enorme impacto en la vida cultural y social del país. Llorens Castillo se marcharía luego a Puerto Rico como profesor visitante, en la Universidad de Rio Piedras, igual que Salinas, donde estuvo de 1945 a 1947, después de ser cancelado como profesor de la Universidad de Santo Domingo.

Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

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