La satanización del exdembowsero, empresario mediático y artístico Santiago Matías (Alofoke), 45 años, al presentarlo en medios de comunicación como una especie de humanoide enviado de otro planeta como encarnación de todos los males de República Dominicana y líder de una generación joven de tarados, oculta las causas reales de la tragedia que viven los barrios del país y, por tanto, aleja las probabilidades de soluciones estructurales al evadir nombrar responsables, a la par que lo revictimiza y ayuda a anclarlo en el imaginario colectivo como líder de los desvalidos.
Pero también cubre con el manto grueso de la distracción la crisis actual del periodismo cuando obvia el debate esencial: desnaturalización de la profesión al extraerle su savia, su deber, que es el servicio público de informar con veracidad y a tiempo.
En abierta agresión al derecho de la sociedad a ser informada con la verdad y poniendo en juego la misma democracia de la que nos ufanamos, se han abierto las compuertas a la bulla, la monotonía, el hablar duro como herramienta de sugestión, a la superficialidad, a la extorsión y el chantaje…
A la exaltación a políticos y empresarios sin importar cuan malos son, ni el origen de fortuna; a la visibilización sistemática de los hechos violentos y la metodología para practicarlos; a la banalización de la información periodística en el afán de parecerse al submundo ruidoso de las redes sociales (RRSS), a la mentira en todas sus formas, incluida la posverdad, y al sobredimensionamiento de las tecnologías (tecnofilia), mientras se subestima a los seres humanos y su cotidianeidad.
Es el reinado del mercado salvaje, con la publicity como punta de lanza. Un fondo que muchos rehúsan aluzar porque han descubierto que les favorecen los fuegos de artificio enajenantes. La crítica social es solo pose.
El estilo de Alofoke, rabiosamente irreverente, molestoso para los rituales amanerados de la otra sociedad, la del glamour y de la cultura de salón, donde los vicios abundan tanto como en los suburbios, pero se modulan y normalizan, ha sido la excusa para el ocultamiento.
Los ataques feroces contra él van desde su origen en un ensanche hacinado al norte de la capital, Capotillo, y subrayar una ficha puesta hace años por la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD), hasta la fuente de la fortuna que sustenta sus inversiones disruptivas.
Según su declaración publicada, es propietario de Alofoke Media Group, Alofoke Radio Show, Alofoke FM (99.3) y el periódico digital De Último Minuto, que han captado parte significativa del pastel del mercado mediático local.
El tiempo hablará definitivamente sobre la transparencia de sus bienes, como deberá hablar de otros. Entretanto, el bombardeo, en tanto descontextualizado, representa desprecio por el barrio en la lucha diaria por la vida.
Desprecio por sus formas de comunicación informales, como si discursear en tono sobrio sobre periodismo de calidad y ético implicara que el emisor actúe en el terreno cónsono con su filípica; como si un montón de formales no anduvieran por ahí cacareando rigor periodístico hasta que huelen el dinero del chantaje político y empresarial.
O como si la irreverencia y las inconductas mediáticas fueran originales de Alofoke, que apenas ha entrado al mercado vía las redes sociales (RRSS).
¿Acaso fue él o las comunidades marginadas que durante décadas gritaban a oyentes de la radio y la televisión expresiones como culo sucio, drogadicto, maricón, “jediondo”, asqueroso, analfabeta, dile eso a tu maldita madre? ¿Acaso es él el autor del endiosamiento a funcionarios y de pedir dinero en el aire, una práctica que ha provocado una plaga nacional con tinte de caricatura?
El mal fue incubado en los medios tradicionales (radio y televisión) y ha migrado a las redes de manera más descarnada. Antecede sus exabruptos; él no es causa sino consecuencia. Quizá ni soñaba con plataformas mediáticas cuando el problema ya estaba instalado, lo cual no significa que tenga derecho a soslayar la responsabilidad social de informar con veracidad para montarse sobre la ola pestilente y promover la infoxicación de una sociedad que merece destino promisorio que él puede contribuir a construir desde sus medios.
Mirar desde las entrañas a aquellos guetos de empobrecimiento paridos por la exclusión, sería un ejercicio socialmente más provechoso, porque se denuncia a la autoridad indiferente para que mueva la acción pública. Lo otro, la concentración en el individuo, no sobrepasa un ejercicio pernicioso de distracción de la sociedad. Pura manipulación.
El ensanche donde nació y creció Matías tiene una superficie de 0,776 kilómetros cuadrados donde sobreviven 45,000 habitantes a contracorriente de la desatención gubernamental.
Allí, el índice de pobreza moderada y extrema es del 59% de los hogares, de acuerdo a los estudios socioeconómicos del Índice de Calidad de Vida (ICV) del estatal Sistema Único de Beneficiarios (Siuben).
Limitado al sur por la avenida Nicolás de Ovando; al norte con el muy contaminado río Isabela; el este, avenida Duarte, la de su viejo mercado ultrahacinado que sirve de fuente de empleos informales; y al oeste, avenida Máximo Gómez, este barrio de la periferia del Distrito Nacional nacido a mediados de los años 50 del siglo XX, registra una historia de rebeldía por su derecho a vivir con dignidad.
Ahora, sin embargo, la vida en aquel sitio depende del azar. Nada de fortuito.
Sin más espacio para el entretenimiento y la práctica deportiva que las aceras y las calles con su semillero de tarantines; plagado de callejones accidentados entre cuarterías donde no se abren al mismo tiempo las puertas de los vecinos sin que se impida el paso de peatones y vecinos; con gran parte de la juventud en permanente ocio por la falta de oportunidades; donde se vive apiñado con muy precarios servicios de agua potable, luz, recolección de basura y aguas residuales…
Es el mismo panorama de sus pares en la provincia Santo Domingo: La Zurza, Gualey, Simón Bolívar, 24 de Abril, Espaillat, Los Guandules, Guachupita, Valiente. Lo mismo en Vietnam, Puerto Rico Katanga, Mandinga, Cancino Adentro, Los Tres Brazos, Mendoza, Los Alcarrizos, El Café de Herrera, Bienvenido, Cristo Rey, Villas Agrícolas. Lo mismo en las barriadas de los pueblos de las provincias del norte, el este y el sur del territorio nacional.
Allí, donde sobra pobreza de la dura, se anidó la vulnerabilidad y la violencia halló tierra abonada en el hacinamiento insoportable. Entonces, el narco con su jerarquía de actores, la delincuencia callejera, la corrupción de la autoridad con los peajes y la politiquería se han aprovechado al máximo.
Aun así, sus comunitarios resisten, se organizan, estudian. Con sus acciones rechazan el estereotipo que asocia el delito con el empobrecimiento. Demuestran que los buenos son mayoría.
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