En los últimos días he vivido una experiencia que jamás busqué, pero que cada vez afecta a más personas: el hackeo y la suplantación de identidad digital. Decido compartirla no desde lo personal, sino desde la convicción de que informar y advertir es una responsabilidad ciudadana, especialmente cuando el silencio puede convertir a otros en víctimas.
Mis cuentas de correo uribesonya@gmail.com y uribesonya@hotmail.com fueron hackeadas, perdiendo por completo el control sobre ellas. A partir de ese momento, terceros no autorizados comenzaron a utilizarlas para realizar intentos de gestiones irregulares y para contactar a personas de mi entorno, generando confusión y riesgo.
Es fundamental decirlo sin ambigüedades: las víctimas no somos culpables. Estas situaciones no se provocan ni se buscan. Sin embargo, sí está en nuestras manos advertir de inmediato cuando algo ocurre. Callar —por miedo, vergüenza o desconocimiento— solo favorece a quienes operan desde el engaño.
En mi caso, el acceso inicial se produjo a través de una persona de mi entera y extrema confianza, que también había sido previamente comprometida y no pudo advertir a tiempo sobre lo sucedido. Esa falta de información fue determinante para que, actuando de buena fe, cayera en manos de estructuras criminales que se aprovechan precisamente de los vínculos personales para operar. Esta realidad deja una enseñanza clara: advertir no es alarmar, es proteger. Cuando no se comunica un incidente de seguridad, incluso sin mala intención, se expone involuntariamente a otros.
Gracias a la rápida y eficaz intervención del Departamento de Investigaciones de Crímenes y Delitos de Alta Tecnología (DICAT), fue posible recuperar mi WhatsApp personal, evitando mayores consecuencias y restableciendo un canal seguro de comunicación. Este hecho confirma la importancia de denunciar y acudir a las autoridades competentes cuando se enfrentan delitos de esta naturaleza.
No obstante, los intentos de suplantación continuaron. Utilizando una imagen tomada de mis redes sociales y otro número de teléfono, los responsables comenzaron a solicitar dinero en mi nombre, apelando a la confianza que naturalmente existe entre personas cercanas.
Es importante advertir que estas estafas no se limitan a mensajes escritos. En muchos casos, los delincuentes envían notas de voz manipuladas o recreadas, basadas en audios previos, expresiones habituales o contenidos que la persona pudo haber compartido en otro contexto. Todo está diseñado para simular cercanía, urgencia y autenticidad, generando una falsa confianza que lleva a actuar sin verificar. Se trata de técnicas de ingeniería social cada vez más sofisticadas, capaces de engañar incluso a personas cuidadosas.
Como abogada y funcionaria pública, considero indispensable subrayar que la prevención comienza con la información, que la denuncia es una herramienta de protección colectiva y que la seguridad digital es una responsabilidad compartida.
Recomendaciones prácticas para la ciudadanía
A partir de esta experiencia, comparto algunas medidas básicas pero efectivas:
• No compartir códigos de verificación, contraseñas ni enlaces, aunque la solicitud provenga aparentemente de alguien conocido.
• Activar la verificación en dos pasos en correos, redes sociales, banca digital y mensajería, preferiblemente mediante aplicaciones autenticadoras.
• Advertir de inmediato a familiares, amigos y contactos cercanos ante cualquier acceso no autorizado o situación sospechosa.
• Utilizar contraseñas únicas y robustas, evitando reutilizarlas.
• Denunciar cualquier intento de estafa o suplantación de identidad.
• Revisar periódicamente la actividad de las cuentas y los dispositivos conectados.
• Reducir la exposición de información personal e imágenes en redes sociales, especialmente en momentos de vulnerabilidad.
La seguridad digital no es solo un asunto tecnológico; es una cuestión de conciencia, comunicación y corresponsabilidad. Informar a tiempo puede evitar daños a otros. En estos casos, advertir también es una forma de cuidar.
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