Con la pérdida física de monseñor Camilo, obispo emérito de la diócesis de La Vega, se nos fue no solo a los veganos, sino a todo el país, un verdadero guía espiritual. Era un amigo de todos y, sobre todo, de los jóvenes. Hombre reflexivo, paciente para escuchar y siempre convencido de que el camino para todo era Jesucristo.

Recuerdo, siendo aún adolescente y miembro de la Defensa Civil de La Vega, cuando monseñor convocó una caminata-peregrinación desde la Catedral de la Inmaculada Concepción, en la ciudad de La Vega, hasta el templo parroquial San Juan Evangelista, en el municipio de Salcedo, provincia Hermanas Mirabal.

La eucaristía que motivó aquella caminata, iniciada luego de la misa vespertina en La Vega, sería celebrada a primeras horas de la mañana en la tierra de Francisco Antonio Salcedo, héroe que luchó en la parte noroeste del país contra el ejército haitiano durante las batallas dominico-haitianas posteriores a la Independencia Nacional de 1844. Posteriormente, esas hermosas tierras dominicanas pasaron a llamarse oficialmente provincia Hermanas Mirabal, mediante la Ley 389-07.

Además de todos los consejos que los jóvenes con deseos de aprender sobre lo correcto, lo pulcro y lo bien hecho tuvimos la fortuna de recibir de monseñor, aquella peregrinación marcó un antes y un después en la vida espiritual de muchos. Quizás se realizaron otras antes y después, pero esta quedó grabada en los corazones, de la misma manera inexplicable en que el Creador nos habla sin escribir una sola palabra, a través de su amor.

Amor fue lo que monseñor Antonio Camilo dio a todos: cercanía, paciencia y una permanente disposición para escuchar, mediar y resolver conflictos y situaciones. Siempre decía que el orden, la disciplina y la disposición de hacer lo correcto eran propios de quienes se preciaban de ser hijos del Todopoderoso.

La peregrinación que narro, en la que participaron no solo el pueblo vegano y algunos munícipes de Salcedo, sino también quienes se incorporaron hasta llegar a la parroquia San Juan Evangelista, se convirtió en una verdadera manifestación humana de hombres, mujeres, niños, policías, militares, bomberos, miembros de la Cruz Roja y personas de fe, pobres en busca del alimento del Espíritu Santo. Incluso hubo animales que, de una manera inexplicable, estuvieron presentes durante todo el recorrido. Mi madre me explicó después que dondequiera que se manifiesta el gran poder de Dios siempre suceden cosas difíciles de explicar, pero verdaderas. Por eso, ver durante toda una noche a monseñor Camilo caminar al frente de la peregrinación, sin subirse nunca a un vehículo para descansar, en un trayecto de casi 25 kilómetros, fue una experiencia inolvidable.

Esa noche, la madrugada y el amanecer comprendí a qué se refería monseñor Camilo cuando decía que nada era imposible para el ser humano creyente que actúa con fe y confía en que puede lograr aquello que se propone.

Vi a señoras de avanzada edad desplazarse lentamente, pero de manera constante y sin desfallecer, hasta permanecer en la eucaristía final. Aquella caminata, más que una penitencia para expiar culpas, fue una verdadera lección sobre la fe.

Más allá de sus innumerables obras en favor de muchas personas, para mí el mayor legado de aquel hombre sencillo fue el poder de la fe. Incluso en sus últimos días se dedicó a regalar una sonrisa y una bendición que alimentaban las almas necesitadas de pan espiritual.

Aquello me hizo comprender que todo lo que uno hace, por pequeño que parezca, puede influir significativamente en la vida de muchas personas y llenarlas de valor y sabiduría. El mensaje llegó.

La muerte forma parte de la vida y, aunque la partida de monseñor Camilo deja un profundo vacío, podemos afirmar que su obra cumplió el propósito de llegar a los corazones. Lo hizo con sencillez y franqueza, como lo hace el Redentor del mundo, el Hijo de María y de José. El buen trabajo siempre deja huellas.

Vaya con Dios, monseñor Antonio Camilo. Gracias por todo.

Cirilo de Jesús Guzmán López

Abogado

Cirilo de Jesus Guzman es Abogado, Activista, Locutor, Profesor de Derecho, y Exprocurador Fiscal Dominicano. Tiene un MBA por la Universidad de Barcelona, una Especialidad en Derecho Procesal Penal por la Escuela Nacional del Ministerio Público, y un Posgrado en Derecho de los Negocios Corporativos. Recibió el Premio Nacional de la Juventud en 2011 por liderazgo profesional.

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