En economía, como en política, los números pueden impresionar… o pueden engañar. El reciente dato del Banco Central, que sitúa el crecimiento de la economía dominicana en 5.1% durante el mes de marzo y 4.1% en el primer trimestre de 2026, ha sido presentado como una señal inequívoca de fortaleza. Sin embargo, una lectura más detenida obliga a una reflexión menos complaciente: no todo crecimiento es desarrollo, y no toda expansión económica responde a una estrategia nacional bien definida.
El dato, por sí solo, es positivo. La economía crece, y eso siempre es mejor que el estancamiento. Pero la verdadera pregunta es otra: ¿qué está impulsando ese crecimiento? y, sobre todo, ¿cuánto de él es sostenible en el tiempo?
Una parte importante de la respuesta está en el turismo, uno de los sectores que más dinamismo ha mostrado en este período. Hoteles, bares y restaurantes crecieron alrededor de un 8%, impulsados por una llegada récord de visitantes. A primera vista, esto podría interpretarse como resultado exclusivo de una política turística exitosa. Pero el contexto internacional cuenta otra historia. Las tensiones geopolíticas en Medio Oriente, la incertidumbre global y la percepción de riesgo en destinos tradicionales han reconfigurado temporalmente los flujos turísticos. En ese escenario, República Dominicana aparece como un refugio seguro, estable y atractivo. Es, sin duda, una ventaja que debemos aprovechar. Pero también es un recordatorio de que parte de ese impulso responde a factores externos, coyunturales, que no controlamos y que pueden revertirse.
Algo similar ocurre con el sector construcción, que exhibe un crecimiento cercano al 8%. Este dinamismo ha sido atribuido, en parte, a la reducción de tasas de interés y al mayor acceso al crédito. Sin embargo, sería incompleto ignorar otro elemento determinante: la reciente agilización de permisos que durante meses permanecieron atrapados en la burocracia estatal. Proyectos que estaban detenidos comenzaron a ejecutarse no porque surgiera una nueva política de desarrollo, sino porque finalmente se corrigieron ineficiencias que nunca debieron existir. En otras palabras, parte del crecimiento actual no es fruto de una visión estratégica, sino de la liberación de un potencial que el propio Estado había mantenido bloqueado.
Las zonas francas, por su lado, continúan mostrando un desempeño sólido, con un crecimiento cercano al 7.8%, en línea con el aumento de las exportaciones. Este es, probablemente, uno de los componentes más saludables del actual ciclo económico. No obstante, también es uno de los más dependientes del entorno internacional, particularmente de la economía estadounidense. Mientras esa demanda externa se mantenga firme, el sector seguirá creciendo. Pero su vulnerabilidad ante cambios globales sigue siendo un factor a considerar.
La intermediación financiera, que crece alrededor de un 7%, refleja la expansión del crédito al sector privado. Esto dinamiza el consumo y la inversión, pero también plantea interrogantes sobre la calidad de ese crecimiento. De hecho, algunos indicadores comienzan a mostrar señales de alerta: la morosidad del sistema financiero ha registrado un incremento respecto al año anterior, al tiempo que la cartera vencida crece a tasas significativamente superiores al crédito total, con especial presión en segmentos como el consumo y las tarjetas de crédito. Si bien el sistema mantiene niveles de solvencia adecuados, estos datos sugieren que una parte del dinamismo actual está siendo sostenida por endeudamiento en un contexto donde la capacidad de pago empieza a tensionarse. Cuando una economía se apoya excesivamente en el crédito para expandirse, sin un aumento proporcional en la productividad, corre el riesgo de inflar su desempeño en el corto plazo a costa de mayor fragilidad en el futuro.
En contraste, sectores fundamentales para un desarrollo más equilibrado, como la agropecuaria y la manufactura local, muestran avances más modestos. La primera crece apenas un 2.4%, mientras la segunda ronda el 3.9%. Estos números evidencian una realidad persistente: la estructura productiva del país sigue enfrentando limitaciones profundas en términos de productividad, innovación y valor agregado.
El resultado es una economía que crece, sí, pero que lo hace impulsada por una combinación de factores externos favorables, correcciones administrativas tardías y estímulos financieros, más que por una transformación estructural planificada. Y ahí radica el verdadero desafío.
Porque el desarrollo no se mide únicamente por la tasa de crecimiento, sino por la capacidad de sostenerlo en el tiempo, de diversificar la producción, de elevar la productividad y de generar bienestar de manera equilibrada. Y eso no ocurre por inercia. Requiere dirección, coherencia y visión de largo plazo.
En ese sentido, el país parece avanzar sin un marco estratégico claro que articule sus esfuerzos. La Estrategia Nacional de Desarrollo, concebida precisamente para orientar ese rumbo, ha perdido centralidad en la toma de decisiones públicas. Sin esa brújula, el crecimiento corre el riesgo de convertirse en un fenómeno episódico, dependiente de circunstancias externas y no de capacidades internas.
Celebrar el 5.1% es legítimo. Pero conformarse con él sería un error. Porque cuando una economía crece más por el contexto que por su propio diseño, el verdadero mérito no está en el dato, sino en la oportunidad que ese dato representa para hacer las cosas mejor.
La pregunta, entonces, no es si estamos creciendo. La pregunta es si estamos avanzando.
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