Sesenta y cinco años se cumplen de aquella noche en que la oscuridad comenzó a retroceder en la República Dominicana. Seis décadas y media desde que un grupo de hombres valientes, con el pecho henchido de decoro, decidió que la dignidad de un pueblo no podía seguir de rodillas. La gesta del 30 de mayo de 1961 quebró las cadenas de una tiranía feroz que durante treinta y un años mutiló el alma nacional y abrió el difícil camino hacia la democracia que hoy disfrutamos.

Los hombres que participaron en aquella hazaña asumieron el compromiso más sagrado que un ciudadano puede contraer: arriesgar la vida por la libertad de sus semejantes. Por ello, sus nombres deben permanecer grabados para siempre en el alma agradecida de la patria.

Sin embargo, la libertad es una llama que exige memoria constante. Corresponde a las generaciones del presente impedir que la hazaña del 30 de mayo se convierta en una simple página fría del calendario, empujada lentamente hacia el abismo del olvido. Es un deber ciudadano evitar que su accionar libertario sea distorsionado o reducido a una narrativa superficial. El tiranicidio no fue un hecho aislado; fue uno de los actos de redención más grandes de nuestra historia contemporánea: la liberación de la nación de la más cruel, sanguinaria y asfixiante dictadura que haya padecido nuestro suelo.

Por eso duele, en lo más profundo de la dominicanidad, contrastar la magnitud de su sacrificio con el abandono de su memoria. Con profunda tristeza vemos cómo, a 65 años de haber ofrendado sus vidas para devolverle la dignidad a una nación sometida al miedo, al saqueo público, al espionaje y a la represión, todavía hoy nadie sabe a ciencia cierta dónde reposan los restos de la mayoría de ellos. Quedaron sumergidos en la tiniebla espesa de un silencio cómplice.

Como bien denunció el doctor Eduardo Sánchez Cabral en una emotiva carta dirigida al presidente Joaquín Balaguer el 4 de diciembre de 1961, sus hijos quedaron como "huérfanos de la patria" y sus familiares tuvieron que padecer prisión, además del dolor irreparable de la pérdida. Hoy, más de medio siglo después, ese duelo sigue suspendido en el tiempo. Sus hijos y familiares aún no tienen un lugar sagrado donde enjugar sus lágrimas ni darles un postrer adiós; y el pueblo dominicano, todavía en deuda con su memoria, carece de un altar público donde rendir tributo permanente a su sacrificio heroico.

En esa célebre carta, Sánchez Cabral explicó que "el tiranicidio no solo fue siempre justificado en todos los pueblos y en todas las edades", sino que, desde la antigüedad, fue considerado uno de los más grandes deberes cívicos, por tratarse de un acto heroico y glorioso que hacía merecedores de altos honores a quienes lo ejecutaban. Para él, los hombres que realizaron la hazaña del 30 de mayo "alcanzaron la categoría de próceres y deben ser glorificados".

No merecen el olvido de una tierra anónima. Merecen descansar en paz allí donde reposan los grandes hombres y mujeres de la nación: los próceres y mártires de nuestras gestas históricas.

Esa tumba sagrada no es otra que el Panteón de la Patria. Es allí donde deben ser trasladados sus restos, y es allí donde sus nombres deben permanecer esculpidos en piedra por los siglos de los siglos. Solo así daremos testimonio imperecedero de su grandeza y saldaremos, como Estado y como sociedad, una de las deudas históricas más flagrantes de nuestra era democrática.

La Fundación Héroes del 30 de Mayo, la Fundación Hermanos de la Maza y los familiares de los héroes de la gesta libertaria elevamos este justo reclamo: la historia y la dignidad nacional demandan que el Panteón de la Patria abra, por fin, sus puertas a quienes nos devolvieron la libertad.

Oscar A. De la Maza

Presidente de la Fundación Hermanos de la Maza

Presidente de la Fundación Hermanos de la Maza. Ingeniero agrónomo con posgrado en Administración y Negocios. Consultor en energía renovable, eficiencia energética y gestión medioambiental. Coautor del libro "La transición a la democracia: del 30 de mayo de 1961 a la Navidad con libertad.

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