Desde Bremen, Alemania —una ciudad puerto fundada por Carlos Magno en el siglo VI—, Rosanna Estenelao Germán mantiene encendida una llama que nació en el sur profundo de República Dominicana. Educadora de vocación, gestora social de oficio y escritora por convicción, esta dominicana lleva más de 35 años trabajando por las mujeres y las niñas que el sistema prefiere no ver. En 2024 fue finalista del Premio Mujeres que Cambian el Mundo del BHD, un reconocimiento que apenas roza la dimensión de su labor.

Fundó en 1997 la Fundación para el Desarrollo y Bienestar de la Mujer y la Niñez —Funde Muni— en un momento en que el sur del país acusaba el golpe del fin del gobierno de Balaguer: niños en situación de calle, mujeres marginadas, hambre. Casi tres décadas después, sigue gestionando proyectos y fondos desde el otro lado del Atlántico, convencida de que la distancia no es excusa.

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Su libro "Así fueron las cosas: relatos costumbristas" —publicado en español e inglés, y próximo a salir en alemán— es un homenaje a las abuelas de los años 60 y 70, esas mujeres rurales que labraron la tierra, cocinaron, lavaron en el río y sostuvieron hogares enteros sin que nadie les reconociera el mérito. El 24 de abril, Día de la Revolución de 1965, Rosanna habló con Mirada Femenina sobre memoria, feminicidios, uniones tempranas y el largo camino que aún falta recorrer.

Un adulto mayor, que puede ser el abuelo de esa niña, se junta con ella, pare y después la deja.

—¿Cómo llegó usted a instalarse en Alemania?

Nace en el 1991, fui voluntaria en la Iglesia Católica de mi comunidad y en ese proceso, ya luego en República Dominicana, conocí al padre de mi hija y por razones de salud de mi hija me vi en la necesidad primaria de venir a Alemania.

—¿Cómo ha sido estar en un país tan distinto al nuestro?

No es fácil. Es algo que en principio tenía previsto estar solo un año y llevo 14. No es fácil cuando no se quiere perder las raíces de dónde venimos y no perder lo que somos.

—Su obra "Así fueron las cosas: relatos costumbristas" se sitúa en los años 60 y 70, épocas muy convulsas para República Dominicana. ¿Cómo ese relato está presente en el libro?

Aquí está la obra en español, traducida también al inglés y próximamente ya va a salir en alemán. ¿Cómo llegamos hasta ahí? Justamente por la abuela, por esos seres de luz que cada uno y cada una en nuestro país hemos tenido detrás, que han ido forjando los hogares dominicanos en esa época. Y actualmente siguen siendo el soporte para que las mujeres puedan salir, las mujeres jóvenes, ir a las ciudades, a Santo Domingo en aquel entonces, a trabajar, a gestionar el sustento para sus familiares. Es bueno remarcar y reconocer el aporte que han hecho esas mujeres dominicanas: labrando la tierra, haciendo dulce, cocinando, lavando, un sinnúmero de acciones cotidianas que las hacen representantes dignas de nuestro país y de nuestras familias.

—Usted lleva décadas trabajando con mujeres y comunidades empobrecidas. Desde Alemania, una sociedad con leyes que se cumplen, ¿cómo ve noticias como las de los feminicidios en República Dominicana?

La Fundación para el Desarrollo y Bienestar de la Mujer, Funde Muni, la fundé en el 1997 a raíz de la salida del doctor Joaquín Balaguer del poder, en el marco de que en el sur había muchas situaciones de hambre y sobre todo niños y niñas trabajando en situación de calle y mujeres marginadas. Al día de hoy seguimos con mucha tarea pendiente como sociedad. Aquí también pasan situaciones, pero aquí no hay informaciones que no salen tan a la luz en los medios de comunicación. También hago mención en el libro de que antes, no es desde ahora, las noticias llegaban a las comunidades coladas. No llega la verdadera información, porque hay periodistas que manejan las informaciones y depende a qué se corresponda la información que en ese momento llegue, qué poder le damos.

—¿Qué hace falta para que las mujeres dominicanas estén más seguras?

Las mujeres de nuestro país necesitan un espaldarazo, un apoyo, que sepan que ellas no están solas. El sistema y el proceso de políticas públicas todavía tiene mucha materia pendiente. Aún a distancia seguimos haciendo proyectos y gestionando fondos nacionales e internacionales en favor de que no se sigan dando estos procesos de maltrato, de que las mujeres abran los ojos y no se queden en relaciones que no les dan garantía de vida, porque van a los centros policiales o a los centros de acogida y no tienen lo que realmente necesitan para sentirse seguras. Eso es lo que buscamos: que las mujeres estén seguras, que las psicólogas apoyen, que las comunidades colaboren. Eso no se hace en un año, eso no se hace en dos días, eso se hace con las políticas públicas y una sociedad civil más empoderada y más respetuosa. Nada más hay que mirar el contenido de la música, es degradante. Nos ponen a las mujeres como si fuéramos… Son un sinnúmero de factores que hay que analizar.

No es fácil cuando no se quiere perder las raíces de dónde venimos y no perder lo que somos.

—En Alemania, ¿cómo funciona la protección legal para las mujeres?

Aquí hay muchas leyes que sí se cumplen y hay que cumplirlas. El que no las cumple, tampoco son perfectos, aquí también se cometen situaciones, pero hay una ley que regula, que da seguimiento y que hace que se cumpla, que no importa que el depredador tenga recursos económicos o no, y que no tenga un aval de un papá o una mamá que lo saque del país, porque la vida de las mujeres vale más.

—Nuestro país acaba de refrendar el sistema de cuidado. ¿Cómo describe en su obra esas precariedades que vivían nuestras abuelas, que hacían toda esa economía cotidiana sin reconocimiento?

Primeramente yo espero que sí se pague y que no dependa de que yo sea afín a un partido determinado, sino que por el simple hecho de ser dominicana y ser garante de derecho, se le reconozcan. Porque mi madre trabajó muchos años y yo soy la seguridad social de mi madre hasta el día de hoy, no por estar en Alemania, sino que desde que mi padre se fue he tenido que asumir ese rol por ser la mayor. Muchas mujeres campesinas, heroínas, son invisibles. Tienen una autoestima baja. Ellas existen, pero no les queremos dar el protagonismo. Las buscamos cuando queremos que firmen algo, cuando queremos que se representen en una junta de vecinos, en un espacio, en una iglesia, porque no es solo el aspecto político, también es el aspecto religioso popular que muchas veces las utiliza y las invisibiliza ante su rol y su participación social como mujeres dominicanas.

—¿Puede darnos un ejemplo concreto de esa invisibilización que usted ha visto en el terreno?

Yo trabajé en San Juan, Azua, Elías Piña, San Cristóbal, Puerto Plata, en diferentes zonas. Es increíble escuchar casos de llevar a la justicia a un padre que violentó sexualmente a dos de sus hijas y luego ejercer presión por atrás para que las hijas lo descarguen. Una madre en el sur profundo de nuestro país: el padre violenta sexualmente a su hija y se habla con la madre, "mire, vamos a que la ley se cumpla", y ella dice: "¿Quién nos va a mantener si lo metemos preso?". Son un sinnúmero de factores culturales que tenemos que trabajar para que nuestras mujeres se empoderen y abran los ojos. El día que le digo a mi abuela "me divorcio, me separo", mi abuela dice: "Eso no se hace en la familia." Concientizar a esa abuela de que sí se hace, porque hay factores externos que no te permiten continuar en ese proceso de convivencia, es también parte del proceso educacional en nuestro país.

—Usted ha trabajado en San Cristóbal, Azua, Elías Piña, San Juan. ¿Qué cambios ha visto en esas regiones a lo largo del tiempo?

Hay avances significativos en la región sur. Son hombres y mujeres empoderadas. Hubieron años en que trabajé con asociaciones de jóvenes que hoy son hombres y mujeres insertados en el sistema educativo, en el sistema productivo del país. Están generando sus ingresos, están siendo profesionales significativos, contribuyendo a que el país continúe hacia delante. También hay organizaciones de la sociedad civil, de mujeres y del mismo Estado, haciendo muchas acciones positivas. Lo que pasa es que el aspecto negativo muchas veces le damos mucha preponderancia, mucha fuerza, y eso permite, lamentablemente, que las cosas positivas se mantengan un poco bajo la mesa.

Eso es lo que buscamos: que las mujeres estén seguras, que las psicólogas apoyen, que las comunidades colaboren

—¿Cuál fue el último proyecto que cerraron?

Nosotras terminamos con una embajada de Canadá hace dos años un proyecto sobre prevención de embarazo en adolescentes. Cuando escuchamos los índices estadísticos sobre la cantidad de niñas adolescentes en uniones tempranas… porque ahora hay una ley que prohíbe los matrimonios infantiles, obviamente, pero está la otra cara de la moneda: no tienen el matrimonio como un papel que garantice a esa niña, pero hay uniones tempranas por debajo de la mesa. Un adulto mayor, que puede ser el abuelo de esa niña, se junta con ella, pare y después la deja. No hay que llegar hasta Elías Piña o Pedro Santana para darnos cuenta de cuáles son las realidades estadísticas que tenemos en el país sobre las adolescentes que están uniéndose tempranamente, y padres que están sustentando esa permisividad, pero más una sociedad que la permite porque hay un entorno que te dice: "Tú eres una tonta si no te vas con fulano. Él tiene carro, él gana un sueldo. Vete con él".  ¿Quién te va a garantizar que tus estudios debes terminarlos para poder tener un recurso del cual no tengas que depender de otros y otras?

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Elvira Lora

Subdirectora

Periodista especialista en investigación, documentación y derechos humanos. Doctora en Periodismo & Comunicación de la #UAB. Productora transmediática y fundadora de una plataforma de periodismo feminista Ciudadanía Fémina.

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