Muchas personas en el Medio Oriente y Europa se acostaron el martes por la noche con una sensación de pavor ante lo que podría ocurrir durante la madrugada. ¿Cumpliría el presidente estadounidense, Donald Trump, sus amenazas de destruir la infraestructura de Irán, o incluso su civilización? ¿Respondería Irán atacando instalaciones clave de petróleo y agua en el Golfo?

El anuncio, en su lugar, de un alto el fuego de dos semanas es motivo de un enorme alivio. El Armagedón se suspende… al menos por el momento. La gran interrogante ahora es si este alto el fuego es el preludio de un fin total del conflicto, o meramente una tregua antes de que se reanuden las hostilidades.

Existen motivos razonables para albergar la esperanza de que ahora estemos entrando en la fase de pacificación de este conflicto. Tanto Trump como la cúpula iraní tienen buenas razones para desear el fin de la violencia. El presidente tiene poco apetito por una guerra prolongada que dañe la economía estadounidense y divida a su base política. Los iraníes, por su parte, querrán que cesen los bombardeos.

Es importante destacar que ambas partes pueden reclamar una especie de victoria. El régimen iraní ha sobrevivido y ha demostrado que es capaz de contraatacar. Trump puede alegar haber devastado al ejército iraní y haber reabierto el estrecho de Ormuz (sin importar que este solo se hubiera cerrado como consecuencia del propio conflicto).

Sin embargo, las negociaciones de paz que ahora se pondrán en marcha aún tienen que resolver algunas cuestiones muy complejas, y disponen de poco tiempo para lograrlo. La cuestión de Ormuz será un tema central en las conversaciones. El estrecho permanece abierto por ahora, pero ¿exigirá Irán condiciones para mantenerlo abierto de forma permanente?

Resulta evidente que los iraníes aspiran a imponer una especie de sistema de peaje en un tramo de mar por el que transita el 20 por ciento de las exportaciones mundiales de petróleo. Desde su punto de vista, esto les proporcionaría una fuente de ingresos con un potencial transformador, así como una fuente permanente de influencia sobre sus vecinos y sobre los países importadores de petróleo y gas de todo el mundo.

No obstante, precisamente por estas razones, es sumamente improbable que EE. UU. —respaldado por sus aliados del Golfo— acepte los intentos de Irán de instalar una especie de puesto de peaje en el estrecho. Por consiguiente, Irán tendrá que dar marcha atrás, o bien se deberá acordar algún tipo de compromiso de carácter ambiguo. La cuestión de Ormuz también está vinculada a la exigencia de reparaciones por parte de Irán. El régimen sostiene que la infraestructura del país ya ha sufrido graves daños y reclama una compensación. Resulta muy improbable que EE. UU. acceda a ello, sobre todo porque implicaría admitir su culpabilidad.

Irán también buscará algún tipo de garantía de que la guerra no puede reanudarse arbitrariamente en el momento que EE. UU. e Israel decidan. Es probable que los estadounidenses y los israelíes condicionen cualquier garantía de este tipo al comportamiento de Irán en una serie de cuestiones, entre ellas el estrecho de Ormuz, el rearme iraní y el destino del programa nuclear de Irán.

EE. UU. ha exigido una prohibición permanente del enriquecimiento nuclear por parte de Irán. Asimismo, a la administración Trump le preocupa enormemente el paradero de las actuales reservas de uranio altamente enriquecido del país. Estas son precisamente las cuestiones en las que han fracasado las rondas de conversaciones anteriores. No está claro si las semanas de combates habrán modificado la postura de alguna de las partes.

También será crucial determinar quiénes participarán exactamente en las negociaciones. En décadas anteriores, las conversaciones sobre el programa nuclear iraní no solo involucraban a EE. UU. e Irán, sino también a potencias europeas clave, así como a Rusia y China. Hoy en día, resulta difícil imaginar una configuración de actores de ese tipo; en su lugar, han surgido nuevos interlocutores. Las conversaciones tendrán lugar en Islamabad, Pakistán.

Incluso en el seno de las delegaciones estadounidense e iraní surgen interrogantes sobre quiénes serán los negociadores. ¿Seguirá Trump depositando toda su confianza en su enviado especial, Steve Witkoff, y en su yerno, Jared Kushner, a quienes se ha acusado de haber gestionado de forma desastrosa la ronda de conversaciones anterior? ¿Y quién tomará las decisiones clave en Teherán, dado que gran parte de la cúpula dirigente del país ha perecido y el nuevo Líder Supremo brilla por su ausencia?

No existe garantía alguna de que estas interrogantes puedan resolverse con rapidez. No obstante, al menos por el momento, el mundo centra su atención en consolidar un alto el fuego, en lugar de contemplar más muerte y destrucción.

(Gideon Rachman. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).

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