Al cumplirse 56 años de la fundación de la Universidad Central del Este (UCE), resulta inevitable volver la mirada hacia aquella época en que la mayoría de las calles de San Pedro de Macorís eran polvorientas y agonizaba la otrora poderosa industria azucarera. En medio de aquel panorama, un visionario tenía en su mente una idea que para muchos parecía descabellada: fundar una universidad. Aquel hombre era don José Altagracia Hazim Azar, conocido también como «José Proyectos», cuya determinación terminaría dejando una huella profunda en la historia de la educación superior dominicana.

Realmente era un proyecto bastante arriesgado. En esos años, la educación universitaria estaba concentrada principalmente en Santo Domingo y Santiago, mientras que la Región Este, pese a su importancia económica e histórica, todavía no contaba con una universidad propia. Para muchos jóvenes, obtener un título profesional significaba abandonar su ciudad y trasladarse a otros lugares, una posibilidad que no estaba al alcance de todas las familias. Fundar una universidad en San Pedro de Macorís suponía, por tanto, mucho más que abrir un centro educativo: era llevar la educación superior a una región que hasta entonces había carecido de esa oportunidad.

Aun con el viento en contra, don José siguió firme en su sueño de que la Región Este tuviera su universidad. Fue así como conformó un comité gestor con la finalidad de convertir aquella idea en realidad. Se realizaron numerosas reuniones, pero nunca se llegaba a nada concreto. El doctor comenzaba a cansarse de las vacilaciones y las opiniones negativas, hasta que, según una conocida anécdota sobre la fundación, su temperamento se dejó sentir cuando, dando un fuerte golpe sobre la mesa, exclamó: «¡Carajo! ¡Se acabaron las opiniones! ¡Ya está fundada la universidad y se acabó!»

De aquella determinación nació la Universidad Central del Este (UCE), el 15 de octubre de 1970, convirtiéndose en la primera universidad de la Región Este y en una de las instituciones pioneras de la expansión de la educación superior dominicana. La universidad adquirió personalidad jurídica mediante el Decreto núm. 1205, expedido por el Poder Ejecutivo el 2 de julio de 1971.

La UCE comenzó a funcionar en instalaciones muy modestas, entre ellas un viejo caserón de la calle Duarte, donde anteriormente había operado la clínica del doctor Moscoso Puello, y espacios de la Cámara Americana de Comercio. Las primeras aulas estaban divididas con madera y, de acuerdo con los relatos sobre sus comienzos, la matrícula inicial era de apenas 90 estudiantes, cifra que llegó a reducirse a 13. Aquella universidad que hoy conocemos estuvo prácticamente al borde del cierre.

Cuando escuchamos la expresión «los inicios son difíciles», muchas veces nos parece una frase repetida. Sin embargo, en la historia de la Universidad Central del Este adquiere un significado especial. A las limitaciones económicas se sumaban la desconfianza de sectores de la población y la oposición de grupos que defendían la instalación de una extensión de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) en la región. Hubo manifestaciones, huelgas y cuestionamientos que hicieron todavía más complicado el nacimiento de aquella institución.

Para entonces, don José era un hombre maduro y decidido, poco dispuesto a dejarse desalentar por los comentarios, aunque en muchas ocasiones estos sí le dolieron. Y no era para menos: las condiciones económicas y sociales no eran precisamente las más favorables para sacar adelante una universidad. Pero también llegaron los momentos buenos, entre ellos el apoyo del presidente Joaquín Balaguer para adquirir los terrenos donde hoy se encuentra el campus universitario y las contribuciones de instituciones y particulares, como Pedro Justo Carrión.

Otro acontecimiento terminaría cambiando el rumbo de la institución: la inscripción de un estudiante extranjero. Aquel muchacho, procedente de Puerto Rico, bien merece que algún día se le dedique, aunque sea, una pequeña placa conmemorativa. Su llegada le permitió a don José comprender que la universidad podía proyectarse mucho más allá de las aguas dominicanas. Con el tiempo comenzaron a llegar jóvenes de distintas nacionalidades, atraídos por las oportunidades de formación profesional que ofrecía San Pedro de Macorís.

En los inicios de la UCE, el costo de la matrícula por cuatrimestre era de 50 pesos, con cinco pesos de abono inicial. Pero aquellos cinco pesos, según las anécdotas conservadas sobre esa época, muchos estudiantes no podían pagarlos. Don José acostumbraba prestarlos, aunque nunca los cobraba, o simplemente exoneraba del pago a quienes carecían de recursos. Era tanta la ayuda ofrecida que las constantes salidas de caja chica por cantidades pequeñas llegaron a representar dificultades para el Departamento de Contabilidad.

Parte de la personalidad y trayectoria de aquel hombre puede conocerse a través de la obra Don José: biografía del Dr. José Hazim, publicada en 1989 por el escritor Lipe Collado. Entre los episodios que se recuerdan de los primeros años figura que don José no se limitaba a ejercer las funciones de rector: también desempeñaba labores de secretario, profesor, encargado de inscripciones y hasta de conserje. Limpiar su propio escritorio y los muebles de las oficinas no representaba para él motivo de vergüenza, pues lo verdaderamente importante era mantener en pie la universidad.

Es notable que, entre todos los logros que cosechó el doctor José Hazim Azar, la fundación de la UCE fue uno de los que mayores satisfacciones le produjo y al que entregó buena parte de su existencia. Sin embargo, sería injusto atribuir su permanencia exclusivamente a una persona. Detrás de aquella institución hubo colaboradores, profesores, estudiantes, empleados y ciudadanos que, en distintos momentos, contribuyeron a sostener un proyecto en el que muchos inicialmente no creían.

Con el paso de los años, la responsabilidad de continuar aquel legado pasó a manos de su hijo, el doctor José Emeterio Hazim Frappier, quien durante décadas ocupó la rectoría y también desarrolló una importante trayectoria en la vida pública, llegando a ser senador de la República por la provincia de San Pedro de Macorís. Su gestión representó una etapa de consolidación y crecimiento institucional, durante la cual la universidad fortaleció su presencia en la educación superior dominicana.

La continuidad familiar adquirió una nueva dimensión en enero de 2014, cuando asumió la rectoría el maestro José Altagracia Hazim Torres, nieto del fundador e hijo de José Emeterio Hazim Frappier. De esta manera, tres generaciones de una misma familia han estado vinculadas a la fundación, consolidación y transformación de la Universidad Central del Este, una particularidad de su historia que permite comprender la permanencia de aquel proyecto concebido por don José en los años setenta.

Durante los últimos años, la universidad ha continuado desarrollando iniciativas de modernización académica, tecnológica e institucional. Aquella casa de estudios que comenzó funcionando en locales prestados y con aulas divididas por madera dispone hoy de instalaciones universitarias, laboratorios, recursos tecnológicos y una oferta educativa que responde a necesidades muy distintas de las que existían cuando fue fundada.

Su crecimiento tampoco se ha limitado a San Pedro de Macorís. Con el paso del tiempo ha establecido recintos y extensiones universitarias en Punta Cana, San Juan de la Maguana, Montecristi y Bonao, ampliando su presencia territorial. A ello se suma el alcance nacional que proporcionan sus programas de grado y posgrado, particularmente mediante las modalidades semipresencial y virtual, que permiten a estudiantes de diferentes localidades acceder a oportunidades de formación sin que la distancia constituya necesariamente un impedimento.

La UCE ha adquirido, además, una importante proyección nacional e internacional en el campo de las ciencias de la salud. Su carrera insignia, Medicina, ha formado generaciones de médicos dominicanos y extranjeros que hoy ejercen su profesión en distintos lugares del mundo. Esta trayectoria se fortaleció con la acreditación internacional de su Escuela de Medicina, otorgada por la Caribbean Accreditation Authority for Education in Medicine and Other Health Professions (CAAM-HP), un avance significativo en sus procesos de evaluación y aseguramiento de la calidad académica.

A Medicina se suman otras disciplinas relacionadas con las ciencias de la salud, como Odontología, Enfermería, Bioanálisis, Farmacia y Medicina Veterinaria. Sin embargo, la UCE es mucho más que sus carreras sanitarias. Su oferta académica comprende también las ciencias de las ingenierías, las ciencias administrativas, las ciencias jurídicas, las humanidades, la educación, la arquitectura y las artes, formando profesionales que participan en diversos sectores del desarrollo nacional.

Mención especial merece su contribución a la formación de profesionales vinculados con el turismo y la hotelería, una actividad de gran importancia para la economía dominicana, particularmente en la Región Este. Asimismo, durante los últimos años la institución ha incorporado programas relacionados con la inteligencia artificial, la ciberseguridad, el desarrollo de software y otras áreas tecnológicas, procurando responder a las exigencias de profesiones en constante transformación.

De la mano de su actual rector, José Altagracia Hazim Torres, la UCE continúa dando pasos hacia una educación cada vez más accesible, innovadora y sin barreras geográficas. La incorporación de nuevas modalidades de enseñanza y la diversificación de sus programas permiten observar una institución que procura evolucionar al ritmo de los tiempos. En cierta medida, se trata de una continuación de aquella visión inicial: si don José buscaba llevar la universidad a una región que no la tenía, hoy las nuevas tecnologías permiten acercar oportunidades de formación a personas que no necesariamente pueden desplazarse hasta un campus universitario.

La proyección de la UCE también trasciende las fronteras dominicanas mediante vínculos de cooperación internacional, intercambios académicos y relaciones con instituciones extranjeras. Resulta interesante establecer un paralelismo entre aquel primer estudiante puertorriqueño que contribuyó a abrir las puertas de la universidad al exterior y los actuales esfuerzos de internacionalización. Aunque los tiempos y las circunstancias son distintos, permanece la aspiración de conectar la formación universitaria con un mundo cada vez más interdependiente.

Otro aspecto que merece destacarse es el fortalecimiento de la investigación científica. La institución ha venido promoviendo proyectos, publicaciones académicas y espacios de divulgación del conocimiento, al tiempo que impulsa la participación de docentes e investigadores en actividades nacionales e internacionales. Este proceso resulta especialmente importante porque una universidad no solamente debe transmitir los conocimientos existentes, sino también contribuir a producir otros nuevos que ayuden a comprender y atender las necesidades de la sociedad.

En este recorrido también corresponde reconocer el papel de su cuerpo docente, cuya preparación y actualización constituyen elementos esenciales para el desarrollo institucional. La calidad de una universidad no depende únicamente de sus instalaciones o de la cantidad de programas que ofrece; también descansa en las competencias, la vocación y el compromiso de los profesores que asumen diariamente la responsabilidad de formar profesionales.

La modernización se ha hecho visible, además, en su infraestructura. Una muestra reciente es la transformación de su biblioteca en un Centro de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación (CRAI), cuya primera etapa de renovación fue inaugurada en 2026. El nuevo concepto incorpora recursos digitales, herramientas tecnológicas y ambientes para el estudio, la investigación y el aprendizaje colaborativo. De esta manera, la biblioteca deja de concebirse exclusivamente como un lugar destinado a conservar y consultar libros para convertirse en un espacio más dinámico de construcción del conocimiento.

Pero quizás una de las cifras que mejor resume la distancia recorrida sea la de sus egresados. Aquella universidad que llegó a tener apenas 13 estudiantes ha formado cerca de 65 mil profesionales dominicanos y extranjeros en distintas áreas y especialidades. Detrás de esa cantidad existen historias de superación, familias que vieron a sus hijos convertirse en profesionales y generaciones de hombres y mujeres que han llevado los conocimientos adquiridos en la UCE a hospitales, escuelas, empresas, instituciones públicas y comunidades dentro y fuera de la República Dominicana.

Su contribución, sin embargo, no puede medirse únicamente por la cantidad de títulos otorgados. A través de iniciativas comunitarias, servicios de salud, proyectos de investigación, actividades culturales y programas de extensión, la universidad también ha procurado mantener vínculos con su entorno. Esa relación con la sociedad forma parte de una responsabilidad que ninguna institución de educación superior debería perder de vista: contribuir al bienestar colectivo y al desarrollo humano.

Para San Pedro de Macorís, la fundación de la UCE significó un nuevo resurgir. Su aparición coincidió con una etapa en la que la ciudad experimentaba las consecuencias de las transformaciones de la industria azucarera. La llegada de estudiantes nacionales y extranjeros contribuyó a dinamizar el comercio, la demanda de viviendas, el transporte, los servicios y la vida cultural. La universidad no solamente transformó las oportunidades educativas de la región; también pasó a formar parte de la cotidianidad y de la identidad de la «Sultana del Este».

Al cumplirse 56 años de su fundación, el 15 de octubre de 2026, es justo reconocer sus avances sin olvidar aquellos difíciles comienzos. La historia de la Universidad Central del Este demuestra que las instituciones no nacen grandes, sino que se construyen mediante esfuerzos, decisiones y sacrificios sostenidos en el tiempo. Sus logros actuales tampoco significan que la tarea esté concluida: continuar fortaleciendo la calidad académica, la investigación, la innovación y su compromiso social constituye un desafío permanente.

Quien escribe estas líneas es egresado y actualmente docente de la Universidad Central del Este. He tenido la oportunidad de conocerla desde ambas perspectivas y de observar de cerca parte de sus transformaciones, sus avances y los desafíos que todavía enfrenta. Por eso, más allá del vínculo académico y del aprecio personal que le tengo, reconozco el lugar que ocupa en la historia de nuestra ciudad. Sin duda, la UCE es uno de los grandes orgullos de San Pedro de Macorís, una institución cuyo legado trasciende sus aulas y forma parte de la identidad de la «Sultana del Este».

Quizás la mayor enseñanza de esta historia sea que las grandes transformaciones no siempre comienzan con abundantes recursos ni con la aprobación de todos. A veces comienzan con una idea aparentemente descabellada, un hombre decidido y un golpe sobre la mesa.

A más de medio siglo de su fundación, la Universidad Central del Este continúa escribiendo su historia, manteniendo vivo aquel sueño que nació en San Pedro de Macorís el 15 de octubre de 1970.

Referencia bibliográfica

Collado, L. (1989). Don José: biografía del Dr. José Hazim. Editora de Colores.

Nota del autor: Este ensayo constituye una versión revisada y ampliada del artículo «Historia de la Universidad Central del Este (UCE)», publicado originalmente en 2022.

Ramón Díaz Mejía

Historiador y Escritor

Historiador y escritor. Docente de Historia en Ministerio de Educación Trabajó como Director en Colegio Pestalozzi Estudia "Doctorado en Ciencias de la Educacion" en Humboldt International University Estudió Maestría en Tecnología Educativa en Universidad Central del Este Estudió Educación Mención Ciencias Sociales en Universidad Central del Este.

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