No sé cuántos versos y canciones relacionan al otoño con la tristeza. Dicen que es un atajo a la melancolía, un pasaje a la depresión. Hasta el propio proceso de envejecimiento humano lo relacionan con el otoño por sus evidentes características. Contrario a la creencia, el otoño no es la estación preferida de los suicidas: Es la primavera. Según los estudios que se han realizado en torno al llamado Trastorno Afectivo Estacional, se ha demostrado que a muchos les afecta el menor tiempo de luz natural que ofrece la estación. No es el caso de otros, entre los que me incluyo.
Jamás me han quebrantado los altos niveles de melatonina que suelen cobijarse en el cerebro cuando las noches se tornan más largas. Quizás porque siempre me han fascinado los desenlaces, lo crepuscular, el cansancio de épocas que dejan certezas que no dan espacios a dudas. Ya sea en la historia, la literatura o el deporte. El sunset de los períodos, sus decadencias en donde se descubren villanos y héroes, más un montón de oportunistas pendencieros que se apuntan a la lista de protagonistas. Es el otoño tan útil como sus otras tres hermanas.
Cada una cumple un propósito. Si la caída de las hojas de los árboles le produce a usted un estado de tristeza, pues para la naturaleza resulta un favor insoslayable que las plantas dejen de hacer fotosíntesis cuando reciben menos luz solar porque es su sistema defensivo para poder regenerarse en primavera. O sea, lo que visualmente nos puede causar tristeza en realidad es para las plantas un proceso que les garantiza seguir liberando oxígeno al medio ambiente. Es el leitmotiv de la vida. Hay que ser feliz sin importar la estación. Aunque sea para joder.
PD: El otoño inicia cuando el reloj marque hoy las 8:05 PM
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