América Latina está viviendo una peligrosa ola de autoritarismo disfrazado de “renovación”.
Ya deja sus secuelas en Argentina… Comienza a latir en Chile.
Y, desde el pasado domingo, su poder busca instaurarse en Colombia.
Las auto-proclamaciones sin resultados oficiales, los discursos que glorifican el odio y los líderes que prometen “orden” a costa de libertades, caso de El Salvador, son síntomas de una enfermedad política que se expande con el aval de potencias externas, cuyo liderazgo es el primero en aupar y felicitar….
A ese liderazgo de la "ultrapotencia" se le imita, incluso con “atentados”. Ya lo vimos el pasado viernes en Costa Rica.
Así actúa la ultraderecha cuando se siente confiada de conquistar el poder; no es por su fuerza, sino por nuestra indiferencia, esa apatía que es motorizada y escarbada por los algoritmos de las redes sociales.
En República Dominicana no podemos permitir que el miedo y la desinformación se conviertan en herramientas de conquista. Es hora de cerrar filas en defensa de la democracia, no con tibieza, sino con convicción. Las deudas de la democracia, ya lo ha dicho Miguel Ceara Hatton, son el campo perfecto para que la maleza autoritaria se expanda.
En primera instancia, ante la amenaza que ya expresan los ultraderechistas en el escenario digital, la educación cívica debe ser un escudo contra la manipulación; las instituciones éticas y que respondan a las necesidades de la población, una muralla frente al oportunismo; y la justicia social, la raíz que impida que el resentimiento se transforme en odio.
A los medios de comunicación y a la ciudadanía les corresponde desenmascarar la mentira y confrontar el fanatismo. No se trata de debatir con quienes niegan la dignidad humana, sino de impedir que sus discursos se normalicen. Ya bien se ha demostrado, por ejemplo en la Segunda Guerra Mundial, que la neutralidad ante el extremismo no es prudencia: es complicidad.
Ante un mundo cada vez más comunicado, la democracia no se defiende con discursos vacíos, sino con acción. Hay que ocupar las calles y las redes sociales con ideas, con verdad y con valentía. Si dejamos que el silencio gane, el autoritarismo se instalará sin resistencia. La historia ya nos ha mostrado lo que ocurre cuando la sociedad baja la guardia. No repitamos el error.
Hoy más que nunca, la prevención es vital. Defender la democracia no es solamente un gesto simbólico: es una obligación moral. Si queremos evitar que el extremismo capture el poder en 2028, debemos actuar ahora, con firmeza, con memoria y con coraje. Porque cuando la ultraderecha avanza, el silencio es su mejor aliado.
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