El presidente Luis Abinader concedió una entrevista al diario argentino Infobae, y una de las cuestiones abordadas fue la situación de Cuba. El entrevistador quería que el presidente dijera si Cuba era o no una dictadura, y el presidente insistió en definir la situación cubana como un ejercicio no democrático del poder. Le preguntaron sobre la situación de Venezuela, y qué pensaba de Nicolás Maduro y la actuación del gobierno de los Estados Unidos, y dijo con claridad que Maduro se robó las elecciones del 28 de julio de 2024, y que República Dominicana desde muy temprano dijo que haría esfuerzos por el retorno de la democracia en Venezuela.
Le preguntaron si se consideraba aliado de Estados Unidos, y declaró rápidamente, sin duda, que era aliado de Estados Unidos y que su gobierno participaba de iniciativas encabezadas por la administración norteamericana en procura de estabilidad política y solución de temas comunes.
Cuba pasa por una situación extrema, de aislamiento, cerco brutal como nunca antes ningún gobierno norteamericano había establecido. Impedimento de adquisición de petróleo o combustible, de comida y medicamentos, paralización casi total de la actividad turística, obligación de las empresas españolas y canadienses que tenían alianzas comerciales para administrar y manejar hoteles de GAESA en Cuba, las cuales decidieron marcharse antes que asumir las sanciones del gobierno de los Estados Unidos.
Las tarjetas de crédito Visa y Mastercard retiraron de sus operaciones en Cuba. No hay transporte aéreo para los cubanos, tampoco hay combustibles, y por tanto no hay energía eléctrica, no hay transporte, carecen de alimentos, y corren el riesgo de una posible intervención militar.
Las tensiones son brutales. Estados Unidos aspira, y espera, una rebelión interna de los cubanos contra su gobierno. Eso es poco probable que ocurra, aunque la desesperación, la hambruna, el sentido de tragedia lleve a algunos a plantear la posibilidad de una rebelión.
Sin embargo, Cuba se ha especializado en la creación de sistemas y cuerpos represivos sofisticados, eficientes, que impiden cualquier acción considerada contrarrevolucionaria. Producir alimentos, por ejemplo, o permitir que los paladares hagan negocios, es casi una locura, pero la eficacia de los cuerpos represivos no está en duda.
Por tanto, Estados Unidos probablemente se equivoca estimulando una salida desesperada de los cubanos. Se han plantado demandas criminales contra Raúl Castro, Díaz Canel, y sus familiares en Estados Unidos, y contra otros dirigentes cubanos. Cuba no tiene aliados en este momento.
Estados Unidos acorrala a los cubanos y los lleva a una mesa de negociación en la que se rindan, entreguen el poder y le den una victoria política importante al presidente Donald Trump y a su secretario de Estado, el cubano-estadounidense Marco Rubio.
¿Hay alguna posibilidad de negociación? Es posible. Lo que no habrá es una rendición de los cubanos de Cuba. Están dispuestos a llegar a los extremos para esperar a noviembre, cuando haya elección de medio término, y la política interna en Estados Unidos pueda cambiar. ¿Resistirán hasta entonces? No se sabe.
Podrían plantearse reformas negociadas, discutidas con Estados Unidos, pero sin sometimientos judiciales ni represalia contra su liderazgo. La revolución cubana sobrevivió a John F. Kennedy, a Lyndon Johnson, a Gerard Ford, Jimmy Carter, Ronald Reagan, George W. Bush, Bill Clinton, George Bush hijo, Barack Obama y Joe Biden. El mundo de hoy es diferente, y las condiciones de alianzas que protegieron a Cuba, con alianzas con los rusos, con los chinos, venezolanos, han cambiado.
Lo inteligente y lo posible es que los cubanos, entendiendo la gravedad de su situación, negocien una transición política controlada, con Trump y su administración, para que su país no siga languideciendo y sometiéndose a una hambruna y una miseria que pocas veces ha sido conocida en la región, salvo el desastre en que ha vivido Haití en los últimos 30 años.
Negociar es posible. La ideología, la rudeza política o la represión no son posibles en estas circunstancias, y menos una intervención militar con consecuencias imprevisibles, no pueden impedir un diálogo que le ofrezca un respeto a los cubanos y un aire de grandeza a Donald Trump.
Luis Abinader lo sabe.
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