Una encuesta nacional recientemente publicada deja un mensaje que no admite interpretaciones: para el 42.3 % de los dominicanos, el principal problema que enfrenta el país es el alto costo de la vida, muy por encima de cualquier otra preocupación. Cuando la pregunta se traslada al hogar, la respuesta es todavía más contundente. El 59.2 % de los encuestados afirma que la alimentación representa el gasto que más presiona su presupuesto familiar, mientras que el 57.7 % considera que la medida que más aliviaría su economía sería una reducción en los precios de los alimentos. Para una mayoría de hogares cuyos ingresos mensuales no superan los RD$ 30,000, esta no es una percepción subjetiva; es la matemática diaria de cada visita al colmado.
Sin embargo, las cifras oficiales parecen contar una historia distinta. El Banco Central ha informado que la economía dominicana acumuló un crecimiento cercano al 4 % durante el primer cuatrimestre del año, que el peso dominicano se apreció alrededor de un 5.2 % frente al dólar al cierre de abril y que las reservas internacionales rondan los US$ 16,000 millones, equivalentes a casi seis meses de importaciones. Son indicadores sólidos que reflejan estabilidad macroeconómica y una gestión prudente de la política monetaria. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo es posible que una economía estable conviva con una población que siente que cada día el dinero rinde menos?
La respuesta comienza por entender qué significa realmente la inflación. La inflación no mide si los precios están altos o bajos; mide la velocidad a la que continúan aumentando. Cuando las autoridades monetarias anuncian que la inflación está bajo control, lo que indican es que los precios siguen subiendo, pero a un ritmo menor. Durante aproximadamente treinta y cinco meses, la inflación dominicana se mantuvo dentro del rango meta de 4 % ± 1 %, lo cual constituye un logro importante. No obstante, esos incrementos anuales se acumulan sobre aumentos previos. En otras palabras, aunque hoy los precios crezcan más lentamente, el nivel general de precios es considerablemente más alto que hace tres o cuatro años. La estabilidad evita que la herida siga profundizándose, pero no devuelve el poder adquisitivo perdido.
A esto se suma un segundo elemento. En abril de 2026, la inflación interanual alcanzó 5.11 %, saliendo por primera vez del rango meta desde mayo de 2023. El propio Banco Central atribuyó este comportamiento al incremento de los precios internacionales del petróleo y a las tensiones geopolíticas en Medio Oriente, factores que impactaron directamente los combustibles. La encuesta ciudadana, sin necesidad de análisis técnicos, ya reflejaba esa realidad al identificar el costo del transporte y los combustibles entre las principales preocupaciones económicas.
El combustible tiene un efecto multiplicador, el ciudadano lo paga primero cuando llena el tanque de su vehículo o cuando utiliza el transporte público, pero también lo paga indirectamente en el costo de los alimentos, ya que cada producto que llega al supermercado o al colmado incorpora el gasto de transporte y distribución. En consecuencia, cualquier aumento en los combustibles termina trasladándose al presupuesto familiar.
Existe además una tercera explicación, quizás la más importante para entender por qué muchas personas sienten una inflación superior a la que muestran las estadísticas oficiales. En realidad, no existe una sola inflación; cada familia tiene su propia inflación personal, determinada por la composición de sus gastos. La conocida Ley de Engel establece que mientras menor es el ingreso de un hogar, mayor es la proporción de sus recursos destinada a la alimentación. Si una familia dedica cerca del 60 % de sus ingresos a comprar comida, entonces el comportamiento de los precios de los alimentos prácticamente define su costo de vida.
Por esa razón, los hogares de menores ingresos suelen experimentar una inflación efectiva superior al promedio nacional porque está directamente relacionada a los precios de los alimentos. Mientras los indicadores técnicos hablan de inflación subyacente y de exclusión de componentes volátiles, la realidad cotidiana es que esos componentes "volátiles" son precisamente los que las familias compran todas las semanas: arroz, aceite, pollo, huevos, vegetales, gas y transporte. El alivio estadístico muchas veces no llega al sancocho del domingo.
¿Qué puede hacer una familia frente a esta realidad? Aunque ninguna decisión individual sustituye una política pública efectiva, existen acciones concretas que ayudan a proteger el presupuesto. La primera es reconocer que la batalla principal se libra en la alimentación. Planificar las compras, elaborar una lista antes de salir al supermercado, comparar precios entre establecimientos y privilegiar productos de temporada puede representar un ahorro importante cuando este rubro consume más de la mitad de los ingresos.
La segunda recomendación es vigilar el gasto silencioso del transporte. Organizar diligencias, compartir trayectos o reducir desplazamientos innecesarios permite liberar recursos que muchas veces se pierden en los tapones y en el consumo adicional de combustible.
La tercera es evitar que el problema de los precios se transforme en un problema financiero mayor. La encuesta revela que las deudas ya forman parte importante de las preocupaciones de los hogares. Financiar gastos corrientes con tarjetas de crédito o préstamos de consumo implica pagar intereses elevados por bienes que desaparecen en pocos días. Una regla sencilla puede marcar la diferencia: nunca endeudarse para consumir aquello que se agotará antes de terminar de pagarlo.
Finalmente, aunque parezca difícil, es fundamental construir un pequeño fondo de emergencia. No tiene que ser una suma grande; basta con ahorrar una cantidad modesta de manera constante. En un entorno internacional incierto, donde factores externos pueden alterar los precios de un mes a otro, disponer de un colchón financiero evita recurrir al endeudamiento ante cualquier imprevisto.
La gran enseñanza es que ambas realidades pueden coexistir. La estabilidad macroeconómica es real y constituye un activo invaluable para el país. Un sistema financiero sólido, una moneda estable y reservas internacionales robustas nos protegen de crisis mucho más profundas. Pero esa estabilidad, por sí sola, no devuelve el poder adquisitivo que las familias han perdido a lo largo de los últimos años.
Por eso, mientras las autoridades continúan preservando los grandes equilibrios de la economía, cada hogar debe concentrarse en aquello que sí puede controlar: su presupuesto, sus hábitos de consumo, sus deudas y sus prioridades financieras. Al final, usted no puede decidir cuánto costará mañana el barril de petróleo, pero sí puede decidir cómo administrar cada
peso que entra a su bolsillo, y esa decisión, hoy más que nunca, puede marcar la diferencia entre vivir preocupado por los precios o tener el control de sus finanzas.
Tu Consultorio Financiero es una columna desarrollada por Jesús Geraldo Martínez sobre finanzas personales, para orientar a las personas con conocimientos básicos en finanzas y economía a mejorar su entendimiento. Para consultar con el autor puede escribir al correo abogadojesus@icloud.com, o en Instagram @Jesusgeraldomartinez.
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