Una transformación silenciosa

La coincidencia fue interesante. Mientras en Santo Domingo se celebró la semana pasada el Dominicana Fintech Forum (26-27 de agosto), con debates sobre stablecoins, inteligencia artificial, pagos digitales, identidad digital y nuevos modelos financieros, una discusión similar se desarrollaba en múltiples regiones del mundo.

La pregunta ya no es si la banca va a cambiar. La pregunta es quién controlará la relación con el cliente cuando los servicios financieros dejen de ser visibles. Porque quizás el banco del futuro ya no parezca un banco.

Las finanzas desaparecen

Durante décadas, la banca ocupó una posición privilegiada. Si una persona quería pagar, ahorrar, pedir un préstamo o enviar dinero, inevitablemente debía acudir a una entidad financiera.

Hoy esa lógica está desapareciendo. Los servicios financieros siguen existiendo, pero cada vez más se integran dentro de otras plataformas, aplicaciones y ecosistemas digitales. Los expertos llaman a este fenómeno embedded finance: las finanzas dejan de ser un destino y se convierten en una función integrada, casi invisible, dentro de otra experiencia.

Cuando un conductor de Uber recibe un adelanto sobre sus ingresos, un vendedor de Mercado Libre obtiene financiación para su inventario o un consumidor realiza un pago dentro de una plataforma digital, algo fundamental cambia. La relación principal ya no necesariamente es con el banco. El banco puede seguir detrás del escenario: custodiando depósitos, financiando créditos, administrando riesgos o procesando operaciones. Pero otra empresa controla la pantalla que mira el cliente, los datos que genera y los productos que se le ofrecen.

Y quien controla esa interfaz controla una parte cada vez mayor de la relación con el cliente.

Cuando la plataforma se convierte en institución financiera

Mercado Libre es uno de los mejores ejemplos latinoamericanos.

Lo que comenzó como una plataforma de comercio electrónico se ha transformado en un ecosistema financiero. Mercado Pago permite pagar, transferir dinero, ahorrar y acceder a crédito. Para el segundo trimestre de 2026, contaba con unos 88 millones de usuarios fintech activos mensuales en América Latina y una cartera de crédito superior a US$16.000 millones. Para millones de personas, la marca financiera con la que interactúan diariamente ya no es necesariamente un banco tradicional.

En Asia, plataformas como WeChat y Alipay demostraron que pagos, comercio y servicios financieros podían integrarse dentro de un mismo ecosistema. En África, M-Pesa mostró que una infraestructura nacida alrededor de las telecomunicaciones podía convertirse en una pieza fundamental del sistema financiero.

La lección es clara: una parte creciente de la competencia financiera puede originarse fuera del sector bancario.

Pero no solamente las empresas privadas compiten por ese espacio. También los Estados y los bancos centrales están rediseñando la infraestructura por donde circula el dinero.

La batalla por la soberanía financiera

Europa es un buen ejemplo. Según el Banco Central Europeo, actualmente alrededor de dos tercios de las transacciones con tarjetas en la zona euro dependen de esquemas internacionales, mientras 13 de los 21 países de la zona euro ni siquiera cuentan con un esquema nacional de tarjetas.

En un mundo geopolíticamente más fragmentado, esa dependencia adquiere un significado diferente. Europa impulsa por eso alternativas propias, como Wero, desarrollado por la European Payments Initiative (EPI), y el proyecto del euro digital. El objetivo ya no es simplemente facilitar pagos. Es reducir dependencias estratégicas.

Los sistemas de pago se están convirtiendo en infraestructuras tan relevantes como las telecomunicaciones, las redes eléctricas o los centros de datos. Quien controla esa infraestructura puede influir sobre estándares tecnológicos, comisiones, información y, cada vez más, sobre la relación con el usuario.

Mucho más que un sistema de pagos

Brasil ofrece quizás el ejemplo más fascinante. En noviembre de 2020, el Banco Central de Brasil lanzó Pix, un sistema de pagos instantáneos que funciona las 24 horas del día, con costos muy bajos y generalmente gratuito para las personas físicas.

Cinco años después, más de 170 millones de personas físicas ya habían utilizado Pix, alrededor del 80% de toda la población brasileña. Solo en enero de 2026 se realizaron más de 7.000 millones de transacciones. Pix ya representa más de la mitad de las transacciones realizadas en Brasil por volumen.

Paralelamente, Brasil alcanzó un nivel notable de inclusión financiera. Según el Global Findex 2025 del Banco Mundial, el 86,4% de los adultos brasileños tenía una cuenta financiera en 2024, dejando aproximadamente un 13,6% sin cuenta.

Pix no explica por sí solo esta transformación. La expansión de bancos digitales, fintechs y la apertura digital de cuentas también tuvieron un papel importante. Pero Pix redujo enormemente la fricción para utilizar el sistema financiero y convirtió una cuenta en la puerta de entrada a un sistema nacional de pagos instantáneos.

Cuando los pagos se vuelven geopolítica

El éxito de Pix llegó incluso al terreno de la política comercial internacional.

En 2025, la administración Trump abrió una investigación bajo la Sección 301 sobre diversas prácticas brasileñas. En junio de 2026, la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos concluyó que determinadas políticas relacionadas, entre otras cosas, con servicios de pagos electrónicos perjudicaban a empresas estadounidenses y cuestionó el trato favorable que, según Washington, recibía Pix. Un mes después, Estados Unidos adoptó medidas bajo la misma Sección 301.

Independientemente de quién tenga razón, hay algo extraordinario detrás de esta disputa. Un sistema de pagos construido por un banco central se convirtió en un asunto de política comercial entre dos de las mayores economías del continente. La infraestructura de pagos ya no es simplemente tecnología financiera. También es política industrial, competencia internacional y soberanía económica.

La batalla ya no consiste únicamente en quién emite una tarjeta. Consiste en quién controla los rieles por donde circulará el dinero en la economía digital.

La próxima ola: las stablecoins

Mientras los bancos centrales construyen nuevas infraestructuras nacionales, otra tendencia avanza en dirección aparentemente contraria: las stablecoins.

Bancos, fintechs, empresas de pagos y gigantes tecnológicos exploran sus posibles aplicaciones. La promesa es atractiva: transferencias internacionales más rápidas, operación durante las veinticuatro horas y menores costos en determinadas transacciones transfronterizas. Si consiguen escalar, parte de las transferencias internacionales podría desplazarse fuera de las infraestructuras bancarias tradicionales.

Pero el desenlace está lejos de estar decidido. El Banco de Pagos Internacionales (BIS) ha advertido que las stablecoins todavía presentan importantes limitaciones para funcionar como dinero a gran escala y considera que los depósitos bancarios tokenizados podrían ofrecer una alternativa más sólida.

La próxima competencia quizás no sea simplemente entre bancos y stablecoins, sino entre stablecoins privadas, depósitos bancarios tokenizados, monedas digitales de bancos centrales y nuevas infraestructuras públicas como Pix.

La IA entra en escena

La inteligencia artificial añade otra dimensión.

Los asistentes digitales podrían analizar continuamente la situación financiera de una persona y ayudarla a optimizar gastos, inversiones o decisiones de financiamiento.

Esto plantea una nueva pregunta: si un asistente digital decide qué producto financiero recomendar al cliente, ¿quién posee realmente la relación?

La ventaja competitiva ya no dependerá solamente de tener sucursales o una buena aplicación móvil. Dependerá también de quién posea los mejores datos, los mejores algoritmos y, sobre todo, la interfaz en la que el cliente toma sus decisiones.

¿Y los bancos dominicanos?

Para la República Dominicana, esta discusión es especialmente relevante. Los bancos dominicanos parten de una posición fuerte. Poseen confianza, regulación, experiencia en gestión de riesgos, acceso a capital y relaciones consolidadas con millones de clientes. Además, han invertido significativamente en digitalización.

El escenario más probable no es, por tanto, su desaparición. El verdadero riesgo es volverse invisibles.

Un banco podría mantener el depósito, financiar el crédito, cumplir con la regulación y asumir gran parte del riesgo financiero, mientras otra empresa decide qué ve el cliente, qué producto se le ofrece y cuándo se le ofrece.

Ese es el verdadero desafío del embedded finance: conservar la cuenta bancaria ya no garantiza conservar la relación con el cliente.

Una plataforma que controla la experiencia acumula información sobre el comportamiento del cliente. Con mejores datos puede hacer mejores recomendaciones. Con mejores recomendaciones aumenta la interacción y obtiene todavía más datos.

El balance financiero puede permanecer en el banco mientras la relación económica migra hacia otra plataforma.

Una decisión estratégica

El reto para la banca dominicana no es solamente tecnológico. Es estratégico.

¿Deben los bancos competir contra las plataformas digitales? ¿Asociarse con ellas? ¿Crear ecosistemas propios? ¿Abrir su infraestructura para que terceros construyan productos financieros sobre ella?

No existe una única respuesta. Lo que sí parece evidente es que la frontera entre bancos, fintechs, empresas tecnológicas y comercios seguirá desdibujándose. Y en ese nuevo entorno, posiblemente la pregunta estratégica más importante sea muy sencilla:

¿Quién será dueño de la relación con el cliente?

La relación que todavía importa

Existe, sin embargo, un activo que los bancos no deberían subestimar: la confianza.

Una persona puede realizar casi todas sus transacciones cotidianas de forma digital y automática. Pero cuando llega el momento de financiar una vivienda o una empresa, invertir los ahorros de una vida o afrontar una situación financiera compleja, muchas personas siguen valorando el acceso a asesoramiento y acompañamiento personal.

Paradójicamente, eso podría volverse todavía más importante en un mundo digital.

Cuanto más invisible sea la infraestructura financiera, más valiosos pueden convertirse aquellos momentos en los que el cliente realmente necesita confiar en alguien.

La pregunta final

Hace veinte años, pocos imaginaban que una empresa de comercio electrónico competiría directamente con instituciones financieras. Hace diez, pocos esperaban que un sistema de pagos creado por un banco central pudiera convertirse en un fenómeno tecnológico mundial y terminar involucrado en una disputa comercial internacional.

Hoy ambos escenarios son realidad.

Quizás la mayor enseñanza del Dominicana Fintech Forum sea precisamente esa: el futuro de las finanzas no consistirá únicamente en mejores bancos. Consistirá en servicios financieros integrados en plataformas, comercios y aplicaciones que hoy ni siquiera asociamos directamente con el sector financiero.

Y cuando los pagos, el crédito, el ahorro y las inversiones se vuelven invisibles, surge una pregunta fundamental:

Si las finanzas están en todas partes, ¿seguiremos necesitando ir al banco?

Probablemente cada vez menos.

Pero eso no significa que dejaremos de necesitar a los bancos.

El banco del futuro puede seguir custodiando dinero, financiando la economía y administrando riesgos. Simplemente, para muchos clientes, dejará de parecer un banco.

Y allí aparece la verdadera batalla.

En un mundo donde la infraestructura financiera se vuelve invisible, la ventaja competitiva podría no pertenecer a quien procese más transacciones, sino a quien conserve la relación de confianza con el cliente en esos pocos momentos que realmente importan.

Armand Toonen

Director Ejecutivo del Holland House Caribbean. Consejero Independiente

Armand Toonen, PDEng MSc CPIM MBA, es actualmente Director Ejecutivo del Holland House Caribbean, Consejero Independiente e inversionista. Armand tiene treinta años de experiencia en multinacionales de clase mundial que operan en servicios financieros, telecomunicaciones y alta tecnología en Europa, América y Asia. En la Republica Dominicana trabajo como Vicepresidente en Orange, AGL, Banco Santa Cruz y Altice. Historial comprobado como CEO, CCO, CMO, COO, CSO y consultor. Experiencia en “growth hacking” mediante redefinición de estrategias, transformación (digital), fusiones y adquisiciones y creación de equipos de alto rendimiento. Armand tiene un doctorado y varias maestrías en administración de empresas, ingeniería industrial y logística. Se preparó entre otros en Harvard Business School y Hemingway para el rol de consejero. Ex miembro del Programa de Liderazgo Global de Vodafone.

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