Ayer cuatro empates. Grupo H: España 0 Cabo Verde 0, Arabia Saudita 1 Uruguay 1. Grupo G: Bélgica 1 Egipto 1, Irán 2 Nueva Zelanda 2. Hoy, grupo I: Francia vs Senegal, Irak vs Noruega. Grupo J: Argentina vs Argelia.

"El fútbol es una metáfora de la vida", Jean Paul Sartre, filósofo existencialista francés que describió al hincha como una parte del ‘nosotros’ colectivo, tras analizar la dinámica grupal de los seguidores que asisten a los estadios, ejercicio sociológico que tanto fascinó a Eduardo Galeano. Sartre siempre utilizó a las masas que siguen el fútbol para definir el comportamiento individual que se asume en un propósito colectivo.

Para Sartre el fútbol fue mucho más que un deporte, interpretándolo como una pura manifestación de libertad, responsabilidad y compromiso. El fútbol fue uno de los tantos temas de conversación que mantuvo Sartre con Albert Camus, a pesar de analizarlo desde perspectivas diferentes. Mientras Sartre lo analizaba desde lo sociológico, Camus, por haber sido futbolista durante su adolescencia, lo veía como una fuente moral.

El empate de España y Cabo Verde

Hay empates que nacen de la igualdad de desempeños, del ir y venir buscando el gol de la victoria, insistiendo en ataques aunque esto suponga arriesgar defensa, dejando espacios abiertos al contrario. Ahí radican las normas alejadas de la especulación futbolística. Suelen ser los partidos más atractivos, entretenidos y vistosos. Es cuando el despliegue de recursos coincide con el deseo de ganar. Hay otro tipo de empates que nace desde la honestidad, desde el fiel reconocimiento de la superioridad del rival y la imposibilidad de jugar de ‘tú a tú’ cuando las realidades en el terreno advierten diferencias abismales. Primer paso para desarrollar el juego especulativo. Jugar a no jugar. Como la vida misma en donde destruir siempre será más fácil que construir. Todo esto es válido en el fútbol.

El planteamiento ultradefensivo de Cabo Verde fue un reconocimiento a la superioridad del equipo español. Dos líneas defensivas de cinco hombres era la formación táctica para impedir el gol de la selección de Luis de la Fuente, para proteger la portería de Vozinha, veterano de 40 años sometido al constante asedio y que fue premiado como el ‘MVP’ del partido.

Para desarrollar un sistema que renuncie al ataque para dedicarse solo a defender, se requiere de máxima concentración, disciplina táctica y una férrea organización colectiva para tratar de impedir el avance del contrario. A pesar del antifutbol ejecutado por Cabo Verde, su despliegue, más allá del justo reclamo de algunos, conlleva un desgaste físico y mental porque el juego de repliegue y cobertura suele someter a los ejecutantes a extremos niveles de estrés en su constante lucha por sostener equilibrio y armonía de movimientos coordinados que le cierren espacios al atacante.

Poco pudo hacer España en un partido en el que tuvo el 74% de posesión, pero que tan solo recibió una falta de parte de la defensa de los de Cabo Verde, dato que habla positivamente del juego limpio de una selección a la que la igualdad le supo a victoria en su primer partido de la Copa Mundial.

La Francia de los hijos de África

Un ataque de histeria hubiese padecido Hitler si viera la actual selección multirracial alemana. Un estado de perturbación profunda sentiría Franco al percatarse que los extremos del once titular español son Lamín y Nico, dos negros hijos de emigrantes, y para colmo, uno catalán y el otro vasco. Si Jean-Marie Le Pen, histórico líder de la ultraderecha gala, viera que Mbappé, Dembelé y demás hijos de nacionales africanos son los protagonistas dueños del presente y futuro del fútbol francés, volvería a repetir aquella frase que una vez dijo: ‘Esta selección no me representa’. De todas las selecciones europeas solo las balcánicas y las bálticas resisten el empuje del jugador foráneo. Varias son las explicaciones pero eso es tema de otro análisis.

No sorprende la cantidad de jugadores de origen africano en la selección francesa. En su peregrinar de conquistas, Francia jamás se apegó de manera férrea a la moral calvinista tan arraigada en su cultura y se fue mezclando con los pobladores originarios de sus colonias, principalmente las africanas. Lo opuesto lo realizaron los ingleses, quienes en su creencia arrogante de sentirse seres superiores a los indígenas y demás civilizaciones conquistadas, rechazaron el mestizaje bajo el absurdo argumento de una supuesta degeneración cultural. El tiempo se encargó de desmontar aquella entelequia y hoy el mestizaje de la selección inglesa es un reflejo de lo que ha estado sucediendo en esa sociedad durante las últimas décadas.

Según investigaciones estadísticas, para un país mantener una población estable necesita 2,1 hijos por matrimonio. Ningún país europeo cumple con esa cifra, por lo que están condenados al decrecimiento demográfico. Aquí la inmigración juega un papel tan fundamental como determinante, a pesar de crecimiento de ideologías supremacistas que aún sueñan con una Europa como referente cultural, moral y económico para el resto del mundo, cuando ya se muestra como un parque temático dependiente, incapaz de producir bienes y con un comportamiento en cuanto a política exterior súbdito de Estados Unidos. Europa necesitará en los próximos diez años al menos 50 millones de jóvenes de cualquier raza para poder sostener un estado social y económico que hoy comienza a mostrar síntomas de decadencia.

Es un continente que necesita de la biología planetaria para su sobrevivencia, más allá de las pateras que semanalmente dicen rescatar guardacostas españoles y franceses en el Mediterráneo con decenas de jóvenes africanos que buscan una mejor vida, sin darse cuenta que son estos los que serán sus redentores. La mezcla racial que muestran las selecciones europeas es una clara señal que ese viejo y agotado continente termina café con leche para su salvación, sin importar lo que digan u opinen los racistas de siempre.