Amable Mejía, escritor de probado talento en distintos géneros literarios, quien ha dado a la luz obras de singulares caracteres, y quien en el andar de la vida se desplaza con prudente silencio e ironía automática que deslumbra a contertulios, publica un nuevo texto. Renovador en esencia, refrescante por el estilo y el desenfado, bebido de la oralidad, que muestra. Es un texto provocador desde el título, y que ingenio muestra: Y otros cuentos (Editora Búho, enero 2026, portada de Geo Ripley).

Mejía publicó su primer libro de cuentos, Entre Familia (2004). Tardó dos décadas en dar a la luz su próximo libro de aliento corto: Noches con fondo rojo (2024). Sin embargo al leer dichos textos uno se da cuenta de que el escritor, en tan luengo interregno, no extravió el buen pulso, ni tampoco el estilo muy peculiar de narrar: el tratamiento de una escena cotidiana o lo que para otro pudiera ser una simple o baladí anécdota, y que con él llega a la categoría de historia o cuento.

Pero, esa larga ausencia de publicación de historias cortas fue rota ya, al publicar Noches con fondo rojo, y en apenas dos años vuelve ahora con “Y otros cuentos”.

Amable Mejía.

En la narrativa corta de Mejía, como en el cuento Fin de año, da la sensación siempre de que hay algo que se rompe, que se aproxima un quiebre inevitable, de que el imprevisto es la norma en la existencia o leit motiv de su narrativa. En sus historias surgen personajes agobiados siempre por un pasado que pide cuentas y que repentinamente vuelve miserables a sus protagonistas y personajes.

Algo fundamental: Amable holla en la cotidianidad y encuentra penumbra. Se acerca a los personajes simples, y hace saltar en mil pedazos (en la página) sus más preclaras complejidades. En una casa, en una familia (terreno y mundo limitado) se vuelven con la maestría de Amable, en extensos campos, bordeados de misterios y situaciones de difícil comprensión.

El objeto trae pasado. Como en el cuento “Recuerdo de boda”. Ese objeto ha sido colocado estratégicamente por uno de sus personajes para lograr un efecto. Y tal que lo logra, como logra Amable sumergirnos en sus historias, en sus cuentos, en los cuales no hay párrafo o divagaciones sorteadas de manera gratuita.

O se produce el quiebre del cual hablamos. De un momento a otro cuando el personaje ha logrado el beso, al otro día tiene que mudarse o irse lejos para siempre. Es la desgracia tocando la puerta del personaje luego de haber tocado el paraíso. Y lo hace desde una ventana que observa y parte de lo cotidiano.

En el cuento Semana Santa el autor muestra cómo el azar golpea. Y lo hace llevando a cabo y amparándose de una metáfora milenaria: la crucifixión y su consecuente sufrimiento. Al final, el grito arropa al personaje, el desgarre le da forma a un alma que antes estaba en vilo por algo que intuía que sucedería pero que no tenía jurisdicción para impedirlo o contrarrestarlo.

Hay dos textos que me llaman la atención por su brevedad y maestría en el manejo de la historia. “Un zoo en el patio” inscribe la historia en un plano de normalidad, pero que desemboca en un final sin estridencias, pero que da cuenta de que el autor no deja cabos sueltos.

En el cuento Avenida Central el autor de Y otros cuentos logra enlazar, con mucha delicadeza, y sin que se sienta la costura o cicatriz en la empresa literaria, lo cotidiano con lo fantástico.

En el no querer dominar ninguna técnica hay un dominio de una técnica. El no hacer aspavientos de dominar un género hay dominio silencio, un domesticar del buen narrador que hace que nuestra atención nunca decaiga, que posibilidad que no haya diferencia entre lo que es el suspenso y la sensación de siempre estar atento y curioso en torno a qué ha de pasar en los párrafos subsiguientes.

En la construcción del cuento o el relato, Mejía no apuesta siempre por el final efectista o por el final que sorprende. Algo con mayor sutileza aporta. Me refiero a que tienen estos textos una ausencia de efectos, pero que crean otro efecto mayor: el de la historia que busca siempre, el de arrastrar al lector a sentir que hay algo, un misterio, que se va desencadenando de manera ineludible. En esto se emparenta con un grande: con Anton Chejov.

De la forma que Amable Mejía narra nos muestra cuán bien maneja la dosis de misterio y sutileza que requiere una narrativa que subyugue, que capte la atención de un lector que se encuentra en algunas de las historias, y que tanta verosimilitud hay en lo que se cuenta. Tiene esto que ver con la virtud de que leyendo a Amable Mejía uno se imagina al escritor viendo a las personas y transformándolas en personajes, y logrando el ideal mayor: que en esta metamorfosis estos no pierden su esencia, su toque de humanidad.

Con relación al suspenso, Amable maneja este aspecto a su modo. En él (y en esto también me recuerda a Chejov) lo sustituye por el hecho de que el lector está interesado siempre en qué pasará. Esto lo mantiene atento. Al pie del cañón o de las páginas. Es así como del drama cotidiano de la vida él ensarta el hecho para lograr la complejidad.

Amable tiene la magia de la oralidad que está impregnada en Las mil y una noches. En Amable lo que para otros puede constituirse en una simple o intrascendente anécdota, él logra convertirlo en una escena-hecho narrada con el suficiente grado de maestría. En sus cuentos no hay diálogos superficiales, no hay párrafos que uno siente que alargan las historias de manera innecesaria.

En este autor, quien también es poeta, si hay técnica para escribir ésta no se siente. Hay por demás una forma (tan emparentada en la oralidad) que envuelve, que hace que sintamos que el tiempo en que él cuenta y narra es el tiempo perfecto de contar, de enmarañar los hechos: proveerlos de misterios.

El error consistente de los cuentistas dominicanos, en su gran mayoría, es creer que están inventando el agua tibia al escribir cada nuevo cuento, y en ese intento funesto, terminan siendo despellejados por las mediocridades del agua caliente. Amable no quiere inventar nada. Se guía por el simple hecho de aspirar a contar, a que dicho pulso lo domine una oralidad que fulmina toda duda, y que da carácter de certeza a una ficción que se vuelve cada vez más pletórica de aciertos y que gana atención a pulmón y a talento.

Amable Mejía demuestra con Y otros cuentos, que no se adhiere a los alumnos que toman la clasecita del arte de escribir cuentos. Sin embargo, demuestra personalidad y clase al narrar. Con Entre familia, Noches con fondo rojo y finalmente Y otros cuentos, agrega a la cuentística dominicana otros matices, sumas historias contadas con gracia con cierres clásicos y no clásicos, pero que siempre sorprenden.

Enhorabuena estos cuentos, bien sacados los conejos del sombrero de la literatura. Escribir bien es poner acento propio, y, qué bien están acentuados estos textos de Amable.

Eloy Alberto Tejera

Escritor y periodista

Eloy Alberto Tejera es periodista, poeta y narrador.

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