Hay algo de romántico en la imagen que hemos construido del escritor. Popularmente se imagina frente a una página en blanco, rodeado de libros, entregado a una suerte de vocación sublime. Luego llegan las presentaciones, las fotografías, las firmas, los premios, cuando llegan, y el aplauso. Pero detrás del libro hay una vida. Y detrás de esa vida, con demasiada frecuencia, hay penurias.

Hace poco tuve la oportunidad de moderar, en el marco de la Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026, un conversatorio cuyo título me resultó particularmente provocador “Vida y penurias del escritor en el siglo XXI”. Compartí la conversación con los escritores Raúl Tola de Perú, Elsa Osorio de Argentina y Pedro Antonio Valdez. El título terminó persiguiéndome después del encuentro, y me senté a escribir estas ideas porque comprendí que habría que quitarle las últimas cuatro palabras.

Las penurias del escritor no comenzaron en el siglo XXI, han cambiado sus formas, sus escenarios y hasta sus nombres, pero han estado ahí durante siglos.

Miguel de Cervantes conoció las dificultades económicas y la cárcel. Fiódor Dostoievski escribió acosado por las deudas. Edgar Allan Poe intentó hacer de la escritura su medio de vida en un mercado que pocas veces le proporcionó estabilidad. Herman Melville llegó a trabajar durante casi dos décadas en la aduana de Nueva York mientras Moby-Dick, hoy considerada una de las grandes novelas de la literatura universal, estaba muy lejos de ocupar el lugar que posteriormente le concedería la posteridad.

Esa es quizá una de las primeras ironías de este oficio que cultivamos con esmero, hay escritores que mueren sin saber que serán inmortales. No pudieron ver sus nombres en los programas escolares, sus obras traducidas a decenas de lenguas, las tesis doctorales dedicadas a estudiarlos ni a generaciones de lectores discutiendo personajes que alguna vez existieron únicamente dentro de sus cabezas. Algunos conocieron el fracaso comercial, el silencio de la crítica o la indiferencia de los lectores. La posteridad hizo con ellos lo que su propio tiempo no pudo o no quiso hacer.

Pero no todas las penurias son económicas.

Existe la penuria editorial: el manuscrito rechazado, la puerta que no abre, la obra que encuentra editor pero no distribución o el libro que apenas logra atravesar las fronteras del país donde nació.

Hay una soledad inevitable en el acto de escribir. Durante un tiempo solo existen el escritor y aquello que intenta decir. Pero en algún momento aparece un tercero, el lector. Y entonces sucede algo que el escritor ya no controla, la obra deja de pertenecerle exclusivamente.

Existe la penuria del mercado: escribir aquello que se necesita escribir mientras alrededor se pregunta qué vende, qué interesa, qué está de moda o qué puede convertirse en producto.

Está la penuria del reconocimiento: publicar y no ser leído; escribir durante años sin encontrar interlocutores; contemplar cómo una obra en la que se depositaron largo tiempo de trabajo desaparece de las mesas de novedades casi a la misma velocidad con que llegó.

Está también la penuria de la creación misma. Escribir puede doler,  está el personaje que no aparece, la historia que se resiste, la página que se desecha después de horas de trabajo, el libro que se abandona a mitad del camino. Y está esa pregunta que probablemente haya visitado alguna vez a casi todos los que escribimos: ¿vale la pena seguir?

La penuria del tiempo que no nos pertenece. Hay otra penuria menos comentada, pero probablemente mucho más cotidiana: el pluriempleo. Muchos escritores no podemos vivir de escribir. Y para poder escribir tenemos, paradójicamente, que hacer muchas otras cosas.

La historia de la literatura está llena de autores que fueron también profesores, periodistas, funcionarios, médicos, abogados, diplomáticos, bibliotecarios, vendedores o empleados de oficina. En el mejor de los casos, esos otros oficios también constituyen una vocación. La academia y la docencia, por ejemplo, han sido refugio profesional de innumerables escritores y para muchos representan espacios genuinos de realización. Para otros, sencillamente, son el trabajo que permite pagar las cuentas mientras la literatura espera.

No hay nada malo en tener otros oficios. El tema es que muchas veces esos oficios ocupan precisamente el tiempo que necesitamos para ejercer aquel que más se desea. Lo cierto es que un escritor no solamente necesita tiempo para escribir. Necesita tiempo para leer, observar, investigar, aburrirse, incluso. Para dejar que una idea madure sin la obligación inmediata de convertirla en algo productivo o desecharla. El tiempo de lectura, investigación y muchas veces hasta de ocio es también una manera de cultivar el oficio. Entonces lo paradojico y cruel es que hay escritores que trabajan para poder escribir y terminan sin poder escribir porque tienen que trabajar.

¿Qué libros no llegaron a escribirse porque su autor debía levantarse temprano al día siguiente? ¿Cuántos personajes quedaron esperando durante años en una libreta? ¿Cuántas novelas permanecieron inconclusas porque había que cumplir una jornada laboral? ¿Cuántos escritores potencialmente extraordinarios abandonaron definitivamente la literatura porque la supervivencia no les dejó tiempo para ella?

Nunca podremos saberlo. Y esa quizá sea una de las penurias más silenciosas de la literatura, no solamente los libros que perdimos, sino los libros que nunca llegaron a existir, no porque faltara talento o historias, sino porque faltó tiempo.

Y luego está el amor. Pocas fuerzas han alimentado tanto la literatura y, al mismo tiempo, tantas penurias como el amor. El correspondido y, sobre todo, el que no lo fue; el amor imposible, la ausencia, el abandono, la traición, la distancia y el duelo.

Kafka escribió a Milena. Bécquer hizo del amor, la pérdida y el desengaño territorios fundamentales de sus Rimas. Alfonsina Storni convirtió el amor, la desilusión, la soledad y la condición de la mujer en materias recurrentes de una obra que todavía nos interpela.

Aunque no toda obra es una confesión y no toda desgracia produce literatura  mi intención con este escrito no es romantizar el sufrimiento, como si para escribir bien hubiese que sufrir primero, sino ampliar el catalogo de penurias que pueden o no atravesar la vida de un escritor. Pero resulta difícil negar que el escritor trabaja con aquello que ha vivido, observado, imaginado, deseado y perdido. A veces una penuria entra a la literatura disfrazada de personaje, otras veces cambia de ciudad, de época, de sexo o de nombre hasta que ni siquiera quien la originó podría reconocerse, pero está ahí. Quizás una de las extrañas facultades de la creación es  convertir una herida íntima en una experiencia compartida por desconocidos.

Por otro lado, una penuria terrible es la del escritor perseguido. La historia de la literatura también es una historia de censuras, libros prohibidos, autores encarcelados, desterrados, obligados a escribir desde el exilio, como el caso de nuestro Juan Bosch,  y, en los casos más extremos, asesinados.

Federico García Lorca representa una de esas heridas. Fue detenido y fusilado en Granada en 1936, al inicio de la Guerra Civil española. El Instituto Cervantes recoge sus ideas liberales al referirse a su detención y ejecución. La violencia terminó con el hombre de 38 años, pero no consiguió hacer lo mismo con Bodas de sangre, Yerma, La casa de Bernarda Alba o Poeta en Nueva York.

Thomas Mann es otro ejemplo. Sus escritos políticos estuvieron entre los textos quemados por los nazis en 1933. Partió al exilio, posteriormente fue despojado de su ciudadanía alemana y continuó pronunciándose contra el régimen desde fuera de Alemania. Alfred Kerr también vio sus libros incluidos en las hogueras y huyó con su familia.

La censura es, por tanto, una penuria particularmente perversa, pues reconoce involuntariamente el poder de aquello que pretende destruir. ¿Para qué prohibir un libro si se piensa que un libro no puede hacer nada? ¿Para qué perseguir a un escritor si sus palabras son inofensivas?

Nuestro tiempo ha añadido, o al menos intensificado, otra exigencia. La penuria de convertirse en personaje. Durante siglos hemos cultivado la imagen del escritor retirado, incluso huraño, trabajando en soledad. Naturalmente, nunca ha sido la única manera de ejercer el oficio. Hay escritores que disfrutan profundamente de la vida pública, las tertulias, los viajes, las ferias, las fotografías y los escenarios, y está muy bien que así sea.

Hay otros que no. Para estos últimos, una de las nuevas penurias consiste en descubrir que ya no basta con escribir el libro, también hay que vender al escritor. El ecosistema editorial contemporáneo demanda presencia. Presentaciones, festivales, entrevistas, fotografías, publicaciones en redes sociales, videos, firmas, conversaciones y seguidores. La visibilidad se ha convertido en una forma de capital y, en determinados circuitos, el número de followers comienza a acompañar al manuscrito como una credencial adicional.

Entonces, el escritor tiene que abandonar la soledad que necesita para producir la obra y salir al mundo a conseguir que esa obra sea vista. Y esa también puede ser una forma de penuria. No hay nada necesariamente negativo en promocionar un libro. Encontrarse con los lectores puede ser, de hecho, una de las experiencias más hermosas de escribir. Tampoco hay contradicción alguna en disfrutar de los escenarios, las ferias o las redes sociales. El problema aparece cuando la exposición deja de ser una elección y se convierte en otra obligación del oficio.

Promocionarse también consume tiempo. Hay que pensar qué publicar, responder, aparecer, desplazarse, conversar, construir y sostener una presencia. Y cada hora dedicada a alimentar al personaje público del escritor puede ser una hora que se resta al escritor privado.

Un escritor puede desear profundamente que su libro viaje mientras él permanece quieto, puede querer miles de lectores y, al mismo tiempo, conservar el privilegio del anonimato, puede aspirar a que conozcan perfectamente a sus personajes sin que sepan qué desayunó esa mañana o con quien durmió la noche anterior,  pero ese anonimato resulta cada vez más difícil.

¿Qué compensa la penuria?

Después de pensar en todo esto, regreso inevitablemente a una pregunta que surgió de aquel conversatorio: ¿hay algo que compense las penurias de escribir?

Probablemente no, o quizás sí.  Lo primero es que nada devuelve a Lorca los años que no vivió. Ningún reconocimiento póstumo puede pagarle a un escritor el hambre que pasó, devolverle el amor que perdió, restituirle las horas que tuvo que entregar a otros oficios ni permitirle contemplar el éxito que llegó después de su muerte.

En este punto de este escrito, conviene no convertir la desgracia en requisito de la genialidad ni el sufrimiento en una hermosa leyenda literaria.

Quizás compensar no sea la palabra justa, sino trascender.

Que alguien abra un libro muchos años después de la muerte de quien lo escribió y encuentre allí una frase que parece haber sido escrita para él. Que una obra viaje a un país que su autor nunca conoció. Que un libro prohibido continúe circulando clandestinamente o se estrene en la “legalidad”. Que una historia atraviese una lengua mediante la traducción. Que un personaje inventado consiga explicar algo que una persona real no había logrado nombrar. Que una palabra incomode al poder. Que un poema acompañe un duelo. Que una historia mueva una voluntad. Que alguien lea, aunque sea uno.

Hay una soledad inevitable en el acto de escribir. Durante un tiempo solo existen el escritor y aquello que intenta decir. Pero en algún momento aparece un tercero, el lector. Y entonces sucede algo que el escritor ya no controla, la obra deja de pertenecerle exclusivamente. Viaja, cambia de época, adquiere otros sentidos y entra en vidas que su autor jamás conocerá.

Quizá aquel escritor que llegó agotado de su otro empleo y escribió dos páginas antes de dormir nunca llegue a saber quién las leerá. Quizá quien escondió un manuscrito para evitar que fuera destruido tampoco. Quizá el escritor que detesta los flashes tenga que aparecer alguna vez frente a ellos para ayudar a que su libro encuentre el camino hasta una biblioteca.

Pero basta con que, al final de ese recorrido, aparezca alguien al otro lado de la página.Tal vez allí radique la recompensa más misteriosa del oficio.

Los escritores mueren. También mueren los censores, los editores que rechazaron manuscritos, quienes prohibieron libros y quienes encendieron hogueras.

Las palabras se quedan y quizás esa la más hermosa revancha de la literatura ante las penurias.

Patricio León

Educador y artista multidisciplinario

Patricio León. Educador y artista multidisciplinario. Educador, actor, escritor y músico. Doctorando en Ciencias de la Educación en la Universidad Anáhuac (México), con experiencia en formación docente, educación infantil, gestión curricular y literatura infantil. Ha publicado ensayos, ficción, poesía y teatro. En escena, ha interpretado personajes clásicos y contemporáneos en obras de autores como Beckett, Lorca y Sábato. Su trabajo integra arte y pedagogía, fomentando la formación integral a través de la palabra y el escenario. patricioleoncruz@gmail.com

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