La resurrección del Dr. Blagger y otras narraciones, de Juan Carlos Mieses, tiene algo que uno siente desde el primer momento: no quiere ser un cuento común. El texto abre un espacio raro, casi como si uno entrara en una sala donde alguien explica algo importante, pero lo explica con una calma engañosa. Ese tono de conferencia, con un narrador que habla a “usuarios”, cambia por completo el ritmo. No parece una historia narrada desde la ficción pura, sino una demostración, una puesta en escena donde la información se acomoda con mucho cuidado. Y ahí uno empieza a sentir que el libro no quiere hablar solo del Dr. Blagger, sino de cómo el poder mueve los hilos de lo que recordamos.
El texto “Al lector” lo dice desde temprano: los historiadores acomodan la historia, y los escritores también pueden abrir caminos alternos. Es una advertencia suave pero directa. Mieses empieza a preparar el terreno para mostrar que la memoria y la verdad no siempre coinciden. La frase que lanza el narrador “dicen que el diablo está en los detalles” (Mieses, 2019, p. 29) tiene un peso extraño. No es solo un dicho. Es como si señalara al lector y dijera: “mira bien lo pequeño, porque ahí está lo serio”. Esa línea me provocó una pausa. Uno la lee rápido, pero se queda por dentro, como un aviso.
Después aparece ese modo tan particular del conferencista. Él no habla a un público, sino a “usuarios”. Esa palabra, tan de ahora, crea una distancia rara. Ya no se trata de personas sentadas escuchando. Se trata de consumidores. Personas que reciben un contenido diseñado para producir cierto efecto. Y mientras uno lee, siente que el narrador ajusta cada dato para que todo encaje. Mezcla fechas, nombres y descripciones como quien prepara una presentación cuidada, donde nada sobra y nada compromete. Ahí uno empieza a sospechar que lo que se cuenta no es la verdad, sino la versión más conveniente.
El Dr. Blagger, dentro del cuento, deja de ser un hombre. Su figura pasa a manos de instituciones que ven en él un recurso. Su historia se convierte en material moldeable. En un punto del texto, aparece la versión empaquetada “Blagger-PE”, descrita casi como un producto tecnológico listo para distribución (Mieses, 2019, pp. 31–33). Esa imagen me dio una sensación extraña. Es como ver a una persona transformada en algo que se vende, algo que se usa. En ese momento, el cuento deja claro que la resurrección del doctor no se relaciona con un milagro ni con un avance científico. Se relaciona con intereses. Con una agenda. Y eso se siente muy cercano a cómo, hoy en día, muchas figuras públicas se construyen desde estrategias, imágenes y discursos calculados para influir.
La Corporación tiene un papel decisivo en esta historia. Controla la figura de Blagger, pero también controla la manera en que la sociedad lo percibe. Las imágenes del doctor, descritas como “levemente realistas” (Mieses, 2019, p. 35), revelan una intención clara: no se busca informar, sino convencer. Esa mezcla de verdad y artificio se siente demasiado familiar. En el mundo actual, un video editado o una foto retocada puede circular como si fuera prueba irrefutable. Esa zona gris donde la imagen parece auténtica, pero no lo es del todo, sostiene gran parte del cuento. Y también sostiene la experiencia de cualquiera que consume información hoy.
Algo que me impacta del texto es la vigilancia sobre los usuarios. Ellos no solo reciben la historia. También quedan observados mientras reaccionan a ella. Sus emociones entran al sistema, y ese sistema ajusta la narrativa según le convenga. Esa idea, tan simple, da miedo. Porque muestra un control que no obliga: seduce. Un control que no manda: dirige. Cuando en el cuento surgen grupos a favor o en contra de Blagger, la Corporación encuentra utilidad en ambos. Lo importante no es si apoyan o critican. Lo importante es que sigan dentro del juego. Y uno, como lector, siente que esa dinámica se parece demasiado a lo que se vive en redes sociales, donde cualquier reacción genera movimiento y donde lo emocional vale más que lo verdadero.
En ese ambiente, Blagger pierde su lugar como persona. Se convierte en símbolo, en figura. Su cuerpo, su historia y hasta su personalidad pasan a manos de otros. Y ese proceso llega a su punto más fuerte cuando el cuento describe la destrucción de su cuerpo “a nivel molecular” (Mieses, 2019, p. 38). Esa escena no se siente trágica. Se siente fría. Técnica. Casi normal dentro del orden que presenta la obra. Cuando una
figura deja de servir, se elimina. Sin ritual. Sin respeto. Esa parte me dejó inquieto porque toca una idea que también aparece en la vida real: el descarte rápido, la velocidad con la que una persona pierde valor cuando ya no produce lo que se espera. Es una verdad incómoda que el cuento enfoca sin rodeos.
La reflexión final sobre Ícaro, donde se habla de “la frágil estructura de las convenciones y laberintos morales” (Mieses, 2019, p. 39), funciona como columna vertebral del mensaje. No se trata de un castigo por volar alto. Se trata de una sociedad construida sobre bases débiles, donde lo moral se ajusta según la conveniencia del momento. Esa frase se siente como un golpe suave pero profundo. Uno la lee y entiende que el problema no está en el personaje, sino en el sistema que lo usa. Esa parte me hizo pensar mucho, porque el cuento no busca explicar algo lejano. Lo que hace es describir algo que uno reconoce, aunque sea incómodo admitirlo.
El cierre “Gracias a todos ustedes, estimados usuarios, por su amable atención” (Mieses, 2019, p. 39) tiene un tono irónico que amarra todo el texto. Después de mostrar una manipulación tan fuerte, el narrador termina con una despedida amable, casi formal. Esa normalidad final, tan limpia y tan simple, es parte de la crítica. Porque muestra que, dentro de ese sistema, la manipulación no llama la atención. Se presenta como algo cotidiano. Uno como lector termina incluido. Uno también se convierte en usuario. Y ahí es donde el cuento adquiere su fuerza real.
Al final, La resurrección del Dr. Blagger funciona como un espejo de cómo la tecnología, el poder y la información se entrelazan para construir versiones de la realidad que parecen sólidas, pero no siempre lo son. Mieses crea un espacio donde la historia puede fabricarse, ajustarse y destruirse con facilidad. El personaje principal se convierte en un objeto dentro de esa maquinaria, y su destino revela que, en ese mundo, la verdad no siempre importa. Importa el efecto. El cuento deja una sensación difícil de ignorar: esa necesidad de mirar dos veces lo que consumimos, de preguntarnos quién decide lo que recordamos y qué tan libre es nuestra memoria. Y al cerrar el libro, queda un pensamiento que no se va rápido. Uno siente que la advertencia no es solo literaria. Es también para la vida real.
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