Me propongo en estas líneas mostrar cuatro fragmentos de la obra poética de Tulio Cordero. Cada fragmento abarca uno de sus libros. Pero esto tiene una dificultad, la fragmentación de cada una de esas partes será siempre parcial e incompleta. Cuando queremos explicar en pocas palabras un libro que hemos leído, una película que vimos, un concierto, un viaje, nos esforzamos por explicar a nuestros interlocutores nuestras experiencias lo mejor que sabemos, pero no cabe duda de que siempre se nos escapan detalles, a menudo importantes. Con esta advertencia suelto anclas.

Latido cierto, 1986. La palabra no es la herramienta para la construcción del poema, sino lo que late en ella, la poesía. La palabra en sí misma puede ser empleada en otros géneros, pero no es más que un cascarón sin vida. «Como brizna seca / es la palabra sola» (La Palabra). En cambio si la palabra tiene vida, sustancia, aliento, nacerá el poema. La palabra en sí misma podrá tener un significado, pero no tendrá poesía. Para la creación poética es necesario que haya algo más que palabras, una ‘latido cierto’, una fuerza secreta que aflora. Es preciso que haya algo anterior a ella, que exista una sustancia que acaba en la obra, que es el poema construido con las palabras.

En la obra de Cordero hay sueños inconclusos, sombras, anhelos, caminos por recorrer, certezas de un amanecer claro, radiante. El amanecer esperado que augura Latido cierto no presagia muerte, como en la película The Town de Ben Affleck, sino una luz serena, pacífica. Todo ello forma parte de un espectáculo esperanzador.

La espiritualidad cristiana sirve al poeta para aliñar la brevedad de sus versos, que se agrandan con la emoción casi súbita de sus composiciones. En esta misma línea, Carmen Pérez Valerio en su ensayo “Latido cierto, hacia la poética del Ser”, subraya: «La poética de Tulio Cordero intenta resumir el sentido cristiano de la vida. El hombre frente a un universo coherente, cargado de sentido y de símbolos trascendentes».

La vida interior del poeta aflora con naturalidad en la obra. La llanura de sus versos abisma océanos insondables. «Te escuché, serpeado arroyuelo travieso […] Me hiciste, me nombraste sin decirme tu nombre» (Claridades traviesas). «Herido llegué a tus playas […] Y cascadas celestes me cantaban» (Mendigo).

A veces el poeta conduce al lector hacia espacios y criaturas humanizantes, como si sus propias vibraciones fueran también la secreta armonía del alma. «El búho despertó la Vigilia. / Mirar en la oscuridad es existir […] Ver en la oscuridad / es dar cuenta de la existencia» (Adagiosa).

Una constante en la poesía conjunta de Tulio Cordero es que canta lo sencillo de la vida, lo que siente la persona, cualquier persona. Él pone voz a lo que el común de la gente percibe de ordinario. No busca una poesía complicada, sino más bien hacer de lo complicado algo sencillo. Ahí reside su gracia. El célebre poeta José María Pemán, con su obra De la vida sencilla, podría ser un ejemplo claro del estilo que Cordero pretende imponer, no sólo en esta obra, sino en las subsiguientes. «Tres casitas en el río –verde Ozama– Espejo de la mañana […] ¿Vas a lavarte la cara? –No. Primero a luchar el  pan / y la esperanza» (Voz del eco diminuto).

Cordero inicia e impulsa su poética con el objeto de sobrevolar, que no huir, la soledad, el dolor. Él supera la realidad, para lo cual intenta despertar en el infinito, caminar sin volver la vista atrás. «Querer regresar / es querer convertir en sueño / lo que aún no se ha vivido» (Para caminar).

En Latido cierto hallamos de forma seminal una poética de la sabiduría, a la manera de los Proverbios. Esta es una característica fundamental, no sólo de este poemario, sino de toda la poesía de Cordero. Este primer libro contiene las suficientes esporas para brotar en los sucesivos poemarios. En la poética sapiencial el lector puede espigar sentencias que estimulan las emociones y la virtud. «Ponte en pie y anda / que atardece a cada instante» (Tu equipaje). «Me palpo polvo / sin el hálito preciso: bestia feroz o gorrión frágil» (Pródigo). «Yo necesitaba música para calmar mi hastío, / y oí tu voz de fuego […] ¡Ay! ¡Me vieron al alba / tus ojos de rocío» (Ellos se dicen al amanecer). «Y cuando libere estas aguas / que tú aprisionas para mí / levantaré alto / el hueco de estas manos / para que todos beban» (Manifiesto).

Si el alba de tardara, 1989. La novedad de este poemario reside en lo bello, acentuado en lo pequeño. A este propósito Kant, en su ensayo El sentimiento de lo sublime y lo bello” dice: “Lo sublime, conmueve; lo bello, encanta […] Lo sublime ha de ser siempre grande, lo bello puede ser también pequeño”. La poesía de Cordero, que a veces apunta a lo sublime del misterio de Dios y de la vida, tiende a poner de relieve el sentimiento de lo bello, es decir, el sentido universal de la belleza, desconceptualizada. A este tenor dice tácitamente Kant en su ensayo Juicio crítico: “Lo bello es lo que agrada universalmente sin concepto”. Es gracias a ese sentimiento de lo bello que Cordero hila con hilo invisible los más sutiles sentimientos con la destreza de un artista de fábulas. «Hoy he amanecido / con la ventana alegre / y la esperanza herida» (Pequeña queja). «Soy tan débil como una espina» (Búmeran). «¿Te sirve de algo / mi corazón cansado? / Corre vulnera esas rejas y ¡róbalo a prisa!» (Oferta).

Hay en la poesía de Tulio Cordero una impronta de mística urbana. Quiero decir con eso que el poeta es un contemplativo activo. José Alcántara Almánzar, en su ensayo “Si el alba se tardara, las pulsaciones del amor” afirma con rotundo acento: «No hay un ápice de beatería en los versos de Cordero. De principio a fin, su libro ofrece una plácida visión del mundo desprovista de ingenuidad, una alegría de vivir que no ignora ni desdeña la cara odiosa de la realidad social […] Es un amor que se expresa en cada momento del día, a pleno sol o en la penumbra del anochecer y en los silencios; las frutas maduras, el rumor de las calles, las vigilias y los bostezos, las flores y los pájaros y los harapos, el mar, la brizna de hierba».

Se constata en Si el alba se tardara la presencia divina en la vida cotidiana. Es la presencia urbana de Dios, que fluye espontáneamente, porque forma parte vital del autor. A eso es a lo que he llamado mística urbana. Iván García, cautivado por este poemario de Tulio Cordero lo dice en el prólogo a la primera edición: «Ciertamente, debajo de sus palabras, como levantadas por el imperceptible vientecillo de la tarde, descubro algo muy distinto y a la vez muy familiar; algo que de muchas maneras, hemos olvidado; pero que permanece allí como un tesoro; como una reserva espiritual; como una esperanza».

La ciudad, la vida misma, con sus dramas y sus fatigas es también el lugar de Dios. «Le dije: “Ahora eres un jilguero / en nuestro salterio”» (Hice lo que pude). «Las voces que oigo por las calles / poseen la frecuencia exacta de la tuya» (Conjuro inútil). «El misterio sencillo / y un secreto de yo no sé que ruina: “sosiega tus aspavientos / para dejarme gustar”» (Itinerario). «Y el olor del asfalto en mis calles veladas […] he ahí el suspiro / el bostezo aferrado al cielo raso / ¿vale la pena vivir si no se muere Algo?» (Drama en un acto).

En definitiva, Tulio Cordero construye el poema concienzudamente, como una fábula, cuyo sentido se desvela al final. Aquí reside uno de los elementos claves de su poética. Su mística urbana evolucionará hacia una poética de la sabiduría, como ya aparece manifiesto en Latido cierto. ¿En qué se fundamenta esta afirmación? En la tácita construcción de poemas que sugieren al lector significados diversos y reflexivos. Por ejemplo: «A veces piensa usted –merced a la claridad que alude a la retina– que no es hondo / el ojo del agua que fascina en su sosiego […] No se vaya a engañar usted / por la simpleza / ensaye a tocar fondo» (Ensaye a tocar fondo). «El mar es enorme. / El caracol, pequeño. / Mas en el laberinto del caracol / está toda la sinfonía del mar inmenso. / Yo, que te contemplo, / soy sólo el caracol / de tus misterios». (Silogismo infantil). «Y somos aquella florecilla / que aún no se ha tocado / ese oculto manantial aún no removido» (Camino a la capilla).

La sed del junco, 1999. Este tercer poemario consolida la trayectoria de Tulio Cordero. Bajo el influjo perenne de la tradición cristiana más antigua, el poeta fundamenta su oficio. En La sed del junco hallamos a un poeta consciente de su destino, de lo que quiere, pero sobre todo de aquello que lo concita e induce al amor, a vivencias cada vez más auténticas y profundas. «Sostenme tú / con tu voz de paloma […] Y ámame / con tu centro zaherido, / saltamontes de hiel y trigo» (Búscame).

El estilo del poeta Cordero es musical, andante presto. Diría que tiene algo de la tradición oriental de los haikús de Bashoo, acaso de Machado, Lorca o Valente. «Un nenúfar que se abre / en el fondo muy hondo. // Que se cierra / y se abre en aguas de un limpio pozo. // Un nenúfar muy quedo / que se abre y se cierra / en el fondo muy otro. // En tu fondo el silencio / en mi fondo tu fuego / (y el nenúfar risueño)». (Imagen crepuscular). Machado escribe: «Del reloj arrinconado, / que en la penumbra clarea, / el tictac acompasado / odiosamente golpea. // Dice la monotonía / del agua clara al caer: / un día es como otro día; hoy es lo mismo que ayer». (Hastío). Lorca: «Verde que te quiero verde, / verde viento, verdes ramas. / El barco sobre la mar / y el caballo en la montaña. / Con la sombra en la cintura / ella sueña en su baranda, / verde carne, pelo verde, / con ojos de fría plata. / Verde que te quiero verde». (Romance sonámbulo). Valente: «En lo que queda / después del fuego, / residuo, sola / raíz de lo cantable» (Quedar). Bashoo: «Visión en sombras. / Llora una anciana sola, / la luna como amiga.» // «El viejo estanque; / la rana salta; / plop».

Donde Tulio Cordero alcanza cuotas de belleza muy altas, es decir, la simplicidad más estremecedora es en su poema “Esta sed”: «Si es cierto / que en este manantial has de venir a encontrarme / entonces date prisa. –Cántaro no tengo / y me dan miedo / estos montes inhóspitos / y estas bestias hambrientas. –Tú sabes que yo sé / de muchos pozos / pero ignoraba el tuyo. –Ven que mis manos se abrasan y esta se sed se hace honda. –Esta sed no se calma».

Otros poetas, que en seguida cito, también se han visto concitados por la sed de vivas aguas. «Mas de esta agua es preciso que bebas / antes que tanta sed en ti se sacie» (Dante, Par XXXI). «Sed de Dios tiene mi alma, de Dios vivo: / conviértela, Cristo, en limpio aljibe / que la graciosa lluvia en sí recibe / de la fe. / Me contento si pasivo / una gotita de sus aguas libo» (M. Unamuno, Incredulidad y fe). «¡Ay del que llega sediento / a ver el agua correr / y dice: la sed que siento / no me la calma el beber» (A. Machado). «Di, ¿por qué acequia escondida, / agua, vienes hasta mí, manantial de nueva vida / de donde nunca bebí?» (A. Machado). «Inútil al fiebre que aviva tu paso; / no hay fuente que pueda saciar tu ansiedad, / por mucho que bebas,/ el alma es un vaso / que sólo se llena de eternidad» (A. Nervo). «Por qué tenías sed. / Al que la catarata de Dios le irrumpe por todas las venas; porque tenías sed aún. Entrégate a la sed. (Cómo me has agarrado) (R.M.Rilke).

Tulio Cordero es un poeta cristiano, con sensibilidad cristiana. Su formación humanista y teológica le permiten dar a su obra un aire cuya originalidad consiste en plasmar una poética sapiencial. A mi juicio, la poética sapiencial de Codero es inimitable, porque es su sello de identidad más propio. Chateaubriand decía, respecto a los auténticos escritores: «L’écrivain original n’est pas celui qui n’imite personne, mais celui que personne ne peut imiter».

La belleza de la sabiduría fluye en todos sus libros, si no, otra muestra antológica: «¿Es cierto que al junco / le llega el agua al corazón? –(Silencio). / Siempre húmedo y fresco, / su corazón sería / como luz que permanece. / Sólo el corazón siente la sed. / Nada obliga el poseer algo. / Sólo el ser poseído / es cosa formidable. / ¿Y si se ausenta por un instante la llama? / Él sabe los secretos del viento. Él es el arúspice fiel / de la noche y sus misterios. / No podría ser desleal y cambiadizo. / Entonces, ¿es el Junco poseído? / No lo sé». (Querría ser junco).

La poesía de Tulio Cordero no encierra una filosofía poética, sino una poética sapiencial. Filosofía y poesía, ya lo decía Platón, son incompatibles. Hay una «discordia entre filosofía y poesía: pues hay aquello de la “perra aulladora que ladra a su dueño”» (Rep. 607d). De José Mármol se ha dicho que posee una “poética del pensar”, en alusión a una poética asociada al filosofar. Toda poesía encierra, es verdad, un pensar y un pensamiento, pero no es ella en sí misma el ejercicio del filosofar. El caso de Tulio Cordero dista de la presunción discordante de una poética filosófica o de una filosofía poética. La de Tulio Cordero es una poesía de la sabiduría, trabajada con imágenes sensibles, sapienciales, imágenes que, sin separarse de la realidad apuntan a la conquista del lado bello, interior, de la vida y de la naturaleza. Porque «la poésie, c’est tout ce qu’il y a d’intime dans tout» (V. Hugo, Prefacio de 1822).

La sed del junco  es un poemario para corazones inquietos, insaciables; para almas que buscan la fuente originaria y que sienten deseos ardientes de amor. Un amor que «es el agua que no sacia la sed del junco, –al decir de Ida Hernández Caamaño en el prólogo al libro– es la necesidad que no puede contenerse y que en Tulio Cordero tarde o temprano va a brotar en forma de poesía, de un aliento verbal que contamina».

La noche, las hojas y el viento, 2008. Nuevamente se constata en este cuarto poemario aquella afirmación kantiana del sentimiento de lo bello del que se ha apuntado arriba en Si el alba se tardara.

Un impulso irresistible hacia lo bello domina toda la obra. Una nueva realidad, fabulada, poética, metafórica, cobra forma en este sugestivo universo de apretada síntesis. El poeta crea y habita esa realidad que él puede oír, palpar, sentir. «Tiembla la llama azul / de la vela en la mesa. / ¿Eres tú que te asomas?».

Estamos ante una poesía sonora, líquida, de pocas palabras y de mucha intensidad. Lo que en sus anteriores poemarios era epigramático, ahora es un punteo sonoro de palabras engarzadas con precisión de relojero. «Va el agua desnuda / por la piedra desnuda. / Miedos se espantan solos / si el Búho deja la noche / dormir su largo sueño». «Llevo enredado el rumor de las norias en mi alma».

Los símbolos alteran la lógica del razonamiento, el significado común de las palabras. El poeta se sirve de diversos símbolos: La noche, la luna, el búho, el escarabajo, la noria, el agua, la brisa, el viento, etcétera, para ensanchar la comprensión simbólica de cada poema. Ahí radica su genio. Esta intencionalidad secreta del artista es fundamental. «Un escarabajo / que lame el piso / con la prisa del tiempo». «Agua que albea mi pecho, / tu voz. Fuego que se deslíe sobre el mar, / tu aliento».

La poética sapiencial cristaliza en toda su potencia en La noche, las hojas y el viento. Ahora se puede decir sin ambages que la poesía de Tulio Cordero es, ciertamente, la expresión de una mística de la sabiduría. «He vuelto a ser / la Oruga que ama / su feo caparazón, / y la Luz que espera». «Crisálida: Un largo nacimiento / sólo para librarse / de una inútil envoltura. / Ella piensa que muere, / pero nace».

Hay en la poesía de Tulio Cordero, remarcamos, una ‘épica de lo sencillo’. Este rasgo ya aparece desde el primer poemario, Latido cierto. El poeta contempla como un monje sufí la callada moraleja de las cosas y lo traduce con un lenguaje enternecedor. Ahí descansa su gracia poética, su genio creador y su acierto. Tal vez a esto se refiere Iván García cuando leyó Si el alba se tardara: «Lo primero que siento es como un alivio que casi provoca las lágrimas».

Un alma sensible no puede menos que sentirse atraída por la frescura simple de las imágenes con las que el poeta comunica sus experiencias interiores. «Me mira / el agua trémula que la luna es. / Me mira y le pregunto: –¿Cuánto dura un instante? –Una eternidad ­–me dice. –¿Y qué es la Eternidad? –¡Este instante!». «Una hoja duerme / sobre su propia sombra. / Sin más ropaje que su desnudez. / Tirita.». «Esta noche el viento / no quiere jugar con las luciérnagas, / ni contar nada a los lagartos».

La noche, las hojas y el viento revela la autoconciencia creadora del poeta, es decir, la pasiva acción de soñar el mundo, de proyectar la realidad deseada y posible. El poeta interpreta el lenguaje de la poesía y urde la obra con palabras e imágenes. Él poeta sabe que tiene una función, una misión dada desde fuera. Se siente responsable de llevar a cabo el dictamen divino de la poesía: «Se me ha concedido este oficio de dar la bienvenida a los amaneceres […] Alguna voz lejana me trae este oráculo: “no tiene voz la noche, / sólo oídos».

Hörderlin, considerado por Heidegger en su ensayo sobre La esencia de la poesía, el ‘poeta del poeta’, hace de telón de fondo del pensamiento de Cordero: «Es derecho de nosotros, los poetas, / estar en pie ante las tormentas de Dios, / con la cabeza desnuda. / Para apresar con nuestras propias manos el rayo / de luz del Padre, a él mismo. / Y hacer llegar al pueblo envuelto en cantos / el don celeste». Platón en su obra Ion remarca que el poeta debe estar poseído, endiosado para poder transmitir la voz misteriosa, divina de las Musas. “Los buenos poetas, por una especie de predisposición divina, expresan todo aquello que los dioses les comunican”.

En conclusión, análogamente a Hörderlin, Tulio Cordero escribe para revelar el dictamen de los oráculos, de la divinidad. Lo cual quiere decir que estamos ante un verdadero poeta. En esta línea afirma Bruno Rosario Candelier en su ensayo La gracia mística de Tulio Cordero, publicado en La mística en América: «Como poeta, Tulio Cordero siente que su tarea no es nombrar las cosas, como hizo el primer hombre, sino vislumbrar a su Creador». En efecto, Cordero, de pie ante Dios, ante la realidad y tormentas de la vida, de la urbe, ante el caudal del río Ozama, está siempre presto para atrapar la voz secreta, la callada sustancia de la naturaleza y los acontecimientos cotidianos para transmitir, adornado en versos cautivadores, el don celeste, el lenguaje misterioso de la belleza y de la poesía.

Barcelona, 3 de julio de 2014.

Fausto A. Leonardo Henríquez

Poeta, ensayista y crítico literario

Fausto A. Leonardo Henríquez. PhD. Poeta, ensayista y crítico literario. Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua. Nacido en La Vega, Rep. Dominicana, el 20 de noviembre de 1966. Estudió Filosofía en el Seminario Santo Tomás de Aquino Santo Domingo, Rep. Dom., y Teología en Barcelona y Valencia, España. Sacerdote misionero de la Congregación de la Misión. Correo electrónico: Catracho_20111966@yahoo.es

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