Hay ciudades que se visitan y hay ciudades que, poco a poco, terminan habitándonos. Cali es una de ellas. Cada vez que regreso descubro un nuevo motivo para admirarla: sus calles, sus montañas, su río, su música, sus sabores y la calidez de su gente. Es una urbe que celebra la diversidad y que ha sabido convertir su profunda herencia afrodescendiente en una de las expresiones culturales más vigorosas de América Latina.
Volver a Cali significa reencontrarme con amigos, maestros y experiencias que enriquecen mi vida personal y académica, fortaleciendo mi afecto por sus saberes y por la dignidad con la que sus comunidades defienden su historia. Ese sentimiento volvió a confirmarse entre el 22 y el 24 de julio de 2026, cuando la Universidad ICESI acogió el IV Encuentro Continental en Estudios Afrolatinoamericanos, organizado por el Afro-Latin American Research Institute (ALARI) de la Universidad de Harvard, en alianza con el Centro de Estudios Afrodiaspóricos (CEAF) de ICESI. Durante tres días, Cali dejó de ser únicamente una referencia cultural del Pacífico colombiano, ciudad jardín y la capital mundial de la salsa para convertirse en el epicentro global de reflexión académica sobre los presentes y futuros afrodescendientes.
Más de mil seiscientas personas de veintiséis países transformaron el campus en un mapa vivo de la diáspora africana. Se escuchaba español, portugués, inglés, creole, portuñol y spanglish. Más allá de la pluralidad lingüística, nos unía la convicción de que el conocimiento es una herramienta indispensable para avanzar hacia una justicia étnico-racial efectiva. Como bien afirmaba Frantz Fanon: “Cada generación debe descubrir su misión, cumplirla o traicionarla”. Esa máxima flotaba en el aire mientras las nuevas promociones de investigadores dialogaban con académicos de vasta trayectoria, las comunidades conversaban con la academia y el arte se abrazaba con la ciencia.
Un compromiso ético, epistémico y personal
Para mi trayectoria, este encuentro tuvo un significado especial. Tras haber participado en la tercera edición en la Universidad de São Paulo (2024), regresar a este foro representó la continuidad de un camino de formación e investigación que sostiene mi labor. Como antropólogo dominicano, investigador del patrimonio cultural y egresado de la Certificación en Estudios Afrolatinoamericanos de ALARI, hallé de nuevo esa comunidad donde las preguntas se construyen colectivamente y la producción de conocimiento mantiene un diálogo con el territorio.
La ceremonia inaugural dio cuenta de la trascendencia política e institucional del evento. En un mismo estrado coincidieron la vicepresidenta de Colombia, Francia Márquez Mina; el director de ALARI, Alejandro de la Fuente; la ministra de Ciencia, Tecnología e Innovación, Yesenia Olaya Requene; la fundadora del CEAF, Aurora Vergara Figueroa; su actual director, Yoseth Ariza-Araújo; y el rector de la Universidad Icesi, Esteban Piedrahíta. Su presencia simbolizó el engranaje entre la academia, las políticas públicas y los movimientos sociales, reafirmando que este campo ha dejado las periferias para situarse en el centro de la construcción democrática.
Uno de los momentos más conmovedores fue la intervención de Francia Márquez Mina, quien ofreció una reflexión con tono de legado sobre el significado de gobernar con perspectiva de justicia racial. Francia articuló su propuesta sobre siete dimensiones de la reparación: verdad histórica, género, justicia económica, educación, salud, justicia ambiental y la reparación espiritual y epistémica. Esta última resulta urgente para quienes investigamos: exige salvaguardar los conocimientos ancestrales y garantizar que la academia estudie lo que durante siglos fue invisibilizado.
En consonancia, la ministra Yesenia Olaya Requene pronunció una premisa lapidaria: “Fortalecer los estudios afrolatinoamericanos es una responsabilidad democrática. Defender este campo es defender la ciencia, la verdad y la democracia”. No fue retórica; presentó iniciativas concretas como las Becas para el Cambio e instó a pensar las tecnologías emergentes y la inteligencia artificial desde la equidad, asegurando la participación de las comunidades en la vanguardia científica.
La ciencia, los territorios y el tejido comunitario
A lo largo de más de quinientos paneles y mesas de trabajo, la Universidad ICESI operó como un laboratorio de ideas transdisciplinario. Se debatieron los sesgos raciales en la salud, las espiritualidades afrobrasileñas y del Caribe, el cambio climático, las migraciones, la literatura y los derechos colectivos. Como advirtió Aimé Césaire: “Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es una civilización decadente”. Cali asumió ese reto: pensar soluciones desde el rigor analítico sin renunciar al compromiso ético.
En las mesas se constató que las poblaciones afrodescendientes ya no se posicionan únicamente como objeto de estudio, sino como sujetas de enunciación que producen teoría, metodología y categorías propias. Recordando a Lélia González, pensar América Latina exige reconocer las contribuciones intelectuales de sus pueblos negros e indígenas. Asimismo, la investigadora Catherine Walsh nos invita a comprender que la lucha no es solo resistir, sino re-existir: inventar otras pedagogías y formas de habitar el mundo.
Entre las vivencias más gratificantes en lo personal, destaco mi participación como comentarista en la presentación del libro La diáspora perdida, de la periodista caleña Edna Liliana Valencia, en diálogo con la comunicadora Jenny Ballestas. Ante una sala repleta, abordamos la diáspora no como una categoría estática, sino como una experiencia viva de viaje, memoria y reencuentro simbólico con África.
Pero el aprendizaje más denso no ocurrió solo en las aulas, sino en los pasillos, en las pausas del café y en los reencuentros con colegas de Haití, Puerto Rico, Cuba, Brasil, México, Ecuador, Perú y Estados Unidos. Ahí se reconfirma que la ciencia se teje también desde el afecto y la confianza compartida.
El archivo de la memoria y el camino hacia 2028
El cierre del encuentro integró el arte y la soberanía alimentaria del Pacífico colombiano. Las agrupaciones culturales llenaron de tambores y danza el campus, recordándonos que el arte es metodología de transmisión histórica. A su vez, la riqueza gastronómica tradicional demostró que la cocina es un archivo vivo de resistencia, creatividad y patrimonio. Como investigador de la antropología de la alimentación, corroboré que los sabores del Pacífico son lenguajes con los que los pueblos relatan su trayectoria de permanencia.
Nos despedimos con la mirada puesta en Perú, sede anunciada para la quinta edición del Encuentro Continental en 2028, lo que asegura la continuidad de esta red transnacional de pensamiento.
Regreso a la República Dominicana con la maleta llena de lecturas, proyectos y nuevas preguntas. Sin embargo, sé que la investigación afrolatinoamericana no concluye al apagar los micrófonos de un congreso; comienza realmente cuando retornamos a nuestras aulas y territorios a traducir los debates en acción política y pedagógica. Nos queda la tarea de seguir enseñando, escribiendo, tejiendo, resistiendo y formando nuevas generaciones para desmontar el racismo estructural. Nos despedimos de Cali con la certeza de que siempre habrá que volver a ella, y con el firme compromiso de seguir trabajando, como evocó Francia Márquez al cierre, hasta que la dignidad se haga costumbre o como estableció el Dr. De la Fuente, algún día el racismo y la desigualdad tendrán que dejar ser un objeto de estudio para nosotros. Hasta la próxima semana.
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