El Malecón de Santo Domingo volvió a latir como un corazón multicolor. Desde casi las cuatro de la tarde, la brisa del Caribe empezó a mezclarse con el sonido de las tamboras y el murmullo emocionado de miles de familias que, año tras año, convierten la avenida George Washington en el gran teatro popular de la capital. Así comenzó el Desfile del Carnaval del Distrito Nacional 2026: con el color desbordado, la imaginación sin freno y los disfraces como instrumento de celebración.
Más de 70 comparsas tomaron la escena en una jornada organizada por la Alcaldía del Distrito Nacional, en coordinación con la Unión Carnavalesca del Distrito Nacional (UCADI) y el Ministerio de Cultura.
La alcaldesa Carolina Mejía encabezó la apertura oficial, acompañada por Colí, el barrancolí que funge como mascota de los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026. Tras ella, dominicanos hicieron una representación con banderas de los próximos atletas que estarán en la justa deportiva.
La funcionaria destacó el impacto cultural y social de la celebración, “el carnaval no solo es una fiesta, es una manifestación viva de la identidad capitaleña”.
Entre aplausos, fusionando cultura y deporte en un mismo desfile de identidad. La capital, vestida de lentejuelas y banderas, celebró así su doble vocación: festiva y deportiva.
La edición estuvo dedicada al doctor José Guillermo Mieses, “Pepe”, médico, deportista y fundador de la comparsa Los Leones del Diablo.
El desfile abrió con el rey del Carnaval, Francisco Taveras Benítez, cuya vida ha estado ligada a los diablos desde la infancia, y con la reina Santa Valdez, gestora cultural y creadora de “Sangre africana”, símbolo de constancia y liderazgo femenino en la fiesta.


Y entonces comenzó el desfile de historias
El historiador Dagoberto Tejeda Ortiz, consideró que el carnaval original que vino de España se transformó en estos barrios popular, dominicanizandose, con personajes como Robalagallina, Se me muere Rebeca, Disfrázate de Maiz, los Galleros,.
“Cambiando el papel de la muerte española y transformando al diablo cojuelo en cuanto sus trajes y sus máscaras en símbolo del carnaval dominicano, no porque fuera un culto al diablo, sino una sátira del mismo, con excepción del carnaval banilejo cuyo personaje central es el Robalagallina”, explicó.
Desde Capotillo, la comparsa Fantasía Extrema convirtió la avenida en un templo mitológico con “El despertar de los dioses del Nilo”. Jóvenes, en su mayoría mujeres, avanzaron envueltas en blancos, dorados y cremas, con movimientos ceremoniales que evocaban divinidades antiguas bajo el sol ardiente. Fue fantasía juvenil, fuerza barrial y elegancia coreográfiada en clave caribeña.
La memoria social también tuvo su espacio. La comparsa El Viejero del Swing de Villa Consuelo rindió homenaje a Mamá Tingó, recordando que la lucha por la tierra y la dignidad campesina sigue sembrada en la conciencia nacional. Entre dramatización y música, la figura de la lideresa volvió a caminar el Malecón, envuelta en respeto.
Otro momento llegó con “Las Tres Heroínas de Nuestro País”, tributo a las Hermanas Mirabal, símbolo eterno de resistencia frente a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Durante diez minutos intensos frente al jurado, la comparsa transformó el carnaval en tribuna histórica: lentejuelas con conciencia, coreografía con memoria.
Desde Cristo Rey, Los Desechables desfilaron proclamándose “la sección de los que gozan sin disfraz”. Su propuesta, más actitud que ornamento, celebró el orgullo comunitario y la identidad cotidiana.
En contraste, Los Terribles de Villa María apostaron al estallido visual: globos verdes elevándose como señales de fiesta y trajes hechos a mano que revelaban horas de trabajo silencioso en cada costura.
Entre los personajes tradicionales, el Roba la Gallina arrancó carcajadas y coros colectivos al grito de “¡ti-ti manatí, ton ton molondrón!”.
Cada vuelo exagerado de su falda fue prueba de que la creatividad popular no se repite: se reinventa. Y detrás, con fuerza ancestral, Los Tiznaos de Villa Consuelo avanzaron cubiertos de carbón y aceite, evocando la herencia africana en cada paso descalzo, en cada grito que estremecía el asfalto.
Como eco de una historia viva, también reapareció el espíritu de Califé, cronista popular que supo burlar la censura con ingenio en tiempos difíciles. Su presencia simbólica recordó que el carnaval es sátira, es crítica, es pueblo que canta incluso cuando la historia aprieta.
Comparsa tras comparsa, el Malecón se convirtió en espejo de la diversidad dominicana. Todo bajo la mirada expectante del jurado que evaluó cada propuesta con miras al Premio Nacional del Carnaval Dominicano.
Porque aquí no solo se baila: se compite con arte, disciplina y pasión.
Cuando cayó la tarde y el sol comenzó a teñir de naranja el mar, quedó claro que el carnaval no es un simple desfile.
Es una ciudad que se reconoce en sus máscaras, una multitud que celebra sus raíces y una tradición que, año tras año, se reinventa sin perder el alma.
Así, comparsa tras comparsa, el Malecón se transformó en un mosaico de identidad. Cada grupo aportó una voz distinta a la gran sinfonía carnavalesca: fantasía, memoria, barrio, historia, humor y resistencia.
Porque en Santo Domingo el carnaval no es un desfile que pasa; es una historia colectiva que se cuenta bailando.
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