«El juez entra… dispuesto a tomarnos un juramento que estábamos rompiendo antes de levantar la mano».Mario Mendoza.
Aquel verano del 1991, el sol cayó sobre nosotros como una sentencia sin apelación. Calor como decreto infame, dictado desde el cielo por un dios ausente o en huelga. Bajo una carpa blanca, improvisada como toda promesa institucional, nos recibieron con palabras de honor, deber, justicia… tan vacías como una demanda sin pruebas, tan nobles como un contrato con dolo.
El decano, viejo gladiador del foro, esgrimía un discurso decorado con frases en latín, con la voz temblorosa del que ha firmado demasiadas sentencias sabiendo que la verdad, esa vieja prostituta, rara vez tiene abogado. «Probitas laudatur et alget», decían los romanos. La honradez se alaba… pero se congela en la intemperie de los juzgados. Nosotros, tiernos aspirantes a jurisconsultos, hinchados de fe como globos en día patrio, creíamos que el Derecho era la espada flamígera de los justos.
¡Qué ilusos fuimos! En los tribunales no se invoca a Dios, se le niega. Ahí la mentira no es prueba ilícita; es jurisprudencia cotidiana, precedente obligado en toda audiencia donde la verdad se prostituye por un acto notarial. Ahí aprendimos que una pulgada de juez vale más que diez kilómetros de razón. Y si acaso alzabas la voz por convicción, por decencia el sistema te devolvía silencio… o te sepultaba con una sentencia redactada con tinta de hipocresía. Fue en esa facultad donde los sueños iban a morir con toga, que conocí a Martha Padura. Martha; rebelde de cuerpo, herética de género, abogada del Estado en su alma, procesando la burocracia de su propia existencia. Toda autoridad, al fin, es solo una sombra legal revestida de voz grave y tinta seca. Y si todo lo que respira ley, anhela el hecho, la carne convertida en acto, entonces el cuerpo de Martha era ya una página abierta, una evidencia sin resistencia, una flor sin espinas que caía sola en la mesa de sumarios. Todo lo que debe constar, debe ser tocado, Martha debía ser tocada. Y así, el juez la miraba como quien mira un documento al que sólo le falta una firma; el notario, como quien pesa en su balanza la veracidad del mundo entero; el agente, como quien recoge una piedra del camino para que el paso de la ley no tropiece.
Ella, inmóvil. No porque no supiera resistir, sino porque había sido despojada incluso del impulso de negar. Como un cadáver legal, aún tibio, pero ya propiedad del Estado, Martha no impedía nada, no por consentimiento, sino por despojo. Era la estatua del hecho; ni viva ni muerta, pero perfectamente útil para que el derecho se lavara las manos.
No pedía justicia divina, quería absolución terrenal, por habitar un cuerpo que le pesaba, por desear sin etiquetas, por vivir sin perdón. Le fascinaba el Derecho Penal, porque ahí, decía, la ley se desangra, los monstruos confiesan sus crímenes y uno puede mirar a la oscuridad y ver reflejado el propio abismo. El papel lo aguanta todo, decía, pero los ojos de un violador no. Los ojos te cuentan lo que las sentencias ocultan. Su sexualidad era un expediente clasificado, un sumario abierto entre dioses ausentes y placeres ocultos. Sus pasiones, cláusulas de un contrato sin firma, su cuerpo, un habeas corpus permanente en revisión.
Aspiraba al abuso del derecho. No como concepto, sino como arte. Ejercer la norma como látigo, usar la ley como trampa. Tomar ese «interés legítimo» y hacerlo pedazos sin dejar huellas dactilares. La justicia para ella no era ciega; era voyeur, perversa, adicta a mirar lo que no debía. Y los profesores…los doctores con medallas académicas y almas hipotecadas no escaparon a su hechizo. Uno tras otro, caían como jurisprudencia vencida. Ella los poseía redactando contratos de usufructo sobre sus cuerpos, y ellos firmaban… sin leer la letra pequeña del deseo.
Martha no aprobaba los exámenes, los consumaba. Su lengua no solo pronunciaba el Código Penal, también lo traducía en gemidos bajo el escritorio. ¿Y quién era yo? Un testigo. Un cómplice moral llamado Mario Mendoza. Un abogado en formación que archivó su ética como prueba irrelevante. Hoy, tantos años después, entiendo por qué el decano sonreía con tristeza aquel verano. Sabía que nos lanzaba al Coliseo. Y nosotros, en toga negra, éramos los nuevos leones y también la carne. El demonio no vive en el infierno, el demonio habita en los tribunales. Lleva toga, cita sentencias, cobra en nómina… A veces firma dictámenes con retardo, otras veces, las escribe con sangre. Pero siempre está ahí, oculto entre la presunción de inocencia y la culpabilidad del silencio.
Yo lo vi. Lo vi en el reflejo de los espejos del Palacio de Justicia, en la voz de Martha, en mi propia sombra cuando dicté un fallo injusto y no sentí nada. El derecho no es para los justos, es para los fuertes. Y los fuertes, a veces, tienen cuernos… aunque los oculten bajo el birrete de un magistrado.
Aquel verano de 1991 no comenzó, se dictó. Como una sentencia sin apelación, cayó sobre nosotros el calor inclemente, con la fuerza de una justicia divina que jamás fue promulgada en Gaceta Oficial. Bajo una carpa improvisada, tan endeble como la integridad institucional que pronto conoceríamos, nos recibió la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Eran días de reparaciones, de grietas que se disimulaban con lonas azules, como si la estructura pudiera sostenerse con esperanza y retazos. No sabíamos entonces que lo que más necesitaría reparación no eran los techos, sino nuestras convicciones.
El decano habló. Un hombre alto, erguido por deber más que por fuerza, con el rostro fatigado por la erosión del poder y la traición. Su voz, sin embargo, sonaba como un himno a la fe jurídica. Habló de valores, de ética, de justicia como virtud, de la ley como camino y no como obstáculo. Nos llenó los pulmones de palabras bellas, como cláusulas de un contrato que nunca se ejecutaría. Al terminar, aplaudimos, y en cada aplauso, una ilusión crecía como un argumento bien hilado; la esperanza de ser justos en un mundo de injusticia.
No sabíamos aún que los tribunales no son templos, son arenas. Gladiadores togados peleando no por el honor, sino por la renta. En los pasillos del derecho aprendimos rápido que la norma no es la regla, sino el instrumento. Que el que sabe usarla, domina, y que el que pretende aplicarla como está escrita, muere como mártir en la plaza vacía de la jurisprudencia. Nos enseñaron latín, pero nunca nos tradujeron la corrupción. Nos instruyeron sobre los principios generales del derecho, pero omitieron decirnos que todos ellos caben en un sobre manila si la oferta es buena. Fue en ese mundo de disonancias que conocí a Martha.
Martha no era como los demás, o tal vez sí, pero nadie lo aceptaba. Alta, de caminar firme y labios de cláusula peligrosa, Martha vivía en tensión con su cuerpo y en armonía con su mente. Se decía mujer, aunque el mundo aún no estaba preparado para discutirlo. Le gustaban los hombres y las mujeres, y sentía una atracción particular por lo híbrido, lo inestable, lo que la biología aún no había clasificado con comodidad. En los márgenes habita la verdad, decía. Ella no quería justicia quería poder. Pero no por ambición vulgar, lo quería como quien anhela un arma para devolverle al mundo el daño acumulado. Su sueño era ser Abogada del Estado, no por servicio, sino por dominio. Para asesorar al poder, defender al Leviatán, negociar con la ley como se negocia con un arma cargada. Le fascinaba el abuso del derecho. No como anormalidad, sino como estética jurídica.
—El derecho civil es una misa sin fe, me dijo una tarde.
Todo escrito, todo simulado, todo embalsamado en papel. Pero el penal… el penal es carne viva. Es pecado puro. Es confesión. Es verdad, aunque duela.
Y le creí.
Martha encontraba en los criminales una especie de honestidad que no hallaba en los abogados. Amaba interrogar violadores y asesinos no por justicia, sino por goce. Su placer no era verlos pagar, sino escucharlos contar. En sus ojos brillaba algo más que sed de verdad, era deseo. Deseo de tocar con palabras los extremos del horror humano. Esa perversión la hacía lúcida. Era una psicóloga sin título, una inquisidora laica. Cuando no estaba en el aula, estaba en la cama de algún profesor, aprendiendo a negociar notas con el cuerpo como contrapartida. Cada trimestre, uno nuevo, como si fuera parte del pensum.
No pedía respeto, lo exigía, y se lo ganaba. Era peligrosa y fascinante. Una mezcla de código penal y perfume caro. Muchos la deseaban; pocos la entendían. Yo solo la observaba, con la distancia prudente de quien ve un incendio hermoso, pero no quiere arder.
Pasaron los años. Salimos de la facultad con más códigos en la mochila que verdades en el alma. El decano había dicho que la justicia era el fin supremo, pero en la práctica, descubrimos que no existe tal cosa como justicia; solo versiones mejor pagadas de la verdad. El que gana el caso no siempre tiene la razón, solo tiene mejor defensa, más influencia, un apellido más sonoro, o un juez más comprometido… con los intereses de alguien más.
Nos graduamos y no supe de ella. Hoy juraré lealtad a la Constitución, ¡cuántas veces nos mentimos!
Los tribunales se convirtieron en nuestra selva. Ahí, el abogado honesto es una especie en extinción. Ahí, la traición es moneda, el derecho, una coartada, la sentencia, un producto, y el juez… el juez, el verdadero diablo.
Porque el diablo no habita el infierno, habita en los tribunales. Sonríe en las audiencias, redacta en voz baja mientras decide quién vivirá y quién será condenado por un tecnicismo. Lleva toga, se disfraza de imparcialidad, y cuando dicta sentencia, no es Dios quien habla, es el Mercado.
Hoy pienso en Martha.
No sé si logró su puesto en el Estado. Tal vez lo hizo. Tal vez se convirtió en lo que odiaba. O tal vez siempre lo fue, y solo usó el derecho como excusa para escarbar en la podredumbre humana. En cualquier caso, ella entendió algo que yo tardé años en aceptar, el Derecho no es justicia, es poder, y el poder, como el deseo, nunca se somete sin resistencia.
Aquel verano terminó, sí.
Pero su calor persiste. En cada sala de audiencia, en cada juez que decide sin escrúpulos, en cada inocente que calla y en cada culpable que celebra su libertad firmada. Persiste como un incendio legal, como una llama escondida en los papeles archivados. El diablo sigue ahí. Y algunos, los más osados, se visten como él, con toga, y con sentencia en mano.
Hoy me juramento, en este salón solemne de la Suprema Corte de Justicia. Toga aún en mano, corazón agitado, escucho murmullos lejanos, pasos formales. El aire huele a papel, a historia, a justicia. Miro hacia arriba, hacia los vitrales del techo. Hoy la ley me da nombre y rostro, abogado de los tribunales. Quiero quedarme un momento aquí, solo, con los fantasmas que me trajeron hasta este umbral.
Cuántas madrugadas en vela bajo lámparas tenues, cuántos libros leídos con la piel cansada y los ojos ardiendo, cuántas veces creí que lo que estudiaba era piedra muerta, hasta que, un día, la piedra habló… y supe que el Derecho no era un código, sino un latido. ¿Quién es el abogado? ¿Un intérprete ciego de normas codificadas? No. Es el custodio ardiente del equilibrio roto, el verbo que sangra por la herida del otro. En él, mora la fuerza interior, esa energía callada que no busca honorarios, sino justicia. Sentí la Justicia por primera vez no en una sentencia, sino cuando un profesor me dijo que, sin moral, la ley es solo un arma de precisión en manos del más fuerte.
Y entonces lo entendí, la Justicia no es un tribunal, es una presencia. Una pulsación del mundo, ese instante sagrado donde el Derecho se arrodilla ante la Moral. He aprendido a decir no cuando el oro grita sí, a guardar el secreto como un monje su voto, a resistir la chicana disfrazada de genialidad. He llorado con la víctima sin que se me note. He fingido dureza cuando el alma temblaba. Me he desdoblado entre la lógica y la compasión. Y eso me hizo abogado antes de jurarme.
Aquí todo es piedra y mármol, pero también hay un eco humano, una vibración que no miente; la historia pesa en las paredes, como pesa la dignidad en la toga que pronto vestiré. Entre el murmullo, de los que también recibirán juramento una figura aparece en el umbral. Es Martha. Radiante, erguida, también con su toga doblada en los brazos, la reconozco y quedo inmóvil por un instante. Martha…, la miro con un silencio lleno de pasado. No nos veíamos desde… ¿cuándo? Aquel examen oral de Procesal Penal, creo. Tú citabas a Couture como quien recita poesía, yo apenas balbuceaba. Y míranos ahora, a punto de ser juramentados por la misma Corte que nos pareció lejana y sagrada en aquellos años.
Martha me quemaba con el fuego de su mirada, —Sigues igual de bello e inteligente. —me dijo—. No miento—le dije—sigues más tú. Firme, luminosa, con esa claridad en los ojos que hace que la palabra —justicia— no suene hueca. Ella me miraba. —Nos vestiremos de toga— dijo con esa sonrisa insinuante —Pero no para cubrirnos, sino para mostrarnos; como pactantes de un oficio sin descanso, como sembradores de dudas entre certezas injustas, como custodios del dolor ajeno, como artistas de la palabra precisa.
Ella sabía que conocía todos sus secretos, pero también tenía conciencia de que conmigo estaban a salvo. Dicen que el abogado no nace, se revela. Y hoy me revelo ante mí, ante ti, ante la Justicia.
Martha clavó su mirada en mi mirada mientras decía como un reproche, —nunca pensé que tuvieras valor para ser abogado, te falta fuego, te falta alma. Fuiste el único hombre que no se quiso acostar conmigo. Siempre pensé que eras homosexual.
Tienes algo especial para mí —le dije— nunca te usaría. Para mi eres más que una mujer y no lo digo porque te gusten las mujeres. Pero cambiemos de tema. Cuando jure, no levantaré la mano, sino el alma. Y cuando firme, no usaré tinta, sino memoria.
Martha, me miraba desconcertada, compañera de lecturas, de silencios en bibliotecas frías, de batallas en las aulas. —Camina conmigo —le dije mientras la tomaba de la mano— Hoy nos nombran abogados, pero nosotros… ya lo éramos.
El juez entra, imponente, majestuoso y dispuesto a tomarnos un juramento que estábamos rompiendo antes de levantar la mano.
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