José Rafael Sosa y Guillermo Molina Mueses. David Soto, fotógrafo

El pulbico eufórico ante las actuaciones del tercer concierto de OSN. Foto de David Soto.

Describir lo que fue el Tercer Concierto de la Temporada Sinfónica 2026 va a requerir información, sensaciones y aspiraciones de democratización musical. Este trabajo se elabora a cuatro manos: el autor y Guillermo Molina Mueses (elimpresodigital.com) y otras dos del fotógrafo (David Soto).

El joven maestro Santy Rodríguez, de quien pocos saben que es vegano, nacido en 1986, y que supo desde niño que su vida estaría vinculada a la música trascendente, condujo una noche que comenzó en las raíces caribeñas de José Antonio Molina, encontró en Scarlett Martínez una voz de libertad, transitó por la complejidad técnica apenas advertida por el público y culminó en la inmensidad emocional de la Segunda Sinfonía en mi menor, Op. 27, de Serguéi Rajmáninov.

La Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por su director asociado, Santy Rodríguez, acababa de comenzar Vuela, Sarambo, vuela…, del maestro José Antonio Molina, con algo que parecía más una confidencia que una introducción: una conversación entre el violonchelo, la viola y el violín.

Cada instrumento decía su frase, escuchaba al otro y respondía. Por unos instantes, el universo auditivo de la gran Sala Carlos Piantini se redujo a ese pequeño círculo de cuerdas. La música no entró proclamándose; entró conversando. Luego, aquella intimidad comenzó a ensancharse hasta envolver a toda la orquesta. Fue entonces cuando entendimos el gesto de la obra: del diálogo nacía el vuelo.

Molina y el Caribe sin disfraz

Vuela, Sarambo, vuela… es el segundo movimiento del Cuarteto Caribeño, llevado posteriormente por su compositor a una versión para orquesta de cuerdas. José Antonio Molina lo ha descrito como un canto al mar, a la tierra caribeña y, sobre todo, al sol que nos acompaña cada día.

La pieza se expresa con una identidad dominicana, sin recurrir a la postal fácil, a la cita folclórica ni a la unción sonora de lo decorativo. El Caribe aparece como una manera de respirar, dialogar y moverse.

La obra se eleva desde sus raíces, pero no queda encerrada en ellas. Molina escapa de la ruta de lo obvio que llevaría a pensar que lo sinfónico basado en lo caribeño dominicano tendría que ser necesariamente un despliegue rítmico de la salve, la mangulina o el merengue. No. Es ritmo pausado y marcado, con su propio aliento expresivo.

Había, además, una historia humana detrás de la elección. Para Santy RodríguezJosé Antonio Molina no es solamente el compositor de la pieza, sino también su maestro, mentor y —como él mismo lo ha llamado— su padre musical. Por eso, verlo dirigir aquella música tenía algo de gratitud hecha sonido: el discípulo levantaba la obra del maestro y la devolvía al público con voz propia.

Rodríguez dirigió con claridad, energía y una cercanía evidente con los músicos. No parecía imponer la música desde el podio, sino hacerla surgir desde dentro de la orquesta. En una temporada que celebra los 85 años de la OSN, esa imagen adquiría un significado especial: la tradición no se conserva congelándola, sino entregándola a manos nuevas.

Scarlett Martínez: Tocar desde la tierra

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La solista Scarlett Martínez actuó descalza. Foto de David Soto.

Después de la afirmación caribeña de Molina llegó el Concierto para violín en mi menor, Op. 64, de Félix Mendelssohn, con la violinista dominicana Scarlett Martínez como solista.

La artista entró al escenario con un vestido rosa y descalza. El detalle podía parecer mínimo, pero terminó expresando mucho de lo que ocurrió entonces.La pieza de Mendelssohn puede parecer, a primera escucha, un discurso lineal y sencillo. No lo es. Constituye un tremendo desafío interpretativo, cuyas dimensiones técnicas, expresivas y estructurales no siempre son perceptibles para el público.

El Concierto para violín en mi menor, Op. 64 de Mendelssohn es engañoso: suena elegante y natural, pero exige muchísimo control. Las dificultades principales son: cambios de posición rápidos y limpios: especialmente hacia registros muy agudos. Los desplazamientos deben quedar casi invisibles: pasajes rápidos de semicorcheas: requieren coordinación extremadamente precisa entre mano izquierda y arco; cualquier pequeña desigualdad se escucha y arpegios y cruces de cuerda: particularmente incómodos cuando hay que mantener velocidad y claridad sin que el arco produzca acentos accidentales.

Había en aquella entrada una voluntad de contacto directo: con el escenario, con la orquesta y con la música. No fue una entrada teatral, sino la búsqueda de una libertad física indispensable para una obra que exige delicadeza, precisión, resistencia y fuego.

Mendelssohn evita la larga espera tradicional y hace entrar al violín casi de inmediato. Apenas unos segundos: un par de notas y ya está. Scarlett asumió esa exposición sin titubeos. Su sonido pasó de la intensidad apasionada del primer movimiento al lirismo del Andante y luego a la agilidad luminosa del final.

La famosa cadencia no fue tratada como una exhibición aislada, sino como parte del discurso musical: una voz que piensa en público antes de reunirse nuevamente con la orquesta.

Su ejecución tuvo técnica y personalidad. El virtuosismo dejó de ser una colección de dificultades superadas para convertirse en lenguaje. El violín cantó, preguntó, se agitó y, en los momentos más delicados, pareció hablar en voz baja sin perder presencia en la sala.

Scarlett pertenece a una generación de músicos dominicanos cuya formación ya no reconoce fronteras. Esta artista, egresada del Conservatorio Nacional de Música y formada también en Barcelona, ha participado en academias y festivales internacionales. Sin embargo, aquella noche no se presentó como una promesa lejana, sino como una artista capaz de asumir, aquí y ahora, una de las obras esenciales del repertorio violinístico.

Una de sus maestras, la concertino de la OSNZvezdana Rodojkovic, quien la formó como violinista durante cinco años, entre 2013 y 2018, estaba allí, a poco más de un metro de distancia, orgullosa, pero protocolariamente guardando el silencio obligatorio. La ovación que recibió Scarlett Martínez no fue cortesía. Fue reconocimiento.

Rajmáninov y el corazón de la orquesta

El director asistente de la OSN , maestro Santy Rodriguez. Foto de David Soto.

Tras los 17 minutos del intermedio, la Segunda Sinfonía en mi menor, Op. 27, de Serguéi Rajmáninov, cambió por completo la escala de la noche. Si Molina había comenzado con una conversación íntima y Mendelssohn había colocado una voz individual frente a la orquesta, Rajmáninov abrió un paisaje emocional inmenso.

Esta sinfonía no permite fingir. Su arquitectura es extensa; sus melodías crecen lentamente y exigen que el director sostenga la tensión sin apresurarlas.

El maestro Santy Rodríguez comprendió esa respiración amplia. Dio espacio a las cuerdas para desplegar su profundidad, permitió que las maderas conservaran su carácter y condujo los grandes ascensos sin convertirlos en simple volumen.

El Adagio fue el centro emocional de la interpretación. El célebre solo de clarinete apareció como una voz que llega desde lejos, mientras las cuerdas construían alrededor una atmósfera suspendida. Allí, la orquesta dejó de ser una suma de secciones y se convirtió en un solo organismo.

Una sinfonía entre la nostalgia y el triunfo

La Segunda Sinfonía es una de las obras fundamentales del romanticismo tardío ruso y una de las partituras que mejor representan el lenguaje de Rajmáninov: melodías amplias, profunda emotividad, orquestación exuberante y una poderosa sensación de nostalgia.

Compuesta principalmente entre 1906 y 1907, durante la estancia del compositor en Dresde, fue estrenada por el propio Rajmáninov en San Petersburgo en 1908.

El éxito de la obra tuvo, además, un significado personal: contribuyó a recuperar la confianza del compositor después de la recepción adversa que había tenido su Primera Sinfonía.

La sinfonía está estructurada en cuatro movimientos y desarrolla una combinación de lirismo, dramatismo, vigor rítmico y contemplación. El motivo inicial, grave y misterioso, reaparece transformado a lo largo de la obra, contribuyendo a su unidad.

El segundo movimiento aporta un contraste vigoroso, mientras el Adagio constituye el gran centro lírico de la composición. El célebre solo de clarinete, seguido por las cuerdas, parece expresar una nostalgia sin palabras. Rajmáninov tiene esa capacidad, peligrosa y maravillosa, de hacernos recordar incluso aquello que no sabíamos que recordábamos.

El movimiento final devolvió la energía, pero ya no éramos los mismos oyentes que habían entrado en la sala.

El cierre reunió el impulso de toda la obra y lo transformó en afirmación. Santy Rodríguez sostuvo el recorrido hasta el último acorde y la OSN respondió con una sonoridad plena, flexible y segura.

Una noche sobre la continuidad

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El maestro Santy Rodríguez recibe flores de manos de su hijo.

El programa parecía reunir tres mundos distintos, pero al final reveló una sola idea: la continuidad. José Antonio Molina estuvo presente como compositor y maestro. Santy Rodríguez, su discípulo, ocupó el podio. Scarlett Martínez representó a una generación dominicana que se forma en el país, sale al mundo y regresa preparada para dialogar con los grandes repertorios.

La Orquesta Sinfónica Nacional, a sus 85 años, sirvió como memoria y como puente entre todos ellos. Por eso volvemos a aquella primera mirada de los cronistas firmantes. Nuestro asombro no provenía solamente de la belleza de una entrada musical.

En aquella breve conversación entre violonchelo, viola y violín estaba contenida toda la noche: instrumentos que se escuchan, generaciones que se responden y una tradición que, para permanecer viva, debe seguir conversando.

El Tercer Concierto de la Temporada Sinfónica 2026 no fue únicamente una demostración de excelencia. Fue la imagen de una música dominicana que conoce sus raíces, confía en sus jóvenes y se atreve a volar.

Democratizar el disfrute

Innegable que se ha hecho mucho por ampliar los públicos, tanto por parte de la OSN como de Fundación Sinfonía. Es indudable el valor de la OSN, que ya tiene una trayectoria de 85 años de cultivo de la música clásica: una música que no perece y que parece aportar sensaciones nuevas cada vez que es escuchada.

Pero queda una inquietud: ¿qué hacer para que el disfrute, casi indescriptible, de estos conciertos pueda convertirse en un derecho de millones de dominicanos?

¿Cómo lograr que estos conciertos tengan un espacio permanente y garantizado en la televisión pública, acompañados de las debidas explicaciones de especialistas musicales que contribuyan a formar nuevos públicos?

Es excelente que se permita a estudiantes asistir a los ensayos generales y que una parte de las boletas sea donada a estudiantes de música. Pero no es suficiente. Es tiempo de ampliar el disfrute, de hacerlo más democrático y accesible. El propósito se encuentra entre quienes organizan y montan los conciertos de la temporada, nadie lo duda.

Porque una orquesta nacional no debería ser solamente patrimonio de quienes pueden ocupar una butaca en la Sala Carlos Piantini. Su música también debería llegar a quienes nunca han tenido la oportunidad de escucharla.

La gran tarea que queda después del concierto es precisamente esa: lograr que el vuelo de la música sinfónica no termine en las paredes de la sala, sino que alcance a toda la sociedad dominicana.

José Rafael Sosa

Periodista

Escritor, periodista y animador cultural. Nació en Puerto Plata en 1950. Tiene una amplia trayectoria en el periodismo cultural dominicano. Se ha caracterizado por cultivar géneros que le faciliten una comunicación efectiva con sus lectores, como el cómic y el origami. Es el principal escritor de literatura de crecimiento personal en República Dominicana.

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