Solo hay cuatro situaciones en que alguien puede dar testimonio de un suceso: 1. Lo cometió; 2. Fue la víctima; 3. Fue cómplice; o 4. Fue testigo. Si no somos perpetrador, víctima, cómplice o testigo, condiciones que nos permiten dar un testimonio del hecho, tenemos siempre que referirnos a una fuente, porque vamos a reproducir información recibida de la que no tenemos vivencia personal alguna.
En ficción uno puede inventar, suponer, porque es eso: ficción. En historia, o se da un testimonio personal, por tener una de esas cuatro condiciones; o uno tiene que referirse a una fuente: documento, información, testimonio, etc., que soporte nuestra aseveración.
El secuestro y desaparición de Jesús de Galíndez ha sido fuente de muchísimas historietas que buscan, en su gran mayoría, limitar al aparato represivo del tirano toda la responsabilidad del plagio del informante del FBI y delegado vasco, pasando por encima las evidencias más que notorias de que se trató de un crimen planificado y ejecutado en todas sus fases por la Agencia Central de Inteligencia, CIA, y ordenado desde las más altas instancias de poder de los Estados Unidos, con un chivo expiatorio útil y propicio: el engolado y entorchado dictador de un país pequeño, pobre y pisoteado del Caribe.
El persistente interés en ocultar y negar la responsabilidad de la CIA sorprende. Y la maraña de mentiras escandaliza, sobre todo porque muchos repiten disparates, otros fabulan de forma obscena y hasta describen los suplicios como si hubiesen estado allí observando las torturas. También están los que mienten como parte del objetivo de exculpar a la CIA de su responsabilidad.
Pero un simple análisis derrumba esas explicaciones acomodaticias.
Tenía como propósito establecer una especie de mapa de vinculación para exponer la estructura criminal que autorizó, ordenó, organizó y ejecutó el secuestro, ya completa y definida, pero unos artículos sobre el tema de Galíndez en que insisten que fue ordenado por Trujillo y ejecutado por sus esbirros, me obligan a demostrar para quien quiera razonar, que se equivocan de plano: fue lo que la CIA intentó y logró hacernos creer para encubrir su rol, me obligan a desmontar tanta candidez y simpleza.
Saque los tiempos y use la lógica y se cae el muñeco
Hay quienes aluden a un escrito publicado el 20 de julio de 1952, #29 del año 44, en la revista cubana Bohemia titulado: “La opereta bufa de trujillolandia”, el hecho de que Trujillo decidiera “secuestrar y trasladar a Rep. Dominicana” a Jesús de Galíndez, gritando irritado: “¡Quiero a ese hombre aquí!”
Esa teoría telenovelesca se cae por simple análisis de tiempo.
Galíndez publicó ese artículo, el último que publicó en Bohemia, en julio de 1952 y a Galíndez lo secuestran en marzo de 1956. ¡Trujillo se aguantó 4 largos años para que su aparato le trajera a Galíndez!
El equipo que ejecuta el secuestro Trujillo lo conoce en 1954, dos años después. Es decir, pese a tener asesinos como Félix W. Bernardino, pilotos tanto militares como civiles, a un temible general como Arturo Espaillat, alias Navajita, Trujillo se aguantó 24 meses hasta conocer en septiembre de 1954, y por pura casualidad, a John Joseph Frank y a Horace W. Schmahl, operativos de la CIA para tareas sucias en territorio norteamericano funcionando como contratistas externos, cuando la CIA vía el Departamento de Estado de los Estados Unidos, se los proporcionó para que le sirvieran de espalderos en su viaje a España y al Vaticano.
¿Tenía Trujillo entonces el entendimiento de que esos agentes de élite de la inteligencia norteamericana, junto a Robert Maheu, el contratista cuya oficina recibía un estipendio mensual de la CIA para operaciones sucias en territorio norteamericano, eran las personas que él iba a conocer y tratar para ejecutar el secuestro?
Todavía pasó un año entero, 1955, previo a que el secuestro se ejecutara.
Mientras, Trujillo, pese a tener a John Joseph Frank en nómina, se dedicó a plantar evidencias incriminatorias contra sí mismo, al desplazar a dos agentes de su aparato de inteligencia: Félix Hernández Márquez, alias El Cojo, y a Gloria Estabanía Viera Marte, su amante, primero a México, haciendo alardes de antitrujillismo y gastando dinero a troche y moche, y luego a New York.
Pese a que dio orden de que “trajeran” a Galíndez al país, Trujillo puso a El Cojo en los meses previos al rapto, a ofrecerle a Galíndez, a voz en cuello (lo suficiente como para que lo oyeran residentes en el edificio donde Galíndez tenía su apartamento), US$25,000.00 dólares por su tesis. El Cojo visitó a Galíndez según se ha documentado por lo menos en tres ocasiones: el 22 de noviembre de 1955, el 8 de enero y el 16 de febrero de 1956, y le advirtió que el dictador conocía su tesis doctoral. ¿Notan lo absurdo de eso?
Además, Trujillo hizo ennoviar a Gloria Estebanía Viera Marte, alias Gogi, con Galíndez. El vasco sostuvo relaciones sexuales con la agente trujillista (al grado de que Viera hizo saber que estaba embarazada de él). ¿Y para qué Trujillo o su jefe de inteligencia, el general Arturo Espaillat, hizo todo eso, si lo pensaba secuestrar? Perdía el factor sorpresa. ¿Dónde está la lógica? ¿Dónde está el sentido?
Sigamos con las tonterías e incongruencias de esa versión de caperucita roja y el lobo feroz que quieren hacernos creer.
Trujillo tenía pilotos avezados, tanto militares como civiles, con destreza y experiencia de vuelo, al igual que aviones y avionetas tanto militares como civiles, pues tenía una línea aérea nacional. Sus pilotos eran dominicanos, pero también varios norteamericanos, pues la línea aérea nacional la dirigía el norteamericano Charles Alton McLaughlin, futuro suegro de su hermano Negro Trujillo.
Ah, pero pese a ese cuerpo de experimentados pilotos, Trujillo en un acto de racionalidad y lógica genial decide buscarse a un jovenzuelo de 22 años norteamericano, sin experiencia de viajes largos y miope, por demás, para trasladar a Galíndez desde New York a Montecristi, en una avioneta Beech 18 rentada por John Joseph Frank, por US$1,600.00 dólares.
¿Y por qué la renta John Joseph Frank, alias Mister Kane, y no ningún diplomático o esbirro trujillista?
Y eligen un día simbólico: el aniversario de la Doctrina Truman, el 12 de marzo, dos días después de que la bandera de España fuera izada por primera vez en la Organización de las Naciones Unidas, ONU, algo que aconteció el 10 de marzo. Ah, pero eso fue casualidad.
Cuando Galíndez arriba drogado a territorio nacional, Trujillo también dispone que sean dos pilotos norteamericanos los que lo trasladen desde Dajabón a Santo Domingo: Charles Heager y Charles Alton McLaughlin. ¿Por qué no un piloto dominicano?
Entonces, a partir de ahí empiezan fantasías delirantes, auténticas ordalías de suplicios en la imaginación calenturienta de quienes lo cuentan, los que, sin haber estado allí ni tener ningún testimonio en el que apoyarse, inventan todo tipo de torturas y de muertes.
Por ejemplo, dicen que “Galíndez fue obligado” a comerse su tesis.
Oh, pero, esperen. ¿Cómo que la tesis? ¿Y no fue el artículo en la revista Bohemia la causa del secuestro? ¿Por qué no lo hizo deglutir página tras página de la revista, anuncios incluidos? O sea, Trujillo lo manda a secuestrar por un pique cogido con el artículo de la revista que le duró 4 largos años para vengar y termina haciéndole tragar una tesis doctoral donde él sale bien parado, por cierto? Explíquenme eso.
Y lo que expresó John Joseph Frank en el juicio ¿dónde lo dejamos?
De todos los implicados en el secuestro, traslado y desaparición de Jesús de Galíndez en 1956 solo una persona fue procesada y condenada: el esbirro de la CIA John Joseph Frank. Ni a Robert Maheu, el organizador del secuestro, ni a Horace W. Schmahl, corresponsable del plagio, lo tocaron.
Desde que comenzó el proceso en su contra, John Joseph Frank, cuando se le inquirió en por qué no se registró como “Agente de un gobierno extranjero” al servicio del gobierno de Trujillo, explicó que él no tenía que hacerlo porque estaba actuando en nombre del gobierno de los Estados Unidos de América.
La CIA una y otra vez presionó a fiscales y jueces norteamericanos para que se retiraran los cargos argumentando que proseguir ese juicio ponía en peligro informaciones de alta confidencialidad relativas a la seguridad nacional.
A Frank lo condenan en diciembre de 1957 a una pena entre ocho meses y dos años de prisión. Frank es abogado. Apela. En octubre de 1958 la sentencia es anulada. En 1959, la defensa de Frank argumentó que ir a un segundo juicio obligaría a la defensa a exigir mediante órdenes judiciales la comparecencia de altos testigos y registros clasificados de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). El abogado general de la CIA, Lawrence Houston, admitió que revelar dicha información causaría una enorme «vergüenza» institucional para la agencia. John Joseph Frank presentó una petición de nolo contendere (no disputar los cargos) en la que el acusado acepta la condena sin admitir explícitamente su culpabilidad ni rechazarla. Fue condenado a una pírrica multa de US$500.00 dólares por no haberse declarado “agente” de un gobierno extranjero. Frank siempre sostuvo que no requería hacerlo porque actuó siempre en nombre del gobierno de los Estados Unidos.
¿Por qué esa conducta de la CIA si no tenía nada que ver con el secuestro?
Mejor todavía, para los partidarios de la telenovela Galíndez me Ofendió y por eso lo Secuestré: ¿cómo explican esas personas que 70 años después la CIA mantenga clasificado por razones de seguridad nacional el expediente del secuestro, traslado y desaparición de Galíndez, incluyendo los documentos que se llevó del apartamento de Galíndez y, muy probablemente, los que sustrajo del propio Palacio Nacional dominicano, cuando ya hoy todos los involucrados directos, indirectos o circunstanciales, están muertos?
¿A quién protegen? ¿A Trujillo?
Repitiendo las patrañas de Alicinio

Alicinio Peña Rivera publicó su versión del secuestro de Galíndez en su libro: Trujillo, la historia oculta de un dictador, cuyo copyright es de 1977. Tengo la tercera edición hecha por Publicaciones América en República Dominicana, en 1996.
Algunas de sus patrañas, dichas para reforzar la narrativa de la CIA han sido asumidas y repetidas como si Alicinio fuera una fuente fiable.
No lo es. Es un esbirro. Mentir, desinformar y retorcer la verdad son parte de su razón de vivir. Y eso hace.
Veamos algunas patrañas comprobables, que chocan con las documentadas obras de Manuel de Dios Unanue,: El caso Galíndez: Los vascos en los servicios de inteligencia de EE.UU., en 1982, y de Stuart McKeever, autor de El Caso Galíndez en el 2013 (y creo que sería justo hablar también del capítulo Galíndez en el libro The President´s Private Eye, del detective norteamericano Tony Ulasewicz, quien fue el encargado de investigar la desaparición del vasco).
Entendamos algo: Alicinio Peña Rivera no fue ni ejecutor, ni víctima, ni cómplice ni testigo en esa operación. No tuvo que ver con ella, y dadas las características del régimen, tampoco es que podía averiguar, preguntar o documentarse, ni antes ni después, mientras estuvo en el país.
Habla sin respaldar nada de lo que dice ni en un papelito. Y simplemente inventa.
Así, Alicinio atribuye a Porfirio Rubirosa la llegada de Galíndez al país, pero el propio Galíndez dice que llegó al país luego de visitar el consulado dominicano en Burdeos (no la embajada), donde obtuvo el visado y se embargó “justo en el último barco norteamericano”. No menciona a Rubirosa (Pág. 101 de Un reportaje sobre Santo Domingo)
Miren esta otra perla de Alicinio: “Como era amigo de la notoriedad, comenzó a publicar su tesis a manera de artículos en la revista “Bohemia” que se publicaba en Cuba” (Pag. 167)
Alicinio es un semianalfabeto y escribe para gente que no lee ni se documenta.
De 1950 a 1955 Jesús de Galíndez publicó en Bohemia solo 4 artículos. Tres en 1951, dos de ellos referidos a España: uno el 7 de enero de 1951, # 1 Año 43, con el título “Un coronel franquista escribe un libro contra Franco”, y otro el 10 de junio de 1951, #23, año 43, con el título “Nubes de Tormenta sobre España”. El 21 de octubre de 1951, #42, publicó “Brujerías en el Harlem hispano de Nueva York”.
Como ven, nada tiene que ver con Trujillo ni con su tesis que no había comenzado a escribir, por cierto.
El 20 de julio de 1952, #29 del año 44, Galíndez publicó en Bohemia el artículo: “La opereta bufa de trujillolandia”. Es en ese artículo en el que Galíndez escribe que Ramfis fue un hijo adulterino de Trujillo, que no fue hijo de matrimonio.
Eso, de entrada, Ramfis lo sabía.
Su mamá y Trujillo se casaron el 29 de septiembre de 1935, cuando ya Ramfis, que había nacido el 5 de junio de 1929, tenía 6 años de edad. Él sabía, porque los niños saben más de lo que uno piensa, que antes su papá estuvo casado con otra mujer, Bienvenida Ricardo. Y que su papá y su mamá no estaban casados cuando ella se embarazó de él, Ramfis. ¿O es que usted cree que los niños a los seis años no saben ni entienden nada? ¿O que siguió siendo un cándido e inocente crédulo en su adolescencia y juventud y no sabía hacer cuentas?
Galíndez nunca afirmó que Ramfis no era hijo biológico de Trujillo. Dijo algunas informaciones erróneas, como atribuir a María Martínez tener un matrimonio en los años en que era amante de Trujillo, pese a tener una relación con otro proveedor. Se conocía en la capital que La Españolita vivía de “amigos”.
Bien, como vemos, no es cierto que, como Alicinio escribe, Galíndez se dedicara a verter su tesis en artículos de Bohemia. De hecho, para 1952 ni siquiera pensaba escribirla.
Es Alicinio el que cuenta la historia de que la revista llegó a mano de Ramfis, que el primogénito montó en cólera y que fue donde Trujillo a increparlo por el artículo.
Pero antes, en 1949, ya José Almoina, con el seudónimo de Gregorio R. Bustamante, había publicado en México “Una satrapía en el Caribe”, en la que sí afirmaba que Ramfis no era hijo de Trujillo (Almoina había sido mentor de Ramfis y confidente y ghost writer de María Martínez), libro que, sin dudas, el aparato diplomático y la inteligencia trujillistas se ocuparon de hacer llegar copias a República Dominicana.
¿Por qué frente a ese libro Trujillo no reaccionó?
Mentiras y más mentiras y más mentiras
Alicinio escribe en la página 193: “Galíndez fue atraído a la trampa que se le había tendido por una mujer. Gloria Viera lo atrajo a la trampa, en la que El Cojo actuó como capitán. Fue anestesiado al bajar a la estación del subterráneo, y de allí llevado a un aeropuerto de Long Island…”
Todo eso es mentira.
Galíndez fue secuestrado luego de haber llegado a su casa. Allí estaban su maletín, su sobretodo y hasta un periódico New York Times que había adquirido en el trayecto, todo identificado por la estudiante que fue la última que lo vio. Ni Gloria Viera, ni Félix Hernández Márquez, alias El Cojo, intervinieron en el secuestro.
¿Quieren más mentiras? En la página 173, Alicinio escribe: “De la Maza jugaba un papel participante en la trampa. Era el copiloto del avión en que se llevaba a Galíndez a la República Dominicana”. Esa es una mentira que aquí han repetido como verdad comprobada. No fue así.
El general y piloto de aviación Amancio Hernández informó al periodista e historiador Víctor Grimaldi: “Sostuvo que fue una falsedad que a Tavito de la Maza se le encargara junto a Charles Haeger realizar tales misiones. El día que transportaron a De Galíndez desde la ciudad fronteriza dominicana de Dajabón, el personaje que v9ló acompañando a Haeger, a pesar de su edad, fue el antiguo miembro de la infantería de Marina, Charles Alton McLaughlin, presidente de la empresa (CDA) y padre de la novia de Héctor Bienvenido Trujillo Molina”. Libro Sangre en el barrio del Jefe, por Víctor Grimaldi, Pág. 92
Y otra más de Alicinio: “El avión en que Galíndez fue llevado a la República Dominicana aterrizó en la entonces llamada Ciudad Trujillo, en el antiguo aeropuerto General Andrews” (Pág. 179). Eso lo asegura Alicinio cuando sabemos que la avioneta piloteada por Murphy aterrizó en Montecristi, desde donde llevaron a Galíndez al aeropuerto militar de Dajabón, lo montaron en un avión de CDA piloteado por Haeger y McLaughlin, y lo trajeron a la capital.
Tengan en cuenta que estas mentiras, aunque el libro de Alicinio tiene un copyright de 1977, se está publicando en 1996, a 14 años de que se publicara en New York El Caso Galíndez, de Manuel de Dios Unanue, que desbarata todas las mentiras de Alicinio.
Bien, a ese tunante es que aquí algunos les dan crédito y repiten sus inventos, que carecen de todo apoyo documental.
Cuéntenme ahora una de piratas, que la de vaqueros ya me la sé.
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