La cultura dominicana no es un catálogo de piezas aisladas, sino un tejido vivo donde la negritud, lo europeo y lo indígena se articulan en una resistencia constante. Ignorar el Gagá, silenciar la Salve como ha ocurrido en otras ocasiones y el estado no se ha hecho eco o fiscalizar los rituales populares no es un acto de orden, sino una herida a nuestra democracia simbólica. Se impone, por tanto, una reflexión necesaria sobre la responsabilidad ética de reconocernos, sin miedos ni jerarquías, en nuestra compleja y hermosa diversidad.

Sincretismo y sabor, el alma de un pueblo en una imagen. Creada por el autor con IA. 2026

Mucho se ha escrito en la República Dominicana sobre el Gagá, desde crónicas periodísticas, miradas folklóricas, artículos de opinión, etc. Sin embargo, esta reflexión nace de la necesidad de ofrecer una mirada que se ha ido profundizando y madurando al calor de mis estudios doctorales en Humanidades y Patrimonio Cultural. Esta evolución académica no es aislada, sino que se nutre de experiencias de investigación, observación, de movilidad e intercambio académico internacional que han reconfigurado mi comprensión de nuestras tradiciones.

Específicamente, durante el verano de 2024, tuve el honor de ser seleccionado como becario en The City College of New York (CCNY), a través del CUNY Dominican Studies Institute. Durante esta estancia, mi labor se centró fundamentalmente en la docencia y la divulgación, enseñando a estudiantes dominicanos, estadounidenses y de naciones africanas sobre la complejidad del Gagá y otras expresiones fundamentales de la cultura dominicana. Esta labor pedagógica se extendió también a la Florida International University (FIU) en Miami, Florida, respondiendo a un interés creciente de la academia estadounidense por visibilizar manifestaciones que, históricamente, han sido perseguidas, menospreciadas o invisibilizadas en nuestro propio territorio nacional.

Por igual partiendo de los trabajos de Rosenberg y Alegría e integrando mis miradas y etnografía sobre la realidad actual de la expresión cultural he tenido la oportunidad de participar en espacios académicos en los últimos 10 años en universidades de Mexico, Venezuela, Ecuador, Cuba, Jamaica Brasil y Chile, intercambiando saberes con otros colegas sobre el tema, además de mi cercanía, defensa y apoyo con la articulación de la Asociación Dominicana de Gagá, ADOGA junto a otros colegas desde mi otro rol de activista cultural.

Desde estas plataformas académicas internacional, la intención ha sido clara: posicionar al Gagá y nuestras tradiciones no solo como objetos de curiosidad, sino como espacios de resistencia y derechos culturales que demandan una validación científica y una protección institucional efectiva frente al centralismo y la exclusión que aún persisten. Por esas razones creo que puedo reflexionar sobre la temática.

Pensar la cultura desde el Estado implica, necesariamente, asumir una posición ética, política y epistemológica frente a la diversidad que constituye a una nación. No se trata únicamente de administrar bienes simbólicos ni de gestionar agendas institucionales, sino de comprender que la cultura es el espacio donde se configuran las memorias, las identidades, las tensiones históricas y los horizontes de sentido de una sociedad.

En este marco, las políticas culturales no pueden operar desde la fragmentación ni desde la selección jerárquica de prácticas. Toda intervención estatal en materia cultural conlleva una toma de posición: o se articula la diversidad o se contribuye, directa o indirectamente, a su desagregación. Esta tensión no es nueva, pero adquiere particular relevancia en el contexto contemporáneo, marcado por la globalización, la posverdad y la reconfiguración de las identidades colectivas.

La República Dominicana su formación histórica, no escapa a esta complejidad. Por el contrario, la intensifica. Su identidad es el resultado de un proceso de larga duración donde convergen matrices indígenas, europeas y africanas y otras que llegaron y siguen integrándose, la nuestra es una historia atravesada por dinámicas de colonización, resistencia, mestizaje, migración, ocupación y recreación cultural. En este sentido, la dominicanidad no es una esencia fija, sino una construcción social en permanente transformación.

Desde una perspectiva constitucional, el reconocimiento de esta diversidad no es opcional. El marco jurídico dominicano establece, a través de los derechos culturales, la obligación del Estado de garantizar el acceso, la participación y la protección de las múltiples expresiones culturales del país. A ello se suman los compromisos asumidos en el ámbito internacional ante organismos como la UNESCO, particularmente a partir de instrumentos como la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial (2003), que promueve una visión inclusiva, participativa y comunitaria del patrimonio, al que el país se adhirió en el 2006.

En este contexto, se impone una reflexión profunda: ¿puede el Estado, en tanto garante de derechos y articulador de políticas públicas, operar desde lógicas que fragmenten aquello que históricamente ha sido construido como totalidad cultural?

Cultura, poder y reconocimiento: una lectura desde la teoría

La cultura no es un campo neutral. Como advierte Néstor García Canclini (1995), se trata de un espacio de disputas simbólicas donde se negocian significados, se configuran identidades y se reproducen o cuestionan relaciones de poder. Desde esta perspectiva, toda política cultural implica una intervención en dichas disputas.

En América Latina y el Caribe, estas tensiones han estado históricamente marcadas por la colonialidad. Frantz Fanon (1961) señala que la negación de las culturas subalternizadas particularmente las de raíz africana forma parte de un proceso más amplio de dominación que busca desarticular las bases simbólicas de los pueblos colonizados. Mientras que, en esa misma línea, Rita Segato (2013) plantea que el reconocimiento cultural constituye una dimensión fundamental de la justicia, en tanto implica la restitución de dignidad a comunidades históricamente invisibilizadas.

Estas perspectivas permiten comprender que la exclusión cultural no es un fenómeno anecdótico, sino estructural. Por ello, el rol del Estado no puede limitarse a una función administrativa: debe asumir una posición activa y ser el garante de una política de democratización simbólica.

La densidad institucional y académica del campo cultural dominicano

Uno de los elementos más significativos del contexto dominicano es la existencia de una tradición investigativa en torno a la cultura, que no se trata de un campo vacío ni improvisado, sino de un espacio densamente trabajado por décadas. Instituciones como el Museo del Hombre Dominicano constituye un ejemplo emblemático. Durante más de cincuenta años, ha desarrollado investigaciones, exposiciones y publicaciones fundamentales para la comprensión de la cultura nacional. Su labor ha sido clave en la documentación de prácticas, saberes y cosmovisiones que hoy forman parte del acervo cultural dominicano.

A esta institución se suman el Archivo General de la Nación, la Academia de Ciencias de la República Dominicana y la Academia Dominicana de la Historia, cuyos aportes han permitido consolidar un corpus documental y analítico de gran relevancia. Asimismo, la Universidad Autónoma de Santo Domingo y diversas universidades privadas han sido espacios clave para la formación de generaciones de investigadores en antropología, sociología, historia y estudios culturales. A esto se añade el trabajo de editoriales dominicanas que han contribuido a la difusión del conocimiento desde este campo.

En el ámbito de la gestión cultural, instancias como el Centro Cultural Banreservas se destaca por la promoción espacios de reflexión como los congresos de patrimonio, donde convergen académicos nacionales e internacionales. El Centro Cultural de España en Santo Domingo con toda su historia de gestión cultural con una agenda enfocada en la puesta en valor en la cultura popular.

De igual manera, estructuras como lo que era la Dirección de Folklore, hoy Departamento, históricamente relevante, el Viceministerio de Patrimonio Cultural y el de Participación Popular del Ministerio de Cultura, junto a las importantes fundaciones culturales del país como Cofradía, FUNTEPOD, INDARTE, casas de cultura como Mella-Russo y centros culturales como el León, Perelló, etc, han desempeñado un papel fundamental en la articulación territorial de las políticas culturales, sobre todo desde la cultura popular. Ignorar, excluir o minimizar las expresiones culturales implica, por tanto, desconocer no solo prácticas vivas, sino también el trabajo acumulado de estas instituciones.

El conocimiento acumulado: investigadores y producción intelectual

La producción académica dominicana en materia cultural es amplia, diversa y rigurosa. Investigadores y académicos dominicanos como Carlos Esteban Deive, Carlos Andújar, Carlos Hernández Soto, Soraya Aracena, Dagoberto Tejeda, Franklin Franco, Roberto Cassá, Raymundo González, Martha Ellen Davis, Rubén Silié, Hugo Tolentino Dipp, Reina Rosario, etc, han contribuido significativamente al análisis de la cultura dominicana desde múltiples perspectivas.

A estos se suman los aportes de Celsa Albert Batista, quien ha destacado el carácter afrodescendiente temprano del Caribe, así como numerosos investigadores nacionales e internacionales que han encontrado en la República Dominicana un campo privilegiado de estudio. Este acervo no es menor. Constituye evidencia de que las expresiones culturales han sido ampliamente documentadas, analizadas y validadas desde el ámbito científico. Por tanto, cualquier aproximación a estas prácticas debe partir del conocimiento existente y no de percepciones aisladas.

Legitimidad cultural y campo de conocimiento

Abordar las expresiones culturales desde el ámbito de las políticas públicas implica, necesariamente, reconocer el papel fundamental de la investigación científica en la construcción del conocimiento. En el contexto dominicano, manifestaciones que hoy ocupan el debate público han sido objeto de estudios rigurosos que, bajo enfoques antropológicos, sociológicos e históricos, permiten comprender su complejidad en el entramado social del país. El Gagá, como expresión cultural, constituye un ejemplo paradigmático de esta realidad: lejos de ser una práctica carente de análisis, su documentación académica lo sitúa como un sistema complejo de significaciones vinculado a procesos históricos y religiosos del Caribe.

Resulta imperativo destacar que el propio Ministerio de Cultura, a través de la Comisión Nacional Dominicana para la UNESCO en el 2021, ha validado institucionalmente este saber al publicar la segunda edición de la obra pionera de la Dra. June C. Rosenberg. Esta investigadora, norteamericana nacionalizada dominicana, entregó en 1979 bajo el sello de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) un estudio fundamental: El Gagá: Religiosidad y sociedad de un culto dominicano. Su trabajo no solo destaca por su carácter precursor, sino por la profundidad de un enfoque metodológico que integra la mirada científica, académica y profundamente etnográfica.

A través de un análisis hermenéutico, secuencial y cronológico, Rosenberg interpretó y sistematizó una práctica cultural que hoy constituye una base didáctica esencial para el rigor histórico y en la obra científica demuestra que el gagá es un culto dominicano. Esta es una verdad científica, documentada e investigada durante más de treinta años tanto en Republica Dominicana como en Haití.

A esta contribución se suma la obra del antropólogo puertorriqueño José Francisco Alegría Pons, Gagá y vudú en la República Dominicana en el 1933. Ambos autores, científicos sociales de fuste, comparten un compromiso con la investigación de largo aliento basada en años de inmersión en el campo. No obstante, este escenario plantea una interpelación necesaria a nuestra propia academia y gestión pública: resulta una paradoja crítica que hayan sido intelectuales extranjeros quienes, desde fuera, se interesaran con tal rigor por manifestaciones que, lamentablemente, siguen siendo menospreciadas o estigmatizadas por sectores locales.

En este sentido, el debate si el Gagá es una manifestación nuestra o no quienes los tienen abierto siempre son los mismos que no lo aceptan ni lo van a aceptar por la negación que tienen contra los aportes de la cultura negra y lo negro en el país, tanto esta como otras expresiones culturales que tenemos en el país no entran dentro del espectro cultural que un grupo de dominicanos consideran nuestra.

Por esa razón la cultura no puede ser analizada al margen de la ciencia. Definir o deslegitimar prácticas culturales desde posturas exclusivamente ideológicas o religiosas implica desconocer décadas de trabajo acumulado. El Gagá, al igual que los ciclos rituales de otras grandes tradiciones globales, responde a lógicas específicas que coexisten en un marco de diversidad cultural. Por ello, la reedición institucional de esta obra en 2021 no es un simple gesto editorial, sino un acto de validación de la expresión y de su investigación científica y conocimiento frente a la folklorización y el prejuicio que sigue existiendo en el país. hace cinco años y ahora no es prioridad de la gestión cultural.

La invitación académica es clara: acudir a las fuentes para transitar desde el monólogo técnico hacia una verdadera dialéctica de saberes. Porque solo desde el conocimiento científico es posible comprender la densidad del patrimonio vivo, y solo desde esa comprensión es posible garantizar el pleno ejercicio de los derechos culturales.

Patrimonio, comunidad y Estado

 El patrimonio cultural no es una invención institucional. Es una construcción social. Son las comunidades, los portadores de tradición, los artesanos, las cocineras, las parteras, los músicos, carnavaleros, curanderos, servidores de misterios, los territorios y las memorias colectivas quienes definen qué prácticas poseen valor y significado. Las declaratorias nacionales o internacionales cumplen un papel importante en la visibilización y protección, pero no determinan la existencia del patrimonio. El patrimonio existe independientemente de su reconocimiento formal y el mismo estado tiene una gran deuda con el reconocimiento de muchas expresiones incluyendo el Gagá como patrimonio.

En este sentido, el Estado no está llamado a otorgar legitimidad, sino a garantizar condiciones: investigación, financiamiento, formación, documentación, difusión y apoyo, a todos esto aspecto, a esto es que hace referencia la UNESCO cuando habla de la salvaguardia de una manifestación. Particularmente relevante es la necesidad de fortalecer los fondos para la investigación y la publicación, ámbitos en los que el Ministerio de Cultura tiene una responsabilidad directa como ente rector de las políticas culturales.

El Caribe como horizonte comparado: identidad, integración y reconocimiento

Una mirada al Caribe permite comprender mejor la importancia de estas dinámicas. Países como Cuba, Haití o Jamaica han construido sus identidades nacionales integrando sus matrices culturales, incluyendo sus dimensiones espirituales y afrodescendientes, incluso en contextos de revolución, independencia o crisis internas.

En Haití, por ejemplo, el vudú no fue eliminado del imaginario nacional tras la independencia, sino que se mantuvo como parte constitutiva de su identidad cultural. En Cuba, las prácticas afrocubanas han sido integradas en la narrativa nacional y en sus políticas culturales. En Jamaica, el rastafarismo y otras expresiones han sido reconocidas como componentes fundamentales de su identidad y tienen sus espacios sin juicios ni prejuicios. Estos procesos no han estado exentos de tensiones, pero evidencian una tendencia clara: el reconocimiento de la diversidad cultural fortalece la cohesión social y la proyección internacional de los países, reitero sin juicios ni prejuicios.

Lenguaje, poder, construcción de verdad y disputa por el sentido en el campo cultural

En el análisis de las políticas culturales contemporáneas, resulta imprescindible incorporar una reflexión sobre el lenguaje, no como un mero vehículo de comunicación, sino como un dispositivo de poder. Nombrar, describir, interpretar o incluso omitir no son actos neutros: son operaciones que configuran realidades, delimitan marcos de comprensión y establecen jerarquías simbólicas.

Desde esta perspectiva, las ideas desarrolladas por Michel Foucault permiten comprender con mayor profundidad la dimensión política del discurso. Para Foucault (1971), el poder no se ejerce únicamente a través de estructuras visibles o coercitivas, sino también mediante la producción de “regímenes de verdad”: sistemas de enunciados que una sociedad acepta como válidos, legítimos y naturales. En ese sentido, la verdad no es simplemente aquello que corresponde a los hechos, sino aquello que logra imponerse como tal dentro de un determinado campo de poder.

Esta lectura adquiere especial relevancia cuando se analiza el papel de los medios de comunicación y de las figuras públicas en la configuración de narrativas culturales. La capacidad de enunciación, es decir, quién habla, desde dónde habla y con qué legitimidad lo hace incide directamente en la forma en que amplios sectores de la sociedad interpretan la realidad. Como sugiere el propio Foucault (1977), el discurso no solo describe el mundo, sino que lo produce. De ahí que ciertas afirmaciones, cuando son emitidas desde posiciones de autoridad simbólica, tiendan a consolidarse como marcos de referencia incuestionados, incluso cuando no están sustentadas en el conocimiento acumulado o en la investigación rigurosa.

En este punto, es necesario comprender que el campo cultural no está exento de estas dinámicas. Por el contrario, es uno de los espacios donde más intensamente se disputan los significados. Cuando una narrativa logra instalarse como “la versión normal” o dominante en términos foucaultianos, otras formas de comprensión quedan desplazadas, invisibilizadas o deslegitimadas.

Esto no ocurre necesariamente por intención deliberada, sino como efecto de estructuras históricas de poder que han privilegiado ciertos discursos sobre otros. En sociedades marcadas por procesos coloniales y postcoloniales, como las del Caribe, estas dinámicas han operado de manera persistente, configurando imaginarios donde determinadas expresiones culturales son percibidas como centrales, mientras otras son relegadas a los márgenes.

El riesgo de este proceso radica en su capacidad de producir consenso sin necesidad de coerción. Cuando una narrativa se repite desde espacios de legitimidad medios de comunicación, instituciones, figuras públicas con capacidad de oratoria puede ser asumida como verdad por amplios sectores de la población. En este sentido, no siempre prevalece aquello que es más riguroso o más documentado, sino aquello que logra imponerse como relato dominante.

Esto obliga a una reflexión ética sobre la responsabilidad que implica ocupar espacios de enunciación pública. La elocuencia, la capacidad discursiva y la legitimidad institucional no son elementos neutros: son herramientas de enorme poder simbólico. Y precisamente por ello, demandan un ejercicio riguroso del conocimiento y de asesoramiento técnicos de expertos.

Cuando el discurso público no se sostiene en la investigación, en el diálogo con el campo académico o en el reconocimiento del conocimiento acumulado, puede generar efectos no deseados: confusión, simplificación, fragmentación e incluso división social. No porque exista necesariamente una intención de ello, sino porque el lenguaje, en su dimensión performativa, tiene la capacidad de reorganizar percepciones y sentidos colectivos.

De ahí la importancia de ampliar la mirada. Frente a la consolidación de narrativas únicas o dominantes, resulta fundamental abrir el campo a otras voces, otras perspectivas, otros saberes. La cultura, en tanto construcción social, no puede ser interpretada desde un solo registro ni desde una sola autoridad.

El conocimiento cultural es, por naturaleza, plural. Se construye desde la investigación académica, desde la experiencia comunitaria, desde la memoria histórica y desde las prácticas vivas, de este tema hemos escrito bastante en esta columna. Reducir esta complejidad a una narrativa única no solo empobrece el análisis, sino que limita la capacidad de una sociedad para comprenderse a sí misma.

En este sentido, el desafío no es sustituir una narrativa por otra, sino generar condiciones para el diálogo. Un diálogo informado, sustentado en la investigación, abierto a la diversidad de enfoques y consciente de las implicaciones del lenguaje. Porque, como advierte Foucault, quien define el marco del discurso no solo describe la realidad: define también lo que una sociedad considera posible pensar.

Dominicanidad: una totalidad indivisible

La dominicanidad no puede entenderse desde la exclusión; es una totalidad compleja donde nada es aislado ni puro. Nuestra gastronomía, música, rituales y cosmovisiones son construcciones sociales que convergen en un proceso histórico único y el ser dominicano en general. Por ello, debemos afirmarlo con rigor: sin africanidad no hay dominicanidad, como tampoco la hay sin nuestras herencias europeas e indígenas. Negar una de estas expresiones o excluirla de la agenda estatal es fracturar el conjunto de la nación, una acción que no debe ocurrir por encima de las creencias o miradas personales de ningún funcionario que ocupe un cargo público.

El desafío del Estado no es menor. Implica asumir un rol de articulador que garantice la coexistencia y el reconocimiento de todas las manifestaciones culturales, evitando responder a coyunturas mediáticas o discursos de odio. Iniciativas como las "Mesas de las tradiciones" lanzadas por el Ministerio de Cultura en diciembre 2025 son pasos necesarios, pero incompletos si persisten vacíos de inclusión. Una política cultural coherente debe apoyarse en el marco constitucional, en los compromisos internacionales de la UNESCO y, fundamentalmente apoyada en el conocimiento técnico y experiencial de expertos.

Una sociedad que no se reconoce en su totalidad corre el riesgo de extraviarse. Cuando las instituciones no articulan la diversidad, fragmentan la identidad, provocando que el ciudadano no logre entenderse ni asumirse. Reconocernos plenamente sin jerarquías, miedos o prejuicios es un acto de responsabilidad histórica. Solo así podremos sostener, con dignidad, lo que somos.

Hoy, la fiscalización recae sobre el Gagá, regulando sus rituales como si fueran ajenos a nuestra tierra; ayer fue la incautación de tambores en rituales afrocatólicos, la prohibición de las Cachuas de Cabral o la desarticulación de los Bankos de Villa Mella bajo el estigma de lo negro haitiano. Si permitimos que el Estado dicte qué es o no dominicano basándose en el prejuicio y el desconocimiento, mañana el turno será para los Congos, los Guloyas, la Sarandunga o las practicas del Liborismo. La defensa que hoy planteamos no es solo por una manifestación específica; es por la cultura popular, por la libertad de culto que ampara la Constitución, por el respeto a la academia y sus académicos del área de las Ciencias Sociales, los que ya no están e hicieron su trabajo y los que estamos que n os nutrimos de sus saberes y seguidos trabajando y por una identidad que, como un sancocho de siete carnes, solo tiene sentido cuando se respetan todos sus ingredientes.

El silencio como fractura

Si transformamos la advertencia que el pastor Martin Niemöller planteó, que muchos suelen atribuir erróneamente al alemán Bertolt Brecht, adaptándola a nuestra crisis de reconocimiento cultural, el resultado es una sentencia sobre nuestro futuro:

"Primero vinieron por el Gagá, y no dije nada porque no creía en eso. Luego vinieron por las Cachuas de Cabral y los servidores de misterios, y callé porque no eran mis tradiciones. Después vinieron por los investigadores que visibilizamos nuestra raíz, y no hablé porque no era mi campo. Mañana vendrán por lo que tú eres, y para entonces, ya no quedará nadie que hable por nosotros".

El Estado no puede ser un fragmentador de la memoria cultural. La dominicanidad es una totalidad indivisible: si permitimos que se mutile su herencia negra bajo desconocimientos, juicios y prejuicios, terminaremos siendo una nación sin rostro y extraviada en nuestra propia historia.

Defender nuestra diversidad no es una opción estética, es un acto de supervivencia democrática. La defensa es por la ciencia, por la libertad de culto y por esa identidad que solo es digna cuando se integran y respetan todos sus componentes. Si no articulamos hoy una ética del reconocimiento desde la institucionalidad, mañana el silencio será el único patrimonio que nos quede.

Esta reflexión planteada entra perfectamente dentro del poder de las buenas palabras, con el único interés de aportar al debate con altura, desde la ciencia, el respeto y el compromiso que tenemos como joven investigador y académico de esta generación que también quiere hacer sus aportes y dar a conocer las miradas, que algunas personas les caerán bien y se identificarán, mientras que a otras no y me maldecirán, pero así es la ciencia, las posturas y los debates. Todo es parte del ejercicio.

Hasta la próxima semana.

Referencias

Canclini, N. G. (1995). Consumidores y ciudadanos. Grijalbo.

Fanon, F. (1961). Los condenados de la tierra. FCE.

Foucault, M. (1971). El orden del discurso. Tusquets.

Foucault, M. (1977). Microfísica del poder. La Piqueta.

Segato, R. (2013). La crítica de la colonialidad en ocho ensayos. Prometeo.

UNESCO. (2003). Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial.

Rosenberg, J. (1979/2021). El gagá: Religiosidad y sociedad de un culto dominicano. Universidad Autónoma de Santo Domingo/Ministerio de Cultura.

Alegría Pons, J. F. (1993). Gagá y vudú en la República Dominicana.

Jonathan De Oleo Ramos

Antropólogo Social, Investigador, Gestor Cultural

MSc. Jonathan De Oleo Ramos: Antropólogo, docente-investigador y consultor en patrimonio cultural y políticas culturales. Doctorante en Humanidades y Patrimonio Cultural enfocado en la Investigación. Maestro en Gestión del Patrimonio Cultural, con especialización en antropología de la alimentación, estudios afrolatinoamericanos, derechos humanos y políticas culturales. Becario Mellon (DSI, City College of New York) 2024. Docente en FLACSO-RD y UNIBE. Miembro de la Sociedad Dominicana de Antropología; World Anthropological Union; Instituto Panamericano de Geografía e Historia; Federación Mundial de Estudios Culturales y Consejo Mundial de Académicos e Investigadores Universitarios. Autor de Antropología del Plátano y Cofradías Dominicanas del Espíritu. jonathan.deoleoramos@gmail.com

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