Durante mucho tiempo, la lectura de Constantino Cavafis ha estado atrapada en una fórmula cómoda y recurrente: poeta de la nostalgia, cantor de una Alejandría crepuscular, testigo melancólico de lo perdido. Pero esa imagen —atractiva, incluso seductora — neutraliza lo más inquietante de su obra. Cavafis no es un poeta de la memoria: es, más bien, un poeta que desconfía de ella. Su escritura no preserva el pasado; lo construye y, al hacerlo, exhibe sus propias costuras.

Esta sospecha inicial obliga a desplazar el eje de lectura hacia otras tensiones menos previsibles. No se trata de preguntarse qué recuerda Cavafis, sino qué hace con lo que recuerda. La respuesta, en lugar de sentimental, es estratégica. Como sugirió Alberto Moravia, su “grieguidad” no es un dato natural, sino una construcción cultural y psicológica; pero incluso esta observación puede radicalizarse: Cavafis no reconstruye Grecia, sino que la transfigura. La convierte en un dispositivo crítico, en una escena donde el presente —siempre más frágil de lo que parece— queda expuesto.

Esperando a los bárbaros” (poema que inspira y da título a la formidable novela de J. M. Coetzee) ofrece un ejemplo particularmente elocuente. Con frecuencia leído como alegoría política, lo es, pero en un sentido más problemático de lo que suele reconocerse. El poema no se limita a representar una sociedad decadente a la espera de su final, ni a mostrar cómo los regímenes corruptos e injustos producen enemigos ficticios para desviar la atención de sus propias fallas, sino que pone de manifiesto una comunidad que necesita ese final como condición de su propia inteligibilidad. En este marco, los bárbaros no constituyen una amenaza, sino una coartada. De ahí que, cuando no llegan, la pregunta que clausura el poema —“¿qué será ahora de nosotros sin bárbaros?”— no exprese alivio, sino desorientación. La ciudad no ha evitado el desastre: ha perdido el relato que la sostenía.

Lo notable es cómo Cavafis construye este efecto. El poema avanza mediante un lenguaje casi administrativo: preguntas y respuestas, descripciones funcionales, ausencia de lirismo evidente. No hay énfasis, no hay clímax. Y, sin embargo, esa sequedad produce una forma de inquietud más duradera que cualquier retórica exaltada. Aquí puede hablarse, con precisión, de una poética del expediente: el poema como documento que registra, sin comentar, la lógica de una ilusión colectiva.

Algo similar ocurre en “Ítaca”, quizás su texto más divulgado —y también uno de los más malentendidos. Leído habitualmente como celebración del viaje, el poema parece ofrecer una ética vital: lo importante no es llegar, sino recorrer el camino. Pero esta lectura ,casi pedagógica, pierde de vista una inflexión más ambigua. Cuando Cavafis escribe que Ítaca “no tiene ya nada que darte”, introduce una sospecha decisiva: el destino no solo es secundario, sino posiblemente ilusorio desde el inicio. Ítaca no espera; es el viajero quien la inventa para poder avanzar.

Contra Ítaca: Cavafis y el arte de inventar memoria

Esta inversión es crucial: el sentido no está en el mundo, sino en la necesidad de producirlo, y esa necesidad no es heroica, sino precaria. En este punto, la poesía de Constantino Cavafis se aproxima a una forma de escepticismo existencial más cercana a ciertas intuiciones modernas sobre la fragilidad del significado que al simbolismo. Su claridad expresiva —tan celebrada— no equivale a transparencia, sino que funciona como método escritural: una práctica de contención que evita el artificio retórico y rehúsa encubrir el vacío mediante el ornamento.

En este contexto, la lectura del poeta español Luis Cernuda resulta iluminadora, pero también insuficiente. Cuando Cernuda afirma que Cavafis busca “la verdad de la experiencia”, señala un aspecto fundamental, pero quizás todavía confía demasiado en la idea de verdad. En Cavafis, la experiencia no garantiza nada; ni siquiera su propia autenticidad. Lo vivido solo adquiere forma cuando es reescrito, y esa reescritura implica siempre una dosis de ficción. Más que verdad, hay ajustes y cálculo: una calibración constante entre lo que fue y lo que puede decirse.

Esa calibración se manifiesta también en su tratamiento del deseo. Lejos de cualquier confesionalismo ingenuo, los poemas homoeróticos de Cavafis no buscan revelar una identidad, sino construir una memoria posible del cuerpo. Las escenas —habitaciones modestas, encuentros fugaces, rostros apenas fijados— no remiten a una plenitud perdida, sino a una intensidad que solo existe al ser recordada. El deseo, como la historia, es inseparable de su forma y de su puesta en escena.

Aquí conviene matizar otra simplificación frecuente: la idea de que Cavafis trabaja con la fealdad para ennoblecerla. En realidad, no hay ennoblecimiento. Hay, más bien, una insistencia en no desviar la mirada. La ropa gastada, los espacios sórdidos, la vejez que avanza: todo aparece sin corrección moral ni estetización excesiva. Pero tampoco hay cinismo. Lo que emerge es una forma de atención sostenida, casi ética, hacia aquello que suele quedar fuera del discurso literario.

Su práctica obsesiva de corrección refuerza esta impresión. Cavafis no escribía para publicar, sino para ajustar los mecanismos internos de la escritura. Cada poema era revisado durante años, como si su forma definitiva fuera siempre provisional. Esta actitud no responde solo a un perfeccionismo formal, sino a una intuición más profunda : que el lenguaje nunca coincide del todo con la experiencia, y que escribir es habitar ese desfase.

La influencia que ejerció en poetas como Giuseppe Ungaretti o Eugenio Montale se entiende mejor desde aquí. No se trata únicamente de temas o tonos, sino de una posición frente a la escritura: la poesía como espacio de pensamiento donde cada afirmación lleva inscrita su propia duda.

Constantino Cavafis.

Quizás por eso la figura de Cavafis sigue resultando un tanto difícil, inconveniente. No ofrece consuelo, ni identidad estable, ni siquiera una memoria confiable. Lo que propone es más exigente: asumir que toda relacion con el pasado —personal o histórico— pasa por una forma de invención. Y que esa invención, lejos de ser un defecto, es la única manera de sostener sentido.

Leer a Cavafis no es aprender a recordar mejor, sino aprender a desconfiar de lo recordado. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, su poesía introduce un roce, una fisura: la sospecha de que incluso nuestros recuerdos más íntimos participan de una construcción.

No hay Ítaca al final del viaje. Y, sin embargo, seguimos necesitándola.

Julio Adames

Escritor

Julio Adames, nacido en Constanza, provincia La Vega, República Dominicana, es escritor y abogado. Realizó estudios en Letras Modernas, Psicología y Derecho, con posgrado y maestría en áreas jurídicas, en las universidades UTESA, UASD y PUCMM. Ha publicado una decena de libros, entre los que destacan Huéspedes en la noche, Cuerpo de baile, Infame turba, Parábolas para muñecas, El treno fatigado, Cuerpo en una burbuja, Monedas al aire y Tempo alcohólico. Su obra ha sido reconocida con el Premio de Cuento de Casa de Teatro (1990), el Premio Nacional de Poesía Infantil Aurora Tavárez Belliard (2005-2006) y el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña de Henríquez (2012). También incursiona en la pintura, dentro del estilo impresionista abstracto, y ha participado en diversas exposiciones colectivas. Contacto: xjulioadames@hotmail.com | xjulioadames@gmail.com

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