Rubén Dario es, sin duda, el poeta americano de mayor presencia entre nosotros. Esta edición de Tierras solares (2026), a cargo de Francisco Estévez y Juan Pascual Gay, me ha permitido seguir con placer su itinerario en el viaje que realizó por el Sur de España, a principios del siglo XX. Con estas crónicas he disfrutado de una prosa diáfana y luminosa, pero también de la agudeza y sensibilidad social del poeta. Ello contradice la “leyenda negra” del Modernismo, de cierta crítica, que situaba a sus cultores en una torre de marfil, entre fiestas versallescas y princesas de boca de fresa.

En su introducción de Tierras solares los editores siguen el itinerario del poeta nicaragüense y sus circunstancias de escritura, tanto vitales como estéticas. Es decir, se da cuenta de la situación personal de Darío, así como de su equipaje intelectual y artístico. Este bagaje sustenta las reflexiones históricas, políticas, sociológicas, antropológicas y estéticas, en cada una de las crónicas aquí recogidas.

Rubén Darío asimiló desde su temprana juventud una robusta cultura que le permitió aventurar formulaciones, no sólo de orden estético, sino de carácter ético. Así, Tierras solares incluye diecisiete crónicas publicadas en el periódico argentino La Nación, en torno a 1904. Surgen de un viaje por España que, ya instalado en París, realizó por recomendación médica. La ruta comienza en Barcelona, a donde llega en un barco procedente de Marsella, el primero de diciembre de 1903, y termina en mayo de 1904.

Durante estos días Darío se paseó por las más importantes ciudades andaluzas, Málaga, Granada, Sevilla o Córdoba, entre otras, para seguir luego a Gibraltar y Tánger. Asimismo en la primera edición se integraron a esta publicación otras crónicas, por sugerencia editorial, y que se agruparon bajo el título “De tierras solares a tierras de bruma”. Este conjunto traza un recorrido a lo largo del Rhin, que empieza en Bélgica, y pasa por Alemania, Austria, Hungría e Italia.

Naturalmente Darío no escribe desde la mirada de un turista, que él mismo cuestiona, sino desde la perspectiva del artista que persigue la belleza, pero también desde la preocupación del intelectual que, en modo alguno es ajeno a las realidades sociales. Si bien en cada ciudad se detiene en los poetas del lugar, en las manifestaciones artísticas y en la riqueza monumental, no pasa por alto los hábitos, la gastronomía, las tradiciones populares, la historia y la situación social de los menos favorecidos.

Darío organiza su creación desde el vivir y escribir cotidiano situándose en su tiempo, pero viajando al pasado y mirando hacia el futuro. En estas crónicas no se queda en la simple admiración de la belleza monumental ni de las glorias pasadas, sino que reflexiona sobre la modernidad, lo que implica la demolición del pasado; a la vez que despliega conocimientos de la lengua y del idioma, aliñados con finas apreciaciones estéticas.

Periodismo y literatura se funden en la crónica, un género híbrido, que, por un lado, requiere un esfuerzo de objetividad y, por otro, colma aspiraciones estéticas. Nos instalamos en la belle époque, en los temas que circulan por ambiente intelectual, como la idea de la decadencia y la fascinación de los artistas por los orientalismos.

Precisamente, el orientalismo es uno de los aspectos que subrayan los autores de esta edición, y que me parece relevante. El llamado “orientalismo” de Darío es común a los poetas cronistas de su generación, como Julián del Casal y Enrique Gómez Carrillo, para quienes Victor Hugo es modelo y guía. Retomo una frase de este autor, en sus Orientales (1829): “En el siglo de Luis XIV se era helenista; hoy se es orientalista”.

Tales afirmaciones explican la fascinación de Darío por determinados aspectos de la tradición andaluza que confirman sus “expectativas orientalistas”, y que alimentó sin duda con la lectura de los viajeros románticos por tierras de España como Merimée, Chateaubriand, y el propio Hugo. ¿Pero qué significado puede darse a este orientalismo que mira al pasado? Nos instalamos en un momento en que el progreso avanza con su maquinaria, abriendo vías, fábricas e industrias, promoviendo el comercio, dejando a su paso devastación y miseria. Es entonces cuando el poeta mira con nostalgia el pasado andalusí.

Entre el periodismo y la literatura, este género híbrido alcanza gran sofisticación con los Modernistas que cultivan un lenguaje refinado, cargado de referencias literarias y artísticas. Como corresponde a la época, los artistas buscan más que las novedades, el exotismo recurrente de los viajeros, tanto ingleses como franceses. Asimismo, se observa cómo estas tendencias de la época, que se embriagan con el orientalismo, parecen chocar con ambientes cosmopolitas donde imperan el lujo y la sofisticación, pero también la ostentación y la vulgaridad.

Es decir, Darío señala el rudo y voraz afán de progreso y de modernidad, que lo lleva a admirar la delicada belleza, la elegancia y el misterio de las culturas orientales. Pero el autor va más allá del exotismo, del estereotipo y del folclorismo. Si bien su visión de Andalucía, como ya he dicho, está marcada por los románticos: Hugo, Gautier, Chateaubriand, Merimée o Byron, él encuentra que la realidad andaluza es muy distinta y, pese a los avances del progreso, la percibe como un mundo venido a menos. Asimismo, observa la miseria y el abandono, más allá de los quejumbrosos acordes de los cantaores, y admira la belleza de las mujeres andaluzas, donde cree encontrar huríes hechiceras. Pero también descubre el hambre en los rostros de las pobres muchachas pintarrajeadas que bailan hasta la fatiga, entre las impertinencias de los borrachos.

Rubén Darío.

Hay en el poeta una percepción estética y un pensamiento ético. No se queda en la torre de marfil, ni en el preciosismo del arte de la palabra. En el pintoresquismo descubre la miseria, quizás porque se mueve entre el objetivismo del periodismo y el subjetivismo del arte. Esto es lo que lo lleva a indagar en la historia y la memoria colectiva, más allá de los monumentos del pasado, como le ocurre en Málaga con el malogrado líder liberal constitucionalista, José María Torrijos, fusilado con sus compañeros en 1831. Darío debe recurrir a un joven para que le indique el lugar en Málaga, donde se encuentra la piedra o la placa que evoca su nombre y su sacrificio.

Como antropólogo, Darío no se detiene únicamente en los rasgos físicos de sus gentes, en su indumentaria, como le ocurriría a un turista superficial. Se remonta al pasado, da cuenta de la historia, evoca con nostalgia una Andalucía medieval, portadora de unos valores que entiende más justos, donde el placer, la belleza y la sabiduría se integraban en la vida.

No hay que olvidar que Rubén Darío es considerado el arquetipo del intelectual que vive por y para la poesía. No fue, como otros escritores, un funcionario o un político que se dedicaba a la literatura. Por el contrario, pese a sus cargos ocasionales, se vio obligado a realizar diversos oficios para cubrir las necesidades básicas, como las colaboraciones para La Nación. Su prodigiosa capacidad de imprimir belleza y convertir las palabras en piezas artísticas le abrió las puertas de los salones y las tertulias donde sorprendió con su talento. Pero supo ir más allá del preciosismo, pues desde muy joven fue consciente de las grandes asimetrías que lastraban a las sociedades latinoamericanas: la riqueza, la ostentación del poder, al lado de la miseria social, que también amenazaba a los artistas, como señalaba en su cuento “El rey burgués”.

Este poeta errante que conoció el lujo, la sofisticación y la misera, se preciaba de su amor por España y de su capacidad de admiración, como cuando descubrió a Juan Ramón Jiménez. Sin embargo, la procesión que llevaba dentro marcó su trágico destino. Enfermo y derrotado regresó a su tierra, a los 49 años, sin los reconocimientos que, sin duda, merecía. Leer estas Tierras solares, les aseguro, no sólo es un placer, es también una lección de vida y de arte, y una forma de hacerle justicia.

*Rubén Darío, Tierras solares, ed. de Francisco Estévez y Pascual Gay, Ediciones Evohé, 2026, 275 págs.

Edición de Tierras solares (2026), a cargo de Francisco Estévez y Juan Pascual Gay.

Consuelo Triviño Anzola

Novelista y ensayista colombiana

Consuelo Triviño Anzola es novelista y ensayista colombiana. Entre sus novelas destacan Prohibido salir a la calle, La semilla de la ira y Transterrados. Su próxima novela, Ventana o pasillo (en prensa, Seix Barral). En la Biblioteca Dominicana Básica, de Editora Nacional, ha publicado una edición de la poesía de Salomé Ureña. https://www.consuelotrivinoanzola.com/

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