Convertir el aula en un espacio dialógico constituye una de las aspiraciones más repetidas de la pedagogía contemporánea. Se habla de aprendizaje colaborativo, participación, construcción colectiva del conocimiento y horizontalidad en las relaciones pedagógicas. Sin embargo, el diálogo auténtico no nace simplemente de una técnica. Mi tesis es sencilla, aunque incómoda. No puede haber un verdadero intercambio de saberes si quienes participan en él no disponen de un acervo cultural suficientemente amplio para reconocer la complejidad de aquello sobre lo cual dialogan.
Un aula no se convierte en dialógica porque el profesor formule preguntas y conceda a los estudiantes la oportunidad de responderlas. El diálogo intelectual exige algo más profundo. Exige interlocutores capaces de relacionar conocimientos, formular nuevas interrogantes, establecer conexiones y descubrir sentidos que permanecen ocultos tras la superficie de las palabras.
Desde mi propuesta cosmolingüística, el poema y, en sentido general, todo texto constituyen un universo de universos comunicativos. Un texto no se reduce a su estructura lingüística ni a la suma de sus palabras. En él convergen experiencias históricas, ideologías, memorias, conflictos, símbolos, silencios, relaciones de poder y visiones del mundo. Leer significa, por tanto, explorar un universo complejo habitado por múltiples universos comunicativos.
Pensemos en un poema escrito por un poeta del Caribe (Manuel del Cabral, Nicolás Guillén, Rubén Suro u otros). El profesor puede solicitar a sus estudiantes la identificación del ritmo, el sujeto poético, las figuras literarias o determinadas particularidades del lenguaje. Tales ejercicios poseen valor y cumplen una función dentro del análisis textual. Empero, resultan insuficientes si la lectura termina encerrada en esas categorías.
Un poema sobre el Caribe puede contener la memoria de la esclavitud, la colonización, las migraciones, las tensiones entre las clases sociales, la herencia africana, europea e indígena, las disputas políticas y las contradicciones de la modernidad. Para penetrar en esos universos comunicativos se requiere mucho más que una guía de lectura. Se necesita un docente con conocimientos de historia, geografía, filosofía, política y geopolítica, amén de una comprensión de los desafíos tecnológicos contemporáneos y de la ética del cibermundo y de la inteligencia artificial, tema sobre el cual ha reflexionado el filósofo dominicano Andrés Merejo.
La heteroglosia de Mijaíl Bajtín permite comprender esta complejidad. En un mismo texto pueden resonar múltiples voces sociales, culturales e ideológicas. Una palabra puede contener la voz del poder, la memoria de la resistencia, la experiencia de un grupo social o los conflictos de una época. El texto habla mediante una pluralidad de voces, puesto que toda palabra participa de relaciones históricas y sociales que exceden al hablante individual.
El desafío del aula consiste en acompañar al estudiante hacia los intersticios de ese universo. Descifrar la ideología que atraviesa un texto requiere conocimientos, sensibilidad intelectual y capacidad para relacionar lo dicho con lo silenciado. El profesor no necesita saberlo todo, por supuesto, pero sí necesita poseer una cultura suficientemente amplia para reconocer la magnitud de aquello que tiene ante sí.
No todos los docentes han disfrutado de las mismas oportunidades para construir ese acervo cultural. Existen maestros y maestras extraordinariamente cultos, lectores rigurosos e investigadores comprometidos con su propia formación. También existen profesionales que enfrentan limitaciones derivadas de trayectorias educativas y condiciones laborales complejas. Por esa razón, el problema no puede atribuirse exclusivamente al individuo.
El sistema educativo posee una cuota importante de responsabilidad. Con frecuencia confunde formación con titulación. Maestrías, diplomados, talleres, seminarios y doctorados pueden ser experiencias académicas valiosas. Sin embargo, la acumulación de certificados no garantiza una formación cultural profunda.
El docente necesita tiempo para leer, investigar y pensar. También necesita tiempo para enseñar. No obstante, una parte considerable de su jornada puede quedar absorbida por exigencias administrativas y actividades institucionales. Se han recibido reportes de estudiantes que permanecen sin la presencia de sus maestros mientras estos participan en talleres y programas requeridos por el propio sistema. Incluso si esas actividades persiguen objetivos legítimos, resulta indispensable preguntarse si siempre contribuyen al fortalecimiento de la enseñanza.
La irrupción de la inteligencia artificial ha introducido una nueva paradoja. Algunos trabajos solicitados en procesos de formación pueden ser producidos con rapidez mediante estas herramientas. Una certificación puede, entonces, representar el cumplimiento de requisitos sin garantizar una transformación proporcional de los conocimientos y de la práctica profesional.
La formación auténtica exige mucho más que credenciales. Requiere curiosidad intelectual, hábitos de lectura, pensamiento crítico y disposición permanente hacia el conocimiento. Ningún taller puede sustituir completamente la experiencia de leer, investigar y confrontar ideas.
El problema central, en consecuencia, no consiste en preguntar qué técnica debe utilizarse para convertir el aula en un espacio dialógico. La pregunta más profunda se refiere a las condiciones intelectuales y culturales necesarias para que ese diálogo sea posible. Si el poema y todo texto constituyen un universo de universos comunicativos, el profesor necesita estar preparado para recorrer, junto con sus estudiantes, algunos de esos territorios y para reconocer que ningún sentido se encuentra definitivamente clausurado.
Un aula verdaderamente dialógica comienza cuando la lectura deja de ser un ejercicio de respuestas previsibles y se convierte en una aventura intelectual; cuando el texto deja de ser una pieza aislada y se revela como un universo habitado por otros universos; cuando profesores y estudiantes descubren que comprender una palabra puede exigir hurgar en la historia, la filosofía, la política, la cultura, la tecnología y la experiencia humana.
Si queremos aulas capaces de producir diálogo auténtico y no simples simulaciones de participación, ¿no deberíamos comenzar por preguntarnos si nuestro sistema educativo está ofreciendo a sus docentes las condiciones necesarias para convertirse, permanentemente, en lectores, pensadores e intérpretes de los múltiples universos que habitan todo acto comunicativo?
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