La victoria obtenida por los restauradores en Santiago de los Caballeros con la rendición de las tropas realistas y los golpes recibidos por los españoles en el trayecto Santiago-Puerto Plata tuvieron un efecto multiplicador en todo el país.
Los patriotas de las regiones ocupadas por España entendieron que era posible vencer a la metrópolis, independientemente de su poderío militar, lo cual estimuló la integración de nuevos contingentes a la causa nacional y, así, actuar en pos de esos nobles ideales.
La guerra restauradora, hasta ese momento en estado potencial en la mayor parte de la nación ocupada, comenzó a inquietar a todos los dominicanos no comprometidos con los sectores dominantes y a traducirse en acciones concretas a favor de la causa de la República, tanto en la Región Este como en la Región Sur del país.
El Gobierno Provisorio Restaurador, instalado en la casa de Madame García, daba muestra de gran actividad y acierto en su propaganda. Se integraron varias comisiones para dirigir los diferentes ministerios. El General Gaspar Polanco fue designado Jefe de Operaciones de Puerto Plata, con su cantón general instalado en la entrada de dicha ciudad, en la zona conocida como Las Javillas, para hostilizar día y noche a las tropas enclavadas en el fuerte de San Felipe. De igual modo, fue nombrado, con un carácter similar, el general Benito Moción en la Línea Noroeste, con asiento en Montecristi. Se repartieron armas y municiones en las diferentes jurisdicciones del país, sobre todo en aquellas solicitadas para levantarse, y se enviaron agentes de la revolución por todas partes, al tiempo que se adoptaron múltiples acuerdos y acciones prácticas para garantizar el triunfo de la revolución.
El mismo día en que se instaló el gobierno, el 14 de septiembre de 1863, llegó el general Juan Álvarez Cartagena, enviado por el general Manuel Mejía, a la sazón gobernador de La Vega, con el encargo de informar que el general Pedro Santana saldría de la Capital con destino a Santiago, con una expedición de 6,000 hombres. También llegaba la noticia a Puerto Plata de que el general José de la Gándara llegaba desde Santiago de Cuba con grandes contingentes dispuestos a aniquilar la revolución.
Esas informaciones eran de temer, pero el espíritu de entrega de los patriotas restauradores hizo que aparecieran los oficiales y los soldados dispuestos a dar la cara en esos frentes. Es así como se designó a Santiago Rodríguez, iniciador de la Restauración, como responsable de propagar las ideas independentistas en la línea del Sur y al general Gregorio Luperón -que había sido designado ese mismo día como Gobernador de Santiago, a cuya posición había renunciado-, como Jefe de Operaciones de la línea del Este para contener la llegada del general Pedro Santana al Cibao e impedir que el desaliento se apoderara de las fuerzas restauradoras que se habían levantado próximo a la ciudad de Santo Domingo.
El general Luperón aceptó la encomienda puesta sobre sus hombros, con la condición de que el Gobierno Provisorio Restaurador emitiera un decreto en que se pusiera fuera de la ley al general Pedro Santana por delito de alta traición. Aunque en el Gobierno Provisorio había algunos opuestos a la pena de muerte y le pidieron a Luperón flexibilizar su posición, éste se mantuvo incólume en su pedimento, ya que tenía la certeza de su exigencia era por el bienestar de la Patria. Fue así como, al fin, el Gobierno se decidió a emitir el decreto y, junto con él, dispuso el nombramiento del general Luperón como Comandante en Jefe de todas las Fuerzas del Este. Veamos:
“DECRETO DEL GOBIERNO PROVISIONAL DECLARANDO FUERA DE LA LEY AL GENERAL SANTANA COMO CULPABLE DE ALTA TRAICIÓN”.
DIOS, PATRIA Y LIBERTAD
REPÚBLICA DOMINICANA
El Gobierno Provisional.
Considerando: que el General Pedro Santana se ha hecho culpable del crimen de alta traición, enajenando a favor de la Corona de Castilla, la República Dominicana, sin la libre y legal voluntad de sus pueblos, y contra el texto expreso de la ley fundamental:
Ha venido en decretar y decreta:
ART. 1°.- El dicho general Pedro Santana queda puesto fuera de ley; y por consiguiente, todo jefe de tropa que le apresare le hará pasar por las armas, reconocida sea la identidad de su persona.
Dado en Santiago de los Caballeros, en la Sala del Gobierno, a los 14 días del mes de Septiembre de 1863.- El Vicepresidente Benigno F. de Rojas. Refrendado; la Comisión de Guerra: R. MELLA, P. PUJOL.- La Comisión de Hacienda: J. M. GLAS, Ricardo CURIEL.- La Comisión de Relaciones Exteriores: Ulises F. ESPAILLAT. La Comisión de Interior, Justicia y Policía: Máximo GRULLÓN, G. PERPIÑAN.”
El general Pedro Santana salió de Santo Domingo el 15 de Septiembre de 1863, con un ejército de 2,100 hombres debidamente equipados, compuesto por tropas españolas y criollas. El ejército estaba formado por el Batallón de Cazadores de Bailén, el Batallón de San Marcial, una parte del Batallón de Victoria, una compañía de ingenieros, dos piezas de artillería de montaña, 60 caballos del Escuadrón de Cazadores de Santo Domingo y 400 voluntarios de infantería y caballería de las reservas de San Cristóbal.
El 12 de septiembre había sido despachado por el capitán general Felipe Rivero un contingente de tropas criollas de Monte Plata y Bayaguana, al mando del general Juan Contreras, quien se pondría bajo las órdenes del general Santana, jefe general de la operación, con quien debió reunirse en San Pedro.
El general Santana, que llevaba como lugarteniente al general dominicano José María Pérez Contreras, hizo alto en Monte Plata, donde estableció su campamento general. El general Eusebio Manzueta, teniente gobernador de Yamasá, amigo personal de Santana y quien había firmado la anexión de la República Dominicana a España, ocupaba Zambrana, uno de los mejores pasos de las montañas del Cibao, con tropas criollas bien equipadas.
El general Manzueta, jefe de la Vanguardia Española, había sido sorprendido y arrestado en Yamasá por el audaz coronel Basilio Gavilán, jefe del Primer Destacamento designado por el general Luperón. A Gavilán se le unió luego el coronel Marcos Trinidad, procediendo ambos a comunicarle a Luperón este importante suceso, así como el juramento de fidelidad prestado por Manzueta a la causa nacional. El general Luperón dio órdenes de aceptar la adhesión de éste y colocarle como Comandante de Armas de la común de Yamasá, gesto que fue correspondido por el general Manzueta.
La deserción de Manzueta constituyó un duro golpe para el general Santana, ya que además de ser uno de sus amigos de mayor confianza, se llevó consigo una parte muy importante de su ejército. Este hecho motivó la orden de reconcentración de todas las tropas españolas en Santo Domingo, con la sola excepción de Puerto Plata y Samaná. Esto obedecía a un nuevo plan, relativo a un vigoroso ataque y a la necesaria unidad de acción que había que emprender.
El general Luperón despachó a Monte Plata al coronel Dionisio Troncoso, como su representante inmediato, y lo mismo al coronel José Durán, quien, atravesando la Cordillera Central por los caminos de Jarabacoa y Constanza, caería sobre el Valle de San Juan de la Maguana con trescientos hombres y numerosas comunicaciones para las autoridades del Suroeste. Todas estas medidas fueron comunicadas al Gobierno Provisorio Restaurador antes del 21 de septiembre de 1863.
Ahora examinaremos las principales batallas y acciones desplegadas por las tropas restauradoras en el Este del país: la Batalla de Arroyo Bermejo, la Batalla de San Pedro o Sabana del Vigía, Asedio y Evacuación de los Cantones de Guanuma, Monte Plata y Bayaguana, la Acción de Maluco, la Acción del Paso del Muerto, la Batalla de Los Llanos, las Acciones de Yerba Buena, las Acciones de Higüero y Las Cañadas, la Acción de Juan Dolio y la Toma de Guerra, Los Llanos, Hato Mayor y el Seibo.
2.1. La batalla de Arroyo Bermejo
El 30 de septiembre de 1863 el general Gregorio Luperón en la Común de Cevicos cuando se escucharon las primeras descargas de las columnas del general Santana en el Cantón de Bermejo. Esto obligó al general Luperón a salir a marcha forzada con su tropa, adelantándose con la caballería. Cuando llegó al desfiladero del Sillón de la Viuda se encontró con el coronel Dionisio Troncoso y su tropa, quienes habían sido desalojados del Cantón de Bermejo por la vanguardia de Santana. Luperón se decidió a formar una guerrilla mientras llegaba su tropa y descendió del desfiladero del Sillón de la Viuda en busca del enemigo.
Cuando lo encontró, el general Luperón procedió a romper fuego y obligó al enemigo a desalojar las posiciones que ocupaba, al tiempo de apresar algunos combatientes del bando enemigo. El manto negro de la noche fue quien puso término a aquella acción militar. No obstante, esa misma noche Luperón ordenó atrincherar los pasos más estrechos del Sillón de la Viuda y, a las cuatro de la mañana, abrió fuego contra el enemigo, quien procedió a incendiar los ranchos que habían servido de cuartel al coronel Troncoso y se dirigió a Arroyo Bermejo, donde se presentó en seguida el general Pedro Santana con todas sus tropas e inmediatamente comenzó la batalla.
Observemos la descripción que hace el propio general Luperón sobre el enfrentamiento que sostuvo con el general Santana en la Batalla de Arroyo Bermejo, efectuada el 1 de octubre de 1863:
“El general Santana estuvo aquel día intrépido y arrojado, demostrando energía admirable de gran capitán. En los márgenes de aquel arroyo flotaban frente a frente los pabellones de la Monarquía y de la República, y dos Capitanes, el uno lleno de gloria, de fama y de poder, el otro desconocido y lleno de entusiasmo y de patriotismo, que iban a disputar el paso de un arroyo, y la victoria en una importantísima refriega. Eran dos voluntades poderosas que miraban como fieras y probaban su valor y su habilidad como generales que no sentían perturbada su firmeza por lo rudo del combate. Llenos de seriedad, ambos comprendían la importancia de la victoria de aquel encuentro. El general Santana sabía que la derrota de su tropa, significaba el sitio de la Capital, y el levantamiento del Sur y el Este. Para Luperón, dejar que el general Santana pasara a Bermejo y escalara la pendiente del Sillón de la Viuda, era decapitar la revolución, y sólo se oían dos voces: la de los dos Capitanes, a cual más terrible.
En ambas filas cada maniobra era prevista y las sorpresas eran imposibles. Hay que notar que la tropa del General Santana era doblemente superior en número, y bien armada, con su artillería correspondiente, y sus oficiales estaban plenamente llenos de la mayor información práctica relativa a la manera de conducir sus soldados en la campaña, tenían todos los elementos necesarios, mientras que muchos asuntos del mayor interés para la revolución embarazaban el espíritu de Luperón. El General Santana ponía todas sus facultades en su marcha sobre el Cibao, pudiendo prescindir completamente de las demás circunstancias del Gobierno Español. Además poseía con justo titulo la reputación de hábil General, y Luperón era un guerrillero improvisado por las circunstancias, sin ningunas probabilidades de éxito, estando todas las probabilidades favorables de parte del General Santana, que era impertérrito e indomable.
La tropa de éste era regular y bien disciplinada: Luperón tenía que formarla y organizarla en el campo de batalla. Ambos capitanes con imperturbable firmeza, atendían a todos los movimientos y concentraban toda su energía en vencer.
Allí, por segunda vez venían a chocar de muerte los opresores y los libertadores, la Monarquía y la República, la dominación y la independencia y dos hombres de singular energía dirigían aquella lucha furiosa y desesperada, y quizás también la representaban con todas sus circunstancias.
Bermejo separaba al héroe de lo pasado, del héroe de lo porvenir, y entrada la noche el General Santana dejó una parte de la tropa en Bermejo y se retiró con el resto a San Pedro. Luperón pasó el arroyo, derrotó la retaguardia, le hizo algunos prisioneros y antes de amanecer, sus guerrillas rompían el fuego en San Pedro. El General Santana se replegó a Guanuma, y Luperón ocupó a San Pedro.
Esto acaeció entre el 30 de Septiembre y el 1°. De Octubre de 1863. Mandó una fuerte guerrilla en persecución de los realistas, dejando una guardia en Bermejo, otra en el Sillón de la Viuda, otra en el camino de Don Juan, colocó otra en el camino de Monte Plata y recorrió toda la cercanía de San Pedro para el mejor conocimiento de sus operaciones. Capturó un Convoy que venía de Monte Plata, racionó su tropa, examinó sus pertrechos y ya listo a marchar sobre el General Santana, llegó el General Salcedo. Le rindió los honores de ordenanza, sin hacer ostentación de la victoria. Informó al presidente de todas las disposiciones tomadas y su plan de seguir adelante, lo que fue desaprobado por Salcedo.”
Aunque el General Luperón no entra en detalles con respecto a las acciones militares que involucraron de forma directa a los dos más importantes titanes enfrentados en el vórtice de la revolución -una especie de Jerjes persa enfrentado a un Leónidas espartano-, puesto que en su descripción se quedó en la mera retórica del encuentro, lo cierto es que las tropas dominicanas derrotaron a las tropas peninsulares en la Batalla de Arroyo Bermejo y lo mismo haría la guerrilla enviada hacia San Pedro, ocupando Luperón ese lugar y viéndose obligado el hatero seibano a replegarse a su Cuartel General de Guanuma.
Los detalles de lo ocurrido en la Batalla de Arroyo Bermejo los narra el historiador y alto funcionario del Gobierno Restaurador, Manuel Rodríguez Objío:
“Al amanecer del 29 el cañón tronó en Bermejo, anunciando a Luperón el principio de la batalla. Este montó a caballo y puso sus fuerzas a paso de carga; serían las siete, y a las nueve ocupaba ya las alturas del Sillón: allí encontró una pieza de artillería que él había mandado desde Cotuí y algunos prófugos que abandonaban el combate. La desmoralización había comenzado a cundir. Nuestro héroe no se detiene; alienta los cobardes, imprime nuevo vigor a los valientes, engrosando a cada paso sus filas con los fugitivos que se les incorporan, llega al teatro de los acontecimientos.
Santana en persona mandaba aquel día las fuerzas enemigas; ya habían pasado el Arroyo Bermejo y avanzaban sobre el Sillón; pero el ataque de Luperón es irresistible; la avanzada española pierde terreno, la artillería dominicana empieza a funcionar, y el enemigo abandona el arroyo y se repliega sobre la sabana de San Pedro.
Luperón no le da reposo: le acomete cada vez con mayor audacia y cae también en el Llano, divide sus fuerzas en tres alas, renueva el ataque bajo nueva forma y Santana manda a tocar retirada. Luperón, dueño del campo, ordena la persecución del enemigo, que tiene lugar hasta la Sabana de La Luisa, y combina acto continuo el medio para cortarle la retirada por el camino de Monte Plata. Sobre el campo de batalla estaba aún dictando medidas de seguridad y organizando la columna que debía ejecutar su nueva operación, cuando se anunció la llegada de Salcedo al campamento general.”
Como se puede ver, el general Gregorio Luperón se encontraba en Cevicos y desde que se enteró de las intenciones del general Santana de cruzar el valladar del desfiladero del Sillón de la Viuda -algo similar al Paso de Las Termópilas para los persas en su afán de conquistar a la antigua Grecia-, para luego tomar por asalto la sede del Gobierno Provisorio Restaurador en Santiago de los Caballeros y el resto de la región del Cibao, se dispuso a cortarle el paso con la vanguardia que le acompañaba.
El general Luperón procedió a enfrentar a las tropas realistas que dirigía el general Santana, a derrotarles e inmediatamente después a posesionarse de la loma del Sillón de la Viuda, del Cantón de Bermejo, de la Sabana de San Pedro y de la Sabana de La Luisa hasta acorralarlo en su propio Cantón de Guanuma, Monte Plata, con lo cual salvó de forma espectacular a la revolución de la embestida del hatero seibano y de las cuadrillas peninsulares y criollas que le acompañaban.
Para que el lector observe cómo sobre un mismo acontecimiento, protagonizado por los mismos actores, pueden existir diferentes versiones, muchas veces contradictorias, se trae a colación la versión que sobre esta batalla de Arroyo Bermejo da el capitán de infantería del Ejército Español en Santo Domingo, Ramón González Tablas:
“El General Santana debía emprender operaciones por un país que conocía perfectamente: era de creer que contase con muchas confidencias, porque de aquellas cercanías eran la mayor parte de los individuos de las reservas que le acompañaban.
Pero lo que los españoles no pudieron saber qué enemigos ni cuántos se proponían combatir, ni quién los mandaba, ni aun siquiera el punto donde los encontrarían.
Días y días se pasaron en la inacción y la división que había salido con mucha premura y oportunidad de Santo Domingo, se encontraba todavía el 28 a muy pocas leguas de la capital.
Fueron tantas y tan extrañas las coincidencias con que se inauguró esta campaña que la más justa imparcialidad no se atreve a resolver si aquello ha sido efecto de mera casualidad o fruto de bien concertados planes. ¿Se ha visto jamás que a los sospechosos de traidores y conspiradores se les lleve libre por entre las filas leales para que siembren la cizaña en tan fructífero campo?
Pues bien: con el general Santana en clase de arrestado político, iba el gobernador civil que fue, don Pedro Valverde, hombre quisquilloso y descontentadizo, y a quien la opinión pública señalaba como instigador de la revolución. Aprovechándose este sujeto del disgusto que empezaba a germinar en las filas de las reservas, alentó a muchos de San Cristóbal a la defección que empezó a cundir con sorprendente crecimiento.
Las maquinaciones secretas del señor Valverde, la flojedad, el cansancio y poca constancia de los naturales a quienes se hacía insoportable la vida del campamento, y la desconfianza que de ellos se hacía, fueron causa indudablemente de la conducta poco leal que han observado después la mayor parte de los individuos de las reservas del país.
El día 29 se movió el campamento de Monte Plata, y dejando una pequeña fuerza en él, se emprendió la marcha para atacar al enemigo, que según confidencias ocupaba con respetable fuerza la formidable posición de Arroyo Bermejo.
Ni en ésta ni en otras muchas ocasiones podemos determinar la cantidad y la calidad de los contrarios, porque oculto por lo general en la espesura de los bosques no se les podía fácilmente contar.
Al asomar la vanguardia de la columna por frente del desfiladero de Arroyo Bermejo, fue recibido por una fuerte descarga de fusilería, a la que contestó lanzándose inmediatamente hacia el río, donde fue contenida por el fuego que con dos piezas se le hacía. Poco tardó, no obstante, nuestra artillería en desalojar al enemigo de las posiciones que creía inexpugnable, y dada oportunamente la señal de ataque, avanzaron las columnas, apoderándose del campamento que entregaron a las llamas y persiguiendo a los fugitivos hasta los estribos del Sillón de la Viuda.
A las cinco de la tarde habían desaparecido los sublevados y acampó la división.
A la mañana siguiente se emprendió movimiento sobre San Pedro, que se tomó sin novedad, continuando por la tarde bajo un fortísimo aguacero con dirección a La Luisa, que se suponía ocupaba Manzueta con fuerzas rebeldes. Pero habiendo llegado sin encontrar resistencia, se acampó en este punto, donde se pasó la noche.
Al romper el día, se dejó allí una escasa fuerza de las reservas con una compañía de cazadores de Bailén, a las órdenes del general Pérez, y continuó la columna para Sanguino, donde se llegó sin novedad, pasando el rio Ozama, pero menos que a nado.
Dos tiros disparados en aquella noche anunciaron la proximidad del enemigo, por cuya razón, al amanecer del día 2 de octubre, se emprendió la marcha hacia el río Guanuma. No bien llegada la vanguardia al punto llamado La Bomba, se rompió el fuego sobre ella. Inmediatamente ordenó el general que la compañía de cazadores de San Marcial flanquease aquel paso, siendo seguida por el resto de ese batallón, por Vitoria y fuerzas del país, lo que consiguieron penetrando por espeso bosque y bajo un fuego muy vivo que sostuvieron, avanzando siempre hasta salir a una pequeña sabana que hay antes de llegar al río.
Cazadores de Bailén que con la caballería había quedado en la Bomba, recibió la orden de destacar cuatro compañías para proteger las piezas que rompieron el fuego al llegar a la sabana. Bajo la protección de la artillería, la escuadra de flanqueadores, apoyada por la primera compañía de Bailén, se lanzó resueltamente al río con bayoneta calada, infundiendo tal terror a los insurrectos que huyeron en todas direcciones, seguidos muy cerca por todas las tropas que se lanzaron en su persecución.
Seis muertos y diecisiete heridos tuvo la columna, y de los contrarios se encontraron muchos cadáveres que sin duda en su precipitada fuga no pudieron recoger según acostumbraban.
También se les hizo un capitán prisionero.
Al entrar en la sabana de Juan Álvarez, que después ha sido campamento de Guanuma, se formaron las tropas en orden de batalla con la artillería en el centro y la caballería a retaguardia, mientras el mismo general Santana con doscientos hombres del país, medio batallón de Bailén y una pieza, batía los bosques del frente, y especialmente en dirección de Santa Cruz, cuyo camino, hasta salir a la sabana del otro lado, fue prolijamente reconocido.
A las cuatro de la tarde se estableció allí el campamento, con avanzadas convenientemente situadas en la orilla opuesta del río y en las avenidas de los puntos de más fácil acceso.
En Sanguino se situó un destacamento de fuerzas del país, cuyas multiplicadas defecciones dieron lugar a que se les relevase por una compañía del ejército.
En la bomba se estableció posteriormente el hospital de campaña y los depósitos de provisiones.
Así quedó instalado aquel campamento…
Entretanto, el capitán general, Señor Rivero, reiteró al general Santana la orden de retirada, de que esta vez fue portador el comandante de E. M. don Mariano Goicoechea; pero lejos de obedecer, dando rienda suelta a su irascible carácter, dijo a este jefe que iba a continuar las operaciones sobre Yamasá, y que no quería retirarse.”
Aquí se pone de manifiesto una evidente contradicción en la narración de todo lo acontecido en la Batalla de Arroyo Bermejo, en cuanto al contenido de las obras del general Gregorio Luperón, el historiador Manuel Rodríguez Objío y el capitán español Ramón González Tablas. Sin embargo, en un texto reciente, escrito por los españoles Eduardo González Calleja y Antonio Fontecha Pedraza, la verdad resplandece como un rayo de luz en medio de las tinieblas:
“En octubre, tras la victoria de Gregorio Luperón sobre el general Santana en Arroyo Bermejo, se procedió al relevo del gobernador superior civil y capitán general Felipe Rivero, que fue sustituido el 23 de octubre por el mariscal Carlos de Vargas Machuca y Cerveto.”
No hay dudas, de que los patriotas criollos fueron efectivamente los vencedores en la Batalla de Arroyo Bermejo, realizada entre el 30 de septiembre y el 1 de octubre de 1863 en aquella jurisdicción de la actual provincia de Monte Plata. Arroyo Bermejo está muy próximo al actual municipio de Cevicos, correspondiente a la actual provincia de Juan Sánchez Ramírez. A Cevicos se podía acceder por los desfiladeros del Sillón de la Viuda o subiendo por las escalpadas lomas de Cuesta Blanca, atravesando la actual sección de Arenoso de Cevicos, lugar donde pernoctaron o por donde pasaron figuras de la talla de Juan Pablo Duarte, Ramón Matías Mella, Pedro Santana, José Antonio Salcedo, Benigno Filomenas Rojas, Ulises Francisco Espaillat, Pedro Francisco Bonó, Gregorio Luperón y otras no menos destacadas. Este era el lugar obligado para acceder a las diferentes provincias del Cibao, entre ellas la de Santiago de los Caballeros, donde se había instalado desde el 14 de septiembre de 1863 el Gobierno Provisorio Restaurador, que era el objetivo central del derrotado general Pedro Santana.
Para que no quepa la menor duda de que el general Pedro Santana daba por perdida su lucha frente a los patriotas dominicanos, nada más aleccionador que la comunicación que él mismo envió al Ministro de Ultramar, Francisco Permanyer y Tuyets, el 11 de octubre de 1863, después de sufrir una derrota vergonzante en la Batalla de Arroyo Bermejo, desde el Cuartel General de Guanuma. Veamos:
“EXCMO. SEÑOR:
A conocimiento de V. E. deben ya haber llegado las noticias de los sucesos lamentables que tienen hoy lugar en esta porción de la Isla. La magnitud de estos sucesos y el carácter que ellos han tomado me ponen en el deber de referirme directamente a V. E. para que las cosas no se desfiguren y el gobierno tenga un informe exacto que le facilite entrar a considerarlas en el fondo.
Sobre mí, Excmo. Señor, pesa una inmensa responsabilidad: las complicaciones que afectan en este momento a la parte española de Santo Domingo envuelven mi nombre, por haber sido yo el que asomé y llevé a cabo el pensamiento de reincorporación, y cuando mi nombre se halla comprometido, lo está también mi honra ante España y ante los dominicanos.
El 18 de marzo de 1861, la parte española de Santo Domingo, en el goce de su plena libertad, se despojó espontáneamente de su autonomía y proclamó por su Reina a la que lo es hoy, a Isabel 2°., princesa augusta, universalmente querida y a quién con la más fervorosa decisión venera este pueblo y tiene por su amparo y soberana. Después de este fausto acontecimiento que despertó la atención de toda la América, los dominicanos, con justicia, se prometían un sosegado porvenir, presentando al mundo el espectáculo de un pueblo, que si hacía abnegación de su independencia, era porque tenía la seguridad de que se echaba en brazos de una nación generosa que compadecería sus miserias, que conservaría incólumes sus derechos y toleraría sus sanas costumbres. Las bases de la reincorporación fueron escritas: se aceptaron de una y otra parte y el hecho del 18 de Marzo quedó solamente consumado.
Regía yo entonces los destinos del país, y S. M., teniendo en consideración las circunstancias que concurrían en mí, me nombró Capitán General de esta nueva provincia.
Yo comprendía desde luego cuáles eran mis compromisos, y de nuevo entré a ejercer al mando, con la patriótica intención de realizar las esperanzas de mi pueblo, de hacerlo feliz a la sombra del pabellón español.
Pero en aquellos momentos de regocijo, vino a perturbar la obra de mis desvelos un puñado de descontentos, que sin la conciencia de lo que hacían se confabularon con el enemigo del pueblo dominicano, con Haití, para tentar fortuna, primero en la villa de Moca y después en la frontera del Sur de la Isla. Apenas asomó esta dificultad desenvainé mi espada y la tentativa fue instantáneamente sofocada.
Seguía después ocupado en la organización que surgía del nuevo orden establecido en el país; y la opinión pública, siempre en buen sentido, me servía de ayuda en tan ímproba obra. Yo hacía esfuerzos por continuar mi obra: mi voluntad era mucha, mis deseos no tenían limites; sin embargo, mi salud notablemente quebrantada, fatiga por diez y ocho años de campaña, no me permitía continuar, y fue entonces cuando dirigí a S. M. suplicándole que me exoneras del mando.
De la soberana magnificencia obtuve tan señalado favor, y vino a sucederme el digno veterano don Felipe Rivero y Lemoine, de quien particularmente todavía tengo expresivas muestras de aprecio y amistad.
Me retiré, pues, del mando, cuando la organización del país se hallaba todavía en un estado incipiente.
Como hombre de experiencia, durante el tiempo que estuvo la Capitanía General a mi cargo, traté de allanar obstáculos, de vencer dificultades y de preparar las cosas de modo que mi sucesor no hallase embarazos al encargarse del mando y pudiese entrar en vías francas y despejadas a continuar la obra que yo había principiado.
Mi plan era muy sencillo.
El país, al efectuar su reincorporación a España, aparte de las conveniencias de alta política, no deseaba otra cosa que proporcionarse una vida sosegada, conservando las libertades que a costa de su sangre había conquistado, y prosperar con el trabajo para ser útil a la nación que lo amparaba. Las miras del Gobierno de S.M. son muy elevadas para no dejar de corresponder a un programa de esta naturaleza. Así lo signifiqué al General Rivero; y en la creencia de que me secundaría, me retiré a la vida privada. Yo no le hago el cargo de que haya tenido la intención de contrariar aquellos propósitos; más bien lo considero animado de los mejores deseos para con el pueblo dominicano; pero dos revoluciones se han seguido en el pueblo durante este año; la primera fue sofocada inmediatamente, y la segunda que se halla hoy en toda su plenitud, presenta cada día tales proporciones, se desenvuelve con tales iras, que exceptuando el Castillo de Puerto Plata, se enseñorea en toda la provincia de Santiago, en la de La Vega, y pisa ya dentro de los límites de las de Santo Domingo, Azua y el Seibo.
Busco el origen de estos alzamientos, y con pena tengo la necesidad de confesar que ellos son el resultado de impremeditadas disposiciones locales, que han resentido nuestras costumbres y venerandas tradiciones, de la tirantez con que se ha promovido tal régimen de contribuciones aflictivas; de los embarazos que se han creado en la administración de la justicia, y, sobre todo, de la intolerancia con el Excmo. e llmo. Señor Arzobispo ha pretendido tratar a este pueblo.
Cuando tuvo lugar el primer alzamiento de este año, existían todas estas; para el que se desenvuelve hoy concurren circunstancias aún más agravantes.
Aquel conato de insurrección se sofocó en un principio, y aunque el castigo fue severo, un grandioso y soberano acto de clemencia, digno de la excelsa mano que lo rubricó, atenuó un tanto las palpitantes impresiones en que quedó la sociedad; y sin embargo de que la amnistía fue un gran rasgo harto significativo para las autoridades superiores de esta isla, no sirvió más que para enjugar el llanto de los descarriados, y Santo Domingo continuó soportando el peso de una política inconveniente y contraria bajo muchos aspectos y sus intereses morales y materiales.
Así se han conducido las cosas después del primer alzamiento.
Si mal se gobernaba antes de los sucesos de Febrero, peor se ha seguido administrando la cosa pública hasta el presente, y por eso he dicho que a este último alzamiento concurren como causantes, circunstancias mucho más agravantes que para el anterior.
Los males que aquejaban la situación han continuado en términos más excitados. A ellos se agregan las negociaciones, los abusos de autoridades, los atropellamientos cometidos por el señor Brigadier don Manuel Buceta, que con el carácter de Comandante General de las provincias del Cibao, no ha sido otra cosa para aquellas ricas y laborales comarcas, que un tirano en toda la extensión de la palabra. Lo que el Brigadier Buceta ha hecho en el Cibao, no tiene ejemplo en la historia de nuestro país! Todo este cuadro, que no exagero, sino que por el contrario presento con los más sencillos coloridos, dará a V. E. una idea de los sufrimientos de este pueblo; y aunque yo por ningún caso justifico la rebelión, tengo para mí que el primer alzamiento y el que le ha seguido hoy no tiene otro origen que la desacertada política, desgraciadamente seguida por las autoridades de la isla.
Colocado aisladamente en mi retiro privado, contemplaba desde allí los males que afligen a mi desgraciado país, por cuyo bien me he desvelado desde mis primeros años. Era para mí un tormento, y lo es todavía, lo que pasaba y lo que está pasando: presentía los sucesos, pero no podía remediarlos; y este pueblo, acostumbrado a un trato liberal, manejado hoy como país conquistado, era de esperarse que hiciese lo que hacen los pueblos celosos por su libertad! El mal esta inferido ya. Los ímpetus del alzamiento han sido terribles: las fuerzas que había en el país y las que han venido de Cuba y Puerto Rico no han bastado para contenerle; mucha sangre se ha derramado a estas horas: poblaciones enteras, con seguridad de las más importantes de la isla, han sido reducidas a cenizas; y lo más doloroso de estos hechos, es que los insurrectos declinan su responsabilidad atribuyéndolos a intencionales actos de hostilidad, perpetrados sobre sus legítimas propiedades.
Los capitales han desaparecido y la insurrección se desborda ya sobre las puertas de la Capital. En tan grave situación, no me cuadra ser indiferente: yo sé cuáles son mis deberes como General, y cuáles son mis derechos como español; como General, combato la insurrección, aunque para ello tenga que comprimir hondos escrúpulos de conciencia. Como español, denuncio a los causantes de estos infaustos sucesos, señalándolos ante el Gobierno como hombres desleales que tenazmente se han propuesto contrariar las benéficas intenciones de S.M. para con el pueblo dominicano. Las supremas atenciones del momento me obligan a concluir, pero con lo dicho tendrá V. E. una idea del estado a que se han remontado las cosas en Santo Domingo, y penetrando la intensidad del mal, conocido su verdadero carácter, hecha una apreciación de las causas, no dudo un momento que el Gobierno, como remedios eficaces para contenerlos oportunamente, aplicara sus sabias disposiciones, concretadas a dar a esta nueva Provincia una organización especial, en armonía con sus necesidades locales, teniendo siempre en cuenta las dosis de libertad que corresponde en justicia a un pueblo que por largos años ha tenido una vida independiente, y dándole autoridades que satisfagan las nobles aspiraciones de S.M.
Mientras tanto yo, como militar honrado, quedo en mi puesto cumpliendo con mis deberes y con la esperanza de que, aunque perezca en la lucha, la Reina, (Q. D. G.) y de cuya soberana magnificencia estoy tan íntimamente agradecido, hará justicia al pueblo dominicano, salvándole del conflicto en que desgraciadamente se le ha envuelto.
Con sentimientos, etc.
Cuartel General de Guanuma, Octubre 11 de 1863.
El Marques de Las Carreras.
Excelentísimo Señor Ministro de Ultramar.- Madrid.”
De esa manera, la revolución restauradora dominicana encontraba en la pluma de su mayor adversario las más esclarecidas razones de su pertinencia y justificación, ya que los españoles y el propio Santana actuaron en forma despótica y cruel ante un pueblo, cuyo único pecado y aspiración era alcanzar denodadamente su soberanía plena y su libertad.
Santana trata de forma lisonjera a la reina Isabel II y a su corte, pero critica acremente a los gobernadores españoles que le sucedieron en el cargo, Felipe Rivero y Lemoine y Carlos de Vargas Machuca y Cerveto, de quienes dice que aplicaron políticas desacertadas, como las espontáneas disposiciones locales, que han resentido las costumbres y venerables tradiciones de los dominicanos, de la tirantez con que se ha promovido tal régimen de contribuciones dolorosas; de los obstáculos que se han creado en la administración de la justicia, que junto a las intolerantes disposiciones religiosas del Arzobispo español Bienvenido Monzón, contribuyeron a la rebelión generalizada de la población contra la dominación española en Santo Domingo.
Al mismo tiempo refiere los primeros levantamientos de Moca, San Juan de la Maguana, la Línea Noroeste y Santiago de los Caballeros que él mismo reprimió de forma bestial y criminal, llevando al paredón a la mayor parte de sus implicados sin pasarle un juicio justo e imparcial cuando era Gobernador y Capitán General de Santo Domingo, los que -según él- pudo sofocar al desenvainar su espada y desactivar la conjura que tramaban algunos descontentos junto al enemigo del pueblo dominicano: Haití. Nada más falso, ya que el pueblo haitiano y su presidente Fabré Geffrard actuaron de forma solidaria y desprendida hacia el pueblo dominicano y sus patriotas restauradores.
El general Santana a casi dos años de concluir la Guerra Restauradora, reconocía que la misma “se halla hoy en toda su plenitud, presenta cada día tales proporciones, se desenvuelve con tales iras, que exceptuando el Castillo de Puerto Plata, se enseñorea en toda la provincia de Santiago, en la de La Vega, y pisa ya dentro de los límites de las de Santo Domingo, Azua y el Seibo.”
El general Luperón manifiesta que lo expresado por el hatero del Seibo en esa comunicación ´”habla muy en alto en beneficio del General Santana, a quien la patria, sin embargo, no podrá perdonar jamás, ni su tiranía ni la anexión.” Pero también es lícito indicar que en aras de justificar sus deleznables acciones, trata de echarles toda la culpa a los otros y en ningún momento reconoce como su peor error haber entregado la República Dominicana a la esclavista y desfasada España, así como haber levantado su espada infernal contra los verdaderos y honorables dominicanos que defendían el ideal de una patria totalmente libre e independiente.
Tras las derrotas sufridas y en virtud de las bajas sensibles derivadas de las constantes deserciones, muertos y heridos en combates y con una gran cantidad de defunciones a causa de múltiples enfermedades tropicales, como la fiebre tifus, los españoles se vieron obligados a retirarse del Cantón de Guanuma.
Entonces, el general Santana, al enterarse de que su compadre y amigo, el teniente Antonio Guzmán, se había pasado a las filas restauradoras y estaba operando en los territorios de Los Llanos, Hato Mayor, El Seibo e Higüey, solicita su traslado a su añorada comunidad de El Seibo, donde estaban su familia e intereses, especialmente su famosa Hacienda El Prado. A partir de entonces, el general Santana entra en una contradicción profunda con el Capitán General y Gobernador de Santo Domingo, José de la Gándara y Navarro, por la designación del general Baldomero Calleja como segundo al mando, quien le reemplazaría en caso de ausencias y enfermedades, ya que él entendía que habían suficientes generales dominicanos con iguales o más capacidades que el oficial español, para secundarle.
Posteriormente, cuando supo de la decisión del general De la Gándara y Navarro de enviarlo a La Habana, Cuba, para procesarlo por indisciplina e insubordinación, su situación de salud se agravó e inmediatamente fue sustituido por el general Calleja. A partir de ese momento, se dirige a la ciudad de Santo Domingo y se recluye en su mansión de la Zona Colonial, donde entra en un profundo estado depresivo y toma la fatal decisión de suministrarse una sobredosis de pastillas que sería la causa de su envenenamiento y consiguiente muerte el 9 de junio de 1864.
2.2. Las Batallas de Sabana del Vigía y San Pedro
Tras los incidentes que se habían suscitado entre el Presidente José Antonio Salcedo y el general Gregorio Luperón, con motivo de designación inapropiada de aquel en sustitución de éste como Jefe de las Operaciones del Sur y el Este y ante las sucesivas derrotas sufridas por el Presidente Restaurador por las tropas realistas españolas, el 20 de enero de 1864 el general Luperón fue designado nuevamente por el propio general Salcedo como Subjefe del Ejercito Libertador del Pueblo Dominicano.
Ese día, inmediatamente se hizo cargo de la Sub Jefatura, Luperón, junto a su Estado Mayor y cincuenta infantes, guiados por un práctico del lugar, procedió a efectuar el reconocimiento de Monte Plata, pero lamentablemente tomó un sendero extraviado. En aquella posición se encontraba el general Juan Suero con más de dos mil soldados y a tan solo una milla del pueblo. Luperón descubrió una patrulla peninsular que venía de Guanuma, apresuró la marcha y únicamente con sus hombres de a acaballo la acometió rápidamente contra ella.
Ante el ruido tumultuoso de la contienda, el general Suero puso a su gente en movimiento. Pero, cuando quiso llegar, los patriotas dominicanos se habían alzado con la victoria, dejando esta acción un saldo favorable a los patriotas criollos: siete muertos, once prisioneros y diecisiete carabinas.
Luperón no quiso que aquella resonante victoria se trocara en derrota, por lo cual se atrincheró en el paso de un desfiladero y allí contuvo la furia de Suero. Este ordenó que un cuerpo de caballería cortase la retirada de los patriotas criollos, pero aquellos bajo la inspiración de su Jefe aceleraron el paso y llegaron al lugar en que la bifurcación de los caminos hacia imposible la operación de Suero, logrando Luperón y su gente batirse en retirada, al tiempo que aseguraban los resultados de su triunfo anterior.
Sin embargo, esta sería apenas una escaramuza preliminar del gran combate que habría de librarse el siguiente día, 21 de enero de 1864 –pues aunque en su obra Notas Autográficas y Apuntes Históricos el general Luperón refiere que esta acción se inició el 23 de enero, los partes de guerra firmados por él mismo llevan por fecha 21 y 22 de enero, respectivamente-, que causando una funesta desbandada en el campo dominicano, cubrió de gloria al general Luperón, al lograr salvarse milagrosamente de esa situación embarazosa. Veamos lo que dice el general Luperón en el parte de guerra enviado al Gobierno Provisorio de Santiago, el 21 de enero de 1864 en horas de la tarde:
“Señores Miembros del Gobierno: Santiago. Muy señores míos: El General José Antonio Salcedo, Presidente del Gobierno Provisorio actualmente en la cima del Sillón, habrá sin duda dado a Uds., parte detallado de la acción de este día. Creo con todo, que es mi deber, como Subjefe de la Línea, informarles brevemente de lo ocurrido. A las cuatro de la mañana, como de costumbre, tenía formada mis fuerzas en línea de batalla, para revisar las armas, despachar las diferentes guerrillas que hacen diariamente la descubierta, recibir los partes de las avanzadas, y marchar sobre Monte Plata con una columna de mil hombres. Ya el día anterior había efectuado una exploración sobre dicho punto con resultados felices, lo que comunique a ese respetable Centro en la tarde de ayer.
El Presidente, que a la hora consabida se hallaba aquí, dormía profundamente, cuando mi descubierta sobre los lados de Guanuma, entró precipitadamente al cantón general, anunciándome la proximidad del enemigo en número considerable. Quise verificar personalmente la verdad de la alarma, y en efecto descubrí en la Sabana del Vigía la numerosa hueste que avanzaba sobre nuestras posiciones. Participe al señor Presidente el resultado de mi primera observación y volví a estudiar una vez más las fuerzas enemigas: calcule que su número pasaba en mucho de cuatro mil hombres, y comprendiendo que aquella acometida era combinada entre las fuerzas españolas de Guanuma y Monte Plata; debiendo haber quedado ambos campamentos con muy escasa guarnición, regresé al seno de nuestro cantón, dije a las tropas que las fuerzas enemigas eran tan escasas que la victoria nos pertenecía de hecho, en tanto que, manifestaba lo cierto al General Presidente; le excité para que despachara dos expresos volando; uno a Yamasá en que ordenase a Manzueta apoderarse de Guanuma y quemarlo, y a otro a Maluco, encargando a Tenares de efectuar la misma operación sobre Monte Plata.
Con esto habríamos obtenido el doble resultado de destruir dos campamentos enemigos, y distraer la atención de las fuerzas combinadas que marchaban hacia San Pedro. El Presidente no se prestó a mi indicación y quiso más bien que operásemos la retirada a Bermejo sin comprometer el combate. Tocóme pues hacerle comprender que para tropas indisciplinadas, toda retirada equivalía a una derrota, y que mejor sería despachar una pieza de artillería que apoyada por trescientos hombres, cubriese nuestra retaguardia en la subida de Bermejo; con el grueso de nuestras tropas se desplegase en batalla en la misma meseta de San Pedro y que trescientos hombres bajo mi mando se avancen sobre el enemigo para desconectar sus maniobras, atrayéndolo al punto en que debiera librarse la acción general. Aceptada esta idea quise rápidamente ejecutarla.
El General Presidente se puso a mis órdenes y me facultó a hacer y deshacer, lo que probaba desde luego que le faltaba el aplomo que el caso requería. Mandé también asegurar una gran parte de las municiones en la posición de retaguardia. Nuestras fuerzas montaban a dos mil seiscientos hombres y una pieza de artillería en el centro bajo el mando inmediato del General Presidente. El enemigo se había detenido en la citada Sabana del Vigía, para organizar el ataque, y allí empezó mi vanguardia a tirotearle; dos horas pude paralizar su marcha, hasta que me vi repentinamente envuelto por una carga de caballería; mis guerrillas se desorganizaron y replegaron al centro, dejándome en poder de los dragones españoles.
Salcedo, en vez de aceptar el combate, ordenó la retirada a Bermejo, la cual se verificó en total desorden; solo el Capitán de artillería Pedro Boyer, con treinta valientes, mantúvose firme al pie de cañón, sin prestar oídos a las órdenes del Presidente, diciendo que nadie le haría retirar hasta no conocer la suerte del General Luperón. En tanto el denodado General Caba, que corrió a auxiliarme recibía la muerte de los héroes, y yo después de una lucha cuerpo a cuerpo de las más comprometidas, después de haber descargado mi revólver y recibido numerosos golpes de sable, perdida y recuperada mi mula, acribillada de machetazos y sin silla, pude atravesar por en medio de un escuadrón, aprovechando el claro abierto por un cañonazo que el valiente Boyer disparó al reconocerme. Incorporado en las filas de mis leales soldados tuve conocimiento de la fatal retirada.
Trabóse en seguida un reñido ataque alrededor de la pieza, pero no hubimos de abandonarla antes de disparar trece cañonazos que hicieron un destrozo incalculable en aquellas filas compactas que amenazaban ahogarnos. Literalmente hablando, aquel cañón nos fue arrebatado de las manos, y en esa disputa temeraria, sucumbieron el valiente Coronel Florencio y dos oficiales más. Desde aquel instante comencé a pelear en retirada, rodeado del Capitán Boyer y sus valientes el Coronel Favard y mi Estado Mayor, protegiendo así el grueso desmoralizado de nuestras tropas, en que el enemigo podía haberse cebado horriblemente.
En el tránsito de San Pedro a Bermejo hallé abandonada la pieza que se había despachado antes de la acción, hícela tirar por un caballo con intención de salvarla, pero un cañonazo enemigo abatió la bestia de tiro y me vi forzado a derrumbarla en una barranca, después de haberla hecho girar y disparándola con mi propia carabina.
Llegado a Bermejo bajo la lluvia de descargas que nos hacía el enemigo, me informó un Capitán de cazadores, que el Presidente y toda la tropa se habían retirado al Sillón. En esta situación resolví hacer firme en aquella posición con la escasísima gente que me acompañaba, dispuesto a hacerme matar, antes que abandonar aquella llave de nuestra provincia del Norte. Tres horas duró aquí el ataque de las fuerzas enemigas, pero tuve la satisfacción de no permitirle ganar un palmo más de terreno. Despaché cerca del Presidente a los bravos Coronel Favard y Comandante Santiago Núñez, en solicitud de auxilios que aún no me han llegado y espero con impaciencia. Son las cuatro y media de la tarde y hace media hora que el enemigo ha suspendido sus fuegos. Bermejo, enero 21 de 1864, G. Luperón.”
Es más que evidente que la decisión del General Luperón de avanzar con tan solo trescientos hombres al encuentro de un ejército de alrededor de cuatro mil hombres, fue una empresa sumamente arriesgada y desconocedora de las disposiciones del Gobierno Provisorio de no propiciar nunca un choque frontal, aún fuera con el único propósito de atraer el enemigo al lugar en que estaba ubicado el Presidente, general José Antonio Salcedo, con dos mil hombres y una pieza de artillería.
Pero más condenable fue la actitud del General Salcedo, quién siendo el Presidente de la República en Armas, en primer lugar, no acogió la propuesta de Luperón de atacar simultáneamente a los cantones de Guanuma y Monte Plata para causarle grandes destrozos al enemigo y al mismo tiempo dispersar sus fuerzas, y, en segundo término, en lugar de apoyar al general Luperón con los dos mil hombres bajo su mando, lo que hizo fue dejarlo a su suerte y tocar la retirada de su tropa de forma irresponsable.
Por tal razón, no comparto, del todo, la crítica que hace el historiador Jaime de Jesús Domínguez, al referirse a esta batalla con respecto al epónimo Gregorio Luperón, quien era el Subjefe del Ejército Libertador Dominicano, exonerando de toda responsabilidad al General-Presidente José Antonio Salcedo, Comandante en Jefe de la República en Armas y Jefe de la Línea del Este en ese momento, cuando afirma:
“Los restauradores fueron derrotados, el 23 de enero de 1864 -ya hemos aclarado que fueron los días 21 y 22 de enero que se produjeron estas acciones militares (JDC)-, en el combate de la Sabana de San Pedro, pero tuvo lugar cerca de Guanuma, al tratar de penetrar por donde pasaba la línea de defensa con que los anexionistas protegían a Santo Domingo.
Esta derrota pudo haberse evitado, Si Gregorio Luperón, quien comandaba a los restauradores, hubiese obedecido la prohibición de librar batalla a campo abierto, lejos de los montes y bosques que podían protegerlos, según instrucciones emitidas por Matías Ramón Mella en su calidad de Ministro de la Guerra del Gobierno Restaurador en octubre de 1863.
Dichas instrucciones también expresaban que no se podía combatir en batallas frontales, por ser los españoles generalmente superiores en número, tener mejor armamento, mejor disciplina, y estar dirigidos por oficiales salidos de academias, que sabían mejor maniobrar en el campo de batalla que los restauradores, muchos de los cuales desconocían las reglas básicas de la guerra por no haber ido nunca a escuelas militares, y haber alcanzado dicho rango ser de manera improvisada, debido a las mismas circunstancias de la guerra.
A partir de este fracaso, los restauradores encaminaron sus mayores esfuerzos a atacar los convoyes que llevaban suministros por tierra para abastecer las tropas anexionistas criollas y extranjeras en las ciudades del sur y del este.”
Es importante indicar que si bien es cierto la puesta en práctica de la táctica de guerra de guerrillas constituyó la clave para el triunfo rotundo de los patriotas dominicanos sobre los peninsulares, es significativo tener presente que no siempre era posible su implementación al pie de la letra, ya que en un enfrentamiento entre dos fuerzas contrarias una sola no siempre determina el curso de las acciones a seguir; es necesario tomar en cuenta que el enemigo también tiene su táctica y que sus acciones influyen de igual modo en el curso de los acontecimientos.
Esto así, tanto más cuanto, si se trataba de un ejército invasor mixto como el realista español, integrado por criollos y extranjeros, y al mismo tiempo dirigido por dos generales criollos experimentados, como lo eran Antonio Abad Alfau y Juan Suero, quienes habían participado en la guerra de independencia contra los haitianos y en batallas tan decisivas como las de Puerto Plata y Santiago de los Caballeros, desarrolladas entre los meses de agosto y septiembre de 1863, pero cuyo desenlace final no fue otro que el triunfo de los restauradores y la instalación del Gobierno Provisorio.
A continuación observemos lo que expresa el general Luperón en el segundo parte de guerra, fechado el 22 de enero 1864, relativo a la segunda acción de la batalla que se había escenificado, el 21 de enero, día de la Patrona del Pueblo Dominicano, Nuestra Señora de la Altagracia:
“Señores miembros que componen el Gobierno Provisorio de la República. Santiago. Respetables Señores: transcribo a Uds. el parte que acabo de dar al General Presidente; dice así: ‘A las cinco y media de la tarde de ayer el enemigo ensayó de nuevo lanzar todas sus fuerzas, forzar el paso de Bermejo, y al cabo de una hora de inútil lucha, se retiró sin poder realizar su intentona. En esta acometida no tuve que lamentar desgracia alguna.
Sobre la marcha despaché en su persecución una guerrilla de setenta hombres, al mando del Coronel Leonardo Cepín y el Comandante Simón Mieses, y a pocos instantes apercibiendo los fuegos que se hacían de ambas partes encomendé el mando del cantón a los Coroneles Favard y Pedro Antonio Casimiro y me puse en marcha con cincuenta hombres y mi Estado Mayor, para inquietar por la derecha el cuartel general que Alfau y Suero habían establecido en San Pedro. Toda la noche ambas guerrillas sostuvieron un fuego tan mortífero, que a las tres de la madrugada el enemigo levantó la marcha y se retiró a Guanuma.
San Pedro pues, está bien recuperado, bien que destruido completamente, quemadas todas las rancherías. La fetidez es insoportable; y al ocuparme en dar sepultura a nuestros muertos sólo he descubierto once. Los bárbaros españoles los han dejado despojado de todo, acribillados de balazos, habiendo llevado su profanación al extremo de ejecutar sobre sus cadáveres actos que la moral no me permite referir; básteme decir a Uds. que le han sacado los ojos. Esos peninsulares son tan valientes como feroces, dignos descendientes de los conquistadores de América. En una cañada hemos hallados abalsados muchos cadáveres de españoles, que creo montarán a cien, parece que no tuvieron lugar para darles sepulturas. He descubierto sin embargo algunas fosas recientemente cerradas, que por el tamaño parecen contener varios cadáveres, y supongo con algún fundamento que serían oficiales; dichas fosas se dejan en los caminos de Monte Plata y Guanuma. No he podido encontrar la pieza que derrumbé en la cañada cerca de Bermejo.
Destaco en este momento dos fuertes guerrillas; una hacia Monte Plata y la otra sobre Guanuma, y de sus resultados daré a Ud. cuenta oportunamente. Espero las instrucciones del señor Presidente en cuanto a lo que bien tenga disponer. Según la revista que acabo de pasar, tengo aquí ochocientos sesenta y cinco hombres. Si Ud. no tiene los demás en el Sillón, la deserción ha sido considerable. Debo prevenirle que estamos desprovistos hasta de sal. He hecho fabricar algunos ranchos del lado allá de Bermejo para preservar las municiones y nosotros mismos de la lluvia frecuente que nos fatiga. Quedo pues a las órdenes de S. E. San Pedro, 22 a las 10 de la mañana 1864’. (Hasta aquí el parte)
Todo lo que elevo al superior conocimiento de Uds. a fin de calmar las inquietudes que despierten en sus ánimos las propagandas exageradas de los desertores, que supongo monstruosas, pues todo soldado que abandona sus banderas en un combate, pretende justificar su cobardía con la exageración del peligro. A pesar de las medidas que dictó el señor Presidente para socorrer este campamento, creo en mi deber decirles que mi tropa y su muy humilde servidor no comerán nada antes de recibir provisiones del Cotuí o Macorís. Sin otro particular, Dios gde a Uds. muchos años. San Pedro, enero 22 de 1864 a las once de la mañana. G. Luperón.”
A partir de esas acciones, donde el general Luperón informa de la derrota que se le infringió al ejército realista español en la sabana de San Pedro, hoy conocida como el Cruce del Pajón, donde le causaron bajas superiores a los cientos de hombres y oficiales, procedió a tomar la decisión de instalar su Cuartel General en Bermejo, por considerarlo un lugar que reunía las mejores condiciones de seguridad y defensa, así como también el menos expuesto a ser sitiado por el enemigo.
En tal sentido, el general Luperón y su ejército se dedicó a fortificar el Cantón de Bermejo, estableciendo reductos y trincheras que lo convirtieran en un punto inexpugnable, fijó las avanzadas y organizó todo de tal manera que logró recobrar la confianza en todos los oficiales y soldados e infundió fe y esperanza en el triunfo de la justa causa por la que luchaban.
2.3. Asedio y Evacuación de los Cantones de Guanuma, Monte Plata y Bayaguana
Las acciones desplegadas por el general Gregorio Luperón, los oficiales, los soldados y las demás tropas bajo su responsabilidad, entre los días 7 al 18 de marzo de 1864, produjeron resultados sumamente asombrosos.
Entre esas acciones destaca el intento del general Juan Suero de buscar una vía hacia el Sillón de la Viuda, pretendiendo eludir los diferentes campamentos ubicados en toda la línea, siendo rechazado y derrotado personalmente por el general Luperón, quien -siendo informado por sus espías del atentado que se planeaba-, había tomado todas las previsiones de lugar.
Tras derrotar una vez más al enemigo, Luperón decidió desarrollar una acción ofensiva, pero al carecer de las fuerzas suficientes para librar luchas frontales puso en movimiento sus diferentes guerrillas con destino a los campamentos de Guanuma y Monte Plata. Ordenó a los oficiales Eusebio Manzueta y Marcos Adón a que le secundaran energéticamente en el asedio de esos campamentos y al cabo de tres días de incesante tiroteo, los españoles se vieron en la obligación de evacuar los cantones de Guanuma y Monte Plata.
A partir de entonces, Manzueta estableció su cantón en el Higüero, Luperón buscó la gente de Maluco para que guarnecieran a Monte Plata y estableció un nuevo cantón en San Francisco de Higüero, en las inmediaciones del río Yabacao, bajo el mando del comandante Francisco González.
Desde ese punto estratégico partieron sus ataques, sobre Bayaguana y la Boca de Yabacao, de donde también habían sido evacuadas las tropas españolas, las cuales se vieron obligadas a concentrarse en Guerra.
De igual manera, el General Luperón mandó refuerzos al coronel Pedro Guillermo en Yerba Buena y se mantuvo en contacto permanente con el Jefe de Operaciones de San Cristóbal, con cuyas disposiciones estrechó aún más el cerco que había tendido sobre la ciudad de Santo Domingo.
Al ofrecer detalles sobre estas acciones, el propio general Luperón expresa:
“El Coronel Santiago Mota, en lugar de hostigar a Bayaguana, como se le había ordenado, impulsado por su arrojo, se fue sobre Los Llanos y en la Sabana de Guabatico (Pulgarín), fue atacado por el General Santana, que salió con fuerzas considerables de la Capital. Cayó muerto Mota con otros compañeros: y derrotada la columna, el general Santana fue nombrado Jefe de Operaciones de la Provincia del Seibo, donde se contaminaban todas sus comunes por el hálito de la revolución.
El general José Hungría había sido nombrado gobernador de Samaná, y los patriotas lo tenían acorralado en la Ciudad de Santa Bárbara a fuerza de guerrillas.
El general Juan Contreras fue nombrado por los españoles para cortarle el paso a Luperón.
Gaspar Polanco sostenía el sitio de la fortaleza de Puerto Plata con imponderable valentía.
El general Manzueta defendía con valor y firmeza su campamento de Yamasá, donde rechazaba felizmente todos los ataques que la columna de Guanuma daba casi diariamente.
Y Luperón no descansaba en sus asaltos a Guanuma, a Monte Plata y Bayaguana. Cortaba las comunicaciones de los campamentos enemigos de unos a otros y de todos con la Capital. Atacaba los campamentos de noche, por donde nunca lo esperaban, les hacía muchos prisioneros, bajas considerables de muertos y heridos, y los obligaba a quedarse firme toda la noche, lo que les causaba, con las frecuentes lluvias, muchas fiebres. Con frecuencia les apresaba los convoyes y hostigaba a Hato Mayor, estrechando por todas partes la provincia del Seibo, con los valientes coroneles Pedro Guillermo y comandante Genaro Díaz, un comandante de Higüey y varios oficiales.
Aumentaba sus fuerzas, ganaba terreno, conquistaba los más valerosos oficiales de las Reservas, como el valiente Comandante Antonio Guzmán, que era el oficial de mayor confianza del Gral. Santana. Por medio de sus espías, que entraban en todos los campamentos enemigos, se hacía de armas y de pertrechos, informándose siempre de todos los movimientos de los contrarios, al extremo de que rara vez volvían sus guerrillas, ni sus emboscadas, ni sus espías, sin prisioneros, fusiles, pertrechos y correspondencia enemiga.”
Todos los pueblos del Este fueron cayendo uno a uno en las manos de los patriotas restauradores, entre los que destacan Guanuma, Yamasá, Monte Plata, Sabana Grande de Boyá, El Higüero, Bayaguana, Guerra, Yabacao, San Isidro, El Llano, Pulgarín, Yerba Buena. Hato Mayor, El Seibo, Samaná e Higüey, donde los valientes generales y oficiales Gregorio Luperón, Eusebio Manzueta, Santiago Mota, Pedro Guillermo, Genaro Díaz y Antonio Guzmán, entre otros, mantuvieron hostigadas día y noche a las tropas realistas españolas, acorralándolas en apenas dos o tres ciudades, como Puerto Plata, Santa Bárbara de Samaná y Santo Domingo.
No hay dudas de que para entonces las tropas peninsulares estaban en el ocaso de su presencia en Santo Domingo, producto de la tenacidad, la valentía y la inteligencia con que los patriotas dominicanos estaban conduciendo la guerra, muy a pesar de la poca experiencia acumulada en los lides militares, pero sobre todo en el fatigoso y difícil arte de la guerra.
2.4. La Acción de Maluco
El desfiladero de Maluco estaba bien fortificado y atrincherado por parte de las fuerzas patrióticas restauradoras, al mando del coronel Olegario Tenares, razón por la cual era muy difícil que el enemigo pudiera atravesarlo, sin que sufriera grandes bajas.
El general Juan Contreras a fuerza de arrojo había logrado adentrarse en él, pero al ver que su columna fue derrotada por el ímpetu de los patriotas dominicanos, se resistió a avanzar y comenzó a retroceder. No obstante los esfuerzos del general Contreras para contener a los patriotas, sufrió una derrota certera e impetuosa.
Cuando Contreras, que eras el último detrás de los suyos, abandonaba el desfiladero de Maluco, el coronel Tenares lo desafió a viva voz, lo que le llevó a apearse de la mula y a desenvainar su espada, para luego avanzar solo y morir a mano del valiente patriota dominicano. Al referirse al general Juan Contreras, Luperón dijo lo siguiente:
“El heroico General Juan Contreras, de quien tanto desconfiaba y a quien tanto desconsideraba el General Santana, era Jefe de Operaciones de Monte Plata, para impedir a las tropas revolucionarias avanzar sobre el Este, donde el General Santana, además de defender la provincia, defendía y cuidaba sus intereses personales. Mandaba también con frecuencia guerrillas y patrullas sobre Bermejo contra Luperón para devolverle sus continuas sorpresas, pero casi siempre envueltas y destrozadas, hasta que el General Contreras, con una fuerza considerable se echó sobre Bermejo, y entre San Pedro y Monte Plata, donde Luperón lo esperaba ya, prevenido por sus espías, lo derrotó completamente, obligándole a replegarse sobre el cuartel de Monte Plata, con grandes pérdidas de prisioneros, de heridos y de muertos.
Algunas semanas después volvió a salir por el desfiladero de Maluco, y rechazado rigurosamente por el valiente Coronel Olegario Tenares, quedó muerto en el campo de batalla, y su columna, con grandes pérdidas, derrotadas hasta Boyá.
Luperón sintió mucho la muerte del valeroso General Contreras, a quien había escrito varias veces para sacarle de las filas españolas, por admiración a su valor y compasión a su desgracias. Conocía a fondo todas las circunstancias que habían conducido al malogrado general a las filas de los dominadores de su patria, y a todo trance quería salvarle. Parece que nadie puede luchar contra el destino.
Contreras lo sabía mejor que ninguno, porque le había contestado a Luperón dándole las gracias, y diciéndole que ciertamente su corazón sufría con acerba amargura, los cruentos sacrificios de la patria, pero que un militar de su escuela no podía traicionar, y por lo mismo buscaba la muerte en el combate.
Desde que Luperón recibió esa carta, había dado la orden a todos los cantones, de hacer por salvar al General Contreras, y declaró a su tropa que a quien lo salvara, le regalaría lo único que él tenía, su caballo. Así, cuando recibió el parte de su muerte, sintió un profundo pesar por su desgraciado fin. Después, cuando Luperón ocupó a Monte Plata y a Boyá, fue a poner una cruz en el sepulcro del bravo general, volviendo varias veces a elevar una oración en bien a quien descansaba en aquella solitaria tumba.
Los españoles, en reconocimiento a la heroica memoria de este General, le han dado a una cañonera su nombre.
La República Dominicana lo ha olvidado, porque ninguno es héroe contra su patria. Pero los soldados no pueden dejar de considerar y admirar el valor y el heroísmo de los contrarios.”
Con ese proceder, el general Gregorio Luperón demuestra cuán magnánimo y generoso era con los enemigos de gran valía, que se resistían a traicionar a sus compañeros de armas, aún estuviesen en el bando contrario y del lado equivocado, como fue el caso del general Juan Contreras.
Ahora bien, era intransigente, osado, valiente, oportuno, inteligente y juicioso en la defensa de la causa de la Patria y en el combate decidido contra los principales adversarios del pueblo dominicano y de la revolución restauradora de la Independencia Dominicana.
2.5. La Acción del Paso del Muerto
El Jueves Santos de 1864, que para entonces cayó el día 19 de marzo, el General Gregorio Luperón y su tropa se enfrentaron con la columna que dirigía el general Juan Suero en el lugar conocido como el Paso del Muerto, en el río Yabacao, donde hubo muchos muertos del lado restaurador, entre ellos el coronel Miguel de los Santos, el comandante Ventura Vázquez y nueve soldados más. De igual manera, los españoles, cuya columna se retiró a Guerra, tuvieron alrededor de cuarenta heridos, entre ellos el general Juan Suero, quien recibió dos balazos, de los cuales murió el mismo día y fue sepultado el día siguiente, el 20 de marzo de 1864, es decir, el Viernes Santos.
Al referirse a los pormenores del enfrentamiento de la tropa que dirigía ante el ejército realista español en el Paso del Muerto, el general Luperón dice lo siguiente:
“Tuvo con el General Suero la célebre pelea del Paso del Muerto, en el río Yabacao, donde quedaron muertos muchos españoles, retirándose la columna a Guerra con muchos heridos, entre ellos el General Suero, quien murió aquella misma noche, 19 de Marzo de 1864, (Jueves Santo), obligando a los españoles a desalojar el otro lado del río Yabacao. Ordenó al Comandante Marcos Adón, la ocupación de La Victoria para impedir al enemigo la navegación del Ozama con el Yabacao y sus afluentes. Atacó y ordenó al coronel Pedro Guillermo el ataque de Hato Mayor.”
Al hacer referencia a la rivalidad que siempre animó a los generales Juan Suero y Gregorio Luperón, este último refiere lo siguiente:
“El general Juan Suero y Luperón eran dos contrarios que no podían encontrarse sin vehemente arrebatos, como si hubieran sido dos gallos de pelea, que tanto en Santiago como en San Pedro, Monte Plata y Bermejo, se voceaban y se juraban la muerte el uno al otro. Un día en que el General Santana desde Monte Plata le envió a Luperón con un soldado español unos impresos firmados por él, algunos con los signos masónicos, ofreciendo garantía de la vida a todos los revolucionarios si se sometían al Gobierno de S. M. La Reyna Doña Isabel, y Luperón por una contestación le mandó una copia del decreto que declaraba a Santana fuera de ley, le sorprendió tanto al General Santana que preguntó al General Suero: ¿qué clase de hombre es ese Luperón?, porque él, cuando había ido al Cibao, jamás había oído mencionar tal personaje.
Entonces Suero, soltando una carcajada con aquella risa sardónica que tenía en los momentos más graves, le dijo al General Santana: “Ese hombre es mi compadre de sacramento: es aquel Comandante que usted me había mandado prender y enviar al Morro de la Habana por propagandista contra el Gobierno español. Es el mismo que en pleno mediodía le dio un garrotazo de mata caballo al oficial de la guardia de la Gobernación, y a pesar de los tiros que se les dispararon se fue: y sepa usted que yo hice muchos esfuerzos por capturarlo, y no puede. Es el que fomentó la revolución en La Línea, donde seguramente quizás ninguno tenía esas ideas. Es el alma de la revolución; fue el que me mató dos caballos en Santiago, nos estrechó en la fortaleza, y por poco acaba con todos los españoles. Es el que lo ha derrotado a usted en Bermejo. Es el que lo fusilaría a usted si lo hiciera prisionero. Es el único hombre terrible en la revolución, y es por eso que yo me empeño tanto en matarlo, porque estoy seguro de que es el que tal vez me matará’.
Esta relación y algo que dejamos de referir, como aquello que le decía Suero al General Santana sobre que Luperón era el único hombre de la revolución a quien él le temía, nos ha sido referido por el Coronel Antonio Madrigal, que fue secretario general y hombre de toda la confianza del General Santana y que también fue después secretario de Luperón, durante la expatriación en St. Thomas en los seis terribles años del Gobierno del General Báez.
El mismo día que Suero tuvo la mencionada conferencia con el General Santana en Monte Plata, referente a Luperón, despachó al Coronel Romualdo Salazar, hombre de su mayor confianza y de mucho arrojo, con una columna de soldados experimentados, por un desfiladero intransitable para dar una sorpresa a Luperón en Bermejo, saliendo por detrás, este es, entre el Sillón y Bermejo, suponiendo que con aquel movimiento inesperado podrían coger a Luperón y matarlo; pero Luperón tenía sus espías que entraban en los cantones enemigos, y así tuvo aviso a tiempo de la expedición; le salió al encuentro, y no fue una pelea, sino una matanza lo que sucedió en el encuentro, escapando muy pocos con el Coronel Romualdo.
Si referimos la conferencia de Suero con el General Santana, es para que se vea que el presentimiento que tenía Suero de morir en un encuentro con Luperón, se verificó en el río Yabacao, en el Paso del Muerto, donde Luperón ignoraba la herida y muerte del bravo Suero, dominicano al servicio de los opresores, hasta el día siguiente, que una de sus guerrillas capturó al correo de Guerra para la capital, con el parte de la batalla del día anterior.”
De su lado, el Capitán General y Gobernador español de Santo Domingo, José de la Gándara, al ponderar la labor del General Juan Suero, en contraste con la desarrollada por el general Pedro Santana, se expresa del modo siguiente:
“En la sensible y lamentable historia que vamos diciendo en este libro de la anexión y guerra de Santo Domingo, sólo tiene rara ocasión de reposar el ánimo. Las desdichas se eslabonan, y en la descripción o relato de los episodios que van desenvolviéndose, siempre se pasa de una a otra sin intervalo ni descanso.
Todavía bajo la ingrata impresión de los amargos juicios y de las severas censuras en que he tenido que exponer la acerba crítica que hasta aquí me ha merecido la conducta del general Santana, en cumplimiento de los deberes inexcusables de una conciencia recta, tengo necesidad de entregarme a otras reflexiones, que tampoco serán alegres, porque la alegría, al parecer de acuerdo con la fortuna, se había alejado de mí. Pero si es doloroso emplear lenguaje tan duro al juzgar la conducta de un hombre desacertado o imprudente en asuntos graves y trascendentales, por el temor de parecer dominado por la pasión y por la rivalidad de pueblo o de raza, es grato para el ánimo de conciencia serena y honrados sentimientos demostrar su imparcialidad calificando de un modo opuesto, que la razón justifica, a otro hombre, hijo del mismo pueblo que Santana, de igual procedencia, que abrazó también nuestra causa, que defendió sus intereses con igual constancia, entusiasmo e innegable buena fe. Me refiero al general Juan Suero, hombre de color, muy acreditado y muy querido en el ejército español, de que formaba parte, por su valor heroico y por su lealtad, sobre la que no arrojan los hechos la más pequeña sombra.
Al recordar aquí la memoria de aquel brillante soldado, que dio su sangre primero y su vida después por nuestra patria, el alma se llena de un gran dolor, pero a la vez la inunda dulce melancolía, porque paga un justo y último tributo al compañero perdido para siempre. Suero merece este tributo. Ya he consignado en otra parte algunas de sus hazañas. Era, poco después de la anexión, Gobernador de Moca por España, y esta ciudad fue el punto que escogieron los enemigos de Santana para producir una asonada en son de protesta contra la odiada anexión. Suero, que estaba fuera, lo supo y regresó sigilosamente a Moca; solo y disfrazado, se mezcló entre los insurrectos para informarse de lo que pasaba y tuvo la audacia de darse a conocer a los conjurados, que eran cerca de doscientos.
Suero, alto y fornido, de extraordinario valor y gran reputación entre su gente, con la satisfacción de su propia superioridad y su arrojo, superior a todo encomio, los atacó resuelto y trabó con ellos una lucha horrible y desigual. Su voz, respetada y temida, difundió el terror y el espanto entre sus enemigos, y su terrible machete le hizo dueño de la plaza en que se riñó aquel combate extraordinario, que valió a Suero merecido renombre y una terrible herida, haciéndole digno, con tanta verdad como justicia, de aquellos versos que uno de nuestros poetas más inspirados ha puesto en labios del héroe de la Jura de San Gadea:
‘Con quince lidié en Zamora
Y a los quince los vencí’.
Yo, que no he dudado nunca de la existencia de nuestro Cid Campeador, desde que conocí ese Cid negro de la Española, que llamábamos el general Suero, creo que puede pasar a nuestros anales con la fama legendaria que ilustra el recuerdo del conquistador de Valencia. He conocido pocos hombres tan intrépidos, tan resueltos, tan esforzados, tan verdaderamente valerosos como él. Admiraba verlo sonreír, tranquilo, inalterable, en medio del peligro. La entereza que anima y mantiene el valor, ese estímulo que ennoblece la lucha, no fue jamás comparable con la calma conservada por Suero en la pelea, que no alteraba nunca la dulce expresión de su semblante, ni la firmeza de su serenidad apacible. Era, en fin, Suero, uno de los soldados que, por privilegios de las condiciones que les adornan, saben inspirar confianza a cuantos le siguen en los trances más comprometidos.
Al disolverse el campamento de Guanuma, Suero se fue a San Antonio de Guerra, como jefe de la brigada de aquel cantón. Esto ocurrió el 14 de Marzo, precisamente veinte años antes del momento en que escribió estas líneas, sin que el tiempo transcurrido desde aquel día haya entibiado la impresión dolorosa que entonces me produjeron los hechos. En San Antonio iba a permanecer muy poco tiempo aquel bizarro Jefe. La Muerte le amenazaba muy de cerca. El buscaba ocasiones de encontrar y de batir el enemigo, y en una de ellas halló el triste fin que puso término a sus gloriosos días.
Uno de los grupos enemigos más numerosos vagaba por las inmediaciones de San Antonio y habiendo recibido Suero el refuerzo del tercer batallón provisional a las órdenes del teniente coronel Muñoz Terrero, salió a buscarlo el 19 de Marzo dirigiéndose al Paso del Muerto, estrecho y difícil cruce del rio y del camino, poblado de árboles, al que se llegaba por tránsitos apenas practicables. En ese lugar encontró Suero a los rebeldes; la lucha fue empeñada, y, a pesar de que el batallón provisional se batía en aquel instante por primera vez, dio, no sin pérdidas numerosas y sensibles, buena cuenta del enemigo, obligándole a retroceder y a dispararse. Logrado el triunfo, se replegó la tropa a orillas del rio. Suero se aproximó entonces a un grupo de oficiales, mostrando su satisfacción por el brillante éxito que acababa de obtener la columna. Entonces, cuando ya los rebeldes al retirarse no hacían sido pocos disparos, una bala perdida le hirió mortalmente.
Suero sucumbió pocas horas después de este suceso. Su muerte fue sentida por todo el ejército. La diferencia de color y de raza no impidió que ese sentimiento se manifestara de un modo afectuoso y expresivo, como no impide que yo aquí consagre a la memoria de aquel héroe, víctima del honor y del deber, estas frases de elogio y de sincero cariño.”
Estas anécdotas y ponderaciones tanto de su más encarnizado enemigo, el general Gregorio Luperón, como de la máxima autoridad del Gobierno español en Santo Domingo para aquella fecha, el general José de la Gándara, dan cuenta de lo importante que fue la acción militar del Paso del Muerto para los restauradores, puesto que con ella caía uno de los principales personajes del bando español, el general Juan Suero.
Ese fue el mismo general Juan Suero que encarceló a su compadre Gregorio Luperón en Puerto Plata por hacer propaganda contra el gobierno español y a quien éste se le escaparía; el mismo que ahogó en sangre la primera manifestación armada del coronel José Contreras y sus seguidores contra la anexión de la Republica Dominicana a España en mayo de 1861; el mismo que había resistido la embestida de los restauradores en el mes de agosto en Puerto Plata, cuando intentaron tomar por asalto el fuerte de San Felipe; el mismo que junto a los brigadieres Manuel Buceta y Mariano Cappa luchó encarnizadamente contra los patriotas dominicanos en la batalla de Santiago escenificada entre el 31 de agosto y el 13 de septiembre de 1863, y el mismo que en varias ocasiones desplegó diferentes acciones militares con el objetivo de sorprender y eliminar al general Gregorio Luperón en Arroyo Bermejo, San Pedro, Guanuma, Monte Plata, Bayaguana, San Isidro y Guerra.
2.6. La Acción de Los Llanos
El general Gregorio Luperón, habiendo recibido información el 30 de Abril de 1864, de parte de sus espías, de que la común de Los Llanos tan solo tenía una guarnición de doscientos hombres, lo que confirmó con patriotas que vivían en el lugar, procedió a atacarlo el 1 de Mayo.
Al proceder a librar la proyectada contienda la mañana siguiente, Luperón se llevó la fatal sorpresa de que en la madrugada del 30 de Abril al 1 de Mayo, una columna enemiga integrada por mil hombres acampó en esta comunidad, siendo rechazada la embestida con grandes pérdidas para el ejército restaurador, que después de haber actuado con gran audacia, a penas logro salvar a sus heridos, su tambor y su bandera.
El propio Luperón da cuenta de los detalles de la acción de Los Llanos:
¨Avanzó a Los Llanos, y fue rechazado, dejando trece muertos y llevándose treinta y siete heridos, entre éstos, a los coroneles Olegario Tenares con tres balazos, Brigman, con otros tres, Manuel Rincón, con dos, un capitán de Cuaba, común de San Francisco de Macorís, con cuatro balazos. Salvó todo sus heridos, sostuvo un combate admirable de retirada en la gran Sabana de Guabatico, donde mostró rasgos sublimes de valor don Celestino Duarte, que era Comisario Pagador de la tropa, a quien Luperón, mirando lo comprometido de la situación por la superioridad de la fuerza enemiga, mandó retirarse del combate, dada la ancianidad de Duarte: más el ilustre patriota se resistió respondiendo: ´No me retirare, General; que hay hoy gloria para todos los dominicanos´.
Los coroneles Santiago Núñez, Santiago Jiménez, Aniceto Contreras, Enrique Favard, José de las Mercedes, Fernando Martínez y el joven Manuel Joaquín Jiménez, su secretario, estuvieron todos, más que a la verdadera altura de su deber, arrojados y admirables…
Con todo, viven todavía muchos de los que se encontraron en aquella pelea, donde Luperón fue engañado por sus espías, que le habían asegurado que en aquella plaza la guarnición no pasaba de trescientos hombres y marchó sobre el pueblo de Los Llanos, donde acababa de llegar un fuerte convoy que iba para el Seibo. La fuerza enemiga era cinco veces mayor que el piquete de Luperón. Y lo cierto es que no dejó un herido, que de tan pequeña fuerza le mataron trece, le hirieron treinta y siete y no perdió un prisionero, ni pudieron quitarle siete prisioneros que les hizo en medio de la pelea. Se retiró peleando cuerpo a cuerpo en una sabana tan extensa como lo es la de Guabatico.
El tambor se le huyó en el campo de la pelea, dejando la caja entre los enemigos; el alférez abanderado cayó muerto, quedando también la bandera entre los contrarios, y eso fue lo grande del acontecimiento: cuando Luperón vio su tambor y su bandera entre los enemigos, lanzó a los suyos un grito terrible, diciéndole: ´a recuperar el tambor y la bandera o a parecer todos!´ Y sable en mano, por en medio de las bayonetas, se precipita, seguido de los heroicos coroneles Santiago Jiménez, Santiago Núñez, José de las Mercedes, Enrique Favard, Aniceto Contreras y el Comandante Francisco Martínez, de Moca, recogen el tambor y la bandera y con esta desplegada, salen a sablazos de las filas enemigas.”
Esta acción demuestra que no se puede tener plena confianza en los espías o informantes, por más fidelidad que demuestren y más detalles que ofrezcan, porque en muchas ocasiones realizan una labor de doble agente o de infiltrado enemigo en las filas revolucionarias o patrióticas.
Eso parece haber ocurrido en este caso, puesto que si los informantes hubiesen estado del lado restaurador, se hubiesen percatado de los cambios que se habían operado en horas de la noche o de la madrugada y esa situación tan desastrosa no se hubiese producido.
2.7. Las Acciones de Yerba Buena
El 29 de Abril de 1864 el general Gregorio Luperón desplegó ingentes esfuerzos para pasar a la comunidad de Yerba Buena, con el propósito de poner fin a una querella suscitada entre los coroneles Pedro Guillermo y Miguel Guillermo con el comandante Antonio Guzmán, por disidencias políticas. Luperón tuvo a bien resolver las diferencias entre estos patriotas, haciéndole entender que en caso de reincidencia les juzgaría como suscitadores de disturbios y les haría ejecutar.
El 3 de mayo de 1864 los españoles atacaron a Yerba Buena con una división de dos mil hombres y después de siete horas de combate los patriotas dominicanos se vieron obligados a replegarse a sus líneas por falta de municiones.
El 5 de mayo se produjo un nuevo ataque sobre Yerba Buena, produciéndose una derrota de los españoles, con grandes pérdidas, mientras que las tropas dominicanas tan solo tuvieron un saldo de tres capitanes y dos soldados.
De igual manera, el 9 de junio de 1864 se produce una acción en el cantón de Yerba Buena con un éxito rotundo a favor de las tropas dominicanas, de acuerdo al parte dado por el general Benigno Filomeno de Rojas al Gobierno Restaurador.
El 21 de junio, el general Eusebio Manzueta informaba que las tropas españolas volvieron a atacar a Yerba Buena, estando las fuerzas restauradoras bajo la dirección del coronel Antonio Guzmán, teniendo esta acción una duración de varias horas. El enemigo se vio obligado a huir con siete literas repletas de muertos y heridos.
En el parte del 26 de octubre del 1864, el general Manzueta informa que el coronel Santiago Silvestre, Jefe de Operaciones de Yerba Buena, en el lugar nombrado San Miguel (camino de Guasa), los españoles produjeron un nuevo ataque, durando el fuego desde las nueves de la mañana hasta las seis de la tarde, habiendo sido completamente derrotado el enemigo, con pérdidas graves, ascendente a veinte muertos dejados en el campo de batalla y varios heridos. Del lado dominicano tan solo hubo un herido.
2.8. Las Acciones de Higüero y Las Cañadas
El general Eusebio Manzueta fue designado por el Gobierno Provisorio como Jefe de Operaciones del Sur y del Este el 12 de junio de 1864 en sustitución del general Benigno Filomeno de Rojas, quien hacia mediado del mes de mayo había sustituido al general Gregorio Luperón. Este a su vez fue designado como responsable del Frente Sur.
En un parte del 15 de Junio de 1864, el general Manzueta informa que derrotó al ejército español en Higüero y que inmediatamente marchaba sobre Guanuma, donde suponía al enemigo posesionado de aquel punto, procediendo a desalojarlo también.
En otro parte del 16 de Junio, el general Manzueta informa que las avanzadas de Isabela y Arroyo Hondo fueron atacadas por los españoles y entonces se dirigió al cantón de Higüero, cuyo Jefe, el coronel Adames se había replegado a La Javillita y Santa Cruz, dejando cubierto el tránsito con guerrillas que se la pasaron tiroteando al enemigo todo el día.
En tal virtud, el general Manzueta tomó la previsión de cubrir todas las avenidas, temiendo un ataque general o que el enemigo quisiera recuperar Guanuma, pero luego supo por espías que a las cinco de la tarde los españoles tomaron el camino hacia la comunidad de Santa Cruz, donde el coronel Marcos Adón había colocado una pieza de artillería, procediendo a participarle el movimiento para que no fuera sorprendido y salió al encuentro del enemigo en Sabana Grande, donde le obligó a retirarse.
En el parte del 18 de junio de 1864, el general Manzueta refiere que recibió informaciones del General en Jefe del cantón de Las Cañadas, donde anunciaba haber sido atacado por el enemigo, habiéndolo puesto en fuga con 40 bajas: 10 muertos y 30 heridos, mientras que de la parte dominicana murió lamentablemente el teniente Fernando Alcalá.
2.9. La acción de Juan Dolio y la toma de Guerra, Los Llanos, Hato Mayor y El Seibo
El 2 de noviembre de 1864 las guerrillas dominicanas que operaban sobre el pueblo de Guerra atacaron a los españoles, que en número de 200 custodiaban un convoy de provisiones. En pocos momentos fueron derrotados, dejando en el campo dos cadáveres que no pudieron llevarse, dos bagajes cargados y un gran rastro de sangre.
Mientras eso acontecía, en las inmediaciones de Guerra, el valiente coronel Antonio Guzmán atacaba otra expedición que salía del poblado de Juan Dolio con dirección al pueblo de Los Llanos. La lucha se libró con gran intensidad, pero el valor de las guerrillas dominicanas la decidió con gran brevedad, siendo el resultado: 28 prisioneros, 54 armas de fuego, todas las provisiones, 3 cajas de municiones, una caja de 3,000 pistones y 11 muertos del enemigo. El saldo de la parte dominicana fue tan sólo 2 muertos y 2 heridos.
El día 3 de noviembre de 1864 en la noche el coronel Olegario Tenares, con sus guerrillas, tomó por sorpresa la Plaza de Los Llanos, y después de batirse durante dos horas en todas las calles del poblado, se replegó a la campiña. El 10 de noviembre de 1864 la común de Los Llanos se pronunció a favor de la causa nacional.
El 21 de noviembre el pueblo de Guerra fue tomado por los rebeldes encabezados por el general Eusebio Manzueta, sin tirar un solo tiro y sin que una gota de sangre, ya que los opresores huyeron cobardemente cuando se acercaron los valientes dominicanos. Desde entonces, Guerra se unió de la manera más cordial y unánime a los principios proclamados por el pueblo dominicano el 16 de agosto de 1863.
En un boletín del 11 de diciembre de 1864, se lee el siguiente Estado de Guerra:
“La marcha de la Revolución sobre la Línea del Este, es cada día más segura. Según los últimos partes del benemérito General Eusebio Manzueta, la población de Hato Mayor, siguiendo el ejemplo de Los Llanos y Guerra, se ha adherido a la causa nacional. La guarnición de criollos que en ella había enarboló el pabellón de la Cruz al acercarse nuestros bravos al mando del Coronel Guzmán y el Genaro Díaz. Se ha tomado allí algún armamento y una gran cantidad de pertrechos. El 2 de los corrientes el General Blas Maldonado salió de la ciudad del Seibo con el resto de los criollos que quedaba en ella y se pronunció cerca de la Guasa por la causa dominicana.”
En un parte del 16 de diciembre de 1864, el Gobierno Provisorio Restaurador encabezado por el general Gaspar Polanco informa al país que la ciudad del Seibo había sido tomada: “El General Manzueta ha ocupado la ciudad del Seibo y las huestes enemigas que la guarnecían han fugado ante el empuje de nuestros bravos. Loor y gloria al valiente Manzueta y a los denodados hijos del Este.”
En otro parte de guerra del 19 de diciembre del 1864, el general Manzueta informa que las comunes de San Pedro de Macorís y Sabana de la Mar se habían adherido a la causa nacional. También informaba que el enemigo, que en su impotencia abandonó la ciudad del Seibo, estaba siendo asediado en Higüey por las valiosas tropas dominicanas.
Antes de finalizar el mes de diciembre de 1864, las diferentes comunes del Este, entre ellas Higüey, se habían incorporado a la causa nacional. Con estos hechos se daban por concluidas las campañas guerreras por la Restauración de la Independencia Nacional, ya que para entonces el enemigo, fortificado en varios puntos del país, no intentó nuevas incursiones armadas, permaneciendo en estado defensivo o en espera de negociaciones, hasta que la Reina Isabel II ordenó la evacuación definitiva de las tropas españolas el 11 de julio de 1865.
[1] Gral. Gregorio Luperón. Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos (Tomo I), Santo Domingo: Central de Libros C. por A. 1992, p. 196.
[2] Gral. Gregorio Luperón. Notas autobiográficas y apuntes históricos, Santo Domingo: Central de Libros C. por A., 1992, p. 156.
[3] Gral. Gregorio Luperón. Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos (Tomo I), Santo Domingo: Central de Libros C. por A. 1992, pp. 169-171.
[4] Manuel Rodríguez Objío. Gregorio Luperón e Historia de la Restauración (Tomo I), Santo Domingo: Editora de la UASD, 2004, pp. 111-112.
[5] Ramón González Tablas. Historia de la Dominación y Última Guerra de España en Santo Domingo, Santo Domingo: Editora Santo Domingo, 1974, pp. 178-180.
[6] Eduardo González Calleja & Antonio Fontecha Pedraza(2005), Una Cuestión de Honor. La polémica de la Anexión Vista de España (1861-1865), Santo Domingo: Fundación García Arévalo, 2005, p. 135.
[7] Gral. Gregorio Luperón. Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos (Tomo I), Santo Domingo: Central de Libros C. por A. 1992, pp. 176-180.
[8] Ibidem.
[9] Ibidem.
[10] Manuel Rodríguez Objío. Gregorio Luperón e Historia de la Restauración (Tomo I), Santo Domingo: Editora de la UASD, 2004, pp. 169-172.
[11]Jaime de Jesús Domínguez. La Anexión de la República Dominicana a España, Tomo I, Santo Domingo: Editora de la UASD, 1979, pp. 139-140.
[12] Manuel Rodríguez Objío. Gregorio Luperón e Historia de la Restauración (Tomo I), Santo Domingo: Editora de la UASD, 2004, pp. 172-174.
[13] Gral. Gregorio Luperón. Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos (Tomo I), Santo Domingo: Central de Libros C. por A. 1992, pp. 205-206.
[14] Ibidem, pp. 214-215.
[15] Ibidem, p. 216.
[16] Ibidem, pp. 218-219.
[17] Gral. José de la Gándara. Anexión y Guerra en Santo Domingo (Tomo II). Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1975, pp. 178-181.
[18] Gral. Gregorio Luperón. Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos (Tomo I), Santo Domingo: Central de Libros C. por A. 1992, pp. 216-218.
[19] Manuel Rodríguez Objío. Gregorio Luperón e Historia de la Restauración (Tomo I), Santo Domingo: Editora de la UASD, 2004, pp. 285-286.
[20] Comisión Permanente de Efemérides Patrias. Proclamas de la Restauración. Santo Domingo: CPEP, 2005, p. 95.
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