A pesar de los siglos, Soneto a Cristo crucificado mantiene su encanto, conserva su frescura. Y cualquiera podría creer que hace apenas unas horas que alguien lo escribió. El texto parece que ha hecho un pacto -no con el diablo, sino con Dios- para no envejecer.
¿Quién es el autor de estas catorce líneas plenas de misticismo? El dato continúa siendo un misterio. Pero lo cierto es que –en términos literarios- la obra pesa más que el creador. Y cada lector cuando se identifica con una obra de algún modo se convierte en su escritor. De manera que Soneto a Cristo crucificado tiene un autor: los miles y miles de seres humanos que durante cientos de años han sido cautivados por su magia.
Se estila usar el usted como señal de respeto, de formalidad. ¿Quién públicamente se dirigiría a un mandatario o a un rey con un tú? ¿Quién encierra más reverencia para un creyente una autoridad humana o el Todopoderoso? Sin embargo, curiosamente, cuando hablamos con Dios lo tuteamos. Quizá porque hablar con Dios en el fondo es hablar con nosotros mismos. Por eso no resulta extraño que en este poema en lugar de ustedear el verbo sea tutear. Hablar con el Altísimo es un acto íntimo, familiar, informal.
Amar a Yahveh va más allá del porqué, de la razón. Amar al Omnipotente es un acto puramente infantil: lo amamos porque sí. No importan los regalos, no importan los castigos.
Ciertamente, ahora más que nunca se impone la ley del interés, la ley del pragmatismo. Usamos las iglesias, utilizamos a Dios.
Este soneto es una invitación a nadar en contra de esa corriente. Este soneto es una invitación –totalmente gratis- a amar plenamente a nuestro Padre, al Padre que también es Madre, al Padre que nunca nos dejará.
Soneto a Cristo crucificado
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
¡Tú me mueves, Señor! Muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muévenme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
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