Introducción
Esta tierra que recibió poetas y escritores como parte del proceso colonizador y además encontró espacios para la poesía oral en las culturas aborígenes y africanas. Brindó un soporte inicial a lo que es hoy la República Dominicana. Por lo que se puede decir que los vientos poéticos han surcado estas tierras desde siempre.
Pero en rigor literario, la poesía dominicana nace después de la independencia con la presencia formal de escritores como Jose Joaquín Pérez, Salomé Ureña y Gastón Fernando Deligne, para mencionar a quienes en el siglo XIX junto a otros, crearon los cimientos líricos en que se sustenta nuestra poesía.
El siglo XX reafirmará este género con mayor fuerza, continuidad y madurez dentro de los géneros literarios que occidente acepta como tales.
El vedrinismoy el postumismo buscarán, cada uno desde su óptica, caminos en que sustentar la estructura textual que se presenta como innovadora y de ruptura. Los sorprendidos reaccionarán contra el nacionalismo literario postumista haciendo un llamado a juntar nuestra poesía con el hombre universal. Al mismo tiempo, varios poetas independientes completaron el momento más alto de nuestra historia literaria. Cada uno fortaleciendo senderos individuales hacia la excelencia.
Vendrá la Generación del 48 con vocación integradora y nuevos poetas independientes consolidarán una tradición que tomó ribetes de fuerte contenido social. El trasfondo de este proceso es la caída de la tiranía y cuatro años después la insurrección popular de abril que generará contenidos contestatarios que tendrán rn la generación del 80 reflexiones críticas hacia mundos innovadores , los cuales se extendieron hasta nuestros días con una interacción poética que se trasladará a la internet sin abandonar los libros que seguirán expresando la búsqueda constante de lo poético.
Pero siempre pensé que en esta historia de contenidos y formas cambiantes donde lo nacional dialoga con las experiencias internacionales a través del flujo de imágenes, metáforas y versos rimados o libres se escondía una sensibilidad muy especial a través del tema de las madres, en el cual existirán las más variadas formas y contenidos artísticos en una antología.
Hice los primeros esfuerzos a través de un opúsculo y pensé que era poco, por lo que le expresé mi idea de un proyecto mayor a la Dra. Margarita Cedeño de Fernández. El cual, en una primera edición, incluiría 51 poemas a las madres desde Salomé Ureña hasta nuestros días.
Encontré en lo inmediato el respaldo entusiasta y al otro día recibía el llamado de su despacho para emprender la tarea. El estímulo directo de la Primera Dama permitió que hoy estemos poniendo en circulación esta Antología poética dominicana. Homenaje a las madres.
Hoy por razones entendibles hacemos una selección con el compromiso de ampliar junto a Efémerides Patrias una antología más extensa para el 2027.
Mateo Morrison/Compilador / Editor
Antología poética dominicana. República Dominicana, 2010
Dolorosa
Gastón F. Deligne
La madre entre los sitiados;
el padre, entre los que cercan;
y el infame primogénito
como un lazo entre él y ella.
El aura que los encajes
de la cunita menea,
quizás es beso ideal
que allí manda el que está afuera.
Por abreviar los instantes
de ver a sus dulces prendas,
tal vez su bravura en lábaro
en la enconada pelea.
La antigua ciudad resiste
con una loca firmeza;
con el insano tesón
de los bandos en demencia
que se exterminan, bajo una
no diferente bandera.
Para rendirla, un cañón
los sitiadores allegan,
cuyo roncador rugido
a las mujeres consterna;
y de rayas taciturnas,
frentes pacíficas pliega.
En una medrosa noche,
en que el Ozama se incendia
con el fuego de las balas
y el claror de las estrellas;
y en sus grutas, azoradas
las dulces náyades tiemblan;
y en que a solos de cañón,
coros de rifles alternan;
inflamado meteoro
pasó la carga siniestra
del bronce; destrozó setos,
abrió espantosas troneras,
cayó, saltando alocada,
en la alcoba placentera
donde duerme el dulce niño,
el dulce niño que cuenta
a la madre en los sitiados,
y al padre entre los que cercan.
Y hasta la cuna subiendo,
-¡Ahrimán debió impelerla!-
apagó en un negro punto
aquella luz de inocencia…
Por abreviar los instantes
de ver a sus dulces prendas,
el padre batallador,
el padre que está allá afuera,
quizás si aprontó la carga;
tal vez si arrimó la mecha;
¡quién sabe si por sus manos,
en criminal inocencia,
arrempujó el fatalismo
de la espantable tragedia!…
Naricita, antes chatilla,
y ahora perfilada y seria,
muy grave carita hacéis;
¡como si ya la experiencia
hubiéraos filtrado el zumo
de sus amargas adelfas!
Risa, que en salve a la vida,
errabas silente y leda
por los ojuelos curiosos,
¡cómo en ellos te congelas!
¡Cuán pálidas y qué mustias,
oh, manecitas inquietas!
¡y cuál os molió la bala,
piernecitas circunflejas!…
Está la madre… no está…
Está el cuerpo. De sí fuera,
La sustrajo a la locura
la horripilante sorpresa,
sumergiéndola en las criptas
de una aplanada inconciencia.
Como herida en el cerebro,
de un golpe se desmadeja;
el rostro sobre la cuna,
y ambas rodillas en tierra.
Y el arcángel Asrael
invisiblemente vela
a un muerto casi dormido,
y a una viva casi muerta.
Ya recordará; en pasando `
el aguacero que olea
de balines silbadores;
cuando las vecinas vengan
y el cuerpecito embalsamen
con haces de flores frescas.
Ya despertará; en saliendo
la caja nívea y pequeña
con rumbo al patio severo
de alguna vetusta iglesia.
Entonces, desesperada,
puntualizarán su pena
y egoísmo doloroso,
añoranzas lastimeras.
¡No le comerá a ternezas!…
No le cantará ya más,
al asomar las estrellas:
¡Zumbador! ¡Zumabador!,
¡en tu piquitín
trae una estrellita
para el chiquitín…!
Recuerdo de la provincia
José Mármol
A mi madre
Para el alma de la casa de un incensario gris,
Unas viandas muy frescas, un par de zapatos
que brillar para mí-
Henchidos de pereza (arte de inexistir)
Los animales yacen sobre sus tibias sombras
Y las flores atizan su renacer banal.
En el cuarto cada objeto dilata la posición,
Haciendo maravillas con su peso y su color.
Eran los granizos de mayo mi concierto
Y a los huesos el húmedo brotaba en propiedad.
A la izquierda se movía un equilibrio sordo,
un quejido de sombras,
Una luz de cayena como dichosa lumbre,
Un amenazante orificio de piedad.
Para el alma de la casa una efigie de sol,
un racimo de tejido,
Agua hirviendo, más unciones y un ensalmo diligente
para mi curación.
Madre
Jeannette Miller
Esa mujer,
con la que fui pequeña y sigo siéndolo,
albergaba mis noches y mis días
en galerías abiertas al caer de la tarde.
Ella me enseñó a vivir entre columnas,
a disfrutar las velas y los cantos,
a seguir palabras de liturgia,
a creer en el miedo…
Con ella dije
Me gusta, no me gusta,
y transcurrido el tiempo
diferí de su mano,
Pero siempre volvía.
Esa mujer es hoy “mi vieja”,
Sus parpados conservan un embrujo caído,
Las pupilas el rasgo distintivo…
Corriendo hacia su punto desoye lo indicado.
Va formando su lecho,
Prepara su caída.
Mírame
Carmen Natalia
Mírame las manos, dulce Madrecita…
¿Hay en ellas algo que no sea caricia?…
La copa del árbol
siente la frescura
que le da la brisa
Mírame los labios que un día me diste…
¿No se mueven siempre para bendecirte?…
La dulce avecilla
persigue el gorjeo
del polluelo triste….
Mírame los ojos -por ti siempre abiertos-
¿No siguen tu rastro por todo el sendero?…
La rosa de mayo
siente el beso tibio
del sol mañanero…
Mírame muy hondo, muy hondo en el alma…
Mírame hasta el fondo vivo de la entraña…
La luna penetra
las profundidades
de las aguas mansas…
Mírame hasta el alma, Madrecita buena…
Es triste tu niña, muy triste y enferma,
Mas para quererte
tiene el alma blanca
como una azucena …
Mi madre, desde los 9 años
Manuel Rueda
Mi madre fue un lazo de moaré rosado sobre una
trenza oscura.
Sus ojos de fotografías, acuosos y dulces, aun me
Miran, desarmada la pobrecilla en su
esqueleto de 9 años,
pero yo la conmino, la insto a seguir,
porque es necesario que nos encontremos.
Y se pone a crecer, un poco por mi abuela y por el
Cholagogue Indio
Hundiendo en gramática y ecuaciones compuestas
Sus empolvados encantos
tan provinciana ella, echando carnes,
sueños, al pie del reloj publico adquirido en
Alemania
Por suscripción popular
y junto al que todas las muchachas de entonces
aprendieron paciencia.
Dia a día no hizo otra cosa que pensar en su
Bachillerato y en mí,
Que abrigarse el vientre en cada atardecer ventoso
Por mí,
que amar su Campoamor y su Bécquer
para que yo pudiera tomar algo de aquello como
herencia,
rumor a rumor extraerlo de su sangre.
Madre- hija a la que ahora reconvengo
por su debilidad y por su reumatismo,
que enfermo en Dajabón en el encierro de un
marido huraño
y una escuela de párvulos
y luego con pudor de muchacha vivió en la capital
sin memoria de hombre entre los brazos.
Por este tiempo tomo cursos de telegrafía.
Entonces se hicieron prosperas sus quejumbres.
Fabrico de ayes el porvenir,
sus 70 saludables anos
de mareos y jarabes,
de inyecciones (¡tan dolorosas!)
de radiografías que costaron una fortuna (¡para
nada!)
y de ausencias del hijo que escribía pocas veces
desde Chile
(no me encontraras de seguro cuando vuelvas).
Pero si la encontró, intacta a pesar de sus
pronósticos,
hermosa de dolor y sacrificio, bien dispuesta
como un pararrayo en mitad de la tormenta.
Vieja, pero aquellos 9 años de su fotografía no le
dejan sosiego,
ni sus tardes de recitaciones y bautizos
amenizadas por mandolinas lluviosas
(mi abuelo entonaba las criollas con voz de
sacristán).
No la dejan en paz esas mañanas
cuando iba a los chiqueros con Par´nolelo
a beber leche de cabra en tazones esmaltados.
Ella morirá criando niños ajenos que la llenan de
ilusiones pasajeras,
tocándose en el vientre que yo aún no he ocupado,
entre una procesión de tías difuntas
y generales de bigotes lustrosos,
oyendo la mudez de aquel reloj de su pueblo que se
olvido del tiempo,
sola con su esqueleto y sus manías,
con su bachillerato y su Bécquer,
toda ella un signo de telegrafía en la sombra,
con el lazo rosado de moaré
por el que la muerte al fin tendrá que conocerla.
Hoy la vine a visitar I
Ibeth Guzmán
Estaba ahí sentada.
Felicidades, mami.
Yo traía flores.
No le gustaban las celebraciones
ni los días especiales
mucho menos las flores,
el tiempo y sus traiciones.
Estoy parada
frente a una lápida con su nombre,
hedionda a la flor de muerto
que cubre la fetidez
de mi irremediable orfandad.
Hoy la vine a visitar II
Saberse huérfano es siempre
habitar el otro lado de la espera.
Es tener a la muerte mirándote siempre
bajo la agigantada imagen del espejo.
Todo se rompe sobre los quiebres de la nada.
Nada se une en la sombra gris
de la memoria enferma
marchitada en las tumbas
del dolor y la nostalgia.
Día de visitas
Rhina Espaillat
Aún me recuerda, aún, y me acaricia.
De su más íntimo ser, fui la primicia.
Me alimentó de sí; yo fui su luna.
La nutro a cucharadas, una por una.
La peino, le cambio el traje, y —¡qué alegría!—
Le pasa la mano alegre a su bolsa vacía:
sabe que vamos al huerto. Conoce esta cosa,
pero no logra siempre nombrarla rosa.
Antaño, con su decir todo lo creó:
cuando ella dijo el sol, amaneció.
Me nombró, y de la nada surgí, nacida.
¿Cómo y quién he de ser, si ella me olvida?
Moñitos
Marianela Medrano
Mamá toma los retazos suaves y coloridos
los organiza en la mesa.
Sus ojos, más sagaces que los de Vermeer
cortan los pedazos y los convierten en visiones.
Volviéndose hacia mis rizos comienza
su oración de la mañana.
Cada moñito abre una puerta secreta entre nosotras
mi cabeza es el jardín floreciente de su deleite.
He cerrado y abierto tantas puertas
a veces he olvidado la secreta.
El invierno ha hecho palidecer mi tono
temerosa de no encontrarme
amago hacia atrás en el tiempo
sobre todo en las mañanas cuando el frío
parte mis huesos en poemas tristes.
Hay un momento
en que la primera lengua de mi pelo me denuncia
nos encuentro acurrucadas apretadamente
como cualquier oración.
Me vuelvo oscura como Mamá sabía que lo haría.
Tríptico en el hospital
Denisse Español
Del poemario Una casa en la palma de tu mano
Puerta
La camilla avanza en línea recta
mis pasos inexpertos llevan el ritmo.
El dolor es el camino,
sus portones se pierden a lo lejos.
Madre,
¿Qué tanto rogamos al martes volverse miércoles?
¿Cuándo nos atrevimos a patear la pelota del azar?
Una puerta y todas las puertas son el silencio,
se cierran en nuestros ojos.
Las agujas toman siestas en mis pestañas
extendiéndose desde tus manos.
Un temblor inicia el ensamblaje del llanto,
una huelga estalla en los pasillos del alma,
la espera se convierte lentamente en una guerra
mientras se incendia el hospital.
Silla
Una pierna se cruza,
una mano abraza tu brazo,
escucho su voz y tengo que dejarte, silla.
Abandonar tu guarida para comprender
si el antibiótico ha dejado de gotear
o si algún pajarillo cantó en la ventana.
Me recluyo en ti.
Parece ser el tiempo quien sostiene mi cuerpo
en el pasar de sus agujas,
su tic tac vocifera en mi estómago,
desmenuzando la quietud.
Dicen que es bueno que las cosas nos recuerden,
no me recuerdes tanto.
Borremos de la memoria
el doble ingreso a tu rincón,
el mes que pesa ya en los huesos.
Retiraré de mi rostro tus cojines,
se descolgarán mis brazos de tus brazos.
Su cuerpo,
despertará desde la palabra siempre.
La llevo conmigo.
Cuerpo
Entre el sueño y la vigilia
la luz hace amanecer el día
halando suavemente su melena rizada.
El espacio define un letargo consciente.
Empiezan a repetirse en la mente
los poemas que leímos juntas ayer.
Las palabras gritan en mi osamenta,
los objetos visten sus caras
en el momento preciso en que resurge su cuerpo,
actor central del espacio.
Solo en los amaneceres hay paz
en la fracción donde la enfermera
no ha surgido tras la puerta,
luego, no existe nada en este lugar
que no tenga sabor a lágrimas.
La cortina baila sobre el cuadro deslumbrante,
la poesía reaparece testaruda como una silueta
besa su boca dormida
susurrándose, diciéndose,
como si su boca fuese un gran oído.
La poesía te está salvando, Madre.
Conversación con la madre reintegrada
Omar Messon
Tu voz me llega desde el fondo de tumbas de silencios
Y es una voz con tufos de ecos insurrectos
Voz que se altera cuando asume la impaciencia
La insistente espera
El telúrico equilibrio de lo incierto
Como si el lejano pasadizo de la luz
Ahuyentara de repente lo innombrable
Y los huecos de incógnitos preludios
Acataran los decretos de los muertos.
Aquel festival de tumbas insaciables
Prorrumpe en los parques de fauces matricidas
De flores incestuosas que culminan danzando
El insistente vals del infinito.
No hay tal calma en el aposento donde estás
Sólo incertidumbre y marchas bochornosas
Que aceptan como impropio
El irrefrenable instinto del destino
Sólo un circo de hienas redentoras
Que callan cuando buscas la salida hacia la espera.
Sabes madre sigo sintiendo de cerca tu canción
Tus dones regados en la casa por doquier
Tus lóbregos cuchillos que descuartizan la tragedia
Sigo sintiendo tus permanentes hitos
Tu óptima conciencia de lo eterno.
En la palabra desdoblada estás
En los susurros de las cosas que chocaron con tus ojos
Con tu ceño fruncido
Con tu entonada canción
Los que chocaron con hilos y agujas indecibles
Con sarcófagos de odios inhumanos
Que chocaron con sangre que corrió por entre vertebras marchitas
Con lápices desdibujando algún quejido.
Estas en las sandalias del viajante que encontró el ánfora pletórica
En el rosal de mieles de tu risa
Permaneces en el rosario de las seis y el ángelus
En las noches ateridas
En el abrigo seductor
Pero sobretodo estás tan calladamente entre nosotros
Entre estas pecosas fotos de aposentos
En ese baúl de calificaciones imprecisas
En el juguete abandonado en el retrete
En el almuerzo atardecido
En las tareas de las clases seductoras
En el bálsamo antagónico del miedo
Hay un poco de ti en la presencia inamovible de las cosas
Y tú entera en estas lágrimas.
Noche sin sitio
Ángela Hernández Núñez
La arena me conturba
empapa la noticia el aire de un mal sueño
junto a una nube bella, arranca el blanco carro
agua y sombra van borrando sus ruedas
Un lenguaje se encierra en las paredes
Hielo y rosas, para su rostro límite
del viento rojizo escapan lunas nuevas
una voz pide lámparas
Madre, dancemos con los pies inmóviles
Hay un mar de sangre, un mar de luz,
en tu puño cerrado
¿cómo pensar el cielo por venir?
Ese pequeño pedazo de tiza
Farah Hallal
A muchas millas lejos de casa
aún arden mis ojos vestidos de uniforme.
El humo y los disparos proclaman sus urgencias
y siguen los veloces cantos de las sirenas.
Anuncian sus delirios por las calles de mi infancia.
¿Puedes verlo? Estoy en el mismo lugar
donde olvidaste amamantarme.
Todavía busco en tu cartera ese pequeño pedazo de tiza
que me dio las letras que forman la palabra "retorno".
Pero no podemos regresar al punto de partida:
El tiempo corre como un niño que deja caer sus libros
en las esquinas de las calles.
Las personas de nuestro pasado huyen de la policía y sus
macanas.
Huyen de las bombas lacrimógenas, de las protestas,
de las marchas.
No puedo darte mi mano
para que otra vez me enseñes a cruzar la calle.
Enormes piedras han cubierto
el único camino que nos lleva a casa,
los puentes han envejecido demasiado,
los oficiales han retirado sus macanas,
sus pistolas se han oxidado,
y los estudiantes intercambiaron
ideologías por iPods.
Pero a pesar de todo eso,
todavía veo brillar en ti ese pequeño pedazo de tiza,
ese que usaste para escribir mi nombre
el día que olvidaste recogerme a las cinco en punto,
ese que tembló en tu mano el día de la huelga
y los días en que el hambre sació tu fatiga.
Escribiste en la pizarra la palabra 'porvenir'
y sonreíste para mí aun cuando no hacía falta.
Borraste las noches en que las butacas y las navajas
formaron una palabra compuesta manchada de sangre.
En mí hoy se abre el tiempo como un mapa
que de casa en casa vende sus confusos caminos,
pero aun veo brillar en ti ese pedazo de tiempo blanco
que te ensució y limpió las manos al mismo tiempo,
que dibujó en el suelo la palabra 'alternativa'
que me mostró lo curvo de la palabra 'interminable.
Notas para un poema a mi madre
Lery Laura Piña
Tengo tu color, pero no tus hombros.
De tanto afán, te han crecido demasiado las penas.
Mi dolor más encarnado, en cambio, eres tú:
ver cómo se te va tostando la mirada.
Si pudiera, te daría una sonrisa menos pesada.
Pero ¿qué puede un verso ante tu dolor rancio y duro?
Soy capaz de volcar en palabras mi hambre, no la tuya.
Por eso dejé de escribirte cartas
desde que pude regalarte cristalería.
Era ingenuo continuar tocando la puerta de tu soledad.
¿A qué vieja aurora te entregaste?
¿Desde cuándo?
¿Desde que escribiste el epitafio de mi padre?
Tenías 26 años.
Cada domingo el pueblo te veía caminar
con tres hijos de la mano.
Nosotros llevábamos flores, el trabajo fácil.
Tú nos llevabas a nosotros.
Era posible sospechar tu miedo,
pero pronto abriste serones,
empuñaste un machete
y fuiste a cortar la maleza del apiario.
Cosechaste la miel.
Te aseguraste de que no faltase nada
que habría traído él.
Pero tú, ¿adónde te nos fuiste?
Yo te oía llorar por las noches
con ese dolor desconsolado
con que se llora a los muertos frescos.
A escondidas,
tragándote a ti misma
para no ser descubierta.
Tu llanto se fue pasmando con el tiempo.
Se apaciguó hasta que las noches
volvieron a ser silenciosas.
Trajiste arroz,
pusiste la mesa,
nos vestiste,
limpiaste la sangre de nuestras rodillas raspadas.
¡Nos levantaste del suelo tantas veces
que nos parecía tu brazo el brazo de Dios!
Apenas nos pediste ayuda,
pediste que nos amemos.
Te vi tener alegrías breves
entre un disgusto y otro,
entre un cansancio y otro.
Tras algunos años
volvió el grito.
Distinto.
Fatigado, pero largo,
como el aullido de un lobo.
Solo uno, solo una noche.
Después, silencio.
Ese silencio tuyo.
Así, tus muros.
¡Eres tantas veces mi madre!
Demasiado madre
Sabrina Román
Madre mía qué me dejaste al partir…
sino todo, todo.
Un diccionario rojo con tus huellas impresas
dulcemente posadas como si fueran a volar hasta mi alma.
Entre sus páginas madre, tus huellas se transforman en
coloridas mariposas que ante mis ojos se vuelven interminables primaveras.
Me dejaste cautiva en el alma una niña pequeña
una niña que salta de asombro cada mañana
aferrada a la ternura como en sus tiempos de cuna.
Una canción de tus labios me dejaste sonando en el viento
me arrulla
me abraza
me consuela.
Me dejaste mis hermanos
sus hijos
tus nietos
alumbrando la soledad del camino.
Me dejaste madre como si fuera poco el recuerdo de un padre
a quien dulcemente conocí navegando en los mares
serenos de tus ojos.
Me dejaste demasiado madre mía.
Una cita clandestina y eterna con la luna
en cualquier rincón del cielo en que me halle
una ventana abierta donde acodo mis brazos
y se desmaya mi cuerpo contemplando la lluvia.
Consuelo a todos mis pesares al contemplar el titilar de una estrella.
Me dejaste madre, un quijote resplandeciente en el alma
acompañando mi sombra.
Un corazón modesto que perdona
ama
se entrega
se arrepiente
unos ojos que lloran y lloran
como ahora de ausencia
un jardín de consejos
postulados de luz
advertencias
eternamente floreciendo en mi memoria.
Me dejaste un abrazo invisible como el viento
recóndito
cálido
envuelto en el perfume de tu cuerpo
colmando el desamparo que a mi vida trajo
el largo viaje que esparció tus sueños en el tiempo.
Madre, me dejaste demasiado
un cántaro repleto de ocasos y madrugadas contemplados
a tu lado
rojizos cielos jaspeados
lejanas historias
legendarios atavismos
la geografía de tu alma cubriendo el mapa
de la tierra en mi piel y mis ojos.
Madre… escúchame
me dejaste al partir
insisto,
¡demasiado!
Mi madre se desnuda
Rosa Silverio
Mi madre se desnuda
sencilla, suave, vertical
con su espalda blanquísima mirando el mundo
y su poblado pubis sonriendo a la vida
Mi madre se desnuda
y sus pezones rosados me miran burlones
su pelo corto y gris me desafía
sus párpados caídos me hablan con tristeza
Mi madre se desnuda sin vergüenza y sin miedo
tan valiente como ha sido con la vida
con la piel de las manos quemadas
por aquella vez que intentó salvarnos
Mi madre se desnuda como una rosa
se vuelve pez, caracol, lengua, humedad
se transforma en sirena y canta
y con su canto vence sus pasadas batallas
Desnuda ella es coral, agua, luz
un junco delgadísimo que se va doblando con los años
Mi madre, hija de Eva, guerrera incansable
es una hoja besada por el rocío
es un jardín de flores recién descubierto.
Aunque no sepa mi nombre
Marivell Contreras
Aunque no sepa mi nombre
ni tu nombre.
Aunque algún día no conocieras ya
mi rostro ni mi forma.
Aunque no pudiera
volver a tocar con mis manos,
las tuyas.
Aunque yo misma me pierda
en el insondable abismo
que es la vida.
Aun así
tú estarás
donde yo sea
y yo te presentiré
donde estés
(aire, luz, calor)
ese algo que me guía
desde la fuente misma
de mi primera respiración.
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