Compartir un mismo espacio geográfico, y sin embargo, estar de espaldas en destino, historia y memoria, entraña una gran voluntad, en un presente que nos refleja. Una isla escindida no por el mito sino por la historia, ha supuesto un contra-espejo en carácter, cultura, religión, etnia, lengua y ethos. Con dos patrias coloniales (España y Francia), vecinas en geografía, pero distantes en lengua, religión, historia y cultura, representa un reto manifiesto de convivencia, tolerancia y respeto mutuo, aproximar ambas sociedades. Tragedia y destino, botín colonial y presencia autónoma, desde Haití y Quisqueya hasta Saint Domingue y Haití, estas dos media isla que flotan en el Caribe, siempre han sido objeto de una visión maniquea desde ultramar, y abyecta desde el corazón de nuestras identidades.
Los dominicanos vivimos más cerca de Nueva York que de nuestros vecinos más próximos. No obstante a esta realidad secular, cohabitamos un espacio imaginario y real, que nos refracta. Una historia distante y lejana marcada por el diálogo y la tragedia, la sangre y el olvido, nos signa en el deber y la necesidad.
Haití logra su independencia en 1804, antes que todas las demás naciones del Nuevo Mundo, en tanto que la República Dominicana la alcanza en 1844, justamente, zafándose del yugo haitiano, cuya ocupación se inició en 1822. Esa historia y ese gris pasado, sumado a la matanza de los haitianos, llevada a cabo por Trujillo, en 1937, representa una reapertura de las heridas del ominoso pretérito, que laceró las conciencias de ambas sociedades y marcó el decurso del pensamiento nacionalista dominicano, fundando, por un lado, una idea de la representación de la identidad, a partir de ese evento y, por otro lado, nos remitió a la definición del pasado, en función de la sangre y la abyección, la memoria y el olvido.
A pesar de la cercanía territorial, de los discursos políticos y del anhelo de las potencias mundiales por lograr la convivencia entre ambas naciones, esto no ha sido una garantía de paz y confraternidad, pues ha estado limitada por una frontera de cristal. No obstante a esas peculiaridades geográficas, nunca, en la historia común de ambas patrias, se había llevado a cabo una iniciativa editorial que nos uniera –o, al menos, nos aproximara–, en las letras y la creación poética. La idea de hacer una antología de poetas dominicanos y haitianos ya era una necesidad inaplazable: significa una ruptura de las fronteras lingüísticas y una hermandad en el arte poético, más aún, después de la tragedia que abatió al vecino pueblo, el 12 de enero de 2010. La poesía servirá –o sirvió– de puente que nos unirá –o une– en el dolor, la tragedia y el desamparo. La solidaridad expresada por el pueblo dominicano hizo olvidar las sombras del pasado histórico y arrojar luz en el camino de la confraternidad y el drama común. La sangre del poeta haitiano de origen y dominicano por adopción, Jacques Viau, derramada en 1965, en defensa de la causa de la liberación, la independencia y la soberanía del pueblo dominicano, frente al imperio norteamericano, fue recompensada en solidaridad, en nombre de su memoria, que permanecerá como llanto y símbolo de lucha ante el invasor.
La iniciativa de ponernos a dialogar, por primera vez, en un gesto sin precedentes de la historia de ambas culturas, se corona –o coronó– con la publicación, en edición bilingüe, de la antología Palabras de una isla (2012), cuya selección y traducción de poemas y poetas haitianos fue realizada por el poeta y politólogo haitiano Gahston Saint Fleur, y el prólogo por el poeta haitiano y educador Samuel Grégoire, residente en Santo Domingo. La selección de poemas y poetas dominicanos recayó en el poeta Basilio Belliard y el prólogo en Soledad Álvarez, estudiosa e investigadora de nuestra literatura.
Trece poetas dominicanos y doce haitianos fueron editados en lenguas cruzadas, es decir, los poetas dominicanos están traducidos al francés y los haitianos al español, y en el corazón del libro, está el poeta Jacques Viau Renaud, como puente. Las lenguas de Cervantes y de Víctor Hugo se hermanan y se entrecruzan, dejan oír sus resonancias, inflexiones, sonidos, ecos, eufonías, heterofonías, giros y matices en poemas, cantos y elegías, en verso y prosa, que resuenan en las fronteras, las noches tropicales, el sol antillano, el árido bosque y las cálidas aguas de la isla.
Haití, con una tradición poética influida por el romanticismo, el simbolismo y el surrealismo franceses, y la República Dominicana, con una tradición poética marcada por el influjo romántico y modernista hispánicos, y por la influencia de las mismas corrientes europeas, pero transformadas por la traducción y la metabolización al habla dominicana y al color local traídas por el poeta Vigil Díaz o tomadas de la naturaleza criolla, como lo hizo Domingo Moreno Jimenes o recuperadas de la poesía universal, a la manera de los poetas sorprendidos. La poesía haitiana, con una impronta proveniente del imaginario indigenista, permeada por el dolor, la sangre, la muerte y el desamparo, posee un evidente tono épico y elegíaco, en la que la historia y el mito fundan un discurso representado por el exilio, el ansia de libertad, la tristeza y la melancolía románticas, donde resuenan los ecos de la cultura, los mitos y las religiones de su madre patria, África, por un lado, y de Francia, por el otro, en tanto reflejo del componente europeo.
En esta antología poética podemos leer en español a los poetas: Pierre Faubert (1806-1868), Coriolan Ardouin (1812-1835), Oswald Durand (1840-1906), Massillon Coicou (1867-1908) Othello Bayard (1885-1971), Carl Brouard (1902-1965), Emile Roumer (1903-1988), Jacques Roumain (1907-1944), Felix Morisseau Leroy (1912-1998), Roussan Camille (1912-1961), René Depestre (1926), Franketienne (1936-2025) y al final, Jacques Viau Renaud (1942-1965).
De igual modo, la poesía dominicana está representada por los poetas: Rafael Américo Henríquez (1899-1968), Tomás Hernández Franco (1904-1952), Domingo Moreno Jimenes (1894-1986), Luis Alfredo Torres (1935-1992), Manuel Rueda (1921-2001), Juan Sánchez Lamouth (1929-1968), Aída Cartagena Portalatín (1918-1994), Freddy Gatón Arce (1920-1994), Pedro Mir (1913-2000), Franklin Mieses Burgos (1907-1976), Manuel del Cabral (1907-1999) y Antonio Fernández Spencer (1922-1995). La parte dominicana posee poemas canónicos de nuestra lírica, de largo aliento y paradigmas de la tradición del siglo XX como: Carta a Compadre Mon, Yelidá, Rosa de tierra, Poema de la hija reintegrada, Vlía, Una mujer está sola, Paisaje con un merengue al fondo, Hay un país en el mundo, Canto al presentido petróleo de mi tierra o Canto a Proserpina.
En ambas tradiciones poéticas se observan la pasión por el poema extenso, el cultivo del poema en prosa, de factura simbolista, la naturaleza exuberante, el drama de la historia transfigurado por el mito, la reivindicación del mestizaje y la tragedia cultural y política.
Esta antología motiva un estudio de las fronteras invisibles entre ambas literaturas. Constituye a la vez un desafío en la conformación de una conciencia más allá de los límites de la lengua, la cultura y las creencias religiosas. La razón cultural ha sido torpedeada por los acontecimientos históricos. Estos constituyen la génesis de las fronteras mentales entre ambos pueblos, teñidos por las mitologías nacionalistas, que liquidan toda posibilidad de convergencias identitarias y evaporan el aliento del diálogo fraterno.
Palabras de una isla es una antología que nos permite ver, de manera paralela, el desarrollo y la transformación de la poesía de ambos países, a la luz de sus diferencias, diversidades y convergencias de estéticas generacionales, también paralelas en la contemporaneidad. Gahston Saint Fleur parte de poetas nacidos a principio del siglo XIX hasta los nacidos en los años 30, 40 y 50 del siglo XX. El título alude a un ideal capaz de representar la poesía y las letras, es decir, de romper las fronteras físicas. La antología aspira a mostrar una faceta del rostro de la lírica de ambas tradiciones y proponer una lectura abierta a múltiples interpretaciones de juicios y apreciaciones analíticas. En ella hay una visión panorámica de la poesía hasta la mitad del siglo XX de ambos países. Clásicos, modernos y contemporáneos, en la misma aparecen poemas esenciales del canon poético de la isla. Estos textos nos ayudarán al conocimiento del pasado, de la evolución poética de ambos lados de la isla, así como a las inquietudes del presente y el porvenir, que han gravitado en la conciencia creadora de los poetas de ambas patrias.
Como se ve, la poesía ha llevado la vanguardia en ambos países, delante de los demás géneros literarios: ocupa un lugar representativo en ambas tradiciones literarias y culturales. La poesía haitiana, desde los inicios del siglo XX hasta los años 20, giró en torno a las corrientes avasallantes del neoclasicismo, del clasicismo, del parnasianismo y de las demás corrientes francesas de vanguardia. Poesía celebratoria, de elegías y héroes patrióticos; poesía comprometida y épica, la poesía haitiana sirvió de estandarte en la lucha por la independencia y la preservación de su soberanía, enriquecida por el discurso poético y como crítica a la discriminación racial y a la esclavitud. Desde el nacionalismo militante hasta la fantasía surrealista, la poesía haitiana vivió los aciagos momentos históricos que vivió la poesía dominicana: primero frente a los propios haitianos dominantes, y luego, frente a los norteamericanos en 1916-1924 y en 1965. Cuando Haití vive el influjo del indigenismo en los años 20, con una literatura bilingüe en créole y francés, la poesía dominicana inicia su renovación y apertura vanguardistas con el postumismo. El indigenismo haitiano les permitió a sus escritores romper con la tradición de su pensamiento estético y entrar en diálogo con las corrientes filosóficas y antropológicas encarnadas en el marxismo, la Creolité y la Negritud. En esa misma medida se produce en República Dominicana la irrupción de las vanguardias, a través de Vigil Díaz y el vedrinismo, y la reivindicación de lo nacional, que llevó a cabo el postumismo. El movimiento de la Negritud, que representaron Aimée Césaire y Léopold Senghor en el Caribe francófono y en África, respectivamente, y que llevaron a Europa, impactó en el despertar de la conciencia negra de las letras haitianas y las indujo a mirar no a Europa sino a África, la tierra de su pasado ancestral.
El tema del negro y la identidad del Caribe, donde tiene su semilla lo real maravilloso de Alejo Carpentier, encuentra eco y resonancia en la poesía negroide o afroantillana de nuestro Manuel del Cabral, en un libro como Trópico negro para conformar, junto a Luis Palés Matos en Puerto Rico y a Nicolás Guillén en Cuba, la trilogía de la poesía negra o antillana, cargada de humor, música, sonidos y mitos.
La dictadura de Francois (Papa Doc) Duvalier en Haití y su dinastía, transformó la escritura de tema negrista, poniendo en crisis la conciencia creadora de sus poetas, desde finales de los años 50 hasta la caída de Jean Claude (Baby Doc) Duvalier, en 1986. La tiranía de los Duvalier impuso lo que el poeta René Depestre llama “un fascismo negro”. Los poetas haitianos y dominicanos conocieron las dictaduras y el exilio. De ahí la similitud de su canto en ciertos momentos de su poesía, como en Pedro Mir, en nuestra tradición de poesía social.
Esta antología representa un homenaje al poeta haitiano-dominicano Jacques Viau, quien abonó con su sangre redentora el camino de la confraternidad y la solidaridad mutua. Viau Renaud es el gran mártir de la poesía dominicana del siglo XX, como lo fueron en el siglo XIX, Eugenio Perdomo y Manuel Rodríguez Objío: el primero muerto en combate frente al invasor, y los dos últimos, fusilados. Jacques es el poeta asesinado en la defensa no de su patria nativa, sino de su patria adoptiva y de sueños. Fue un emblema del internacionalismo: el “hombre-isla”, como lo llama Samuel Gregoire. La poesía de Viau nos ilumina y nos sirve de memoria contra el olvido; nos enseña a olvidar el pasado y a defender la patria donde se vive. Con su ejemplo nos dio una lección de vida y de muerte, “de moral y de civismo” –como reza el himno a nuestra bandera.
Las voces de estos poetas antologados sobrevuelan la isla y se olvidan de las fronteras humanas y artificiales. Se trata de poemas escritos en letras mestizas, en lenguas diferentes, pero mezclados por la historia y la cultura. Esta antología representa la reconstrucción de una isla imaginaria, en un espacio mágico y común, en la construcción de una comunidad fantástica mulata, unida por los hilos invisibles de las metáforas y los tropos, tejidos con versos de azúcar, merengue y tabaco.
Esta muestra poética es la primera en su tipo en las letras y en las relaciones entre Haití y la República Dominicana. Se debe al esfuerzo, a la iniciativa y al empeño del Ministerio de Cultura –durante la gestión de José Rafael Lantigua–, en coordinación con la Fundación Pro-cultura, que preside Gastón Saint Fleur, por hacerla posible y real. Esta edición contribuye a promover la poesía dominicana en Haití, y la haitiana en nuestro país, y a crear un cruce de caminos en dos vías para cumplir con un anhelo histórico de acercamiento cultural, a través de la creación literaria.
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