‘’Dios amaba a los pájaros e inventó los árboles. El hombre amaba a los pájaros e inventó las jaulas’’ -Jacques Deval
"Aves en el ventanal", de Avelino Stanley, es una obra publicada en su primera edición en 2026 por Editorial de la Universidad de Puerto Rico, con ilustraciones de portada e interior de Sophia Figueroa. Esta obra se presentará en la Feria del Libro el lunes 28 de septiembre, a las 4:00 p.m. En el Pabellón Identidad y Ciudadanía (Auditorio Museo de Arte Moderno). Esta novela también puede adquirirse en Amazon.
A través de una narración cercana, familiar y cargada de humor, Avelino Stanley construye mucho más que una historia sobre aves: construye una reflexión acerca de la libertad, el amor, los vínculos familiares, la confianza y la manera en que aprendemos a relacionarnos con aquello que queremos.
La historia parte de un reencuentro. Después de tres años de distancia, un abuelo viaja a Puerto Rico para encontrarse con su hija, su esposo y sus nietos, Darwin, Dulce y July. Desde ese momento, el viaje se convierte en una experiencia de descubrimiento. Los niños descubren las aves de la familia y, posteriormente, el abuelo les muestra un tipo diferente de relación con la naturaleza: las aves que llegan libremente a su ventanal. Así, lo que parece al principio una sencilla visita familiar termina convirtiéndose en una lección sobre lo que significa verdaderamente amar.
El ventanal se transforma entonces en el corazón simbólico de la obra. Es una frontera, pero también una puerta. Separa el interior del exterior, la casa del bosque, al ser humano de la naturaleza; pero al mismo tiempo permite que ambos mundos se encuentren sin necesidad de poseerse. Las aves llegan, comen, observan y vuelven a marcharse. Nadie las obliga a regresar. Y precisamente por eso su regreso adquiere un significado profundo.
Hay ausencias que se pueden medir con calendarios, kilómetros y horas de viaje. Pero también existen ausencias que solo pueden medirse por lo que cambia mientras esperamos.
‘’Tres años pasaron desde la última vez que visité a Darwin y Dulce. Un mundo nuevo se creó en todo ese tiempo’’ (página 13).
El abuelo llevaba tres años sin visitar a Darwin y Dulce, y durante ese tiempo había aparecido July, una nueva integrante de la familia. El reencuentro en el aeropuerto tiene, por eso, algo de ceremonia. Los rostros deben reconocerse nuevamente, las memorias deben unir el pasado con el presente y los abrazos deben recuperar todo aquello que el tiempo dejó suspendido.
El texto presenta el abrazo familiar como una especie de reparación de la distancia: seis personas terminan formando un solo abrazo. La imagen resulta profundamente filosófica porque plantea una pregunta sencilla: ¿qué hace el tiempo con los vínculos que realmente importan?
Quizás el tiempo no destruye necesariamente el amor. Lo transforma. Los niños crecen, aparecen nuevas personas, cambian los cuerpos y las circunstancias, pero aquello que permanece en el alma puede atravesar los años.
La tecnología permite hablar a distancia, pero la obra insiste en que la presencia posee otra profundidad. Las llamadas por WhatsApp permiten escuchar y mirar, pero no sustituyen completamente el encuentro físico. La pantalla transmite una imagen; el abrazo transmite una experiencia.
La familia necesita presencia porque el amor también es una forma de estar.
Y ese estar juntos se convierte en una de las grandes riquezas de la obra.
Hay caminos que no se cuentan
con mapas ni estaciones.
Se cuentan con abrazos
que llegaron demasiado tarde,
con voces que atravesaron pantallas,
con nombres repetidos en silencio.
Pero cuando finalmente regresan los cuerpos,
cuando una mano encuentra otra mano,
cuando la mirada reconoce la mirada,
la distancia descubre su derrota.
Porque hay afectos
que no viven en los calendarios.
Duermen,
esperan,
y cuando vuelven a encontrarse
parece que nunca se fueron.
El gran descubrimiento filosófico del libro aparece cuando los niños llegan a la República Dominicana y conocen las aves que visitan el ventanal del abuelo.
Dulce inicialmente no comprende la diferencia. Para ella, tener un ave significa poder verla, tocarla, alimentarla y poseerla. Su experiencia anterior está relacionada con aves en una pajarera. Por eso se sorprende cuando descubre que las aves del abuelo no están encerradas.
‘’—Las aves que tengo vienen libremente a mi ventanal.
Y Dulce, llena de asombro:
—¿Quéééééé?
—Si las aves vienen donde ti y siguen siendo libres, es porque verdaderamente te pertenecen’’ (página 64)
El abuelo le explica que aquellas aves llegan porque quieren. No tienen jaulas. No tienen nombres impuestos. No existe una obligación que las haga regresar. El vínculo está construido sobre la libertad.
Aquí aparece una de las ideas más hermosas del libro: amar no siempre significa tener.
La cultura humana ha confundido muchas veces el amor con la posesión. Decimos "mi amigo", "mi familia", "mi mascota", "mi persona", como si el afecto pudiera convertir a otro ser en propiedad. Pero la obra propone una idea distinta: quizá un vínculo es más verdadero cuando puede existir sin cadenas.
El ave que regresa por voluntad propia vale más que el ave que permanece porque una puerta cerrada no le permite salir.
Esto convierte al ventanal en un símbolo extraordinario. No es una jaula. Es un lugar de encuentro.
El abuelo pone alimento, pero no exige compañía. Las aves pueden marcharse. Pueden regresar al día siguiente o no hacerlo. Él tampoco queda atrapado en una obligación permanente. De esta manera, la libertad pertenece a ambos: al ave y al hombre. El propio texto establece que la libertad de las aves también significa libertad para el dueño.
La enseñanza es sencilla, pero profunda: cuando dejamos libre aquello que amamos, descubrimos si existe realmente un vínculo o solamente una posesión.
No puse una jaula en mi ventana,
solo dejé un poco de alimento
y el espacio suficiente
para que pudieras marcharte.
No te llamé por un nombre,
porque quizá nombrarte
era querer encerrarte en una palabra.
Viniste cuando quisiste.
Te fuiste cuando quisiste.
Y cada regreso tuyo
fue una respuesta silenciosa:
no siempre se queda quien no puede irse;
a veces se queda
quien tiene el cielo entero
y aun así
elige volver.
La libertad conduce naturalmente a otra de las grandes ideas del libro: la confianza.
En varios momentos, las aves se acercan al abuelo porque han aprendido que no representa una amenaza. Algunas incluso llegan a su mano. Pero cuando July intenta hacer lo mismo, las aves se alejan. Ella no comprende por qué.
El abuelo le explica que la confianza no puede exigirse. Se obtiene mediante las buenas acciones y puede perderse con facilidad.
Esta enseñanza aparentemente dirigida a los niños funciona también como una reflexión sobre las relaciones humanas.
Nadie puede decir: "Confía en mí" y considerar que esa frase es suficiente. La confianza necesita tiempo. Necesita coherencia. Necesita comprobar que nuestras acciones corresponden con nuestras palabras.
La confianza se parece mucho a un ave: si intentamos atraparla, puede escapar.
Por eso el episodio de la cotorra extraviada resulta tan importante. Dulce la atrapa y considera que, por haberla encontrado, ahora le pertenece. El abuelo le muestra otra perspectiva: si el ave tiene dueño, apropiarse de ella sería injusto. Lo correcto es buscar a quien la perdió y devolvérsela.
La obra plantea así una ética sencilla: no todo aquello que podemos tomar nos pertenece.
Esta idea supera incluso el mundo de las aves. Puede aplicarse a los objetos, a la naturaleza, a las relaciones y a las personas. Tener la capacidad de poseer algo no significa tener el derecho de hacerlo.
El amor verdadero reconoce límites.
La confianza también.
Otro elemento fundamental de ‘’Aves en el ventanal’’ es que la naturaleza no aparece únicamente como decoración. Las aves enseñan.
Cada especie posee una característica particular. El ruiseñor canta; las tórtolas representan simbólicamente el amor y la fidelidad; las ciguas construyen sus nidos; el pájaro carpintero trabaja incansablemente; las aves migratorias enseñan que la vida también consiste en desplazarse.
El abuelo observa y explica, pero también aprende junto a los niños.
La naturaleza se convierte así en un libro abierto.
El ventanal es como una página transparente donde cada mañana aparece una nueva lección.
Y quizá por eso el libro insiste tanto en el canto. El narrador relaciona la felicidad de las aves libres con su capacidad de cantar, mientras que el cautiverio aparece asociado a la tristeza.
Desde una lectura filosófica, el canto puede interpretarse como una metáfora de la libertad interior. Todo ser necesita alguna forma de expresión. Cuando puede vivir de acuerdo con su naturaleza, encuentra una manera de manifestarse.
El ser humano también necesita su propio canto.
A veces ese canto es una profesión. Otras veces es el arte, la amistad, la familia, la escritura, la música o simplemente la posibilidad de vivir sin sentirse atrapado.
Las aves no conocen fronteras
del modo en que las conocemos nosotros.
No preguntan dónde termina una isla,
dónde empieza otra,
qué nombre tiene el árbol,
ni quién dibujó el cielo.
Vuelan.
Y en ese verbo pequeño
cabe una filosofía entera.
Volar es confiar en el aire.
Regresar es confiar en el camino.
Cantar es decir:
"todavía estoy aquí".
Quizás por eso las mañanas
parecen más grandes
cuando un pájaro las atraviesa.
Uno de los mayores cambios del libro ocurre dentro de Dulce.
Al principio, ella prefiere las aves enjauladas porque puede tocarlas y cuidarlas. Desde su perspectiva infantil, cuidar equivale a tener cerca. La libertad parece inconveniente porque significa que las aves pueden marcharse.
Pero después del viaje a la República Dominicana comienza a mirar de otra manera las aves que tiene en Puerto Rico. Empieza a percibir tristeza en ellas y llega a la conclusión de que deben ser liberadas.
Este momento representa una verdadera transformación moral.
Dulce deja de preguntarse solamente qué quiere ella y comienza a preguntarse qué necesitan las aves.
Ese cambio es enorme.
‘’ —Mamá, hay que liberar las aves. Desde que llegué de la república siento que ellas me transmiten la tristeza de su cautiverio’’ (página 139)
Crecer no consiste únicamente en saber más cosas. También consiste en aprender a mirar desde el lugar del otro.
Dulce comprende que puede amar a las aves y, precisamente por amarlas, abrir la puerta.
Cuando libera a las aves, algunas se marchan inmediatamente. Sin embargo, los cockatiels permanecen cerca y posteriormente regresan. Con el tiempo se convierten en una bandada libre que habita los árboles de la vecindad y cuyo canto aparece ahora con una fuerza que antes no se escuchaba en cautiverio.
Aquí se encuentra quizá la paradoja más hermosa de la obra:
Dulce pierde la posesión de sus aves, pero gana una relación con ellas.
Cuando estaban encerradas, las tenía.
Cuando las liberó, pudo empezar a encontrarse con ellas.
La libertad no destruyó el vínculo. Lo hizo más verdadero.
Y la frase de Dulce —esperar que las aves también le den su libertad— abre una dimensión todavía más profunda. Liberar al otro puede ser también una forma de liberarnos a nosotros mismos.
Abrí la puerta
y tuve miedo.
No de que las aves se fueran,
sino de descubrir
que quizá nunca volverían.
Pero el amor no pregunta:
"¿Cuánto tiempo te quedarás?"
Pregunta:
"¿Puedes ser tú mismo aquí?"
Y entonces abrí.
El cielo entró primero.
Después entraron las alas.
Yo me quedé con las manos vacías,
pero por primera vez
mis manos no estaban cerradas.
El libro también construye una reflexión sobre la identidad caribeña.
El viaje entre Puerto Rico y República Dominicana no es solamente geográfico. Es un viaje entre familias, culturas, recuerdos y raíces. Los niños viven en Puerto Rico, pero mantienen una relación con la República Dominicana a través de sus padres y abuelos.
La expresión "domirriqueña", pronunciada por Dulce, condensa esta identidad múltiple. El libro presenta el Caribe como un espacio donde las fronteras políticas no siempre corresponden con las fronteras afectivas.
La identidad no aparece como una caja cerrada.
Puede tener más de un paisaje, hablar con diferentes acentos.
Puede comer mangú, escuchar bachata, conocer el coquí y sentirse parte de más de una tierra.
En este sentido, las aves vuelven a funcionar como metáfora. Ellas cruzan espacios sin pedir permiso a las fronteras humanas. El vuelo desconoce los límites que nosotros dibujamos en los mapas.
El Caribe del libro se presenta entonces como una familia extensa, separada por mares pero unida por historia, música, afectos y migraciones.
Toda reunión contiene secretamente una despedida.
Después de tantos encuentros, llega nuevamente el momento de la partida. El abuelo sabe que va a extrañar las voces, los juegos, las aves, los coquíes y especialmente la presencia de sus nietos. La felicidad del reencuentro contiene desde el principio la certeza de que habrá que separarse nuevamente.
Esta es una de las verdades más humanas de la obra: nada permanece exactamente igual.
Los niños crecen.
Los viajes terminan.
Las aves vuelan.
Las personas parten.
Pero que algo termine no significa que haya sido inútil.
Quizá el sentido de ciertos encuentros está precisamente en que no pueden durar para siempre.
El abuelo no puede detener el tiempo. Tampoco puede quedarse indefinidamente. Lo que puede hacer es guardar los momentos vividos.
Y ahí vuelve a aparecer la memoria.
La memoria es otra forma de ventanal: permite mirar hacia algo que ya no está físicamente presente.
"Aves en el ventanal" puede leerse como una historia familiar, como una obra infantil sobre animales, como una narración de viajes o como una celebración de la cultura caribeña. Pero debajo de todas esas capas existe una pregunta mucho más profunda: ¿qué significa amar sin poseer?
Las aves responden a esa pregunta con sus alas.
La familia responde con sus abrazos, Dulce abriendo las puertas de la pajarera, July enfrentando sus miedos, y el abuelo dejando que las aves lleguen y se marchen.
Y el ventanal responde permaneciendo abierto.
La obra nos recuerda que la libertad no es simplemente la ausencia de cadenas. Es la posibilidad de elegir. Y cuando alguien puede elegir quedarse, su permanencia adquiere un valor diferente.
Por eso las aves del ventanal son una metáfora tan poderosa.
Ellas podrían no regresar.
Sin embargo, regresan.
No porque estén obligadas o porque pertenezcan al abuelo y exista una jaula.
Regresan porque encontraron un lugar donde pueden seguir siendo aves.
Tal vez eso mismo buscamos los seres humanos durante toda la vida: lugares donde podamos regresar sin dejar de ser quienes somos.
Una familia puede ser ese lugar, una amistad, una casa, una persona.
Y también puede serlo un recuerdo.
El libro deja, finalmente, una enseñanza que parece sencilla pero que requiere toda una vida para comprender: lo que verdaderamente amamos no necesita cadenas para permanecer cerca.
Quizá por eso el ventanal no es solamente una ventana.
Es una frontera abierta.
Un espacio entre el adentro y el afuera, tener y dejar ser, partir y regresar, el miedo y la confianza, la infancia y la comprensión.
Y cada vez que un ave aterriza allí, parece decirnos, sin palabras, que la libertad no siempre significa irse.
A veces, la libertad también consiste en poder volver.
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