A la memoria del doctor José Ramón Albaine Pons
Durante siglos, filósofos y científicos se preguntaron: ¿qué somos realmente? ¿Un cuerpo que funciona o una mente que piensa?
La tradición occidental ha oscilado entre dos ideas: que la mente y el cuerpo son cosas separadas, como si viviéramos con un “yo” fantasmagórico flotando dentro del cuerpo; o, segunda idea, que todo es pura materia, y la mente no es más que el cerebro funcionando.
A mi entender, ninguna de esas ideas agota la realidad. La mente y el cuerpo forman un solo organismo en acción. Somos seres encarnados: nuestra conciencia, nuestros sentimientos, incluso nuestra creatividad, surgen del cuerpo que tenemos, del mundo que habitamos y que resentimos, dependiendo siempre a cómo interactuamos con él.
Dualismo clásico y escisión ontológica
En la tradición filosófica occidental, el dualismo psicofísico adquirió una forma especialmente influyente con Platón (427 a.C.-347 a.C.) y, más tarde, con René Descartes (1596-1650).
En la filosofía cartesiana, la mente —identificada con el alma— y el cuerpo pertenecen a dominios ontológicos distintos. La res cogitans se caracteriza por el pensamiento y la autoconciencia, mientras que la res extensa se define por la espacialidad y la sujeción a leyes mecánicas. Dicha separación permitió articular una concepción del ser humano compatible con la nueva ciencia moderna, preservando la racionalidad, la libertad y la responsabilidad moral frente a una naturaleza concebida como sistema determinista.
Sin embargo, esa comprensión introdujo un problema de gran calado: el de la interacción causal entre mente y cuerpo. Si ambos pertenecen a sustancias distintas, ¿cómo puede explicarse que los estados mentales produzcan efectos físicos, y viceversa?
La dificultad para responder esa pregunta marcó el destino del dualismo, que, aun siendo conceptualmente influyente, quedó progresivamente atrapado por sus propias implicaciones.
Spinoza y el monismo como alternativa
La crítica más radical y sistemática al dualismo cartesiano fue formulada por Baruch de Spinoza (1632-1677). En su Ética demostrada según el orden geométrico, Spinoza sostiene que no existen dos sustancias, sino una única realidad que puede ser comprendida bajo distintos atributos, entre ellos el pensamiento y la extensión.
De ahí que mente y cuerpo no interactúen causalmente porque no son entidades separadas: son dos modos de expresión de una misma sustancia.
Ese monismo ontológico elimina el problema de la interacción, pero transforma profundamente la concepción de la mente. La mente ya no es una entidad que gobierna el cuerpo desde fuera, sino la idea del cuerpo mismo.
La antedicha concepción, durante mucho tiempo marginal, anticipó enfoques contemporáneos que subrayan la continuidad entre lo mental y lo corporal, y cuestionan la imagen de una mente desencarnada.
Materialismo y sospecha moderna
A partir del siglo XVIII, el desarrollo de las ciencias naturales favoreció el auge de posiciones materialistas.
Autores como Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) defendieron que la mente no es más que una función del cuerpo organizado. Sin embargo, ese materialismo temprano fue percibido como reduccionista, incapaz de dar cuenta de la intencionalidad, la conciencia y la normatividad de la experiencia humana.
Durante el siglo XIX y buena parte del XX, el dualismo se mantuvo implícitamente reforzado por divisiones epistemológicas, como la establecida por Wilhelm Dilthey (1833-1911) entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu. Esa separación contribuyó a consolidar la idea de que lo mental requería un tipo de explicación radicalmente distinto del aplicado a los fenómenos naturales.
El giro analítico: Ryle y la crítica conceptual
En el siglo XX, la filosofía analítica reformuló la crítica al dualismo desde una perspectiva conceptual. Gilbert Ryle (1900-1976), en The Concept of Mind (1949), sostuvo que el dualismo cartesiano incurre en un error categorial al tratar la mente como una cosa del mismo tipo que el cuerpo. Los términos mentales, según Ryle, no designan entidades ocultas, sino disposiciones, habilidades y formas de comportamiento.
Esa crítica no elimina la mente, pero rechaza su reificación. El problema mente-cuerpo deja de ser una cuestión sobre la interacción entre dos sustancias y pasa a ser una cuestión sobre cómo describimos y explicamos distintos aspectos de la conducta y la experiencia humana.
Naturalismo y emergencia: Searle
Fue John Searle (1932-2025) el que propuso una vía intermedia entre el dualismo y el eliminativismo.
En Minds, Brains and Science (1984) y en The Rediscovery of the Mind (1992), sostuvo que la conciencia es una propiedad biológica emergente del cerebro. Los estados mentales son causados por procesos neuronales y, a su vez, poseen eficacia causal. No hay dos tipos de realidad, sino distintos niveles de descripción de un mismo fenómeno.
La propuesta de Searle se inscribe en un monismo emergentista: lo mental depende ontológicamente de lo físico, pero no se reduce sin resto a la descripción físico-química. Su posición tuvo un papel central en la transición hacia los debates contemporáneos, al rechazar tanto el dualismo clásico como el reduccionismo eliminativo.
Neurociencia y crítica al cartesianismo
El desarrollo de la neurociencia en las últimas décadas ha hecho insostenible cualquier forma fuerte de dualismo. Investigaciones sobre el cerebro han mostrado correlaciones sistemáticas entre estados mentales y procesos neuronales.
António Damasio (n. 1944), en Descartes’ Error (1994), argumentó que la separación cartesiana entre mente racional y cuerpo emocional constituye un obstáculo para comprender la cognición humana. La razón, lejos de ser un proceso puramente abstracto, está profundamente arraigada en la regulación corporal y emocional.
En obras posteriores como Looking for Spinoza (2003), Damasio reforzó esa crítica estableciendo un diálogo explícito con el monismo espinosista. Y, en una línea complementaria, Oliver Sacks (1933-2015) mostró, a través de estudios clínicos, cómo las alteraciones cerebrales afectan a la identidad personal, subrayando la imbricación profunda entre mente, cerebro y cuerpo.
Dennett y la desmitificación contemporánea de la conciencia
En el debate contemporáneo, Daniel Dennett (1942-2024) ocupa ‘el’ lugar central. Su crítica al “teatro cartesiano” rechaza la idea de que exista un centro interno donde se presentan los contenidos conscientes.
En From Bacteria to Bach and Back (2017), Dennett defiende una concepción evolutiva y funcional de la mente: la conciencia no es una entidad adicional, sino un conjunto de procesos distribuidos que cumplen funciones de adaptatición.
Desde esa perspectiva, el filósofo estadounidense sostiene un naturalismo radical que busca evitar cualquier residuo dualista, incluso en versiones aparentemente sofisticadas. Su postura, a menudo caracterizada como ilusionismo, no niega la existencia de los fenómenos mentales, sino que cuestiona la interpretación metafísica que los convierte en un problema ontológico especial.
Frente a estas posiciones, David Chalmers (n. 1966) ha insistido en que las explicaciones funcionales y neurobiológicas no agotan el fenómeno de la conciencia. Desde The Conscious Mind (1996) hasta trabajos recientes sobre el “meta-problema de la conciencia”, Chalmers sostiene que existe una brecha explicativa entre los procesos físicos y la experiencia subjetiva.
Aunque su propuesta de un dualismo de propiedades no goza de consenso, su importancia radica en mantener abierta la cuestión de si el naturalismo contemporáneo puede explicar adecuadamente la cualidad fenomenológica de la experiencia o si deja un residuo conceptual sin resolver.
Uno de los desarrollos más influyentes de lo que va del siglo XXI es el abandono del modelo computacional clásico de la mente. Enfoques como la cognición encarnada, el enactivismo y la mente extendida sostienen que los procesos mentales no pueden comprenderse como operaciones internas del cerebro aislado. Autores como Francisco Varela (1946-2001), Evan Thompson (n. 1958) y Andy Clark (1947) han defendido que la mente emerge de la interacción dinámica entre cerebro, cuerpo y entorno.
El marco del procesamiento predictivo, desarrollado en la última década, concibe el cerebro como un sistema que anticipa y regula activamente su relación con el mundo. En ese contexto, la distinción mente-cuerpo deja de ser un problema ontológico central y pasa a entenderse como una distinción entre niveles explicativos de un mismo proceso corporalmente situado.
Todo está conectado: cerebro, cuerpo y mundo funcionan juntos.
A modo de conclusión, la mente no está separada del cuerpo, ni el cuerpo es solo materia. Somos seres encarnados.
La conciencia surge de cómo vivimos en nuestro cuerpo y en nuestro entorno. Reconocerlo cambia nuestra forma de vernos a nosotros mismos: no somos un cerebro con patas, ni un alma flotante, sino un organismo que piensa, siente y actúa como un todo.
El problema mente-cuerpo no ha desaparecido, pero sí se ha transformado profundamente. Ya no se trata de elegir entre dualismo y materialismo, sino de articular una concepción del ser humano que integre la experiencia consciente en una imagen naturalista del mundo sin empobrecerla ni mistificarla. La mente es corporal, emergente, situada y dinámica. Comprenderla exige un diálogo constante entre filosofía y ciencia, no como disciplinas rivales, sino como prácticas complementarias orientadas a esclarecer qué significa ser un organismo que piensa, siente y actúa indisolublemente en el mundo.
Bibliografía
Clark, A. (2016). Surfing Uncertainty. Oxford University Press.
Clark, A., & Chalmers, D. (1998). The Extended Mind. Analysis, 58(1).
Chalmers, D. J. (2018). The Meta-Problem of Consciousness. Journal of Consciousness Studies.
Dennett, D. C. (2017). From Bacteria to Bach and Back. W. W. Norton.
Damasio, A. (1994). Descartes’ Error. Putnam.
Damasio, A. (2003). Looking for Spinoza. Harcourt.
Ryle, G. (1949). The Concept of Mind. Routledge.
Searle, J. R. (1992). The Rediscovery of the Mind. MIT Press.
Spinoza, B. (1677/2011). Ética. Alianza.
Thompson, E. (2007). Mind in Life. Harvard University Press.
Varela, F., Thompson, E., & Rosch, E. (1991). The Embodied Mind. MIT Press.
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