Octavio Paz no quería ser eterno. Por eso murió en plena primavera de 1998.Como se sabía mortal le pidió, suplicó, al genio de la lámpara sus últimos deseos. Pidió -aprovechando que el genio había amanecido muy dadivoso- más de tres.
La sensatez, pero no cualquiera, sino aquella que tuvo poco antes de morir el más grande y noble de todos los caballeros andantes.
La lucidez, la conciencia, de ser hijo de un tiempo.
El retorno al origen, a lo incierto, a ese estado que existía antes de nacer.
El encuentro con Él, ¿con Dios?
El abrazo del ayer, del ahora y del luego en un único instante.
Los ojos ubicuos para poder mirar al mismo tiempo: adelante, atrás, abajo, a los lados, arriba.
La transparencia de esa cosa invisible que le da la vida al cuerpo.
Nada extraordinario, simplemente ver el mundo sin sombras, con calma, con luz, aunque exista lo feo, aunque se abra el horror.
Tener bien cerquita el sonido de ella cuando empiece el final.
Y ser recordado y olvidado exactamente a la misma hora que lo diga el reloj: a las diez y treinta y cinco de la noche de un diecinueve de abril.
Disfrutemos de ese Paz no surrealista. El Paz que muchos preferimos. El Paz que nos golpea –sin hacernos daño- con la palabra netamente humana y artísticamente bien dicha.
Leamos Deprecación (publicado once años antes de Octavio morir). Y luego anotemos nuestros deseos postreros. Tarde o temprano el genio de la lámpara también se nos aparecerá.
Deprecación
No he sido Don Quijote,
no deshice ningún entuerto
(aunque a veces
me han apedreado los galeotes)
pero quiero,
como él, morir con los ojos abiertos.
Morir
sabiendo que morir es regresar
adonde no sabemos,
adonde,
sin esperanza, lo esperamos.
Morir
reconciliado con los tres tiempos
y las cinco direcciones,
el alma
-o lo que así llamamos-
vuelta una transparencia.
Pido
no la iluminación:
abrir los ojos,
mirar, tocar al mundo
con mirada de sol que se retira;
pido ser la quietud del vértigo,
la conciencia del tiempo
apenas lo que dure un parpadeo
del ánima sitiada;
pido
frente a la tos, el vómito, la mueca,
ser día despejado,
luz mojada
sobre tierra recién llovida
y que tu voz, mujer, sobre mi frente sea
el manso soliloquio de algún río;
pido ser breve centelleo,
repentina fijeza de un reflejo
sobre el oleaje de esa hora:
memoria y olvido,
al fin,
una misma claridad instantánea.
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