En la ruralía dominicana se observa la presencia de una cosmovisión religiosa que todavía usa las representaciones de los afluentes hídricos para recrear o rememorar formas y pensamientos abstractos religiosos que se estructuraron en el marco simbólico y material de las culturas neolíticas de la Isla de Santo Domingo.
Son numerosos los datos etnográficos que nos hablan de la presencia del viejo animismo aborigen en relación con las fuentes hídricas. En el lugar de lo que fluye hay palabras que se murmuran o hablan mediante la aparición de seres sobrenaturales que aparecen en los sueños o en los espacios boscosos con naturaleza intacta, en los que pueden aparecer indios que trenzan el pelo o entregan regalos en forma de pepitas de oro o algún otro obsequio en forma de piedra para proteger a la persona, entre otros.
Esa memoria cultural está presente y sus seguidores están convencidos de que, en alguna parte del río, hay una cueva, un remolino o una poza que puede tragarte y llevarte al país de los indios.
La historia la cuentan los adultos por tradición oral u otros dan cuenta de que vivieron dicha experiencia en algún momento de su vida y la comunican a sus familiares o a algún antropólogo o hidrólogo que suele preguntar sobre la historicidad del río y su manejo.
Estas configuraciones y creencias culturales encontradas en mis investigaciones se reproducen en los campos, al margen de los diálogos interculturales, del proceso de hibridación y de las conceptualizaciones globales. Responden a formas de valoración anteriores a la colonia que lograron pervivir en los bordes de la cultura, ocultándose como formas de interlocución no dominante y mezcladas con las recreaciones africanas de la cultura y de la opresión impuesta por el colonizador.
Puedo decir que la comunicación con los afluentes son experiencias que se asocian directamente con los originarios. En sus relatos, Opiyelguobirán se hundió en una fuente de agua para escapar de los colonizadores; los cemíes podían salir de las aguas y existían dioses vinculados con el río, como la diosa Itabo.
Las aguas tenían su origen en las lágrimas de los dioses; el más conocido es Boynayel. Otra fue Ithiba Caubaba, que formó el mar al parir las nuevas generaciones que poblaron la isla y las diferentes especies que hoy forman parte de la vida marina.
Las representaciones simbólicas que se han perpetuado, a partir de modelos polarizados de cultura (élite/popular, alta/baja), según lo plantean algunos estudiosos como Mahon, son parte de las experiencias que resistieron el paso del tiempo a través de los relatos orales que nos cuentan los aldeanos.
Los afluentes de agua están vivos y tienen emociones que pueden anunciarse con las riadas, las sequías o la desaparición de los pozos de agua. Los animales, como las jaibas, los peces de agua dulce, los camarones, etc., tienen el poder de dañar, proporcionar alimentos y dar medicina para la cura.
Los bosques ribereños eran vistos como guardianes de la memoria del río. Por tal razón, las piedras de los ríos eran marcadas no solo para establecer lindes geográficos; también anunciaban la fuerza de las aguas como potencia que comunica lo de adentro con lo de afuera.
El agua limpia es interpretada como un espíritu que canta. Es una voz que constela la historia de la tierra, seres arcaicos que representan una realidad que solo puede ser vista por los hombres o mujeres medicina o por alguna persona que tiene alma pura, como la hicotea o especies ya desaparecidas de los ríos por la contaminación y la deforestación de los bosques ribereños, así como por la aparición de las hidroeléctricas y de las actividades mineras.
El alma del agua de los ríos y otros afluentes es múltiple por la vida que crece en sus aguas y los cuerpos que pueden entrar y salir, tanto en un contexto natural como en la espiritualidad.
Haciendo etnografía he visto ponerles comidas a las jaibas (cangrejo de agua dulce), consideradas indios o sus representantes vivos. Los ofrecimientos pueden ser tubérculos como la yuca, la yautía o el maíz, y frutas, además de ramas de jobo o dulces.
En los hogares encontré agua de manantiales, la cual se recogía bajo ciertas lunas para ser usada en limpieza espiritual o simplemente para echarle el agua a un niño como forma de bautismo previo al que realiza el sacerdote católico.
Las aguas de manantial son usadas para la protección de las viviendas, sanar o limpiar heridas de animales y personas. Esas aguas eran vistas con conciencia mágica y como producto de los regalos que Dios ofrece a los vivos.
En comunidades del sur llegué a ver personas que tiraban el agua del manantial o de un río cuando pasaba un funeral. Esto ayudaba al muerto para que el alma se sintiera fresca en el proceso de tránsito a su morada, entre otras referencias de la cultura popular.
Esa memoria pertenece a un diálogo fundacional que no sucumbió a las fuerzas coloniales. Es la existencia real que no se nombra. Y, por supuesto, es la clave para entender a ese otro que fluye como en las venas de la tierra y que todavía resiste el tiempo.
No cabe duda de que la etnografía se interesa en entender esos valores, creencias, pautas de comportamiento y símbolos de las culturas sobre el agua dulce que fluye sobre nuestra geografía.
En la ruralía existen, a escondidas y sin anunciarse, trozos de memorias, experiencias numinosas de claridad y desabrimientos, en las que el tiempo se desvanece y conecta con una experiencia que impulsa a la escucha de un antiguo lenguaje de las aguas que se creía perdido en el neolítico caribeño.
Como investigadora, cuando cruzo los puentes o observo un río desaparecer, pienso en el sonido de los troncos ahuecados, en los indígenas que emergen en los ríos y te invitan a la profundidad de las aguas, mientras ellos se acicalan lo corpóreo y nos hablan de otros tiempos.
Mi mirada sobre el agua cambió cuando un campesino me explicó que, cuando se tocaba una maraca, la conexión con las aguas no se perdía, ya que el río te hablaba, pues era llamado como una entidad viva. Por tal razón, afloraba la entidad por medio de los sueños o en las apariciones de las aguas cercanas a los afluentes.
En la creencia popular se concibe que la identidad cultural del agua se percibe a través de la sensorialidad (voces, toques, apariciones y sueños, etc.). Esa realidad se le puede presentar a cualquier persona en cualquier momento de su vida dentro del marco de la cultura campesina.
Las identidades que habitan las aguas nunca se fueron como sujeto de la historia. La memoria oral sobre los ríos son matrices contestatarias que son caminos de autenticidad y resisten la presencia de la colonialidad en su versión moderna con la explotación minera.
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