Globalismo. Ingeniería total y control global en el siglo XXI (HarperCollins, 2025) es el sexto libro del escritor y politólogo argentino Agustín Laje. Laje, de 36 años, se ha erigido como una celebridad en el debate político latinoamericano, e incluso ha tenido resonancia fuera del hemisferio, por su postura ideológica bautizada como «Nueva derecha». No debe su fama solo a los libros, sino principalmente a su audiencia de millones de seguidores en YouTube y otras redes sociales, y a su itinerancia internacional como conferencista. Es muy conocido en la República Dominicana, donde ha tenido muchas comparecencias en medios de comunicación y protagonizado debates crispados.
Las primeras tres obras de Laje fueron coescritas con Nicolás Márquez, a quien califica como uno de sus mentores intelectuales. Los mitos setentistas: mentiras fundamentales sobre la década del 70 y Cuando el relato es una farsa: la respuesta al relato kirchnerista, publicados en 2011 y 2013 enfrentaron teórica e historiográficamente el peronismo y su variante, el kirchnerismo. Es decir, Laje comenzó su carrera con un abordaje crítico de los efectos de las políticas y narrativas de las izquierdas en Argentina. Posteriormente, con otro libro en coautoría con Márquez y como autor único de tres obras más, sus análisis políticos y culturales se expandieron hacia el terreno internacional, con los títulos El libro negro de la nueva izquierda: ideología de género o subversión cultural (2016), La batalla cultural: Reflexiones críticas para una Nueva Derecha (2022), Generación idiota: Una crítica al adolescentrismo (2023) y finalmente el libro que nos ocupa en estas líneas.
La tesis de Globalismo es definir este concepto como «un régimen político que convierte la totalidad del globo en su teatro de operaciones, y que se consolida mediante la sustracción de la soberanía estatal en favor de entidades supraestatales». Por tanto, como se posiciona por encima de los Estados nación, como «desborda toda frontera», como se sirve organizaciones públicas y privadas de todo el planeta, «el globalismo es el más ambicioso proyecto de poder político jamás visto» (pp. 13, 14). Este régimen, todavía en etapa embrionaria, es la obra, según Laje, de una élite económica global que financia masivamente, desde una filantropía enmascarada, entidades públicas multilaterales como la Organización de las Naciones Unidades y sus agencias, y organizaciones no gubernamentales. A diferencia de la globalización, un inevitable y beneficioso fenómeno de orden económico, que ha posibilitado un intercambio de bienes y servicios de los países entre sí, el globalismo apunta a una dirección política de control de los Estados nación, sustrayéndoles su soberanía y utilizando las instituciones nacionales para promover ideologías y políticas de extrema izquierda, enmarcadas en el «progresismo cultural» y el «wokismo», las cuales reniegan de toda tradición, de Dios, de la patria, de la familia, y degradan la identidad humana. De manera que para Laje hay una voluntad teledirigida de trastocar el principio político cardinal de la Modernidad, que es la soberanía, y de «deconstruir» todo el orden cultural que brinda la tradición y cuya mayor salvaguardia la proporciona la existencia del Estado nación como unidad que cohesiona a los ciudadanos.
A lo largo del libro es constante esta alusión de Laje a una cultura delimitada por la nacionalidad. Se trata de una de las mayores debilidades de su exposición. Para Laje la existencia de un Estado nación, la fijación de unas fronteras, que es un acontecimiento político y jurídico, parece crear como por arte de magia una armonía cultural indivisible. Ignora lo evidente: la multiplicidad de culturas que pueden convivir dentro de una misma nación, la variedad lingüística, religiosa, gastronómica, artística, etc., y las propias operaciones políticas que se han llevado a cabo para la delimitación nacional, que no tienen por qué ser benditas. Laje omite que la cultura es elástica, dinámica, viva, no limitada a una simbología patriótica, no petrificada en el pasado, no exonerada del sincretismo, de la mezcla con otras tradiciones. La precaria concepción de Laje de la cultura es la que le induce a entender la inmigración como un problema: sostiene que otros llegan a nuestros países para socavar nuestra cultura. Comete el error típico del discurso conservador ahistórico: parte de un ficticio grado cero de la cultura, surgido del vacío, clavado a una frontera. El discurso de Laje interpreta la cultura como fruto del Estado nación. El grado cero de la cultura nos llevaría a un momento imaginario a partir del cual se creó la cultura nacional como un todo, cuando la verdad es que la gestación de una cultura, con sus matices y sus contradicciones, es gradual, sincrética y fruto de la coexistencia de diversas comunidades. Para profundizar en estas ideas, es esclarecedor el libro Cultura, del antropólogo italiano Marco Aime, que he reseñado en otro trabajo. Tal como se desprende del trabajo de Aime, no hay culturas intolerantes sino personas intolerantes.
Despotismo, totalitarismo y globalismo
En los primeros dos capítulos de Globalismo, «La dialéctica del despotismo» y «La desmesura del totalitarismo», el autor hace un prolijo repaso de la evolución política de Occidente desde el año cardinal de 1789, con la Revolución Francesa. Este acontecimiento representa la irrupción del «ingeniero social», un tipo de líder político revolucionario que sueña con moldear la mente y el corazón de sus subordinados, no solo con gobernarlos. No se conforma con apropiarse de la autoridad, sino que utiliza el poder como un cincelador de conductas. En el siglo XIX, según Laje, florecen escuelas de pensamiento de cariz ingenieril, como el socialismo, el marxismo, el eugenismo y el racismo, cada una creyendo encontrar la clave de la historia, la explicación de todo. Durante el siglo XX, hace su entrada el totalitarismo, encarnado en el nazismo y el comunismo, dos ideologías aparentemente antitéticas, pero vinculadas en sus pretensiones de «la totalidad del poder para bajar el paraíso a la tierra» (p. 15). A diferencia del despotismo de la Revolución Francesa, que procuraba reorganizar desde cero la sociedad (…) a partir de la razón individual» de los dirigentes, que se situaba al margen de la legalidad tradicional, procediese esta de Dios, la Naturaleza o la Costumbre (p. 24) y que impuso el Terror como forma de gobierno, el totalitarismo va más lejos: desea controlar el pensamiento y lavar el cerebro de la población. Los medios de comunicación masivos le dan posibilidades técnicas inéditas para acometer esa misión (p. 103). A lo largo de todo el texto, Laje hace referencias a cuatro novelas distópicas del siglo XX que dan cuenta de regímenes de ingeniería social: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell; Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y Walden Dos, de B.F. Skinner. En ellas se vislumbra, desde la fantasía literaria, una voluntad de poder a escala planetaria que resulta invasiva respecto de toda área de la vida privada: no hay zona del alma que escape al adoctrinamiento ideológico.
Laje tiene su fe favorita, sus culturas favoritas, sus villanos favoritos. Su discurso respira intolerancia mientras él usurpa en su libro la defensa de la democracia.
Estos primeros capítulos, bastante exhaustivos en el repaso de la historia política de la Modernidad, son una suerte de prefacio para introducir el tema del globalismo en el tercer capítulo. Lo que a Laje le interesa mostrar, al subrayar los desmanes de la Revolución Francesa, el nazismo y el comunismo, es el nacimiento del ingeniero social, figura que hoy en día estaría representada en los agentes globalistas.
Esta es otra falacia del libro, y una muy peligrosa: comparar las actuaciones de regímenes genocidas con instituciones contemporáneas internacionales que, si bien podrían ser objetos de críticas legítimas en sus planteamientos y agendas, han contribuido a la paz en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Las doctrinas extremistas que disecciona Laje condujeron a masacres. Las ideas que prevalecen en los espacios multilaterales de hoy pueden gustarnos o no, pueden ser celebradas o rechazadas, pero no remiten a derramamientos de sangre. Lejos de ello, la ONU y sus agencias han sido un instrumento de diálogo entre países que de otra manera quizás nunca se hubieran sentado juntos en la misma mesa. Como ha establecido el historiador israelí Yuval Noah Harari, «el nacionalismo no tiene solución para ninguno de los problemas del siglo XXI». Y si no lo tiene, es porque el multilateralismo es el entorno en que las naciones pueden solucionar estos problemas, cada una aportando, pero no por sí sola.
Asimismo, Laje olvida que el fervor nacionalista que él tanto defiende fue el caldo de cultivo para los totalitarismos del siglo XX: siempre se trató del «nosotros contra ellos», de la apelación al chovinismo, el tribalismo y el etnocentrismo.
La democracia representativa como ficción necesaria
Laje está consciente de que tanto las instituciones políticas del sistema democrático liberal (pp. 77,78) cuanto las del régimen despótico (pp. 164, 165) son «ficciones» —intersubjetivas, como las denomina Harari, quien se explaya sobre este tema de las instituciones como ficciones necesarias en Sapiens. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad—. El escritor argentino invoca en su genealogía de las ideas políticas posmedievales, a tres pensadores fundamentales: Thomas Hobbes, Jean Jacques Rousseau y John Locke. Pese a la diferencia en sus ideas, ¿no concuerdan en la idea de pacto o contrato social del que surge el cuerpo político, como bien apunta Laje (p. 180)? ¿No son los poderes del Estado, la propiedad privada, la «voluntad general» ficciones que, en los problemáticos arreglos inherentes al ordenamiento político y social, se convierten en leyes? Si Laje cree correctamente que las instituciones son ficciones, entonces sabe que el Estado nación lo es. Estas ficciones establecen reglas de juego, dan a luz orden y cooperación.
De la misma forma que se creó y se desarrolló el Estado nación, crecieron y se desarrollaron las instituciones multilaterales. La cohesión cultural que Laje atribuye como una cualidad inmanente al Estado nación es una farsa, como ya hemos indicado. Las naciones se unen sobre la base de mitos comunes, de «ficciones». Esto no significa que esos mitos carezcan de valor. Esos mitos nos permiten cooperan, tener un sentido de identidad nacional, sentirnos miembros de una comunidad cultural, pero asoma el peligro de creer que esos mitos son consustanciales a nuestra existencia y que tienen un valor superior a los mitos o ficciones de otras comunidades. Un pasaje de Globalismo admite que «cuanto más cerca nos encontramos del desenmascaramiento de las ficciones de las que depende nuestro sistema político, más nos alejamos del totalitarismo» (p. 78). Entonces, si sabemos que participamos en una ficción intersubjetiva, la del Estado demoliberal que hemos hallado idónea para salir de ese peligroso y aislado «estado de naturaleza» que mencionaba Locke, ¿por qué tenemos ahora que oponer la ficción nacional a la ficción de instituciones internacionales que nacieron por acuerdo de los Estados para ser garantes de la paz después de la devastación de dos conflagraciones mundiales?
Para Laje, el problema radica en la arrepresentatividad de los organismos multilaterales. Mientras en los Estados nacionales democráticos, los pueblos eligen a sus gobernantes, quienes toman decisiones en su nombre, el orden internacional está encabezado por funcionarios por quienes nadie votó. El autor concibe a la ONU como la raíz del globalismo, puesto que desde su fundación sus objetivos y funciones «iban mucho más allá de asegurar la paz en el mundo». Se trata, argumenta, de «un cuerpo político diseñado institucionalmente para cubrir las más diversas áreas de la vida de las naciones y sus ciudadanos» (p. 179). Critica que la llegada de la ONU «supone un quiebre en materia de derecho internacional, porque sobrepasa el orden westfaliano que privilegiaba las convenciones entre los Estados como fuente del derecho internacional. La ONU es la eclosión de un orden internacional normado por el multilateralismo que convive con el bilateralismo, pero lo sobrepasa en su poder (p. 183). Cuestiona que, tras el nacimiento de la ONU y especialmente con la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, los derechos estén determinados por los organismos internacionales (p. 184). Esta es la otra falacia de Globalismo: presentar en todo momento los organismos internacionales como entidades que no tienen una vinculación real con los «representantes de la nación». Para Laje, la ficción de la democracia representativa es válida cuando se aplica al interior de las fronteras nacionales. Una vez los representantes nacionales suscriben la membresía de sus países en la ONU, con lo cual acuerdan ceñirse a las reglas de la organización, esa decisión soberana de los países Laje la define como una cesión de su soberanía. En la página 196 Laje lamenta que los representantes nacionales que trabajan o participan en los organismos internacionales «no representan a la ciudadanía, sino al gobierno, que es cosa bien distinta (…) [Los] «representantes» en las instituciones globalistas, en realidad no han sido elegidos por ningún pueblo» (p. 196). Nuevamente, Laje juega a la confusión. En el plano nacional, lo que normalmente ocurre en una democracia liberal es que los pueblos eligen un presidente y un vicepresidente. El presidente nombra directamente, por decreto, a una serie de funcionarios. Estos, a su vez, nombran, a sus subordinados y así sucesivamente. Es decir, de los miles de funcionarios del Poder Ejecutivo, el pueblo solo elige de forma directa a dos. ¿Quiere decir esto que esos funcionarios no representen a nadie? Los representantes de los Estados en los organismos internacionales sí representan al gobierno y a toda la ciudadanía y sus acciones son determinadas por la política exterior de esos países. Esos diplomáticos son nombrados por el presidente o por el ministro de Relaciones Exteriores de cada país. Es el juego, es la «ficción» de la democracia representativa la que está en funcionamiento nuevamente. ¿Por qué para Laje este modelo es funcional al interior de las fronteras, pero le merece un radical rechazo cuando se trata del concierto internacional?
La ONU ha cumplido recientemente 80 años de existencia. Quien lea las páginas de Globalismo, pródigas en un examen casi filológico de los documentos fundacionales de la ONU, pensaría que su advenimiento supondría un desmantelamiento de la democracia en el mundo. 80 años después, más allá de los desaciertos que haya tenido la organización, como toda obra humana, la crítica que con mayor justicia podríamos hacerle no es por un despliegue de poder totalitario por encima de las aspiraciones nacionales, sino todo lo contrario: su impotencia, su pequeñez en muchas ocasiones para enfrentarse como es debido a muchos regímenes autoritarios en el mundo y a la arrogancia y las apetencias desbordadas de las grandes potencias nacionales.
El poder de Estados Unidos y de una élite económica global
En el cuarto capítulo, titulado «Los actores del globalismo», Laje detalla las donaciones que los «ultrarricos» como George Soros, Bill Gates, los Rockefeller y los Ford hacen a las agencias de Naciones Unidas, a través de sus fundaciones. Presenta estos aportes millonarios como un soft power, expresión de una «nueva plutocracia global» que se esconde tras el velo de la filantropía. Estos magnates «han comprometido sus fortunas en hacer avanzar las agendas globalistas». Inmediatamente uno se pregunta qué ganan ellos. Laje dice que no los motiva solo el cálculo económico, sino la pretensión de modelar al mundo conforme a su ideología, la arrogancia de convertirse en hacedores del mundo venidero (pp. 278, 279). Esta situación es descrita como «la privatización de la gobernanza global». Aquí me pregunto: ¿cuál es la verdadera preocupación de Agustín Laje? ¿La existencia de una gobernanza global o su «privatización»? Las credenciales de la ONU son que en 80 años de su existencia no ha habido una nueva guerra mundial. Al mundo le ha quedado tan claro que un escenario internacional con la ONU no es perfecto, pero es mejor que sin ella. Tanto demócratas como autócratas invocan a la ONU para dirimir los asuntos globales, porque todos tienen una voz allí que será escuchada, pese a las asimetrías del poder: es el mayor escenario en la historia de la diplomacia. ¿Le preocupa a Laje que los Estados tengan este escenario que ha prevenido o ha coadyuvado a la solución de guerras y crisis humanitarias? ¿O le preocupa simplemente que este organismo sea «privatizado»? Si los aportes económicos que recibe la ONU y sus agencias son una privatización de ellas, entonces, ¿no están privatizados los Estados, donde el aporte económico para las campañas electorales y otros cabildeos similares influyen en las políticas públicas? Laje puede citar ampliamente las bases de datos de las fundaciones que hacen aportes a la ONU y sus agencias, y las propias rendiciones de cuentas de estos organismos. ¿Podemos acceder a las bases de datos de los donantes que apoyan a los candidatos y funcionarios en nuestros países? Y si accediéramos, ¿serían informaciones transparentes? Laje critica el efecto, pero no la causa. El problema no es que existan los organismos multilaterales y sus políticas incidan en los Estados nación. El problema es la concentración de tanta riqueza, y consecuentemente tanto poder, en tan pocas manos. Pero sobre esto, sobre la fase actual del capitalismo mundial, él no dice una sola palabra.
Globalismo es un ensayo que aborda muchos temas del pensamiento político de Agustín Laje, y con él la lógica de una filosofía política conservadora, y sería muy exhaustivo comentar cada punto. No puedo dejar de mencionar que en los últimos capítulos el autor, que nunca pudo dar una respuesta convincente y fundamentada sobre el motivo que impulsa a los magnates «globalistas» a diseñar sus planes, expresados mejor que nunca, conforme a sus palabras, en la Agenda 2030, dirige su reflexión hacia «la disminución de la natalidad y el control poblacional». Es interesante que Laje presenta esta «guerra contra la natalidad» como un plan siniestro orquestado por la política exterior norteamericana, que usó a la ONU como su instrumento para promover «derechos sexuales y reproductivos» en los países menos desarrollados. Lo que motivó a los Estados Unidos y a la ONU, según Laje, a fomentar que las parejas tuvieran menos hijos y posteriormente a sustituir el concepto de «sexo» por el de «género» para disolver la familia tradicional, es que «el crecimiento poblacional de los países subdesarrollados representa un problema par Estados Unidos porque de ahí obtiene los recursos necesarios para sus industrias (…) una alta natalidad podría traer aparejada una crisis política que bloqueara la explotación y provisión de esos recursos hacia Estados Unidos» (p. 464). Para estos fines se ha promovido en todo el mundo el aborto, la «ideología de género» y «el incremento LGBT». Esto último porque, «con la única excepción potencial de la bisexualidad», no deja «posibilidad alguna de reproducción natural» (p. 497). Laje no admite que la historia documenta la existencia de la homosexualidad en cualquier época, sin que el mundo se haya quedado vacío. Una sociedad en la que la gente no pueda decidir si casarse o no, si tener hijos o no, y su preferencia sexual, es todo menos democrática. ¿Cómo defiende Laje la democracia a lo largo de su libro y se la concede entonces en estas páginas solo a los heterosexuales?
Llama la atención que Laje explicita el uso que Estados Unidos hace de la ONU, pero «más que imperialismo, debemos empezar a llamar[le] globalismo» (p. 484). Para Laje, el problema no es cómo operan los capitalistas del siglo XXI, sino la ONU. No tiene un problema con cómo Estados Unidos maneja su política exterior, sino la ONU. No podemos tapar el sol con un dedo: la ONU no ha tenido toda la independencia que requería para tener más éxito en lograr sus propósitos fundacionales, pero lo mismo podemos decir de la independencia de muchos países. Laje esboza proyectos imperialistas, pero no se inmuta ante ellos, sino que dirige su dedo acusador hacia el multilateralismo. El interés manifiesto de la ONU ha sido elevar los derechos y el bienestar de las mujeres en el mundo y de promover sociedades libres de discriminación, tarea a la que se han sumado, mal que bien, muchos de sus países signatarios. Aseverar que los cambios demográficos en nuestro siglo y los que se proyectan para las próximas décadas obedecen a un plan monolítico raya en lo ridículo. El mundo ha avanzado hacia la integración; la mejora en las condiciones de vida, la urbanización, la educación formal y el aumento de la longevidad han suscitado cambios en el orden familiar y en los proyectos de vida que los individuos confeccionan para sí mismos.
En sus últimas páginas, Laje llama a los cristianos a defender su fe por encima de los lineamientos de los políticos, sean estos de su nación o «globalistas». Es el mismo Laje que ha criticado el apoyo de los organismos multilaterales a la libertad de culto de los musulmanes, por ejemplo. Laje tiene su fe favorita, sus culturas favoritas, sus villanos favoritos. Su discurso respira intolerancia mientras él usurpa en su libro la defensa de la democracia. Para ser un demócrata hay que tolerar. Para hablar de ingeniería social hay que mirar a quienes han controlado el tablero geopolítico y han acumulado todo el poder económico en los últimos siglos y a sangre y fuego han hecho lo que les venga en gana. Pero a esos Laje los defiende con toda el alma.
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