La instalación de la colonia de Saint-Domingue en la parte occidental de la isla de Santo Domingo fue el resultado de un dilatado proceso que involucró a potencias coloniales que luchaban por el control político, económico, social, comercial y marítimo del Caribe. Esta situación contó con un estímulo aún mayor con el monopolio impuesto por las autoridades españolas a sus colonias de allende los mares a partir de 1503 con el establecimiento de la Casa de Contratación de Sevilla.
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Las devastaciones de Osorio y el surgimiento de la colonia de Saint-Domingue
A finales del siglo XVI y principios del siglo XVII la ciudad de Santo Domingo, así como la parte occidental y norte de la isla de Santo Domingo, fueron objeto de múltiples incursiones de parte de las emergentes potencias capitalistas de Inglaterra, Francia, Holanda, Portugal e Italia, cuyos representantes se dedicaron a sitiarla a cambio de rescates, a asaltar las embarcaciones españolas que llevaban productos tropicales a la Península Ibérica y al contrabando e intercambio de mercancías traídas desde Europa por cuero de ganado con los habitantes de las zonas distantes de los principales centros urbanos de la colonia.
Ese proceso llevó a las autoridades españolas, en la persona del rey Felipe III, a autorizar las devastaciones de los territorios de las bandas norte y oeste de la isla de Santo Domingo, acción conocida en la historiografía dominicana como las Devastaciones de Osorio. Estas reciben esta denominación por el hecho de quien las ejecutó a sangre y fuego fue el gobernador de la isla La Española, Don Antonio Osorio y Villegas, ante las múltiples sugerencias de autoridades eclesiásticas, caballeros y militares en retiro con acceso a la Corte, como el arzobispo de Santo Domingo, Agustín Dávila y Padilla, y el escribano de la Real Audiencia de Santo Domingo, Baltasar López de Castro, quien había escrito varios memoriales y los llegó a entregar personalmente a la Corona.
La Real Cédula enviada por el rey Felipe III al gobernador Osorio y al Arzobispo de Santo Domingo, Dávila y Padilla, en la que autorizaba el traslado de la población de las zonas costeras de Puerto Plata, Bayajá y La Yaguana, estaba fechada del 6 de agosto del 1603,[1] no incluía inicialmente las comunes de Montecristi y San Juan de la Maguana, pero en los hechos fueron también afectadas con la acción de despoblación y devastación llevada a cabo por la máxima autoridad de la colonia entre los años de 1605 y 1606.
Entre las razones que establece el monarca español para autorizar el traslado de la población de las zonas costeras de la banda norte de la isla La Española a las inmediaciones de la zona metropolitana de Santo Domingo, destacan las siguientes:
“Don Felipe & Don Antonio Osorio mi gobernador y capitán general de la isla española y presidente de mi audiencia real en ella y Muy Reverendo en Cristo Padre Arzobispo de Santo Domingo de la dicha isla de mi consejo por vuestras cartas y otras se han entendido de la manera que se van continuando los rescates y contracciones y los vecinos de esa isla y los franceses, ingleses y flamencos que condena esto a ella y los grandes los inconvenientes que de esto han resultado y resultan y los mayores que se pueden temer de esta comunicación y de los libros de sus sectas que la llevan y lo que se defraudan los derechos Reales y el apretado estado que todo tiene por esta causa en esas islas y como quiera que por todos los medios que se ha podido se ha procurado remediar estos daños y se ha usado de censuras y enviado jueces para el castigo de los que cometen esos delitos sin temor de daño de sus almas y de la ejecución de tan rigurosas penas como les están puestas ninguna cosa ha bastado para escuchar esta comunicación y los tratos que con esta ocasión hacen en la mar y en la tierra a mis vasallos y las fuerzas que con esto han cobrado los enemigos de nuestra santa fe católica y míos y por ser esta materia de rescates de tanta consideración y de que resulta de servicio a Nuestro Señor y a mi Corona Real he mandado traer con particular cuidado del remedio de ella y para ello se han visto algunas relaciones y papeles que han dado en esta razón personas celosas del bien público y del de esa isla que tienen experiencia de las cosas de ella y entre otros medios que se han propuesto para remedio de todo esto se ha representado por muy conveniente que los tres lugares que están en los puertos de Puerto Plata, Bayajá y La Yaguana que son de la banda del norte de esa isla y está muy distantes y apartados de la ciudad de Santo Domingo donde reside esta Audiencia y está la mayor población de esa isla, a los cuales acuden más de ordinaria los enemigos a hacer sus rescates y donde son acogidos y proveídos de lo que les falta por los vecinos de los dichos lugares y tiene su almacén, se mudasen de donde ahora están poblados hacia la tierra adentro en contorno de esa ciudad de Santo Domingo a cinco, seis y ocho leguas, reduciéndolos a dos poblaciones buenas, en partes cómodas y abundantes de pasto para sus ganados y labores como los hay allí y comodidad de maderas y materiales para reedificar casas con que se les quitaría la ocasión de rescatar con los enemigos por la dificultad con que lo podrían hacer, estando tan a la vista de la Audiencia y tan adentro en la tierra.”[2]
Como se ha podido observar, el rey Felipe III había autorizado dos años antes la ejecución de las devastaciones de Osorio, pero para su ejecución se precisaba un gran contingente de hombres de armas. Esto obligó al Capitán General y presidente de la Real Audiencia, Antonio de Osorio, a buscar refuerzos tanto en la colonia de Puerto Rico como en la de Cuba. De igual manera, su aplicación se retrasó en virtud del fallecimiento del Arzobispo de Santo Domingo, Agustín Dávila y Padilla, el 26 de junio de 1604, a quien el soberano español había corresponsabilizado de llevar a cabo la acción que habría de cambiar el curso de la historia en la isla La Española, posteriormente denominada Santo Domingo, como resultado de la generalización del nombre de la ciudad Primada de América.
Las cosas ocurrieron contrario a lo que esperaba el rey español, cuando expresaba:
“(…) tampoco el desamparar aquellos puertos sería de consideración por haber otros cuarenta y dos tan buenos y mejores despoblados en esa isla adonde los enemigos entran y están el tiempo que quieren con gran seguridad y no habiendo quien rescate con ellos ni los provea de las cosas necesarias dejaran de ir como tampoco van a otras partes despobladas y se seguirán muchos beneficios de la mudanza de los dichos pueblos porque haciéndose las poblaciones en la parte de suso dicha estará toda la fuerza de la isla junta para las ocasiones que se ofreciesen y aseguraran de los negros cimarrones y el trato y comercio crecería enviando sus frutos a España y entrando y saliendo todo por el puerto de Santo Domingo y se beneficiarán de las minas e iría en aumento la población.”[3]
La realidad fue totalmente diferente. Esta decisión generó una gran oposición entre los miembros del Cabildo de Santo Domingo, quienes el 26 de agosto de 1604 se reunieron y enviaron un Memorial al rey Felipe III en el que solicitaban la reconsideración de la medida. Igualmente, algunos miembros de la Real Audiencia de Santo Domingo, como fue los casos de los oidores, licenciados Gonzalo Mejía de Villalobos, Marcos Núñez de Toledo y Francisco Manso de Contreras, quienes hicieron todos los esfuerzos de lugar tanto en Santo Domingo como en las poblaciones afectadas, para retrasar la ejecución de la medida, para lo cual acudieron a personalidades de La Yaguana, tales como los capitanes Bartolomé Hernández y Lope de Villegas, este último Alcalde Mayor.[4]
La rebelión de Guaba fue un movimiento social y político iniciado por criollos en febrero de 1605 en la costa norte de La Española, que duró hasta 1606. Una gran parte de los rebeldes se refugió tanto en Bayamo como en Santiago de Cuba, lugares muy activos en el contrabando con los enemigos de España, con los cuales los criollos de Santo Domingo tenían estrechos vínculos comerciales. La revuelta estuvo encabezada por Hernando Montoro, un rico mulato de origen criollo, poseedor de una gran cantidad de reses en el Valle de Guaba, en la villa de Bayajá.[5]
Los motivos de esta insurrección fueron varios, aunque lo más importante fue la manera despótica del gobernador Antonio Osorio en su idea de reducir las poblaciones que quedaban en las zonas costeras de la isla, particularmente aquellas donde se practicaba el contrabando con mayor intensidad. La importancia de esta insurrección se debió, entre otras razones, a la integración de todos los sectores sociales de las villas de Puerto Plata, Monte Cristi, Bayajá y La Yaguana. Hay que enfatizar que la repercusión de esta rebelión no se limitó a las villas citadas, sino que se extendió a los demás pueblos de la colonia, incluyendo la ciudad de Santo Domingo. La reacción que produjo aquella revuelta trascendió el ámbito local, al tener repercusión en las islas de Puerto Rico y Cuba.[6] Ante la negativa de importantes sectores de la población a las devastaciones, el gobernante Osorio procedió a incendiar todas esas poblaciones y comarcas, cometiendo así uno de los más grandes crímenes ecológicos (ecocidio) de la Isla de Santo Domingo, que el poeta nacional Pedro Mir denominó: “El gran incendio”.
La Iglesia Católica no se quedó de brazos cruzados y algunos de sus sacerdotes reaccionaron ante la disposición de la Corona. En La Yaguana se opusieron de forma directa y activa contra las despoblaciones el cura Diego Méndez Redondo, quien se unió a la población rebelde del Valle de Guaba, y el sacerdote franciscano, fray Rodrigo de la Vega, Guardián del Convento de La Yaguana, mediante un Memorial enviado a Osorio por Bartolomé Cepero y Gaspar de Xuara. De igual manera, en Santo Domingo, el sacerdote jesuita Martín Fumes predicó contra las despoblaciones (ya ejecutadas) y se negó a rectificar su postura, pese a las exigencias del Gobernador de la Isla de Santo Domingo y Presidente de la Real Audiencia, Antonio Osorio[7]
Esta rebelión involucró a todos los sectores sociales de la isla, desde la población llana, los ricos propietarios de hatos y estancias, la iglesia, hasta alcanzar a destacados miembros de la administración colonial. Igualmente importante fue la participación de los negros y mulatos en esta acción social y política. De esto se puede colegir que aquella insurrección sirvió para proyectar un sentimiento de identidad del elemento criollo, que vino a transformar, fortalecer y configurar la fisonomía del ser dominicano.[8]
Tiempo después, los enemigos de España se establecieron progresivamente en las tierras despobladas, primero a través de los piratas y los bucaneros que tempranamente merodeaban por estos lares y aprovechaban las grandes cantidades de reses cimarronas que habían quedado allí tras el traslado forzoso ejecutado y, a partir del año 1665, de la mano del gobernador Bertrand de Ogerón, los franceses fundaron la próspera colonia de Saint-Domingue.
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La Colonia de Saint-Domingue y el sistema esclavista imperante
La colonia de Saint-Domingue fue establecida en los territorios de la parte occidental de la isla de Santo Domingo, tras constantes y persistentes incursiones de las naciones enemigas de España, logrando Francia desplazar con su acción a los piratas de las demás potencias europeas. Una invasión tras otra abatió a la colonia española, tratando Francia de despojarla de la totalidad de la isla. Desde 1630, poco tiempo después de las devastaciones de Osorio, los tenaces súbditos de Francia convirtieron la parte oriental de la isla en objeto de constantes y rapaces incursiones, las cuales fueron enfrentadas por lanceros audaces, logrando detenerlas, pero los dejaron con sus fuerzas totalmente agotadas.
En el año 1641 entraron a la villa de Azua, la saquearon e incendiaron; en 1656 destruyeron la población de Guaba; en 1660 las huestes De Ogerón y de Delisle atacaron e incendiaron la ciudad de Santiago de los Caballeros. De igual modo, entre 1674 y 1689 Santiago y Guaba fueron nuevamente sitiadas e incendiadas por los galos. Fue en la batalla del 21 de enero de 1691 en la Sabana Real de la Limonade, próximo a la actual ciudad de Cabo Haitiano, cuando los habitantes de la parte española de la isla de Santo Domingo, con el apoyo de un gran contingente de Nueva España o México y bajo la comandancia del gobernador Francisco Segura y Sandoval, lograron una victoria resonante sobre los franceses, donde lanceros de Salvaleón de Higüey y de Santa Cruz del Seibo elevaron plegarias al cielo para que Dios, Jesucristo y su madre, la Virgen de la Altagracia, les concedieran el triunfo, a quienes el historiador criollo Luis Joseph Peguero en su Historia de la conquista de la Isla Española de Santo Domingo, trasumptada, publicada en el año 1762, califica de “dominicanos”. Desde entonces, el 21 de enero de cada año, se celebra en esas demarcaciones de la República Dominicana el Día de Nuestra Señora de la Altagracia, como tributo por haberle permitido triunfar ante los franceses.
Como parte del Tratado de Rijswijk del 20 de septiembre de 1697, que puso fin a la Guerra de los Nueve Años que enfrentó a Francia con España, Inglaterra, las Provincias Unidas de los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano, la metrópolis ibérica se vio compelida a reconocer la presencia de Francia en la parte occidental de la isla de Santo Domingo.
Durante gran parte del siglo XVIII, las relaciones entre Francia y España fueron muy cordiales, en virtud del parentesco familiar existente entre los monarcas de ambas naciones, que pertenecían a la Casa de los Borbones. Este hecho es el que explica que, desde 1773, el capitán general de la colonia española, José Solano, y el gobernador de la colonia francesa de Saint Domingue, marqués de Valiére, firmaran un acuerdo provisional para establecer los límites fronterizos. Posteriormente, el 29 de febrero de 1776, se firmó el acuerdo de San Miguel de la Atalaya, entre el gobernador José Solano de Santo Domingo y el conde de Ennery de Saint Domingue, quienes ratificaron el acuerdo anterior, con la ayuda de una comisión de topógrafos que señalaron físicamente los límites establecidos, para lo cual se auxiliaron de una serie de pirámides que servían de hitos o guías, tomando al río Dajabón al norte como punto de inicio y al río Pedernales al sur como punto final de la delimitación fronteriza.
Ahora bien, fue con el Tratado de Aranjuez, firmado el 3 de julio de 1777 en la comunidad madrileña de Aranjuez, entre el conde de Floridablanca, José Moñino y Redondo, secretario de Estado del rey Carlos III de España, y el marqués de Ossun, Pierre Paul, representante oficial de Luis XV y Luis XVI en la corte española de Madrid, cuando se puso fin al conflicto fronterizo de hubo ambas colonias durante más de un siglo. Los dos primeros capítulos del Tratado de Aranjuez dicen así:
“Procediendo al cumplimiento del referido Tratado, empieza la línea de Demarcación de Límites en la Costa del Norte de esta isla y boca del río Pedernales o Riviére des Ansas a Pitre, en cuyas orillas se han colocado las Pirámides que figuran en el plano con las inscripciones de France-España, gravadas en piedra, y puestos los números extremos 1; 221: Todos los más se manifiestan claramente en el Plano según su colocación. Se presupone, y entiende por derecha o izquierda de la Línea de los comisarios en su marcha, y en los ríos, y arroyos, la de su corriente saliendo de su origen…”[9]
Desde principios del siglo XVII, la colonia francesa de Saint-Domingue pasó de ser un territorio poblado casi exclusivamente por piratas, bucaneros, filibusteros, habitantes y engagés (blancos esclavos contratados por un tiempo hasta que pagaran sus deudas de embarque), a convertirse en la colonia que pasaría a desplazar a Jamaica como el lugar de mayor concentración de esclavos negros de origen africano. Esto lo confirma James Walvin en la introducción que escribe al libro Los Jacobinos Negros. Toussaint Louverture y la Revolución de Haití del historiador de Trinidad y Tobago, Cyril Lionel Robert James, cuando expresa:
“Santo Domingo (la parte occidental de la isla de la Hispaniola) no tardó en acaparar los intereses de Francia en el Caribe. A mediados del siglo XVIII, el sector azucarero de Santo Domingo (y el cafetero en regiones más elevadas) planteaba una seria amenaza a las veleidades de Jamaica de convertirse en la principal colonia esclava de la zona. Las cifras de africanos desembarcados en Santo Domingo eran considerables. Los 47.000 de 1720 se habían convertido en 80.000 en 1730. A partir de ese momento el crecimiento fue explosivo: 172.000 hacia 1754, para aumentar con mayor intensidad aún entre 1763 y 1789, de 206.000 a 465.429. Las plantaciones isleñas de azúcar y café rebosaban de africanos (y a ellos debían éstas su existencia). No había ningún precedente para este desplazamiento tan vasto de africanos, en un tan breve lapso, hacia las colonias americanas. Constituía una mezcla explosiva que no tardaría en inflamarse al contacto con lo ocurrido en Francia a partir de 1789.”[10]
El destacado historiador y cronista de Martinica, Médéric Louis Élie Moreau de Saint-Méry[11], describe de forma pormenorizada que la colonia francesa de Saint Domingue a finales del siglo XVIII contaba con 793 ingenios azucareros o plantaciones de caña; 3 mil 150 plantaciones de índigo; 789 factorías de algodón; 3 mil 117 cafetales o plantaciones de café; 182 destilería de tafiá o aguardiente de caña de azúcar; 26 fábricas de ladrillo y tejas; 6 talleres de curtidores; 370 hornos de cal; 29 talleres de cerámica y 50 plantaciones de cacao, además de la gran cantidad de estancias o conucos para producir todo tipo de víveres, granos, frutas y para la crianza de aves y todo tipo de animales comestibles.
Tomando como base los datos proporcionados por los censos parroquiales de los diferentes distritos que conformaban a la colonia de Saint Domingue en las partes del Norte, del Oeste y del Sur al año 1790, un año antes de iniciar la revolución haitiana, el cronista Moreau de Saint-Méry[12] estimaba que la población total era de 520 mil habitantes, representando los negros esclavos el 87%, con 452 mil personas, mientras que la población blanca era de apenas 40 mil personas, para un 8%, en tanto que la gente de color, integrada por mulatos y negros libertos, era tan solo de 28 mil personas, para un 5%.
Moreau de Saint-Méry establece la proporción que había entre los grupos raciales y sociales existentes: “once esclavos tres décimas por cada blanco; diez blancos por siete libertos y dieciséis esclavos por un liberto”[13] Esos datos son sumamente reveladores de la diferencia numérica que existía entre esos tres grupos poblacionales, sin tomar en cuenta las grandes diferencias sociales que existían a lo interno de cada uno de ellos, que motivaron incesantes luchas interraciales y sociales.
Al interior de los blancos existían dos grupos sociales muy bien diferenciados: en primer lugar, los grands blancs, o grandes blancos, integrado por propietarios de grandes plantaciones, traficantes de esclavos, ricos comerciantes exportadores e importadores y altos funcionarios civiles y militares del Estado; en segundo lugar, los petits blancs, o pequeños blancos, grupo compuesto por dueños de tiendas, empleados modestos, profesionales libres, artesanos, obreros, pescadores, peluqueros, sastres, vendedores ambulantes, artistas, pequeños comerciantes, pequeños industriales dueños de destilerías, tenerías, tejares y otras, pequeños plantadores con pocos esclavos, gente modesta que buscaba afanosamente obtener una mejor posición social y sectores económicamente arruinados.
En lo que concierne a las gens de couleur, mulatos y negros libertos, comprendía a todas las personas libres que tenían sangre africana en sus venas, que fueron resultado de la unión o mezcla racial entre amos blancos y esclavas negras, los cuales gozaban de mayores privilegios económicos que aquellos que habían conseguido su libertad por haber mostrado fidelidad al amo, haber ofrecido un servicio extraordinario o por el deseo de algunos amos de liberar a sus concubinas para tenerlas a su disposición, sin ningún tipo de trabas raciales.
Los negros esclavos de origen africano vivían en las peores condiciones materiales de existencia de todos los grupos sociales que integraban la colonia de Saint-Domingue. A esto hay que agregar la crueldad generalizada con que eran tratados por los plantadores blancos y mulatos. Se veía como algo normal que los amos azotaran a sus esclavos, incluso hasta quitarles la vida. De igual manera, las mujeres embarazadas eran obligadas a realizar labores tan pesadas que, en múltiples ocasiones, abortaban sus crías en el desempeño de sus labores productivas.
Los castigos más comunes eran totalmente inhumanos y brutales: latigazos o azotes hasta sangrar, clavarlos por las manos contra la pared, ponerle grilletes en pies y manos, dejarlos de castigo todo el día bajo los abrazadores rayos del sol, amputarle las dos orejas y hacérselas comer, cortarle la lengua a todos sus esclavos para que no pudieran comunicarse entre sí y hacer morir de hambre a sus criadas como castigo por desobedecer sus órdenes, entre otras crueldades y acciones desalmadas.
Las contradicciones que generaron las profundas diferencias sociales existentes en la colonia de Saint Domingue desembocaron en conflictos violentos entre los blancos partidarios de la monarquía y los blancos partidarios de la independencia económica, social, política y cultural de la colonia con respecto a la metrópolis; entre los blancos y los mulatos, quienes se enfrentaban por ascender social, económica y políticamente en la colonia; entre los mulatos y los negros, donde los primeros hacían de todo por distanciarse económica y socialmente de los negros, pero los utilizaban para mostrar fuerza ante los blancos, mientras que los segundos debían estar pendientes de las acciones tanto de blancos como de mulatos, para defenderse de sus humillaciones y vejámenes; por último, las contradicciones entre los negros esclavos y los blancos, donde los primeros luchaban “a brazos partidos” por su libertad y los segundos hacían de todo para evitar que los negros alcanzaran sus propósitos libertarios.
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La Revolución Francesa y repercusión en la colonia de Saint-Domingue
En el momento en que la colonia de Saint-Domingue era un polvorín a punto de estallar por la multiplicidad de intereses envueltos, la metrópolis Francia se encontraba en la peor crisis económica, social y política que había vivido en siglos. Esa situación obligó a los sectores pertenecientes al Tercer Estado o Estado Llano, integrado por los siervos de la gleba, los campesinos libres, los obreros, la burguesía, los artesanos y demás sectores populares, a levantarse en armas el 14 de julio de 1789 y a tomar la fortaleza de la Bastilla en París, una acción que transformó la historia de la humanidad y que ha sido denominada: la Revolución Francesa. Sobre los hombros de los integrantes del Tercer Estado caían todas las cargas impositivas que eludían los miembros del Primer Estado, compuesto por la alta nobleza y el alto clero, y del Segundo Estado, constituido por el bajo clero y la baja nobleza.
La Revolución Francesa vino de la mano de las ideas ilustradas que postulaban la necesidad de una república con división y separación de los poderes del Estado, en lugar de una monarquía hereditaria que lo controlaba y lo dominaba todo. Con esa república se buscaba garantizar la soberanía popular que ponía en las manos del pueblo la toma de decisiones en lugar de dejarlas en las de un soberano unipersonal que lo decidía todo; se postuló el sufragio universal para garantizar la participación de la población en la elección de sus representantes, en lugar de dejar todo en los hombros de un rey que se autoproclamaba: “El Estado soy yo”.
La república establecida a partir de entonces se basó en una nueva carta magna aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente en 1879, bajo la denominación de: “Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano”[14], que se resume en tres pilares básicos: igualdad, libertad y confraternidad.
Las ideas centrales de esa Constitución eran: los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos; son derechos fundamentales: la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión; el principio de toda Soberanía reside esencialmente en la Nación; la libertad consiste en poder hacer todo lo que no perjudique a los demás; la Ley sólo tiene derecho a prohibir los actos perjudiciales para la Sociedad; nada que no esté prohibido por la Ley puede ser impedido, y nadie puede ser obligado a hacer algo que ésta no ordene; la Ley es la expresión de la voluntad general; todos los Ciudadanos tienen derecho a contribuir a su elaboración, personalmente o a través de sus representantes.
De igual manera, consignaba que todos los ciudadanos son iguales ante la Ley y que todos pueden presentarse y ser elegidos para cualquier dignidad, cargo o empleo públicos, según sus capacidades y sin otra distinción que la de sus virtudes y aptitudes; que quienes solicitaren, cursaren, ejecutaren o hicieran ejecutar órdenes arbitrarias debían ser castigados; cualquier ciudadano que sea requerido o aprehendido en virtud de la Ley debe obedecer de inmediato, y es culpable si opone resistencia; la Ley sólo debe establecer penas estrictas y evidentemente necesarias; que cualquier ser humano debe ser considerado inocente hasta no ser declarado culpable; que nadie debe ser incomodado por sus opiniones, inclusive religiosas, siempre y cuando su manifestación no perturbare el orden público establecido por la Ley; que la libre comunicación de pensamientos y opiniones es uno de los derechos más valiosos del ser humano; por consiguiente, que cualquier ciudadano puede hablar, escribir e imprimir sus ideas libremente, siempre y cuando respondan del abuso de esta libertad en los casos determinados por la Ley.
La disposiciones de la Convención Nacional de Francia impactaron en las colonias francesas de allende los mares, muy especialmente en la colonia de Saint Domingue, con la designación de los comisionados Léger-Félicité Sonthonax, Étienne Polverel y Jean Antoine Ailhaud el 29 de abril de 1792 y la abolición de la esclavitud en sus colonias el 4 de febrero de 1794.
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Revolución Haitiana y su impacto en Santo Domingo español
La Asamblea Nacional Francesa, a través de los decretos del 8 y el 28 de marzo de 1790, estableció la igualdad de derechos civiles entre todas las personas libres de la colonia, al tiempo que mantuvo la esclavitud de los negros. No obstante, dejó a la clase media mulata en una posición ambivalente, al permitir que la concesión de sus derechos se hiciera conforme a la interpretación que hicieran las autoridades coloniales de Saint-Domingue.
Como la clase media blanca se opuso a la Asamblea Colonial de Saint-Marc y se anuló cualquier acción en favor de los mulatos, los libertos se aliaron a los realistas con el propósito de lograr que el gobernador general Peinier hiciera efectivos los referidos decretos. Pero la lucha abierta estalló cuando el gobernador disolvió por la fuerza esta Asamblea de los grandes plantadores y comerciantes el 14 de abril de 1970, lo que aprovecharon los sectores realistas para rehusarse a ponerlos en vigor, al tiempo que humillaron a los mulatos al prohibirles que utilizaran el símbolo del partido realista, consistente en una borla blanca en el sombrero.
La clase media mulata, subordinada y abandonada entre las masas de negros esclavos, la burguesía colonial y la clase media blanca, se levantó en armas dirigida por Vincent Ogé y Jean Baptiste Chavannes, quien le planteó al primero liberar y armar a los negros esclavos, a lo que Ogé se negó porque, en su posición contradictoria de explotador de esclavos y al mismo tiempo discriminado por los blancos, era de opinión que el proceso de liberar a los negros debía ser paulatino y progresivo.
Esta rebelión de la clase media mulata, al estar totalmente aislada de las masas negras esclavas, las únicas que estaban interesadas en hacer posible una revolución profunda y radical, fue ahogada a sangre y fuego por las tropas coloniales. Ogé y Chavannes fueron ejecutados el 25 de febrero de 1791, tras la entrega realizada por el gobernador de la colonia española y presidente de la Real Audiencia de Santo Domingo, brigadier Joaquín García y Moreno, al gobernador de Saint Domingue, Philibert François Rouxel, vizconde de Blanchelande. La entrega se hizo muy a pesar de que el abogado criollo dominicano don Vicente de Faura defendió con energía el derecho sagrado al asilo que amparaba a los refugiados, a lo que el gobernador español García y Moreno hizo caso omiso, traspasando los rebeldes mulatos a los agentes de la colonia francesa.
El Gobernador Blanchelande entregó la instrucción de la causa al Consejo Superior del Cabo. El proceso se realizó con la presencia de Comisarios Especiales designados por la Asamblea Provincial del Norte y duró todo el mes de enero y gran parte de febrero de 1791. A pesar de que la Revolución Francesa había eliminado las torturas y la pena de muerte, los acusados fueron sometidos al más cruel tormento. El Consejo Superior condenó a Ogé y Chavannes a que sus miembros fueran destrozados a golpes de barras de hierro hasta que murieran, veintiuno de sus compañeros fueron condenados a morir ahorcados y trece más fueron arrastrados por las carretas. El 25 de febrero de 1791 fue ejecutada esta terrible sentencia en presencia del gobernador de Blanchelande, la Asamblea Provincial del Norte y el Consejo Superior del Cabo.
Esa represión aterradora no produjo el resultado esperado, ya que los mulatos comprendieron claramente que los blancos de Saint Domingue no habían pensado nunca en reconocerles el goce de sus derechos políticos, poniéndose al frente de ellos Louis-Jacques Beauvais, Pierre Pinchinat, André Rigaud y Doyon. Un número importante de libertos se reunió el 7 de agosto de 1791 en la iglesia del burgo Saint-Louis de Mirebalais, para concertar su acción política, formando un comité de dirección de cuarenta miembros, denominado Consejo de Representantes de la Comuna. Pierre Pinchinat fue elegido presidente, procediendo a reclamar al gobernador la ejecución de los decretos favorables a los hombres de color. En su respuesta Blanchelande insultó al Consejo y le dio la orden de disolverse. Pero los libertos en lugar de atemorizarse, decidieron recurrir una vez más a la insurrección armada, designando en esta ocasión a Beauvais como comandante militar de los sublevados-quien había participado en la guerra de independencia de los Estados Unidos con otros centenares de negros y mulatos de las colonias francesas del Caribe -entre ellos André Rigaud, Henri Christophe, Jean Pierre Lambert y Pierre Cange-, teniendo como lugarteniente a Jean Pierre Albert, negro procedente de Martinica.
Influidos por la agitación que había tanto en Francia como en toda la colonia de Saint Domingue, en la noche del 14 de agosto de 1791 se reunieron en Bois-Caiman, en la llanura norte de la colonia de Saint Domingue. Alrededor de doscientos delegados de los negros esclavos rebeldes participaron en representación de las diferentes plantaciones y talleres del departamento Norte, bajo el liderazgo del sacerdote vodú Dutty Boukman, quien hizo jurar con sangre a todos los presentes de que lucharían por la libertad de sus hermanos negros hasta la muerte.
En la noche del 16 de agosto de 1791, un mayoral de la habitación Desgrieux intentó incendiar un almacén de bagazo en la plantación de Chalbaud, siendo perseguido, apresado y obligado a revelar todo el complot que se fraguaba. Este indicó que todos los mayorales, cocheros, domésticos y negros de confianza de las plantaciones vecinas y distritos adyacentes estaban involucrados en la acción con el objetivo de incendiar todas las habitaciones y matar a los blancos, nombrando a todos aquellos que habían sido escogidos como jefes del movimiento.
La municipalidad del Cabo se hizo cargo de la situación y ordenó de inmediato el arresto de los principales dirigentes, quienes, al enterarse de la persecución de que eran objeto, lograron escapar y se sublevaron a partir del 21 de agosto en las plantaciones de Noé, Treme, Turpin, Clément, Flavillet y Gallifet. De igual manera, al frente de los esclavos del distrito de Acu se encontraba Boukman, quien se dirigió a Limbé, donde sublevó a todos los talleres.
En cuatro días, la rebelión adquirió proporciones formidables, al frente de la cual estaba Boukman y les secundaban Jean François Papillon, George Biassou y Jeannot Bullet, con sus respectivos lugartenientes. Estos atacaron las diferentes plantaciones y las destruyeron a sangre y fuego, vengándose así de sus amos y sus familias, tras siglos de opresión, maltratos y cautiverios. La masa de esclavos se armó de todo aquello que cayó en sus manos: armas de fuego, sables, espadas, machetes, cuchillos, picos y palos, asolando toda la llanura del norte.
La represión desatada por los blancos contra los negros superó en barbarie y criminalidad a los negros sublevados. Los pequeños blancos acusaban a los mulatos de ser los instigadores de la rebelión, por lo que los persiguieron y asesinaron en las calles del Cabo. La rebelión de los esclavos se extendió a toda la población de origen africano a partir del temor que tenían a los atroces castigos que les infligían sus amos.
En el Oeste, las plantaciones y los talleres de Archie, Cul-de-Sac, Léogane y Jacmel se sublevaron y volcaron sobre los Matheux, el Trou-Caiman y las montañas del Grand Fond, donde los insurrectos peleaban en pequeños grupos bajo las órdenes de Hyacinthe, Halaou, Caiman, Lamour Dérance, Dieudonne, Lafortune, Pompeé, Romaine la Prophétese y Laplume. En tanto que, en el Sur, los sublevados arrasaron las plantaciones e inquietaron a Aux Cayes.
Los hombres de color se habían unido a los esclavos negros para enfrentar abiertamente a sus enemigos tradicionales, los blancos. El gobernador Blanchelande, a quien los acontecimientos le habían destruido los planes que torpemente concibió, se dirigió en demanda de auxilios a los gobiernos coloniales de Cuba, Jamaica y Santo Domingo. Ante la solicitud del gobernador francés al gobernador de la colonia de Santo Domingo, brigadier Joaquín García y Moreno, de que enviara tropas españolas para que le auxiliare, este se excusó por no poder complacerlo, alegando varias razones, entre ellas la escasez de hombres, la época de lluvias y muy especialmente lo estipulado en el artículo noveno del Tratado de Aranjuez de 1777, en el sentido de que en caso de agresión extranjera a una de las dos colonias, la otra estaba obligada a prestarle ayuda, no así en el caso de que hubiesen disputas o desavenencias internas o domésticas.
En la respuesta al gobernador francés, García y Moreno no sólo mencionó ese artículo del Tratado de Aranjuez, sino que además le manifestó que enviar sus tropas y actuar contra los negros sería tomar partido por uno de los bandos, exponiéndose a no merecer la aprobación de su rey. También los negros insurrectos le pidieron a García y Moreno le apoyara en su acción revolucionaria, hecho que el gobernador español ponderó con toda la atención que merecía el caso para no impacientar a estos supuestos “criminales”, evitar el tener que dar explicaciones al Gobierno francés, precaver efectos contrarios a la recíproca amistad de las dos naciones y a la debida neutralidad. Esta supuesta neutralidad del brigadier García y Moreno era interpretada según el bando que opinara. Más adelante, el gobernador García sería autorizado por el rey Carlos IV de España para negociar con los negros rebeldes y colocarlos totalmente de su lado.
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Guerra Hispanofrancesa entre 1793-1795, Tropas Auxiliares Negras y vinculación a España
La Revolución Francesa trajo consigo tales niveles de radicalidad que incluyó el guillotinamiento del rey de Francia, Luis XVI, el 21 de enero de 1793 en la Plaza de la Revolución, actualmente conocida como Plaza de la Concordia, cuando el monarca intentó escaparse de París y fue hecho prisionero por los máximos representantes de la Revolución. Este hecho tuvo una repercusión directa en las relaciones políticas y diplomáticas de la república francesa y la monarquía española, en virtud de la pertenencia del malogrado rey francés Luis XVI y el rey español Carlos IV a la Casa de los Borbones. Esta acción desencadenó una guerra entre España y Francia, conocida como la Guerra Hispanofrancesa.
En virtud de la amenaza que significó la ocupación inglesa solicitada por los colonos blancos franceses de Saint-Domingue y por la colonia española, así como por la declaratoria de guerra de España a Francia, como reacción a la ejecución del soberano Luis XVI, la República solo encontró apoyo en los mulatos Rigaud y Beauvais, en el ejército colonial y en algunos sectores de la clase media blanca, quienes habían asumido las ideas republicanas. Esto obligó al comisionado republicano francés Léger-Félicité Sonthonax a buscar el apoyo de 10 mil negros, a quienes les otorgó la libertad para enfrentar a los enemigos de la República. Sin embargo, esta decisión no contó con el apoyo de los mulatos, quienes se vieron afectados, ya que muchos de ellos eran grandes y medianos propietarios esclavistas.
Esa situación llevó a Sonthonax a adoptar la medida de decretar la abolición general de la esclavitud en el norte de la colonia de Saint-Domingue el 29 de agosto de 1793. Igual disposición adoptó el comisionado Étienne Polverel en la parte oeste y luego se generalizó a toda la colonia francesa. La Proclamación de Libertad de Étienne Polverel y Sonthonax fue llevada a París por tres emisarios: un blanco, un mulato y un negro, como muestra de la igualdad que se respiraba en la colonia. El 4 de febrero de 1794, la Convención aprobó la abolición de la esclavitud en todas las colonias francesas, lo que constituyó un triunfo de la Revolución Haitiana en su lucha por la libertad y la igualdad entre todos los habitantes de Saint-Domingue.
El 29 de agosto de 1793, Toussaint Louverture, en su calidad de general de los ejércitos del rey español Carlos IV, hizo una proclama en la que pedía la unidad de todos los negros esclavos para arrancar entre todos el árbol de la esclavitud y hacer posible que reinara la libertad y la igualdad entre todos. La fama de Louverture recorrió toda la colonia de Saint-Domingue, lo que despertó la envidia y desconfianza de sus jefes militares Jean-François Papillon y George Biassou, quienes formaban parte, al igual que él, de las tropas auxiliares negras del rey Carlos IV, situación que le llevó a planear un complot para asesinarle, del cual salió ileso y en que murió su hermano más pequeño, Jean-Pierre Louverture.
Al darse cuenta de esta contradicción, los franceses la aprovecharon a través del general en jefe de Saint-Domingue, Étienne Laveaux, para convencer a Louverture de que debía unirse a la república francesa. Pero no fue sino hasta el 5 de mayo de 1794, cuando Louverture abandonó a sus aliados españoles, en quienes había descubierto que no estaban en disposición de abolir la esclavitud. De inmediato el ejército a su mando, integrado por negros, mulatos y blancos, procedió a atacar a sus antiguos aliados, logrando arrebatarles alrededor de doce ciudades.
Louverture en apenas un año hizo capitular a las tropas españolas, colocándolas del lado oriental de la frontera entre ambas colonias, al tiempo de propinarles sendas derrotas a sus antiguos jefes, Jean-François Papillon y George Biassou, quienes permanecieron fieles a España, en su condición de tropas auxiliares del ejército realista español.
En julio de 1795, la Convención Nacional de Francia ascendió a Toussaint Louverture al rango de General de Brigada; el 17 de agosto de 1796, Laveaux lo elevó al rango de General de División y Teniente de Gobernador de la colonia, tras haberle salvado la vida de quienes intentaron lincharle por adoptar medidas duras contra unos mulatos rebeldes, y fue designado General en Jefe del Ejército de Saint-Domingue en 1797.
Haciendo uso de su gran capacidad de negociación y de sus envidiables habilidades geopolíticas y militares, Louverture llegó a un acuerdo con el General en Jefe de las tropas inglesas en Saint Domingue, Thomas Maitland, en abril de 1798, quienes desocuparon la colonia a cambio de beneficios comerciales; logró neutralizar al gobernador Laveaux y al comisionado Sonthonax, al lograr que fueran elegidos diputados ante el Directorio para que regresaran a Francia; al último comisionado civil Julien Raymond lo apartó de las negociaciones con Inglaterra y logró que el último General en Jefe francés de la colonia, Gabriel-Marie-Théodore-Joseph, conde de Hédouville, regresara a Francia ante una revuelta de negros estimulada por Louverture, quienes se negaban a entregar sus armas como había dispuesto el general a su llegada en 1798.
De igual manera, Toussaint Louverture enfrentó y derrotó al líder mulato Rigaud en 1799, con el apoyo de los líderes negros Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe, quedándose así con el control absoluto de la colonia de Saint-Domingue, lo que le permitió también, al amparo del Tratado de Basilea del 22 de julio de 1795, conquistar la parte oriental de la isla de Santo Domingo el 27 de enero de 1801.
El 3 de julio de 1801, Louverture proclamó una constitución autonomista, la cual le concedía poderes vitalicios en toda la isla de Santo Domingo, en virtud de lo que establece el artículo 28:
“La Constitución nombra al ciudadano Toussaint-Louverture, General en Jefe del ejército de Saint-Domingue, y, en consideración a los importantes servicios prestados a la colonia en las circunstancias más críticas de la revolución, y según los deseos de los agradecidos habitantes, se le confía la dirección de la misma por el resto de su gloriosa vida…”.[15]
De igual manera, la Constitución de 1801 en su Título II de los Habitantes, artículos 3, 4 y 5 declara la abolición de la esclavitud en toda la isla de Santo Domingo y solo reconoce a las personas por sus talentos, méritos y virtudes, no por su color de piel:
“Art. 3. — No pueden existir esclavos en este territorio; la servidumbre queda abolida para siempre. Todos los hombres nacen, viven y mueren libres y franceses.
Art. 4. — Todos los hombres, independientemente de su color, son elegibles para todos los empleos.
Art. 5. — No existirá otra distinción que la basada en la virtud y el talento, y la superioridad que otorga la ley en el ejercicio de una función pública. La ley es la misma para todos, tanto si castiga como si protege.”[16]
Una vez derrotada España tanto en la Guerra Hispanofrancesa como en la colonia de Saint-Domingue, y tras la firma del Tratado de Basilea, a los negros auxiliares que apoyaban a España, liderados por Jean-François Papillon y George Biassou, no les quedó otra alternativa que emigrar a una de las colonias españolas de América o a España. Así, Jean-François y su gente más cercana optaron por irse a Sevilla, España, mientras que George Biassou se dirigió a San Agustín, Florida, y los demás seguidores fueron enviados a diferentes colonias españolas, como Cuba, Puerto Rico, Trinidad y otras.
Sin embargo, el comandante Pablo Alí, tras solicitar embarcarse a Florida con su jefe militar George Biassou y no ser complacido, se vio obligado a quedarse en la colonia de la parte oriental de la isla de Santo Domingo, donde enfrentó con firme determinación, pero con gran flexibilidad táctica, la cambiante situación política en que le tocó vivir bajo el gobierno de Toussaint Louverture, el gobierno de Louis Ferrand, la Guerra de la Reconquista, los gobiernos de Juan Sánchez Ramírez, Manuel Caballero y Masot, Carlos Urrutia y Montoya, Sebastián Kinderlán, Pascual Real, José Núñez de Cáceres, Jean Pierre Boyer, Charles Riviére Hérard y la Junta Popular de Santo Domingo, presidida por Alcius Ponthieux Fils e integrada por Juan Pablo Duarte, Ramón Matías Mella, Manuel Jimenes, Pedro Alejandrino Pina, Félix Mercenario y Juan Bautista Morín, donde fue ascendido a General de División y Jefe del Distrito de Santo Domingo, logrando salir ileso en todas las ocasiones, hasta su fallecimiento el 14 de febrero de 1844, casi a los 90 años.
[1] Incháustegui, J. Marino. Reales Cédulas y Correspondencias de Gobernadores de Santo Domingo: De la Regencia del Cardenal Cisneros en Adelante. Madrid, Graficas Unidas, 1958, Tomo III, págs. 788-790.
[2] Rodríguez Demorizi, Emilio. Relaciones Históricas de Santo Domingo, Tomo II. Ciudad Trujillo: Archivo General de la Nación, 1945, pp. 195-215; J. Marino Incháustegui. Reales Cédulas y Correspondencias de Gobernadores de Santo Domingo: De la Regencia del Cardenal Cisneros en Adelante, Tomo III. Madrid, Graficas Unidas, 1958, pp. 788-789.
[3] Incháustegui, J. Marino. Reales Cédulas y Correspondencias de Gobernadores de Santo Domingo: De la Regencia del Cardenal Cisneros en Adelante. Graficas Unidas, Madrid, 1958, Tomo III, pág. 789.
[4] Rodríguez Morel, Genaro. 2022. «El criollo como agente de las luchas sociales en Santo Domingo. La Rebelión de Guaba». Revista ECOSUASD 29 (24):31-46, pp. 39-40.
[5] Ibidem, p. 37.
[6] Ibidem, pp. 37-38
[7] Rodríguez Demorizi, Emilio. Relaciones Históricas de Santo Domingo, Archivo General de la Nación, Ciudad Trujillo, Tomo II, 1945, págs. 297-305.
[8] Rodríguez Morel, Genaro. 2022. «El criollo como agente de las luchas sociales en Santo Domingo. La Rebelión de Guaba». Revista ECOSUASD 29 (24):31-46, p. 38.
[9] Del Monte y Tejada, Antonio. Historia de Santo Domingo, Tomo III. Ciudad Trujillo: Biblioteca Dominicana, 1953, p. 93.
[10] James, Cyril Lionel Robert. Los Jacobinos Negros. Toussaint L’Ouverture y la Revolución de Haití. Madrid: Turner/Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 14.
[11] Moreau de Saint-Méry, Médéric Louis Élie. Descripción topográfica, física, civil, política e histórica de la parte francesa de la isla de Santo Domingo, Tomo I. Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2017, p. 123.
[12] Ibidem, p. 48.
[13] Ibidem.
[14] https://www.conseil-constitutionnel.fr/sites/default/files/as/root/bank_mm/espagnol/es_ddhc.pdf
[15] Constitución del 3 de julio de 1801, proclamada en Cabo Francés por el General en Jefe, Toussaint Louverture, p. 5.
[16] Ibidem, p. 1.
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