Me llegó este día una visita de Boston. Se trata de Jean Marc Nelson con su última mujer. Al día siguiente Jean Marc y yo dimos un paseo de reconocimiento por el barrio Machuchal. Yendo por la calle Loíza, nos topamos con el consultorio de una gitana que leía las manos. Jean Marc me rogó que hablara con la gitana. Quería poner su suerte en manos de las habilidades adivinatorias de una gitana boricua.

Jean Marc tiene cierta debilidad por los rituales. Se debe a su espléndida herencia haitiana del vudú. Por lo que sé de él, maneja bien el mundo imponderable. De modo que entramos y, curiosamente, me pidió que estuviera presente en la consulta de la buena fortuna. Afiné mis oídos y escuché con mucho interés lo que la gitana le iba diciendo. Los minutos se contaban en pesos.

En mi caso, no he sido muy afortunado con las gitanas. Recuerdo que la última vez, antes de la pandemia, me estafaron en España. Pero la gitana de mi barrio era una hermosa indígena salida de los centros espiritistas entre Yabucoa, San Lorenzo y Las Piedras. Las conozco bien, mi mamá era una de ellas.

La gitana le preguntó su nombre y de inmediato observó las palmas de las manos de mi buen amigo. “En la palma izquierda los amores y en la derecha el destino y el dinero”. Jean Marc hizo un gesto de aprobación a la maestra gitana. En cuanto a los amores, sabía que el cliente llevaba cinco esposas, todas blancas, rubias y altas cuyos orígenes occidentales se extienden desde Polonia, Checoslovaquia, Rumania hasta Armenia.

Él tenía ya bien ganada la reputación de ser un semental de mujeres excomunistas. Sé, de buena tinta, que todas terminan enamorándose más de Haití que de él mismo. También sabía que su primera mujer polaca le regaló un hijo en una fiesta de desórdenes en su primer apartamento en Miami. Yo había escuchado el cuento antes, pero la adivinadora narró en detalle que una mujer europea quedó encinta de Jean Marc.

Su único hijo fue concebido con un exceso de vodkas mientras la dama dormía en su aposento. La gitana fue precisa en su predicción. Mientras tanto, me decía a mí mismo “trágame tierra”. Me faltó aire cuando la gitana terminó su profana adivinación. Pero Jean Marc para nada se inmutaba de los arranques clarividentes de la gitana de Oriente. “Es muy creativa la señora”, me dijo en inglés Jean Marc, que también habla español.

Pensando aparte, la amante polaca se enteró un mes después que estaba encinta de él. “Estaba dormida. Fue un polvo inconsciente”, le dijo a la gitana.Siempre he tenido buenas migas con Jean Marc porque no tiene miedo de contar su vida. En ese desgarramiento de vivir nos parecemos. Yo fui testigo presencial de la llegada del supremo y guapo progenitor a la vida de Jean Marc. Pasaron veinticuatro años hasta el encuentro entre padre e hijo. Sucedió en una de las notorias despedidas de fin de año en la casa de Jean Marc en Cambridge.

Ya la sabiduría antigua se ha expresado al respecto: “El borracho de media noche ni miente ni dice la verdad”. Jean Marc, hoy más que nunca, se preocupa muchísimo por el destino de su hijo. De un guantazo, hoy su hijo rodea su vida, su cartera y sus propiedades. Hay que saber de los hijos para quererlos, hay que abrir los ojos a las preguntas, hay que alimentarlos y vestirlos, hay que instruirlos en todo y llevarlos a todas partes. Esas paternales ideas tranquilizaron al padre ausente.

De modo que el cliente que mira a la adivinadora se saltó todas las cosas pequeñas que acostumbran hacer los buenos padres. Nunca a Jean Marc le ha manchado sus camisas blancas de lino. Mi amigo sin duda fue flojo para ser padre. Pero veo que él insiste en ese tema a oídos de la gitana. Quizás es que tiene en mente escribir su testamento, quizás quiere que la gitana le aconseje o quizás no sabe cómo parar los despilfarros de su hijo a costa de sus caudales. Y vaya usted a saber qué pasa por las cabezas de la gitana y Jean Marc en esta consulta.

Resumo aquí cuando Jean Marc anunció con bombos y platillos el regreso inesperado de su único hijo a su vida. Cuento lo que recuerdo y que no adivinó la gitana por salirse de la lectura de lo inconmensurable. En la escalofriante cena de fin de año había más de veinte invitados. En esa celebración Jean Marc contó a sus comensales que esa noche llegaba a su casa el hijo que nunca antes había visto. Yo lo vi llegar esa noche.

Era de buena catadura, un mulato con facciones blancas caucásicas. Él había terminado el bachillerato en una universidad de la Florida. Semanas antes del encuentro del padre y el hijo, la madre polaca había fallecido de cáncer. Sin embargo, antes de morir le dijo a Anthony que fuera a conocer a su padre y que le cobrara sin piedad todo lo que le debía a él y a ella. Este acontecimiento sentimental me trajo el recuerdo del comienzo de la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo. Tal cual.

La madre, en su agonía en el hospital, le estableció que no le pidiera nada sino que le exigiera todo lo que le debía. La contundente reclamación fue hecha así porque Jean Marc nunca le pasó una manutención a su hijo. En este punto, los ojos verdes de la gitana se salieron de sus órbitas al escuchar los desgarramientos de su cliente. Al mismo tiempo, yo me sentí penetrado por unos escalofríos cuando sentí en la consulta que la gitana se inclinaba del lado de las condiciones de la madre polaca en su último soplo de respiración. Es decir, que ella hubiera hecho el mismo encargo a su hijo para vengarse de un padre ingrato.

En el jolgorio de año viejo, yo estaba sentado al otro extremo de la mesa del comedor pensando en la maravilla de aquellas confesiones de Jean Marc y que ahora se repetía en una sección esotérica de la calle Loíza. He sido testigo del hábito de mi amigo de decir íntimas confesiones en sus festejos irracionales. Eso de que Jean Marc por fin conociera a su hijo me pareció todo un acontecimiento familiar digno de respeto. Como tengo por costumbre, en situaciones que me conmueven, alcé mi copa de vino y solicité a todos los invitados en la mesa brindar por el fabuloso anfitrión. “Brindemos todos por Jean Marc que maravillosamente se ha declarado, aquí entre nosotros, ser el más poderoso Pedro Páramo de Haití”.

Jean Marc siempre ha sido una buena persona y garbosa, también. Puede cambiar de amante y de país pero su buena personalidad no se altera. Es un negro guapo y presumido. Sin duda Jean Marc es un alboroto que pasó por la pobreza profunda de su país hasta disfrutar hoy las bondades que él admite le ha dado América. Sin embargo, lo mejor de él lo reciben sus compañeras extranjeras. En eso él cuenta con un arsenal femenino de primera categoría.Y la gitana le disparó lo siguiente: “Vaya, vaya, de modo que así y abiertamente se honra de ser buen bellaco”. Al margen de las intrigas amorosas de Jean Marc, el lobo haitiano, le cuenta a la gitana que en treinta años aún no tiene un amigo americano capaz de confiar en él. Con amigos americanos, tanto él como yo, la hemos pasado fatal. Hemos envejecido sin la dicha de un buen amigo estadounidense.

La gitana despellejaba al cliente, un Jean Marc tan indiscreto y yo, de testigo de las escaramuzas de mi amigo, formamos una sección muy íntima como si fuéramos viejos camaradas. Cuando la consulta llegó al tema de la salud sexual, la gitana contempló la palma de la mano de Jean Marc y se fijó detenidamente en el Monte de Venus. Ella le pronosticó que seguiría teniendo una vida sexual sana y portentosa como nunca antes. “Estás bendecido por Dios”, le dijo la gitana y le advirtió que no se le ocurriera echar un polvo más con una amante dormida.Los comentarios de la gitana agradaron mucho a mi amigo. Entonces, sacó su billetera y le extendió un billete de cien pesos a la boricua, que resultó ser arregladora de desconciertos y desatadora de entuertos. Jean Marc, que nunca se siente rendido por las circunstancias, le dijo al salir del consultorio: “Mire usted, no lo va a creer, que la mujer que tengo ahora ha dejado de dormir cuando bebo y me ruega que nunca eyacule en su vagina cuando tenga los ojos cerrados”. La gitana le respondió al bárbaro de Jean Marc: “Es usted, además de Pedro Páramo, un espléndido Mackandal”.

EN ESTA NOTA

Juan Casillas Álvarez

Escritor y catedrático universitario

Juan Casillas Álvarez. Natural del pueblo de Las Piedras, Puerto Rico.Estudió en la Universidad de Puerto Rico, donde fue estudiante de historia y literatura. Luego en el Centro de Estudios en Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. También hizo estudios graduados en la Universidad de Connecticut donde terminó su maestría en historia comparada. También ha cursado estudios en Harvard University. Ha dedicado buena parte de su vida a la enseñanza en las escuelas públicas de Boston y Cambridge en Massachussets en USA. Ha publicado en Internacional Poetry Review, University of North Carolina. Ha participado en muchos recitales en diferentes ciudades de los Estados Unidos. Su libro de poemas "Lugar Profano” bajo el sello de Isla Negra (2015) es su primer libro de poesía. También, su poesía ha sido publicada en la revista Cine y Literatura de Chile, Trasdelmar de México, Antología de Voz Celestial, Revista kartmesa ambas de Perú. Sus ensayos, relatos y crónica han sido publicados en la Revista Diálogos, Exégesis, 80grados, Revista Cruces, Periódico Claridad, Adoquín Time, Asento, Revista Siglo22 y Letralia. Continúa respirando y machacando la literatura. Actualmente vive en su país, Puerto Rico. casillasjuna40@gmail.com

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