Es verano, en Sicilia; mediodía. Un fauno despierta: “… Bosque de oro y cenizas, una fiesta se exalta en la muerta viña”.

Estos versos pertenecen a La siesta del fauno, poema que escribió Stéphane Mallarmé, poeta francés (1842-1893). El propio autor lo declaró una égloga, es decir, un subgénero de la poesía lírica de carácter bucólico y pastoral.

El cuerpo poético de este poema está integrado por 110 alejandrinos. Fue publicado en 1876, luego de varios intentos fallidos, en una edición bellísima con ilustraciones del pintor E. Manet. Su resonancia en el París del siglo XIX fue estremecedora, tanto en el mundo del arte en general como particularmente en la pintura y en la música.

Es tanta la sorpresa que Mallarmé le escribe a Swinburne: “Estoy sorprendido de la manera extraordinaria con que el poema ha sido recibido por la prensa, los artistas, los músicos, escritores y pintores”.

Entre los pintores, Degas, Matisse y Manet trabajaron el tema del poema en varias de sus obras.

Claude Debussy compone, entre 1892 y 1894, El preludio a la siesta de un fauno, composición que da como resultado sonoro una nueva sensibilidad y un cromatismo creador de atmósferas armónicas. Acordes del fauno que inician la modernidad en la música del siglo XX.

En 1913, Maurice Ravel compone música basada en el poema La siesta del fauno y en tres poemas más de Mallarmé.

Darius Milhaud escribe Chanson bas en 1917 y Pierre Boulez compone La danza del fauno en 1957.En el año 1912, Nijinski concibe una coreografía a partir del poema que estremece a toda Francia. El erotismo de la pieza produce un escándalo cuando el fauno, interpretado por Nijinski, simula una masturbación con un velo rojo abandonado por una de las ninfas al escapar asustada por el sonido de la flauta del fauno.

El mismo Debussy se sintió ofendido, pero el escultor Auguste Rodin escribe un artículo lleno de elogios a la genialidad de Nijinski y su interpretación del poema, en el cual los bailarines se convertían en estatuas vivas y danzantes.

El actor Jean-Louis Barrault, en el Teatro francés, realiza una lectura escénica fascinante y extraordinaria. No se debe olvidar que este poema fue escrito para ser representado; la intención primera de Mallarmé fue que fuera un monólogo para que el actor Coquelin lo interpretara en escena.

“Este poema vibra en un punto central perfecto, a la par simple y refinado, donde vienen a converger todas las direcciones flexibles, toda la épica del poema”.

Escribe Albert Thibaudet, el principal crítico francés de la época, sobre La siesta del fauno: “En este poema se palpa siempre la frescura, esa pulpa poética; ahí se gustan esos velos de oscuridad tan pronto diáfana que se pliegan, se canalizan, se sacuden por efluvios multiplicados en gestos de alusiones; fluyen en estos versos el misterio profundo”, concluye en deslumbramiento y azoro Albert Thibaudet.

Paul Valéry afirma musicalmente que el poema La siesta del fauno es una fuga literaria de temas prodigiosamente entrelazados: “Una extrema sensualidad, una extrema inteligencia y una extrema imaginación”, llegando al extremo de afirmar, un ser tan racional y tan equilibrado en sus juicios como Paul Valéry, que en esta égloga se encuentran “los versos más bellos del mundo”.

Con una sintaxis quebrada y fragmentada, el poema es una gran espiral que gira sobre sí misma, donde el sentido proviene de las resonancias.

En el poema, las sonoridades y los colores son más importantes que los temas que trata. La intención de Mallarmé no es pintar las cosas sino el efecto que producen. Lo importante no son las palabras sino sus resonancias, las intenciones, las sensaciones, las impresiones que provoca. Por tales razones este poema fue asumido por músicos y pintores expresionistas.

José Lezama Lima escribe sobre Mallarmé:

“Es con Arthur Rimbaud uno de los grandes centros de la polarización poética, situado en el inicio de la poesía contemporánea; une en su poema La siesta del fauno una de las aptitudes más enigmáticas y poderosas que existen en la historia de las imágenes”.

“Sus páginas y el murmullo de su sombra serán alguna vez alzados para ser leídos por los dioses…”. (Lezama Lima, Analectas del reloj, pág. 180).

El poema La siesta del fauno tiene la estructura de una fuga, en donde fluyen cuatro temas principales: la sensualidad, el sueño, el arte y la memoria.

¿Cuál es la historia que nos cuenta? Es mediodía. Un fauno, al despertar de su siesta, no sabe si el sueño del encuentro con las ninfas fue real o no:

“Oh ninfas, las recuerdo. Mis ojos horadando los juncos, cada cuello inmortal que en las ondas hunden su destello y un airado clamor al cielo desata, y el espléndido baño de cabellos volaba entre temblores y claridades. ¡Oh pedrería!”.

En el calor del mediodía, el fauno rememora el perfume rosa de la carne de las ninfas, el viento que sopla sobre sus senos; es el viento que fluye en la flauta de Pan, que besa los pezones de las ninfas:

“No murmuren aguas, que mi flauta no encienda al bosque de acordes rociados por musical lujuria, de acariciar las carnes que ligeras se escapan…”.

El primer tema es la extrema lujuria del fauno, la incertidumbre de saber si la aventura erótica con las ninfas ha sido o no un sueño. La música de los versos va creando la atmósfera, el rumor del arroyo, el murmullo de la brisa, las risas de las ninfas, en donde lo real y lo imaginario se entrelazan.

El poema es un recuerdo del fauno, y al tocar la flauta las ninfas se escapan asustadas, y al fauno solo le queda el ojo lujurioso y el recuerdo de las carnes que se huyen:

“Cuando mis pies alternos, al llegar, espantan las fiestas del gozo y el deseo que entrelazadas comparten, y desecan al sol todo perfume, y sus muslos toda miel escancian…”.

Estremecido las recuerda, más música que gozo, neblinas, llovizna del deseo. Solo le queda el recuerdo que a otros placeres convida:

“Yo las adoro, a pesar de que huyen de mis labios fogosos, y como rayos zozobran en la carne misteriosa, nido de besos que los dioses guardan escondido”.

Búsqueda insaciable del fauno que al placer del lector convida:

“Me arrastran hacia otras ninfas por las trenzas, a mis cuernos ceñidas, y nuestra sangre loca que fluye por el enjambre de besos y el amor que no muere”.

El final del poema no es el final del sueño sino el inicio de otro, en el cual otras ninfas volverán más complacientes a enredar sus pelos, sus trenzas y sus piernas:

“Gozaré de ellas, placer inmenso, envidiosas por complacer el placer del fauno…”.

Queda flotando en el ambiente la pregunta: ¿qué es lo real, el sueño o la realidad?, en tanto nos queda el consuelo del poema y la música de La siesta del fauno. “… Cuando el bosque de oro y cenizas se tiña, una fiesta se exalta en la muerta viña”.

Ángel Concepción Lajara (Yeyé)

Escritor y crítico

Escritor, teatrista, crítico de arte.

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