Toda aventura espiritual, en sentido estricto de la palabra, es poética. Lo que hace que el poeta, con su espíritu creador, es extraer las palabras que lo habitan. En cierto modo, hay un pensamiento en el discurso poético. Asimismo, un misterio hondo, compartido entre la naturaleza intuitiva de la poesía –o del lenguaje poético– y la esencia intelectual del concepto. En ese sentido, la poesía se transforma en una búsqueda de lo absoluto. En el poema, el pensamiento se lee como analogía y simbología. En efecto, la esencia analógica y simbólica de la poesía la convierte en metáfora de lo verosímil, que la distancia de la razón científica o filosófica.
La imagen creadora, a través del juego simbólico de la imaginación, recrea lo visible y sensible desde la experiencia poética del lenguaje. Mediante asociaciones analógicas y correspondencias imaginarias, el poeta crea mundos y universos simbólicos desde su mirada sensible.
Si bien la filosofía nació del asombro– como nos cuenta la historia del pensamiento occidental–, también es cierto que la poesía, al beber de las fuentes de la metafísica, se alimentó del asombro metafísico del mundo.
Así pues, el poeta es a la filosofía como el filósofo a la metafísica. La filosofía es un modo de conocimiento, en tanto es una expresión del pensamiento. De igual modo, la poesía deviene conocimiento, en cuanto experiencia sensible del pensamiento.
Un poeta es un desobediente, un rebelde con causa, que pone en crisis las costumbres y la tradición.
Sabemos que el artista nació desde la caverna, cuando dibujó, en las paredes, escenas de su vida cotidiana, con fines mágicos y rituales. Así nació el dibujante (y el pintor) cuando plasmó sus deseos, angustias, miedos y temores instintivos, primitivos y salvajes.
También podemos decir, que desde la caverna (de Lascaux y Altamira), nació, además, la prehistoria del poeta oral, que cantaba en rituales, alrededor de una hoguera, y emitía gritos y aullidos no articulados, cuando aún no hablaba ni tenía un lenguaje desarrollado. Era salvaje, nómada, y andaba en manadas: era recolector y cazador y ágrafo. Es decir, antes de que inventara la escritura y plasmara grafías en tablillas o códices –como en el poema del Gilgamesh o en los cantos babilónicos o sumerios, en escritura cuneiforme.
De la necesidad espiritual primitiva y de los rituales mágicos y ancestrales, nacieron la gracia, el numen o el néctar de la poesía, que germinó en la conciencia estética y quedó en la memoria como patrimonio literario de la humanidad. Así nació, además, el fuego espiritual, divino y mágico de la escritura poética, y antes, de oralidad.
Cuando la magia presagió la religión y la alquimia la química, se desvanecieron en el tiempo sus rituales, el misterio sagrado del mundo, encontró refugio y morada en la poesía.
La poesía se convirtió, en la modernidad, en la dignidad de la persona y en el sentido del ser: entre el poeta y lector, entre el cantor y la comunidad lectora. En efecto, la poesía se transformó en el arte literario por excelencia, que encarna el tiempo y la memoria, el saber y la representación simbólica del misterio del mundo y del universo: hizo alianza espiritual con las palabras y el tiempo.
La poesía no disocia el arte de la vida sino que hace del arte y la vida, las fuerzas cósmicas y telúricas, la energía temporal que la habitan.
Si la filosofía es el amor a la sabiduría, la poesía es el amor a la vida y a la belleza del mundo visible y sensible; tanto el poeta como el filósofo se asombran a la vez, y acaso con la misma potencia y maravilla, del espectáculo, silencioso y musical, del mundo.
La poesía es pues amor a las palabras y al pensamiento, al silencio y al tiempo. La experiencia poética es pasión, deseo, amor, desmesura, libido, magia, hechizo, desarraigo y embeleso. Así, la poesía no niega: afirma. Es todo y nada. Deslumbra e ilumina. Enceguece y despierta. Se alimenta del sueño, y es también sueño. Desvela. Bebe del insomnio y canta en duermevela a los insomnes de la oscuridad. La poesía odia las ideologías. Se libera de ellas, y solo se compromete con la palabra, con el lenguaje humano. Evade el destino y se enamora de la eternidad. Se abraza al presente y se alimenta del pasado. Mira lo posible y lo imposible: siente lo desconocido y conocido. La poesía pone en crisis toda retórica, todo discurso que no explore o se sumerja en el paraíso de lo misterioso y lo mágico. Siempre es elocuente: canta en voz alta o baja para desnudar la oscuridad y la sombra, con su luz y su llama.
El poeta sueña y busca explorar en lo ignoto y lo desconocido. Bucea en lo oscuro, buscando la palabra esencial y vital. Con su elocuencia pone en entredicho las cosas y los fenómenos de la realidad. Rompe la unidad del ser: busca lo permanente, en el relámpago de lo eterno. La poesía vive en armonía y ritmo con el universo, en dualidad rítmica con el cosmos.
Un poeta es un desobediente, un rebelde con causa, que pone en crisis las costumbres y la tradición. Vive el drama de su época con asombro, con intensidad, los instantes que visitaron su eternidad. Escribe los ritmos y los latidos del mundo y del universo, los sonidos de las cosas y los colores de la naturaleza. Capta los flujos y reflujos del ser y los transforma en imágenes y símbolos poéticos.
Un poeta es pues el sujeto que deja testimonio de lo humano y lo espiritual. Que se nutre de la energía creadora y espiritual del mundo sensible. En síntesis, el poeta deviene –o se define– la buena conciencia de su destino temporal.
Compartir esta nota
