“¿No será posible que algún día afortunado la poesía recoja todo lo que la filosofía sabe, todo lo que aprendió en su alejamiento y en su duda, para fijar lúcidamente y para todo su sueño?”  (María Zambrano)
“Todo pensamiento empieza por un poema” (Alain)
“El poeta se alimenta de estilo” (Octavio Paz)

La poesía es capaz de alcanzar espacios de cognición: produce conocimiento, aunque de un modo diferente al que producen la ciencia y la filosofía, y crea una especie de epistemología o razón lírica que nos permite acceder a un conocimiento perceptivo especial. En esta faceta reside su valor epistemológico.

El poema funda nuevos mundos territoriales con modelos de creación y recursos retóricos diferentes a los discursos de la ciencia, si bien encontramos en el discurso poético grandes valores epistemológicos o cognoscitivos. En tanto forma literaria que comporta valores epistemológicos, la poesía participa de una estructura intuitiva de cognición. Como se observa, en el aforismo filosófico o la máxima, hay un matiz poético que lo emparenta a figuras estilísticas como la paradoja, el oxímoron y la antítesis. El valor epistemológico de la filosofía ha sido asumido por la poesía desde la antigüedad presocrática griega, y aun en filósofos tan sistemáticos como el Wittgenstein del Tractatus –y quien quiso escribir este tratado en verso.

Como juego de lenguaje y pensamiento, la poesía se aproxima a la fundación de mundos paradójicos, que ilumina territorios reales. La filosofía posmoderna, alejada del rigor sistemático impuesto por Kant, Husserl o Heidegger, vuelve a apelar al juego de palabras y de sentidos, a lo lúdico, en filósofos franceses como Jacques Derrida, Jean Baudrillard, Gilles Deleuze, Julia Kristeva o Maurice Blanchot. Los juegos semánticos de la palabra poética son también una forma de aprehender la realidad fenoménica, desde una visión sensible. El lenguaje poético es sintético, y el científico, analítico. De ahí la variedad en las formas epistemológicas de abordar las oposiciones, a través de “metáforas vivas” (Paul Ricouer), que funcionan como miradas oblicuas de lo real, en las que el poeta no inventa la realidad sino que la crea. De ahí, además, el valor epistemológico que comporta la metáfora poética como recurso de ficción.

Debería mostrar – afirma Jacques Derrida- que las metáforas no son simples idealizaciones que parten, como cohetes, para estallar en el cielo desplegando su insignificancia, sino que, al contrario, las metáforas se apelan y se coordinan más que las sensaciones, hasta el punto que un espíritu poético es pura y simplemente una sintaxis de metáforas (Derrida 1994, 304).

La ciencia busca una verdad con sus propios instrumentos de análisis, en tanto que la poesía no busca una verdad, sin embargo, se nos revela en su lectura. Cuando leemos un poema, vemos, y, al ver, nos iluminamos, en un instante de lucidez y revelación.  La metáfora no solo está en la médula del poema sino que también mora en la filosofía, desplazando el lugar de la metafísica del discurso filosófico. Una metáfora es una herida viva en la carne de la filosofía, y no representa de modo alguno una rémora verbal para su realización.  Tampoco para el discurso científico, tal y como lo demostró Bachelard. Como bien lo apunta Derrida: “Hasta en el reino de las ciencias exactas, nuestra imaginación es una sublimación” (Derrida 1994, 300).  El poder de la metáfora es pues extensivo al lenguaje de  la ciencia y de la filosofía, y opera como mecanismo de seducción de la lógica racional. Así pues, la metáfora en el discurso filosófico se transforma en meta-filosofía.

La intuición tiene como mediación a la metáfora, que le imprime connotación epistemológica, movimiento al concepto. El poeta toma la metáfora por la raíz y la coloca frente al espejo del concepto. El filósofo toma el concepto y le insufla aliento carnal. Hay pues un saber que nace de la metáfora, sea esta filosófica o poética.  En ese sentido, Derrida se pregunta: “¿Todas las metáforas no son, rigurosamente hablando, conceptos y tiene sentido oponerlos?” (Derrida 1994, 303). Lo primero fue la metáfora; luego vino el concepto. El hombre aprendió primero a metaforizar antes que a conceptualizar, es decir, aprendió incluso a hablar en metáfora, en tropos. En suma, aprendió a hablar en lenguaje figurado con la pasión de su espíritu. El poeta emplea la metáfora para nombrar de manera alegórica el mundo. La metáfora es así una forma de representación, más bien, es una representación simbólica del mundo sensible por la palabra.

La poesía, como arte temporal, está hecha de tiempo, se sumerge en su territorio, poniendo en crisis su lenguaje, pero también se enfrenta a la historia: pone en cuestión el tiempo histórico porque la poesía no es un pasado, si bien se alimenta de la memoria; es palabra hecha de presente, de un presente abierto que se eterniza en el futuro, que trasciende la historia. La filosofía, en cambio, sí se reconcilia con la historia, pero la poesía la contradice. El poeta era, para los antiguos, un adivino, contrario al historiador, ya que la poesía decía lo que ha de ser y la historia lo que ya fue, lo que pasó. De ahí el calificativo de vate del poeta, es decir, de vaticinador del futuro, de profeta. En su célebre Poética, Aristóteles sentencia:

De lo dicho resulta claro no ser oficio del poeta el contar las cosas como sucedieron sino cual desearíamos hubieran sucedido, y tratar lo posible según verosimilitud o según Necesidad. Que, en efecto, no está la diferencia entre poeta e historiador en que el uno escriba con métrica y el otro sin ella –que es posible fuera poner a Heródoto en métrica y, con métrica o sin ella, no por eso dejaría de ser historia – empero diferenciase en que el uno dice las cosas tal como pasaron y el otro cual ojalá hubieran pasado. Y por este motivo la poesía es más filosófica y esforzada empresa que la historia, ya que la poesía trata sobre todo de lo universal, y la historia, por el contrario, de lo singular (Aristóteles 1946, 14).

Al respecto, la filósofa española María Zambrano afirma:

El filósofo ahonda en lo que constituye toda distinción, y la historia es, a la vez, el movimiento realizador, actualizador de toda posible distinción. La filosofía es, en cierto modo, la verdadera historia; muestra en su curso lo que de verdaderamente decisivo ha ocurrido al hombre pero, la poesía manifiesta lo que el hombre es, sin que le haya sucedido nada, nada fuera de lo que le sucedió en el primer acto desconocido del drama en el cual comenzó el hombre, cayendo desde ese lugar irreconsquistado que está antes del comienzo de toda vida, y que se ha llamado de maneras diferentes (Zambrano 1998, 99).

El filósofo persigue la conquista de su ser, pues filosofar es encontrarse a sí mismo. Del pensar brotan ideas; del poetizar, criaturas iluminadas. Para el poeta chileno, fundador del creacionismo, Vicente Huidobro, en un poema que sirve de Poética, sentencia que “el poeta es un pequeño Dios”, porque crea; no es sino padre, procreador de palabras, de símbolos e imágenes. Por eso para él, el poeta debe hacer tres cosas: “crear, crear y crear”. Así pues, el poeta deviene además deicida, que usurpa el espacio y el tiempo de Dios para proclamarse creador de los hombres y de todo lo existente. El poeta asume, entonces, la tarea de darle nombre a las cosas, de nombrar todas las criaturas del universo; de ahí que Huidobro lo conciba como un Dios pequeño. La filosofía es hija de la poesía; hija de un padre andrógino, asexuado, eternamente enamorado del pensamiento. De ahí que Zambrano afirma:

Entonces la poesía es huida y busca, requerimiento y espanto; un ir y volver, un llamar para rehuir; una angustia sin límites y un amor extendido. Ni encontrarse puede en los orígenes, porque ya ama el mundo y sus criaturas y no descansará hasta que todo con él se haya reintegrado a los orígenes. Amor de hijo, de amante. Y amor también es hermano. No solo quiere volver a los sonados orígenes, sino que quiere, necesita, volver con todos y solo podrá volver si vuelve acompañado, entre los peregrinos cuyos rostros ha visto de cerca, cuyo aliento ha sentido al lado del suyo, fatigado de la marcha, y cuyos labios resecos de la sed ha querido, sin lograrlo, humedecer. La fatal reintegración; en definitiva: la pura victoria del amor (Zambrano 1998,  107).

En las creaciones del poeta está el misterio de su existencia, el enigma del ser. “El poeta ha sabido desde siempre lo que el filósofo ha ignorado, esto es, que no es posible poseerse a sí mismo, en sí mismo” (Zambrano 1998, 109). Como el poeta no pretende descubrirse a sí mismo sino “cantarse a sí mismo” (como Walt Whitman), es contrario al filósofo. El poeta es pues consciente de que no logrará alcanzar la unidad del ser; por eso no se sale de sí mismo para entregarse al misterio del orden natural de las cosas. “La poesía es un abrirse del ser hacia dentro y hacia afuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y un ver en la obscuridad” (Zambrano 1998,  110).

Por ser una expresión del espíritu que acude al pensamiento para hacerse sentir y cantar, no puede calcular; su llamado lírico lo hace para que las cosas sean, para que existan para siempre, al nombrarlas. Por eso, el poeta chileno Vicente Huidobro, en su célebre verso,  insiste en reclamarle al poeta: “No catarle a la rosa, hacerla reverdecer en el poema”. La poesía transforma lo que toca, lo que nombra, en su ascenso sin caída, y en su eterno enamoramiento del mundo. En su nombrar estético “no puede renunciar a nada”  (Zambrano 1998,  111).

La poesía se emancipa del mito para crear la filosofía, de la que luego se libera, pues ella se resiste a saberse madre. La poesía se convierte en un saber producto de la experiencia de lectura de poemas, capaz de permear una sensibilidad, afinar la memoria, estimular la imaginación y constituirse en método de reflexión crítica sobre la poesía misma, el poema y el fenómeno estético en general. El saber poético comporta pues una visión del ser y la creación de una cultura poética determinada. Rehúye de las definiciones, ya que no se asume como una ciencia sino como un saber, una disciplina de la pasión literaria. “La poesía es el tema del poema”, dice un verso del poeta Archibald Mc Leish.

El amor a las metáforas del poeta y el amor al saber del filósofo convergen en una actitud ante el lenguaje, vinculada a la objetividad-subjetividad de las cosas y de las maneras diferentes de aprehender la realidad. Espíritu poético y espíritu filosófico se distancian por una voluntad de pensamiento, cuyo origen es común, pero su destino es disímil porque sus caminos se bifurcan por objetivos diversos. “Pues bien, la poesía se separa de la filosofía en este instante en que la libertad se dirige hacia el poder” (Zambrano 1998,  122). La poesía se independiza de la filosofía después de haberla fecundada, y vuelve a ella constantemente, en un viaje pendular. Abandona a su hijo (la filosofía), pero retorna a ella como el hijo pródigo, en un diálogo inconcluso e infinito. La filiación del poeta a la filosofía es pródiga y ausculta en la esencia del pensamiento, del que parte para sumergirse en el reino del difícil equilibrio entre argumentación y estetización. En tanto que “la filosofía no siempre ha olvidado el origen, sino que partiendo de él ha salido a rescatar el ser perdido de las cosas para forjar su unidad”  (Zambrano 1998, 112).

El arte de la poesía se define en la apertura a las cosas para alcanzar lo real, a través de su apariencia. No busca la raíz de la existencia, tampoco su razón. Persigue el misterio de las cosas en su manifestación, antes que en el fondo de su causa. Su gracia estriba en su inocencia, que se revela en plenitud de la vacuidad del instante eterno. El poeta se vacía en lo infinito. Su palabra poética ilumina el ser: traza el camino de la revelación especulativa;  la palabra filosófica, en cambio,  en su empeño argumental, persigue la certeza, le verdad y la razón.

La palabra especular de la poesía, que se alimenta de sueño y se ejercita en la vigilia, funciona como instrumento de la imaginación. Como expresión verbal, actúa para revelar lo inefable; en tanto hecho de escritura, su lenguaje es inagotable, como es de infinita su potencialidad y de rica su posibilidad de semantización.

La palabra es pues errancia en la búsqueda no de significado, sino de la luz en el territorio sin límites del registro de los símbolos del mundo y de los signos sensibles de las cosas. En el camino de la transparencia, la poesía consagra la palabra en el tiempo  “y la poesía, al sufrir el misterio de la lucidez, se aproxima a la razón. Quien está tocado de la poesía, no puede decidirse y quien se decidió por la filosofía no puede volver atrás” (Zambrano 1998,  116).

La poesía de un poema –por breve que este sea- nos da una visión del mundo y nos confiere la revelación de los más enigmáticos secretos del espíritu y del ser de las cosas, tras la conquista de la unidad. En el poema, el silencio tiene un sentido de lo que no se puede decir con palabras puras, y en la filosofía, el nombre de la duda. En el sujeto lector, ese silencio significa una continuidad de pensamiento o su impulso creador. El poeta crea desde el instante poético y congela el tiempo. Para Bachelard: “el tiempo de la prosodia es horizontal, el tiempo de la poesía es vertical” (Bachelard 1997, 227). El tiempo poético funciona pues como ritmo que organiza el sentido del poema, los sonidos sucesivos de los instantes detenidos del poema. “El fin es la verticalidad, la profundidad o la altura; es el instante estabilizado en que las simultaneidades prueban ordenándose que el instante poético tiene una perspectiva  metafísica” (Bachelard 1997, 227). La esencia del instante poético de creación opera como  una simbiosis de pasión y razón, que participan como antítesis que le transmite tensión estética al poema. En síntesis: dicho instante poético es la fuente del impulso estético, el eje del éxtasis creativo.

El pulso creador es un estado del ser poético que le confiere a la conciencia estética su poder metaforizante. “En el instante poético, el ser asciende o desciende, sin aceptar el tiempo del mundo que devolvería la ambivalencia a la antítesis, lo simultáneo a lo sucesivo” (Bachelard 1997, 227-228). La poesía deviene tiempo, por ser un arte temporal (“La poesía es palabra en el tiempo”, dice Antonio Machado en un verso). En el ritmo poético confluye la temporalidad que le imprime al poema una perspectiva instantánea de orden; hay pues un tiempo interior en el poema en su devenir lenguaje. El poeta, en su búsqueda del instante poético, pone en crisis el tiempo del poema, trastocando la forma sintáctica y la composición. Todo poeta persigue la técnica en su tentativa por aprehender el instante poético, y en ese afán de destruir la duración, encuentra la consumación de su arte poético. El motor que combustiona el poema es entonces el instante potencial, que dinamiza la expresión verbal. En tal virtud, el científico y filósofo francés, Gaston Bachelard, afirma:

La poesía deviene así un instante de la causa formal, un instante de la potencia personal. Entonces se desinteresa de aquello que rompe y de aquello que disuelve, de una duración que dispersa ecos. Busca el instante. Crea el instante. No necesita sino el instante. Fuera del instante no hay más que prosa y canción. La poesía encuentra su dinamismo específico en el tiempo vertical de un instante inmovilizado. Hay un dinamismo puro de la poesía pura. Es el dinamismo que se desarrolla verticalmente en el tiempo de las formas y de las personas (Bachelard 1997, 234).

Todo pensamiento es abstracto pues proviene de la subjetividad interior de una conciencia, ya sea esta científica y artística. En el discurso poético hay implícito un afán fenomenológico por percibir y captar la esencia de la imaginación. Así pues, hay en cierta poesía una preocupación por crear una especie de “filosofía de la imaginación cósmica” (Bachelard 1997, 277).El poeta extrae pensamiento de la sustancia de la palabra. “Entonces se puede comparar a los metafísicos con los poetas, asociarlos a los poetas que nos revelan en un verso una verdad del hombre íntima” (Bachelard 1997,  271). Para este científico francés: “el filósofo, el pintor, el poeta y el fabulista nos han dado un documento de fenomenología pura”  (Bachelard 1997,  273).

La metáfora no es un obstáculo para la adquisición del conocimiento, por tanto,  tiene un valor epistemológico que  está más allá del lenguaje. La metáfora atrae a la razón y la razón a la metáfora: es un imán que opera como eje de atracción recíproca entre la intuición y el concepto. El imperio de la metáfora actúa como fuente de toda creación verbal y artística de la vida cotidiana. Dijo Jorge Luis Borges que para el poeta no hay más que seis o siete metáforas sobre las cuales gira toda creación poética. Las demás son pues variaciones y transformaciones de estas grandes metáforas, que se gestan con el concurso de los sentidos y el ayuntamiento de los lenguajes artísticos. Así pues, hay metáforas visuales, sonoras, poéticas, etc. Aristóteles define la metáfora así: “Es transferencia del nombre de una cosa a otra: del género a la especie, de la especie al género o según analogía” (Aristóteles, 1946, 33). En los textos filosóficos, y aun en los científicos, hay metáforas. No son metáforas como las poéticas, pero sí tienen sus formas intrínsecas y particulares. El discurso filosófico pone en acción las metáforas que adoptan un sentido conceptual, como el discurso poético pone en circulación la imagen en su función de metaforización de las cosas. El poeta dibuja de abstracción las alegorías de la vida cotidiana y las transforma en palabras. “La metáfora siempre ha sido definida como el tropo del parecido; no, simplemente, entre un significante y un significado, sino ya entre dos signos, de los cuales uno designa al otro”  (Derrida 1994, 254).

Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

Ver más