Desde su publicación en 1948, "Un día perfecto para el pez plátano" ocupa un lugar singular en la narrativa norteamericana del siglo XX. No solo inaugura el ciclo de los Glass, sino que introduce una forma de tensión narrativa que se volverá característica de J. D. Salinger: una economía extrema de la acción, un uso calculado de la reticencia y una atmósfera en la que lo ominoso se infiltra sin anunciarse. El relato desconcierta no por lo que dice, sino por lo que calla; no por su violencia explícita, sino por la violencia latente que se acumula en los pliegues de lo cotidiano.

La historia es, en apariencia, sencilla. Un matrimonio joven pasa unas vacaciones en Florida. Muriel permanece en la habitación del hotel, hablando por teléfono con su madre, que expresa una preocupación obsesiva por la estabilidad mental de Seymour Glass. Seymour, por su parte, deambula por la playa, conversa con una niña llamada Sybil y le cuenta la historia de los peces plátano, criaturas que mueren atrapadas por su propia voracidad. Luego regresa al hotel y se suicida. Nada más y, sin embargo, todo.

El relato funciona como una máquina de presagios. Desde la conversación telefónica inicial, el texto instala una inquietud que no se disipa nunca. La madre habla demasiado; Muriel escucha demasiado poco. El lector, situado entre ambas mujeres, empieza a sospechar que algo terrible puede ocurrir en cualquier momento. Pero Salinger administra esa expectativa con una precisión cruel : la amenaza nunca se concreta en el lugar que parecía anunciarse. El peligro no se dirige hacia Muriel, como sugiere el temor materno, sino que se repliega hacia el interior de Seymour.

Esta operación de desvío es vital en el texto. El cuento crea falsas pistas, induce conjeturas, juega con la paranoia del lector. Todo parece apuntar a un estallido externo, a un acto de violencia visible. El desenlace, en cambio, es íntimo, silencioso, abrupto. Al desactivar las expectativas que él mismo ha construido, el relato no elimina la tensión, sino que la intensifica retrospectivamente.
La inquietud no se resuelve, sino que se reordena y se abre a un territorio de incertidumbre.

Uno de los rasgos más notables del cuento es su atmósfera engañosamente diáfana. El escenario —un hotel frente al mar, una playa soleada, un día perfecto— remite a una iconografía casi publicitaria. Pero esa claridad funciona como una superficie quebradiza. Bajo ella, Salinger introduce pequeñas vibraciones: discusiones triviales en el ascensor, miradas incómodas, gestos de torpeza ,una preocupación materna que roza lo histérico. Nada es abiertamente siniestro, pero todo resulta levemente desajustado.

J. D. Salinger.

La tensión no proviene de la acción, sino de su ausencia. El relato avanza sin avanzar. Las escenas se encadenan sin que nada decisivo suceda, y sin embargo la sensaciòn de amenaza crece. Es una tensión sostenida por el detalle: por lo que se dice de más y por lo que no se dice nunca. El lenguaje cotidiano, lejos de tranquilizar, se vuelve un vehículo de inquietud.

La figura de Seymour Glass concentra esa ambigüedad. Es un personaje que parece desplazado del mundo que habita, como si estuviera siempre un paso fuera de lugar. Su fragilidad antecede a la guerra, pero el relato sugiere que la experiencia bélica ha profundizado una fisura previa. La guerra, notablemente, casi no se nombra. Su presencia es espectral: aparece en alusiones a tratamientos psiquiátricos, en la ansiedad de la suegra, en ciertos gestos de paranoia. El trauma no se explica, pero poco a poco se va filtrando en el tejido del texto.

La escena de la playa es uno de los núcleos más perturbadores del cuento. En ella, Seymour interactúa con la pequeña Sybil en un registro aparentemente lúdico y tierno. El tono es infantil, el juego inocente. Sin embargo, Salinger introduce una serie de elementos que contaminan esa inocencia: un roce, un contacto físico descrito con excesiva precisión, una atención insistente al cuerpo de la niña, una intimidad que incomoda sin volverse del todo explícita. El texto no acusa ni absuelve; pero deja al lector suspendido en la sospecha.

Esta ambigüedad no es un efecto colateral, sino un procedimiento central. Seymour parece buscar en la infancia un refugio espiritual, un espacio no contaminado por el mundo adulto. Pero el relato no permite que esa búsqueda se lea sin reservas. La cercanía con Sybil es, a la vez, conmovedora y perturbadora. El lector oscila entre la empatía y la desconfianza, atrapado en una zona de indeterminación moral que el texto se niega a resolver.

En el centro simbólico del relato se encuentra la historia del pez plátano. Seymour describe a unos peces que entran en una cueva llena de bananas, comen sin medida y quedan atrapados, condenados a morir por exceso. La parábola es tan clara como esquiva. Puede leerse como una crítica al consumismo, como una alegoría del trauma que satura la mente, o como una imagen de la búsqueda espiritual llevada al extremo. El relato no privilegia ninguna interpretación: las superpone como capas invisibles.

La fuerza de esta imagen radica en su carácter ambiguo. No explica a Seymour, pero lo ilumina de manera oblicua. Él mismo parece un pez plátano: alguien que ha ingerido demasiado —demasiada experiencia, demasiada lucidez, demasiada sensibilidad— y que ya no puede salir de la cueva. La muerte aquí no aparece como una solución, sino como un callejón sin salida.

Un día perfecto para el pez plátano.

Muriel, en contraste, encarna un mundo que funciona según otras reglas. Su atención a la ropa, a los detalles superficiales, a las lecturas ligeras no la convierten en un personaje despreciable. Salinger no la satiriza con crueldad. Pero su modo de estar en el mundo es radicalmente incompatible con el de Seymour. Ella habita sin conflicto la dimensión "normal" de la realidad adulta; él ya no puede hacerlo. Esa disonancia no se dramatiza, sólo se insinúa en los gestos, en los silencios, en la imposibilidad de un diálogo verdadero.

El relato está construido casi enteramente a partir de unos cuantos diálogos, pero lo esencial ocurre en los intersticios. La conversación telefónica inicial es ejemplar en ese sentido: lo importante no se dice, se insinúa, se bordea. Las palabras funcionan como cortinas que ocultan más de lo que muestran. El narrador, por su parte, se mantiene en una neutralidad engañosa. No comenta, no explica, no orienta. Esa ausencia de guía o de señal visible convierte al lector en un intérprete forzado, expuesto a sus propias conjeturas.

El suicidio de Seymour irrumpe en la trama sin preparación explícita. No hay crescendo dramático, ni justificación psicológica clara. La escena es seca, casi burocrática.
Pero esa brusquedad no cierra el relato: lo abre hacia atrás. De pronto, todo lo anterior se reconfigura. Los detalles dispersos se integran, comienzan a encajar; adquieren un peso ominoso. La muerte no explica nada; intensifica el enigma.

"Un día perfecto para el pez plátano" es, a fin de cuentas, un relato sobre la imposibilidad de reconciliar ciertas formas de sensibilidad con el mundo que las rodea. La perfección del día es una burla cruel. La luz, la playa, el juego infantil funcionan como máscaras que no logran ocultar la grieta. Salinger no ofrece consuelo ni moraleja. Construye, con una precisión implacable, un texto donde la ambigüedad no es un defecto, sino su principio organizador.

En esa reticencia radical — en ese decir sin decir— reside la fuerza perdurable del cuento. Todo parece a la vista, pero nada se entrega del todo. Como Seymour, el relato permanece en la superficie solo para revelar, de manera tardía y devastadora, el abismo que la sostiene.

14/01/2026

Julio Adames

Escritor

Julio Adames, nacido en Constanza, provincia La Vega, República Dominicana, es escritor y abogado. Realizó estudios en Letras Modernas, Psicología y Derecho, con posgrado y maestría en áreas jurídicas, en las universidades UTESA, UASD y PUCMM. Ha publicado una decena de libros, entre los que destacan Huéspedes en la noche, Cuerpo de baile, Infame turba, Parábolas para muñecas, El treno fatigado, Cuerpo en una burbuja, Monedas al aire y Tempo alcohólico. Su obra ha sido reconocida con el Premio de Cuento de Casa de Teatro (1990), el Premio Nacional de Poesía Infantil Aurora Tavárez Belliard (2005-2006) y el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña de Henríquez (2012). También incursiona en la pintura, dentro del estilo impresionista abstracto, y ha participado en diversas exposiciones colectivas. Contacto: xjulioadames@hotmail.com | xjulioadames@gmail.com

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